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sábado, 3 de marzo de 2018

¿Mercados o templos? ¿Muertos o resucitados?


Evangelio según San Juan 2, 13-22

Como ya estaba próxima la fiesta judía de la pascua, Jesús fue a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.” Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”. Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?” Jesús contestó: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.” Los judíos replicaron: “Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús. 

                                     Jesús expulsa a los mercaderes del templo, Carl Bloch

No vi santuario en la ciudad, pues el Señor
todopoderoso y el Cordero, eran su santuario.

                                                                                                                                  Apocalipsis, 21, 22

Quedarán en el olvido
las angustias pasadas;
desaparecerán de mi vista
pues voy a crear un cielo nuevo
y una tierra nueva;
lo pasado no se recordará
ni se volverá a pensar en ello,
sino que habrá alegría y gozo perpetuo
por lo que voy a crear.
        Isaías 65, 16-18

            La escena en que Jesús expresa lo que se ha llamado “cólera sagrada” hacia los mercaderes del templo es narrada por los cuatro evangelistas. Mateo, Marcos y Lucas narran el episodio al final, poco antes del apresamiento. Se entiende así en el marco de un conflicto creciente entre Jesús y las autoridades religiosas judías. En cambio, Juan lo narra al inicio de la vida pública del Maestro, con la muy probable intención de insistir en la fuerza del mensaje de Aquel que vino a hacer nuevas todas las cosas, manifestándolo con este gesto profético.

Como tantas veces con el Evangelio, hay que ir mucho más allá de lo literal, profundizar en esos niveles de lectura que vamos alcanzando a medida que lo leemos, lo interiorizamos, lo encarnamos. La cólera sagrada no se dirige precisamente a los vendedores y cambistas por su función, que realmente era necesaria para la actividad del templo. Los animales que se vendían allí eran los que se destinaban a los sacrifi­cios. Y los cambistas hacían posible cumplir uno de los múltiples preceptos de la religión judía: que el dinero para la ofrenda fuera acuñado por el propio templo. Las monedas griegas o romanas eran allí cambiadas, como una forma de “purificarlas”.

Jesús va siempre más lejos y más alto de lo que puede parecer con una primera y superficial lectura. Ya había hecho suyas las palabras de Oseas: "Así dice Dios: Yo quiero amor y no sacrificios". Amor, eso es lo que Él quiere, y no sacrificios, ni rigidez, ni intercambio, ni preceptos vacíos, ni hipocresía, ni miedos, ni búsqueda obsesiva de seguridades…

Si hilamos fino comprenderemos que lo que estaba detrás de aquella actividad de mercado, sacrificio, óbolo y cumplimiento de reglas, es la inseguridad, la necesidad que aún hoy pervive de sentir que somos buenos, fieles cumplidores, dignos de recompensa, merecedores del premio que un Dios juez ha preparado para los que no fallan…

Pero ¿quién no falla?, ¿quién es realmente bueno?, ¿qué es ser bueno? Si solo Dios es santo, si solo Dios es bueno, tal vez lo único que podamos hacer sea recordarlo y permitir que Él haga en nosotros. El olvido de sí para el Recuerdo de Sí, el camino descendente. De nuevo se nos invita a pasar del viejo paradigma del comparar, competir, separar, defender, controlar, cumplir preceptos…, de una religión exterior, al nuevo paradigma del compartir, soltar, renunciar, dejar ir, unir, integrar, amar…

De la palabra a la Palabra, el Verbo que existía antes de todos los tiempos, del templo externo al Templo que es Jesucristo y, en Él, con Él, cada uno de nosotros, del hacer al Hacer, del fabricar al crear, de la piedra al agua, del agua al vino, de la vida a la Vida, entregando el fruto de los talentos que cada uno ha de desarrollar para cumplirse. Porque no se trata de cumplir sino de cumplirse, realizar (real – izar) esa Obra que nos haga decir “todo se ha cumplido”. Y eso solo es posible si, habiendo renunciado a uno mismo, dejamos que Cristo haga en nosotros. Es el secreto de la vida en Cristo, que el Propio Maestro confió a Luisa Piccarreta en la maravillosa enseñanza de la Divina Voluntad. Vivir la vida de Cristo, ya que Él vivió la nuestra; renunciar a nuestra limitada, torpe y ciega voluntad humana para que Su Voluntad nos llene y nos haga nuevos. Intercambio inefable al que se nos llama ahora que la representación de este mundo pasa.(www.viaamoris.blogspot.com ).

