Gratis habéis recibido, dad gratis. Mateo, 10, 8

La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita. Pablo Neruda



sábado, 17 de septiembre de 2016

Un Único Señor


Evangelio de Lucas 16, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido”. El administrador se puso a echar sus cálculos: “¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo, y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?” Este respondió: “Cien barriles de aceite”. Él le dijo: “Aquí está tu recibo: aprisa, siéntate y escribe“cincuenta”.” Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” Él contestó: “Cien fanegas de trigo”. Le dijo: “Aquí está tu recibo: escribe “ochenta”.” Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.


Antes sí erais tinieblas, pero ahora sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz.
                                                                                                                         Ef, 5, 8-9

                                                                  Nosce te ipsum. (Conócete a ti mismo.)
 
                                                                                          Templo de Apolo, Delfos

                                   Solo quien puede cuidar lo ajeno, puede poseer lo propio.

                                                                                                      G. I. Gurdjieff

La psicología se interesa particularmente en las mentiras que el hombre dice y piensa sobre sí mismo.
P. Ouspensky

  
Si escribiera en diez blogs sobre la parábola del Mayordomo infiel o, mejor, el Administrador astuto (Lc 16, 10-13), daría para diez posts; y para mil. Tantos días reflexionando sobre ella, y siento que apenas he comenzado a penetrar en su infinita riqueza de significados. Por eso me sorprenden los que la despachan en unas líneas, como si el mensaje de Jesús condensado en las parábolas fuera una lección más del temario de una asignatura. Y no es que haya que escribir mucho o poco –casi siempre menos es más–,  me refiero a los que parecen creer entenderla y poder explicarla de una vez, en un par de afirmaciones categóricas.

Me pongo a “resguardo”, como el cardenal Cayetano, que menciona también el blog hermano, www.viaamoris.blogspot.com, en el grupo de los que no entienden nada pero quieren entender, y ya que la palabra es mi oficio, y escuchar, meditar, vivir y compartir la Palabra, mi misión, no puedo por menos que aproximarme como puedo o voy pudiendo a este Misterio Insondable que llena mi vida y la va transformando.

Vamos a mirar otra vez la inagotable parábola, ahora desde la terraza de los días de gracia, que al final del verano, después de dos meses de aparente silencio, van adquiriendo una atmósfera dorada y ámbar. Esta perspectiva urbana, últimamente tan luminosa, puede ayudarnos a ver otro lado del infinito prisma.

Contemplando la parábola, y esa realidad desasosegante de que todos somos capaces de lo mejor y de lo peor, he recordado la película Crash (Colisión, en castellano), un buen reflejo de esa convivencia del bien y el mal en uno mismo, de la capacidad que tenemos todos de ser la mejor o la peor versión de nosotros mismos. Son los "yoes" que nos habitan, esos personajes llenos de condicionamientos, costumbres, inseguridades, falsas creencias, e infinitos matices, los que nos hacen oscilar en dicotomías, a veces tan extremas que resultan demenciales.

                                                             
                                                                Crash, (2004), Paul Haggis

El policía racista, resentido y sin escrúpulos, que en su vida privada cuida con paciencia y devoción a su padre enfermo, arriesga su vida en un acto de heroicidad extrema para rescatar a la mujer, mulata, de la que había abusado sexualmente unos días antes. Una de las más hermosas y originales escenas de amor que he visto en el cine. 

Porque todos podemos interpretar el papel del bueno y del malo, del mezquino y del generoso, del cobarde y del valiente, del héroe y del villano. Son las máscaras que esconden nuestra verdadera identidad, ese Nombre de cada uno que Dios lleva grabado en la palma de su mano (Is 49, 16). Pero solo podemos Ser buenos, generosos, valientes, héroes, más allá de cualquier interpretación o actuación, si hemos reconocido e integrado el lado oscuro, la sombra, la inclinación al mal que nos acompaña desde siempre.

Vayamos integrando y disolviendo los personajes perversos, para que los benéficos nos ayuden en el camino de regreso al Hogar. Allí encontraremos nuestro verdadero Ser, uno, entero, traslúcido. Hasta entonces, mientras nos aproximamos a nuestra "versión" definitiva, perfecta, acabada, solo podremos actuar “como si” lo fuéramos, y esta es una práctica valiosa y eficaz que se usa en muchas tradiciones. Pero en ese proceso, como seguimos actuando por falta de comprensión de lo que estamos llamados a ser, corremos el riesgo de quedarnos a mitad de camino y, por ejemplo, caer en el falso, peligroso “buenismo”, que es otra pose, otra escenificación de algo que no Es.

Solo cuando hayamos logrado integrar y desactivar ese lado oscuro, consustancial a nuestra condición, y unificarnos, veremos nuestra esencia, nuestra verdadera identidad, lo que Somos por encima de los personales y las máscaras, los binomios y las dualidades, ese sueño primigenio de Dios.

Jesucristo, el Verbo increado, nos conoce completamente desde siempre y espera paciente a que nos conozcamos nosotros mismos, guiándonos en ese proceso. Por eso nos invita a mirarnos en el espejo de las parábolas, para que aprendamos a observarnos y liberarnos de todos esos personajes que nos sobran, para llegar a ser un día como Él, por fin integrados, unificados, auténticos, capaces de decir sí, cuando es sí y no, cuando es no (Mt 5, 37). 

                                                                Jesucristo, Hoffmann

Paul Sédir, cuya trayectoria hasta llegar a Jesucristo fue tan parecida a la mía, me brinda una de las muchas formas de explicar por qué escogimos dejar todo para regresar al único Maestro, al único Camino, al Único.
Solo pueden entender plenamente estas reflexiones los que se hayan sentido alguna vez hijos pródigos (digo “sentido”, porque todos los somos, de un modo u otro). Los demás, los que no han experimentado el desgarro consciente de la separación, sean comprensivos con estos pobres trabajadores de la hora undécima (Mt 20, 1-16):

“Entre el lector de las parábolas y Jesús existe una larga distancia, un espacio muy vasto que no es un desierto, sino un mundo, varios mundos, poblados de luces, de sustancias, de fuerzas, de habitantes, y todo eso puede desviar el rayo de luz y deformar el sonido y la palabra divina. (…) De todas formas, hay que saber también que, en cuanto el oyente hace lo que hace falta, Jesús suprime la distancia, la disminuye incluso, en la medida en la que nos inclinamos bajo su dulce ley. Las vistas intuitivas están muy bien, pero ¿hasta dónde llegan? No es trabajo pequeño hacer que nuestras intuiciones se vuelvan tan puras, tan espirituales, tan vigorosas, que vayan a dar con la verdad allí donde esta se encuentra, es decir, en el centro de nosotros mismos, allí donde brilla la chispa del Verbo. Si los románticos, si los monistas, si nuestros jóvenes surrealistas hubieran comprendido que existe lo Creado y lo Increado, no hubieran hecho del hombre un dios omnisciente. No se imaginaban que el súmmum del arte o del pensamiento sea ponerse en estado receptivo, esperar y anotar las imágenes que pasan. Sin duda el verdadero místico se sitúa delante de Dios en estado receptivo, pero antes trabaja constantemente para hacer que todos sus órganos físicos y psíquicos sean capaces de recibir a Dios. El adepto oriental sigue esta disciplina según un sistema de conocimiento tradicional, y en ello se equivoca, puesto que todo sistema de conocimiento es provisional. Mientras que el servidor de Cristo, que olvida su propio perfeccionamiento para pensar únicamente en obedecer en el trabajo, ese, al dejar a su Maestro actuar en su lugar, no se equivoca en nada y llega al objetivo.
(…) La gente está inquieta o dormida. Ven mal o no ven. No han aceptado la palabra divina que el Verbo les murmura, no la quieren. Quiero decir que por el momento tienen miedo de ella, se resisten contra ella, más tarde la aceptarán, pero después de cuántas batallas. Sin embargo, podrían ser felices inmediatamente. Pero la materia, el mundo, y la razón les fascinan. Ya ves, somos una elipse. El adepto busca convertirse en un círculo, quiere que los dos focos sean uno solo, pero Cristo enseña que, por el contrario, es necesario abrir la elipse, proyectando uno de sus focos hasta el infinito.”

sábado, 16 de julio de 2016

"Tu don nos inflama, nos lleva hacia arriba."


Evangelio de Lucas 10, 38-42

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán”.


Corazon Universo fondo

                                                                 MARTA Y MARÍA

Aún pretendo arreglar desaguisados,
siempre queriendo hacer, corriendo siempre.
Si pudiera, al menos,
mantener la calma y escuchar...

Y contemplar, fiel testigo
del constante fluir que es centinela
de las claves que busco.

Aun creo que controlo, me inquieto, no consigo
encontrar mi atalaya o descubrir
que soy yo la atalaya y la ventana,
el cristal empañado y somnoliento
que ha venido a limpiarse o despertar.