                  El Evangelio de hoy nos brinda una nueva oportunidad de comprender a qué se refería Jesucristo cuando decía “buscad primero el Reino de Dios y su justicia y el resto se os dará por añadidura.” Si reflexionamos sobre las metas que nos han preocupado y nos han movido a lo largo de la vida, comprobaremos que muchas de ellas son cortas, tibias, mediocres, referenciadas a lo efímero. Y en cambio, la meta que ya vislumbramos, ese permitir que la Voluntad de Dios sea en cada uno, tiene resonancias eternas, como diría Maximo Decimo Meridio, en Gladiator, "tiene eco en la eternidad".

Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”, dice hoy Jesús, anunciando su propia muerte y su resurrección. Sus discípulos queremos imitar la valentía y coherencia del Maestro dejando que los muertos entierren a los muertos, y viviendo ya como resucitados. Sin miedo, sin tibieza, sin ambigüedades ni medias tintas, sin trapicheos con el Padre, pues todas estas actitudes son las que Jesús denuncia con la contundencia del azote de cordeles, volcando las mesas de los cambistas.

         Los que siguen desviviéndose con los asuntos del César (no se limita su ámbito solo a lo material sino a todo “lo que se quemará”), son los muertos o los dormidos, los de fuera y también los de dentro de cada uno. Despertemos, vivamos ya el Reino, convirtámonos en despertadores para los que aún duermen dentro y fuera (ay, como siempre, mota y viga, viga y mota…).

Todo lo que impide una verdadera conversión del corazón ha de ser volcado y derribado dentro de cada uno de nosotros. Lo que nos impide ser conscientes y reales, lo que nos hace querer ser de los “buenos”, lo que traiciona la esencia del Mensaje de Jesús, libre y claro, “sí, sí, no, no…” Todo fuera, volcado, derribado, para que Él vuelva a hacer nuevas todas las cosas. Porque  quien no recoge con Él, desparrama, quien no se atreve a tomar decisiones valientes y definitivas como Él, desparrama, desperdicia, pierde la vida que nos dieron para Ser y para Amar.

                                                       Escena de Hamlet, por Kevin Kline


POBRE YORICK

Quien no recoge conmigo,
desparrama, 
dijo hace dos mil años
Aquel que volcó las mesas
de los cambistas y expulsó
a los mercaderes del templo,
la casa de su Padre, nuestro Padre.

Desparramar o recoger con Él,
azotando y expulsando si hace falta
a los tibios y los falsos, los oportunistas,
hipócritas que enturbian y confunden
desde dentro, muy dentro, en cada uno…

Recoger con Él o desparramar,
que es darle al César lo suyo y lo de Dios,
perder los días
que nos dieron para amar 
con el corazón cerrado,
o encogido o asfixiado
por los afanes del mundo
y sus metas mediocres.

Desparramar es querer
que el mundo nos dé una gloria
efímera, tan falsa
como las máscaras
que cubren calaveras, pobre Yorick…

Pobres todos,
él es testigo mudo,
símbolo de tanta
vanidad de vanidades,
pobre Yorick,
desparramó también,
como todos, cada uno a su manera.

Pobre Yorick, fiel espejo
de lo que llevamos dentro,
oculto por la carne condenada
a desaparecer o transformarse.

Pobre Yorick,
pobre de mí,
y pobre de ti también
que te miras al espejo complacido
y te conformas
con la ilusión de sentirte
aprobado, reconocido, valorado,
te con-formas
con la ilusión...,
la forma de la forma,
ese creerte de los buenos, los limpios,
los que van a salvarse
por sus propios méritos,
vanitas, vanitatis,
y sales a la calle
con paso firme y la cabeza alta,
sin saber o querer reconocer
que en ese caminar altivo estás desparramando,
en ese olvido del Ser estás desparramando,
en ese creer que te bastas
a ti mismo estás de
                                    s
                                                    parra
                                                                      ma
                                                         ndo
                                                           .

                 Oh almas, Hermana Glenda cantando el poema de San Juan de la Cruz


            Las intenciones, las palabras y las acciones son buenas o malas según el espíritu del que procedan, y del que quedan impregnadas.
            El publicano arrepentido está más cerca del Reino de Dios que el fariseo que pretende realizar sus obras. La mujer pública que desde un lugar inmundo siente a veces el oprobio en que vive, y cuya conciencia se espanta, está infinitamente más cerca de la verdad que el estoico que se regocija en medio de las llamas a las que ha entregado su cuerpo para servir a su amor propio, este ídolo de virtud que se ha fabricado él mismo.
                                                                                                                Conde Lopoukhine

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