DOS EN UNA

Marta  María,
María Marta,
la misma mujer,
mirada y manos.
Hacer cuando hay que hacer,
hacer mirando.
Marta María  Marta;
dos nombres, un latido.



Centro de gravedad permanente, Franco Battiato

Hace dos años en una despedida de los lectores del blog hasta septiembre, colgué esta canción de Franco Battiato. Recupero parte de aquel post, como ese dueño de casa que saca del arcón lo nuevo y lo viejo (Mateo 13, 52). Porque nada me atrae ni me distrae, nada me llena, ni me seduce ya, sino Aquel que me sosiega, Aquel que tiene palabras de Vida, y quienes caminan conmigo hacia la meta que Él señala. Como el poeta del Romance del Conde Arnaldos: yo no canto mi canción, sino a quien conmigo va.

El mundo nos arrastra, y si no queremos ser absorbidos por uno de sus remolinos letales, hemos de mirar a lo esencial, esa Ley grabada en el corazón que nos recordaba Moisés en la primera lectura del domingo pasado (Deuteronomio 30, 10-14).

No os pido más que Le miréis, decía Santa Teresa a sus hermanas. Si no Le miramos, si no hacemos de Él el centro de gravedad, el único Maestro, la Roca que sostiene el edificio de nuestra vida, todo es girar en círculos de entropía y olvido aquí abajo, repitiendo experiencias, a veces tan hermosas como efímeras, cautivadoras como cantos de sirena, pero aquí, a ras de tierra, donde todo, tarde o temprano, se rompe, se muere, se pierde, se separa...

Pero si, como María, escogemos la mejor parte, nadie nos la quitará. Y la mejor parte es mirarle y, sobre todo, dejar que nos mire y nos transforme, nos eleve hacia Sí en espiral de consciencia que lleva a la Vida. Mirarle y no necesitar ser mirados, sino por Él. Mirarle, derramando a Sus pies la fragancia de la esencia que somos.



Como casi todos, yo también busqué durante muchos años un centro de gravedad permanente. Franco Battiato expresa, con su inimitable lirismo lo surrealista e incongruente que puede llegar a ser la vida durante esa búsqueda, no siempre fructífera. Surrealista puede parecer también que se mezclen Marta y María, con el centro de gravedad de Battiato. Pero si miramos el mundo con ojos que ven, esto es, con el corazón despierto, nos damos cuenta de que esta vieja e inspirada canción se queda corta, porque la locura y la cordura se han entrelazado de tal modo fuera y dentro de nosotros, que solo puede salvarnos de la catástrofe (que tantos anuncian, como si no la vieran) el único centro de gravedad permanente.

Cuando Lo encuentras, dentro y fuera, es decir, cuando eres encontrado y felizmente atraído, las piezas del puzzle van encajando, y hasta las mayores locuras, incluso los tremendos errores que lamentas y las incoherencias que quisieras olvidar, empiezan a tener sentido, por haber hecho posible el gran Encuentro y la luz que enciende, iluminando, elevando, atrayendo todo hacia Sí.




En tu don descansamos. Allí gozamos de ti. Nuestro descanso es nuestro lugar. El amor nos eleva hasta allí. Y tu Espíritu bueno eleva nuestra pequeñez desde las puertas de la muerte.
Nuestra paz está en tu buena voluntad. El cuerpo, por su propio peso, tiende a su lugar. El peso no solo tira hacia abajo, sino hacia el lugar que corresponde a cada cosa. El fuego va hacia arriba; la piedra cae hacia abajo. Cada cosa es movida por su peso y tiende hacia su lugar. El aceite puesto debajo del agua sube hasta ponerse encima; el agua derramada encima del aceite baja hasta ponerse debajo. Los dos actúan de acuerdo con su peso. Cada uno tiende hacia su lugar.
Las cosas menos ordenadas están inquietas. Se las pone en orden y encuentran reposo. El amor es mi peso. Él me lleva a dondequiera que voy. Tu don nos inflama, nos lleva hacia arriba, nos enfervorizamos y caminamos. Subimos con los cánticos de las subidas en el corazón. Cantamos los salmos graduales. Con tu fuego, con tu santo fuego nos enardecemos y caminamos, porque vamos hacia arriba, hacia la paz de Jerusalén.
                                                                           San Agustín, Confesiones XIII, 9


            Tanto en el macrocosmos como en el microcosmos existe un centro único, que lo despliega todo en un acto creativo: "No hay Dios fuera de Dios".
                                                                                              Lluís Serra Llansana

sábado, 9 de julio de 2016

La humanidad herida


Evangelio de Lucas 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” Él le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Él contestó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Él le dijo: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.” Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” Él contestó: “El que practicó la misericordia con él”. Jesús le dijo: “Anda, haz tú lo mismo”.



                                                     El buen samaritano, Giacomo Conti


Toda la humanidad yace herida en el borde del camino en la persona de ese hombre, a quien el diablo y sus ángeles han despojado.

                                                                                               San Agustín


Por su cualidad misma, el amor es la semejanza con Dios, en la medida en que le es permitido a los mortales. Por su energía, el amor es la embriaguez del alma. Por su naturaleza, el amor es la fuente de la fe, abismo de paciencia, mar de humildad.
                                                                                      San Juan Clímaco
                                                 El Buen Samaritano, Aimè Nicolas Morot


¿QUÍEN COMO ÉL?

La historia de mis desventuras comenzó un aciago día en que decidí, por capricho o por ceguera, bajar de Jerusalén, la ciudad de la gracia y la inocencia, a Jericó, la tierra del placer y del olvido.

Qué débil fue mi carne desde entonces, qué corto y despejado el descenso, qué amargo desengaño a cada paso. Soledad y hedonismo, tristeza y locura, siempre cerca del abismo, hasta dar con mis huesos en un valle de muerte. Caí en manos de oscuros malhechores sin rostro o con mil rostros. Ay, cómo se cebaron con mi cuerpo y mi alma.

No puede verlos bien; solo sé que sus sombras parecían la mía, y cada golpe recibido parecía a la vez asestado por mi propio brazo. Qué absurdo ser víctima y verdugo, hombre  herido y villano, inocente y agresor. ¿Quién, si no, inició ese combate de años entre mi lado bueno y mi lado perverso? ¿Quién decidió dejar Jerusalén, la bondad, la luz, la Vida, para caer en tierra de penumbra y confusión? Fui yo, no hay más culpable de mi tremendo descalabro. Fui yo, no hablemos más de culpa.

Luego vinieron ellos, levita y sacerdote, los encargados de unir y sanar, de velar y custodiar, y pasaron de largo, mientras me desangraba… Verían acaso la vergüenza reflejada en mi gesto de dolor. No les culpo tampoco a ellos, olvidemos la culpa de una vez. Yo hubiera hecho lo mismo; cualquiera pasaría, sin siquiera mirar a ese lado truculento y peligroso del camino. Cualquiera, sí, que nadie se compare con el Otro, el que vino después, cuando todo parecía perdido para siempre.

Nadie puede parecerse a Él hasta que logre mirar como aquel Hombre me miró, con los ojos anegados de misericordia. Nadie puede compararse a Él hasta que aprenda a tocar como Él, con esas manos que parecían alas, sin dejar de ser firmes y precisas. Que nadie se crea un buen discípulo Suyo hasta que levante con sus brazos a un despojo humano, un apaleado por la vida y por sí mismo, por el mundo, como era yo.

Nadie hubiera podido ser jamás como Él antes de Él. Pero ahora sí, podemos intentarlo, con todo el corazón, con toda el alma. Yo lo intento desde entonces, aunque a veces cuesta tanto que dan ganas de rendirse. Pero nunca me rindo, tengo el recuerdo demasiado vivo de aquel Hombre que salió a mi encuentro en el camino que baja de Jerusalén a Jericó, y no pasó de largo.

Me despertó de un sueño terrible, me curó, derramando vino y aceite, luz y vida, gracia y esperanza, amor en mis heridas. Luego me levantó en sus brazos, como si mi cuerpo quebrantado fuera el cofre roto de un tesoro invisible, y me llevó a una posada para que me siguieran cuidando; Él debía partir.

Que luego volvería, le dijo al posadero, esa es mi esperanza y mi alegría: que Él va a volver, que ya se acerca. Curadas las heridas de mi cuerpo y de mi alma, sigo aguardando a mi Salvador.



                                              Quién te separará de Mí, Hermana Glenda

miércoles, 15 de junio de 2016

Responde el corazón


Evangelio de Lucas 9, 18-24

 Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Pedro tomó la palabra y dijo: “El Mesías de Dios”. El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Y, dirigiéndose a todos, dijo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.”




Decir y sobre todo decirnos con el corazón Quién es Él para nosotros es una verdadera conversión, la rúbrica que permite seguirle. En  www.viaamoris.blogspot.com, menciono mi simpatía hacia los conversos, esos seres excepcionales (me recuerdan a los héroes del Sutra Vimalakirti que cito abajo) que, cuando ven con claridad, se atreven a dar un salto kilométrico que deja atrás a muchos creyentes tibios, rutinarios, "de toda la vida"... Porque como leíamos en el Evangelio de ayer: "Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz" (Mateo 6, 22).

Conversos admirables, que irán asomándose por aquí en próximos posts, como André Frossard, que se convirtió en una capillita del Barrio Latino de París, donde estaba expuesto el Santísimo Sacramento. Allí entró un ateo y salió un cristiano. Nos lo cuenta en su libro Dios existe, yo me lo encontré. Paul Claudel se convirtió en la catedral de Notre Dame, cuando estaba apoyado en una columna. Y Manuel García Morente, el filósofo e intelectual español, desesperado tras el asesinato de su yerno por pertenecer a la Adoración Nocturna, al escuchar La infancia de Jesús, de Berlioz, se convirtió también, y años después se ordenó como sacerdote.

Los tres encontraron a Jesucristo y lo reconocieron como Señor y Dios en París, ciudad para morir a uno mismo, como profetizó César Vallejo en poema atemporal en todos los sentidos. París, ciudad para creer, ciudad de la luz para la Luz.




                                                    La infancia de Cristo, Berlioz


RESPONDE EL CORAZÓN

La gente dice que eres un gran profeta, como Juan el Bautista, como Elías, como los más grandes de la antigüedad. Algunos creen que eres un avatar, como Buda o Mahoma, o como Zaratustra. Hay quien afirma que eres el mismo Moisés retornado a la vida. Un hombre bueno, el mejor, dicen los solidarios. Un sabio, los que ni siquiera se acercan a tu Palabra de Verdad y Vida. Otros opinan que eres un terapeuta, un mago, un hechicero. Un chamán, por lo del barro y la saliva, dicen los naturistas. El primer socialista, el verdadero. Un loco, un exaltado, un chivo expiatorio, un pobre fracasado. Un arquetipo, un símbolo sublime, un ideal. Alguno hasta sostiene que vienes de un planeta de seres avanzados. Y se agotan sus libros, va por veinte ediciones, en las librerías-best seller de los hipermercados. Un maestro ascendido, para los seguidores de la nueva era de Acuario, que está por suceder a la de Piscis. Un revolucionario incomprendido, un gran líder, al final desencantado. Un hombre, en definitiva, más íntegro y sincero, eso sí, pero solo uno más, con lo mismo de hombre y lo mismo de Dios que tiene cada hijo de vecino. Un predicador que arriesgó demasiado, porque era bueno y generoso.

Y nosotros, ¿quién decimos que eres? Dejadme hablar a mí en nombre de todos, compañeros, dejadme hablar a mí, aunque todos sepamos la respuesta que hemos de manifestar para que el corazón la vaya haciendo carne y sangre, cruz y luz para los doce. Dejadme, hermanos, ser el más decidido esta vez, para que cuando toque ser cobarde no me muera de pena. Dejadme abrir el corazón en público para la posteridad; este corazón apasionado, que sabe y siente lo mismo que vosotros, porque nos alimentamos de la misma Luz y del mismo Pan: Aquel cuya Palabra basta para sanarnos, la fuente del amor.

Tú lo sabes todo, pero para los nuevos y para los escépticos, diremos en voz alta que Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios vivo. El Verbo, que vino a su casa y los suyos no lo recibieron. El rostro de Yahvé sobre la tierra, el resplandor más cierto de Su luz. Sol de Justicia, Rey de reyes, Príncipe de la Paz, fuerza para seguir amando hasta el final. Verdadero Dios y verdadero Hombre. Nuestro padre (Jn 13, 33), nuestro hermano (Jn 20, 17), y nuestro esposo (Mt 9, 15). Alfa y omega, principio y fin (Ap 21,6). Piedra angular (Ef 2, 20), nuestro juez (Jn 5, 22) y nuestro abogado (1 Jn 2, 1). Sol invicto, la misericordiosa mirada del Padre en los ojos del hombre, para que nos miremos en Ti y un día, Dios lo quiera, Tú lo quieras, nos veamos en Ti. El hijo de David y el Señor de David, sublime paradoja, como todas las Tuyas, para que comprendamos. El que nos acompaña cada día; Camino, Verdad, y Vida. El Nombre que quisiera que pronuncien mis labios cuando llegue la hora. El amor derramado por un Dios que es amor, el nuevo Adán para levantarnos: amor crucificado por amor, amor resucitado por amor. Aquel que en un sepulcro nuevo y prestado fue estrenando, durante apenas tres días, todas las sepulturas que por Ti serán solo refugio pasajero, antes de la vida eterna que nos has regalado. Porque Tú eres el que era, el que es, el que viene (Ap 1, 8), el que sentado en el trono dice: “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5)


Los héroes se convierten en budas con un solo pensamiento,
pero a los perezosos se les entrega las tres colecciones de
los libros sagrados para que los estudien.

                           Sutra Vimalakirti


                                                      SI MIRA EL CORAZÓN


Lo que vemos: el cuatro por cien de lo real.
¿Cuándo mereceremos verlo todo?
¿Cuándo podremos ver?
¿Cuándo?
    ¿?
Ahora,
si mira el corazón.
Dichoso el que cree sin haber visto.
Bienaventurados los pobres en el espíritu.


sábado, 11 de junio de 2016

Ser Amor


Evangelio de Lucas 7, 36-50

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esa mujer que le está tocando, y lo que es: una pecadora”. Jesús tomó la palabra y le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. El respondió: “Dímelo, maestro”. Jesús le dijo: “Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?” Simón contestó: “Supongo que aquel a quien le perdonó más”. Jesús le dijo: “Has juzgado rectamente”. Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona, poco ama”. Y a ella le dijo: “Tus pecados están perdonados”. Los demás convidados empezaron a decir entre sí: “¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?” Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”.


                                        La conversión de María Magdalena, Paolo Veronés



Quien ama sale de sí y se dirige al amado, en él luego se instala, y su yo es configurado por el tú. No de otro modo, en el Verbo encarnado, la naturaleza humana es como arrancada de su propio centro y mantillo, y ya no pertenece más a ella, sino al Yo del Verbo.
¿Tenemos tal vez alguna experiencia del amor puro? ¿Hemos salido alguna vez realmente de nosotros mismos?
     José María Cabodevilla

Mira como se debaten en mí el pecado y la gracia, la luz y la sombra, el placer y la penitencia, la pureza y la lujuria, la alegría y la tristeza, el pudor y el descaro, la castidad y la lascivia, la bondad y la perversión, la muerte y la vida. Sé testigo de este combate invisible que se está librando siempre, mientras el mundo es mundo, en mí y en tantos; en mí, en ti, en el universo. Lloro sin poder contener el llanto liberador, no ya porque me duela esta lucha atemporal, sino porque sé que la victoria no es de ninguno de los contendientes, esos pares de opuestos incompletos. El triunfo es de Aquel que me mira mientras seco y acaricio sus pies con mi pelo, mi vieja arma de seducción, hoy lienzo de lágrimas perfumadas. El triunfo es de su amor, capaz de trascender estos adversarios que ya se están fundiendo para dejar sitio a una nueva realidad, incomparablemente más hermosa y perfecta que la penitencia, el pudor, la castidad, la pureza. Porque igual que Él, al elevarse sobre la tierra, nos elevó, haciéndonos nuevos, su amor eleva todo, completa todo, restaura todo y lo caído se levanta, lo corrupto se regenera, lo impuro se purifica, los errores se convierten en ceniza, cuando la flecha alcanza el centro de la diana. Y ya no soy pecadora, ni siquiera soy santa, soy solo una mujer con dignidad y miseria, fuerza y debilidad, certezas y dudas, una mujer que ama y es amada por Él, sin condiciones. Soy, por Él y para siempre, el amor pleno y fecundo que, por inagotable, está más allá de la vida y la muerte, del pecado y la santidad. Ser solo amor; o solo ser, sin predicado ni calificativos; por Él y en Él, solo ser… 

Ay de mí cuando me diga noli me tangere y sus pies, esquivos, desaparezcan de mi vista… Que el ardor de mis besos dure para entonces. Acepto ya su ausencia venidera, si puedo seguir derramándome sobre ellos, ahora, para siempre. Porque amándolo así, lo estoy amando vivo y también muerto, pero lo amo sobre todo resucitado, como solo una resucitada puede amar. Qué amable anticipo de tan amarga ausencia, qué dulce promesa del reencuentro cuando vuelva. Cómo no darme entera, derramarme sin medida sobre los pies de mi Señor. Por eso no hablo, para no desperdiciar en palabras que se evaporan ni una gota, ni una lágrima de amor. Él entiende mi silencio, sabe leer cada gesto, cada lágrima, cada caricia de mis cabellos.

No he venido a buscar su bendición, ni siquiera ese perdón que ya me ha concedido antes aún de decirlo, para escándalo de los escandalosos… Lo busco a Él, que me colma como nadie, como nada podría ya colmarme. Su presencia es el aire que respiro, el sentido de mi vida y de mi muerte, la esperanza de quien ya desesperaba, mi Dios, mi Señor, amor eterno. Lo que usé para una vida disipada, mis herramientas de seducción, me sirven ahora para agasajarle: mi pelo suave, mis manos atentas, mis labios devotos, mis ojos, anegados en su luz.

            Me recordarán por el llanto, como si fuera la misma esencia del llanto. Nadie sabrá cómo trascendí el llanto, llegué mucho más allá del llanto por amor. No hubo más lágrimas después de haberlas ofrecido todas. Quedó un sentir puro y vertical, que ya no necesita expresión ni desahogo; una forma de mirar y de escuchar que incluye todas las formas posibles de mirar y de escuchar que una mujer o mil mujeres o ninguna mujer pueda concebir.




Tú me has seducido, Señor, Hermana Glenda

jueves, 2 de junio de 2016

Sagrado Corazón de Jesús


Evangelio según san Lucas 15, 3-7

En aquel tiempo Jesús dijo esta parábola a los escribas y fariseos. ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el campo, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido." Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.



                                                            Jesucristo, Hoffmann


En aquel tiempo, exclamó Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.”
                                                                                  Mateo 11, 25-30


Qué hermosa fiesta la de hoy, y qué propensa a ser mal entendida o rebajada en su inestimable valor para el cristiano. Algunos dicen que es sensiblera, solo apta para almas simplonas y mediocres. Hay quien se queda en la superficie, en la iconografía kitsch de otras épocas, o en las sencillas, benditas oraciones infantiles. Incluso habrá quien sonría con superioridad ante esta devoción profunda y transformadora inspirada por el mismo Jesucristo a Santa Margarita María de Alacoque. Si alguien lo hace, será precisamente algún alma simplona y mediocre que, incapaz de sentir el Misterio del Sagrado Corazón, se ha quedado en lo accesorio o en los añadidos populares; alguien que, acaso frustrado por su propia pereza y comodidad, tal vez hace tiempo renunció al único verdadero Maestro, para sustituirlo por un falso maestro, limitado y ególatra, incapaz de humillarse o de servir, ciego que guía a otros ciegos hasta que caen, todos, al abismo.

El Sagrado Corazón de Jesús es el que se apiada de la viuda de Naín que llora la muerte de su único hijo, como veremos en www.viaamoris.blogspot.com el domingo.

El Sagrado Corazón de Jesús está siempre abierto, derramando su Divina Misericordia. Amor nuevo que no necesita proyecciones externas, amor que me saca de mí misma y mis afanes, me eleva y me transforma, me enseña a amar mucho más allá de lo sensible, pero también en lo sensible, porque Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad tiene, además de la divina, naturaleza humana.

El Inmaculado Corazón de María, humano y ensalzado, humano y divinizado, atravesado por la espada del sufrimiento, como anunció Simeón, nos lleva al Sagrado Corazón de Jesús, traspasado por la lanza de Longinos, y Este nos lleva al Padre, la Fuente del Amor, que está más allá de las emociones, más allá de los sentimientos. Dios Padre no siente amor..., no siente... ES Amor.

Cedo la palabra a Dietrich von Hildebrand para que despierte en nosotros algunas de las infinitas resonancias que lo que hoy celebramos puede suscitar en los humildes y limpios de corazón.

            "Frente a la verdadera gloria del Sagrado Corazón en el que brillan todos los tesoros de conocimiento y sabiduría, la deformación de muchos himnos resulta patente. Pero el texto y la melodía de estas canciones no solo son incapaces de reflejar el carácter divino y transfigurado del Sagrado Corazón, en el que habita toda la plenitud de la divinidad, sino que incluso presentan al Sagrado Corazón como un corazón mediocre y sentimental desde el punto de vista humano. Esta deformación ha suscitado en muchas personas un rechazo comprensible pero exagerado, ya que identifican la deformación con la devoción al Sagrado Corazón. En vez de reconocer la verdadera naturaleza del Sagrado Corazón, tanto su cualidad divina como el reflejo del misterio de la Encarnación, hay quien considera que el simple hecho de la existencia de la devoción al Sagrado Corazón produce automáticamente estas deformaciones.
            Si queremos darnos cuenta de la naturaleza y profundidad de esta devoción y de su carácter litúrgico clásico, resulta necesario desenmascarar las deformaciones y falta de autenticidad características de muchas formas populares de esta devoción que encuentran expresión en ciertos himnos, formas artísticas e incluso oraciones.
            Pero nuestro intento de comprender el Sagrado Corazón posee más importancia y un carácter más positivo que la mera corrección de deformaciones. Aumentar nuestro conocimiento, alcanzar un conocimiento más íntimo del Sagrado Corazón, es algo muy valioso en sí mismo. Considerar al Sagrado Corazón en su gloria inefable y adorarlo es de la mayor importancia.
            También resulta indispensable para comprender todas las implicaciones que se contienen en la oración “haz nuestro corazón a la medida del tuyo” (Fac cor nostrum secundum cor tuum). Si queremos comprender la transformación en Cristo a la que nuestros corazones están llamados, nuestros ojos deben ver al Sagrado Corazón en su cualidad transfigurada, como la epifanía de Dios.
            Nuestra transformación depende de nuestra comprensión de una verdadera imagen de Cristo y de su Sagrado Corazón. En la medida en que proyectemos nuestra propia mediocridad y pequeñez en el Sagrado Corazón y nos alimentemos con esta imagen, permaneceremos aprisionados en esta mediocridad, en vez de elevarnos y transformarnos. Aquí, como en muchos otros lugares, nos enfrentamos con el peligro de adaptar la revelación a nuestro estrecho horizonte, y deformarla de tal modo que desaparezca la necesidad de transformarnos. En vez de captar el verdadero rostro de Cristo y la llamada a transformarnos, en vez de dejarnos elevar por el amor del auténtico Dios-Hombre, perdemos la posibilidad de confrontarnos con la epifanía de Dios."

                                                                                                         Dietrich von Hildebrand



                                                             Ubi Caritas, Cantatrix

sábado, 28 de mayo de 2016

Despertar en el Cuerpo de Cristo


Evangelio de Lucas 9, 11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde y los Doce se acercaron a decirle: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.” Él les contestó: “Dadles vosotros de comer.” Ellos replicaron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.” Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: “Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.” Lo hicieron así y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos.





Nos despertamos en el cuerpo de Cristo
cuando Cristo despierta en nuestros cuerpos.
Bajo la mirada y veo que mi pobre mano es Cristo;
él entra en mi pie y es infinitamente yo mismo.
Muevo la mano, y está, por milagro,
se convierte en Cristo,
deviene todo él.
Muevo el pie y, de repente,
él aparece en el destello de un relámpago.
¿Te parecen blasfemas mis palabras?
En tal caso, ábrele el corazón.
Y recibe a quien de par en par
a ti se está abriendo.
Pues si lo amamos de verdad,
nos despertamos dentro de su cuerpo,
donde todo nuestro cuerpo,
hasta la parte más oculta,
se realiza en alegría como Cristo,
y este nos hace por completo reales.
Y todo lo que está herido, todo
lo que nos parece sombrío, áspero, vergonzoso,
lisiado, feo, irreparablemente dañado,
es transformado en él.
Y en él, reconocido como íntegro, como adorable,
como radiante en su luz,
nos despertamos amados,
hasta el último rincón de nuestro cuerpo.

                                                                                        Simeón, el Nuevo Teólogo




De La Misión, de Roland Joffé, 1986


Somos el Cuerpo de Cristo si vivimos con, por y para él. Entonces vivimos como Él, somos Cuerpo entregado y Sangre derramada por todos. Es tiempo de amor y de entrega. La mayor entrega es la del que da la vida por los demás.

Hace tiempo compartí en el blog hermano, www.viaamoris.blogspot.com , este sueño lúcido:


OTRO DON

Esta noche he tenido un sueño que me ha hecho comprender de forma viviente lo que es el Pan de Vida y también el Cuerpo de Cristo. Me he sentido totalmente parte de Él, una con Él y con el resto de Sus miembros. Respirando Su aire, alimentándome de una misma sangre que se me representaba transparente, como una savia muy sutil. ¡Y estaba dando flores! Unas flores raras, con pétalos blancos y azules, alguno violeta. El gozo que sentía, la paz que me embargaba, la confianza que se respiraba en aquel no-lugar idílico no los había sentido nunca. Tuve la certeza de estar donde debía estar, por siempre y para siempre; donde, en realidad, ya estoy, ya estamos si queremos. Y también sé que puedo revivir esos momentos de Comunión absoluta, de plenitud y alegría. Cada vez que me sienta desfallecer en este mundo del que no soy, conectaré con la verdadera realidad, a la que pertenezco, volveré a alimentarme de Vida eterna y sentiré cómo, a través de mí, se alimentan y vivifican todos los que han hecho posible que yo esté aquí, firmemente injertada en el Cuerpo de Cristo, dando flores y frutos en sazón.