Antes de dar la
palabra, en próximas entradas del blog, a los miembros de la Expedición
Transantártica (1914-1916), con los que llevo explorando, conversando y
sintiendo más de seis años, quisiera recordar a Scott y sus hombres, el "grupo
del Polo", los cinco que en 1912 se dejaron la vida en el intento, y ganaron la
Vida para la eternidad.
También hablo
con ellos cuando el frío arrecia dentro y fuera, para recordar cómo se vive y
se muere con dignidad, cómo se puede hacer del pasado un combustible para el
mejor de los futuros, y aprender a renunciar a todos los futuros posibles, incluso a los mejores,
para volver a casa, allí donde nuestra verdadera identidad nos espera, desde que
decidimos experimentar lo que no somos.
Después de sufrir varios
varapalos aparentes en este plano de las experiencias, de tiempo y límites, de olvido y ceguera, todos ellos, los de Scott y los de Shackleton, vinieron a recordarme el propósito original, que
convertía la pérdida en ganancia.
Era hora de aprender a
triunfar en la derrota, a ganar perdiendo, y la única forma de aprenderlo era
vivirlo en carne propia, es decir, encarnando ese triunfo extraño,
heterodoxo, para mostrar que hay otra forma de vivir y otra forma de morir. Porque
el éxito en el mundo no tiene nada que ver con lo Real, esa dimensión sin
tiempo ni lugar, puro espacio en sincronía.
Scott lo aprendió con Wilson y
Bowers antes que Shackleton y sus compañeros; Evans y Oates, antes que ellos,
y todos, ahora, porque ya no hay antes ni después, sino un presente eterno,
donde el mar y el cielo, el hielo y el fuego se confunden.
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Amundsen, el que conquistó el Polo Sur
oficialmente para el mundo de sombras, fechas y lugares, fue el que menos lo
amó. Llegó a reconocer que desde niño, sus anhelos y su corazón estaban puestos
en el Polo Norte. Así que, en realidad, no fue él quien conquistó la Antártida.
La conquistaron Scott y sus hombres, dando la vida con aceptación y valentía,
generosos y libres. Y la reconquistaron Shackleton y los suyos
aprendiendo a amar, a vivir y a morir sin morir. Scott y Shackleton, rivales en
el mundo, hermanos en la eternidad.
Scott
y sus cuatro compañeros llegarían un mes después que Amundsen, sin cumplir su
anhelo, ser los primeros. Imagino su desolación al encontrar la bandera noruega
donde pensaban poner la británica, como el que pone su honor, su vida, su
alma. Hay quien dice que el fracaso los dejó sin energías, porque, al intentar regresar,
todos murieron. Puede que les restara fuerza física, pero no voluntad ni determinación.
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Scott, Bowers, Wilson y Evans ante la tienda de Amundsen. Oates tomó la instantánea |
Después de asumir la derrota con una
deportividad que incluso a ellos debió de sorprenderles, el grupo
del Polo emprende el retorno por el desierto de hielo. Evans, que
llevaba varios días caminando como un autómata, se derrumba, entra en coma y muere
ante la mirada de sus compañeros: Scott, Wilson, Oates y Bowers, que han de
sobreponerse y seguir la marcha, procurando encontrar los depósitos de víveres
que los grupos de apoyo fueron dejando.
Alcanzan el depósito Sur del glaciar, donde
habían dejado carne de los caballos que habían ido muriendo de frío y
agotamiento. Se recuperan un poco, pero un cruel cambio de tiempo, a pesar de
estar en el centro del verano austral, hace que las temperaturas se desplomen, llegando
a 40º bajo cero por la noche. Están demasiado delgados para soportarlo y los efectos
son devastadores. El uno de marzo llegan al depósito del centro de la Barrera, donde descubren que no hay apenas queroseno para convertir el hielo en agua y
cocinar. El estado de Oates es terrible, sus pies, con avanzadas congelaciones, le hacen muy
difícil caminar.
Scott, el único que sigue escribiendo
en el diario, expresa así lo dramático de la situación: “No podemos ayudarnos
mutuamente, puesto que bastante tiene cada uno con cuidar de sí mismo.”
Parecería egoísmo o frialdad, si no leyéramos, casi a continuación, sobre el
agotamiento del doctor Wilson: “Creo que se debe al sacrificio y abnegación con
que cuida los pies de Oates.”
El frío está convirtiendo la nieve en
papel de lija y se ceba en Oates. Por debajo de 30º bajo cero ya no se produce
líquido lubrificante al deslizarse los patines del trineo sobre la superficie
de la nieve, por lo que el esfuerzo para mantenerlo en movimiento es mayor. El
cuerpo demanda más energía para mantener el calor mínimo en sus zonas vitales.
El siete de marzo, Scott, sincero y objetivo, escribe su deseo de “aguantar
hasta el final.”
Se sucede una concatenación de
fatalidades porque, además de las pésimas condiciones climáticas y las escasas raciones de comida, en la base británica, en cabo Evans, falla la cadena de
transmisión de las órdenes y los perros les esperan en el depósito La Tonelada,
a cien Kilómetros, donde no llegarán. El Terra Nova zarpa, ya no hay esperanza para
Scott y los suyos…; en el mundo, pero toda la esperanza y una radiante certeza para la eternidad.
El diez de marzo, Scott escribe: “Las
cosas siguen agravándose, el pie de Oates está peor, el tiempo es horroroso.
(…) Oates sigue mostrando un temple excepcional. (…) Tengo la impresión de que
está en las últimas; lo que vaya a hacer o lo que hagamos solo Dios lo sabe.”
Scott, un agnóstico declarado durante
toda su vida, a la hora de afrontar el final se somete a la voluntad de Dios, sin dramatismo ni sensiblería, con naturalidad.
Oates es consciente de que, si no se
cumplen los plazos para llegar a los depósitos, el grupo no sobrevivirá, y sabe
también que sus congelaciones son irreversibles. No quiere ser un obstáculo
para la lucha por la vida de sus compañeros. Les plantea con transparencia tan dramática cuestión y les pregunta qué debe hacer. Scott, Wilson y
Bowers le piden que no se rinda y que siga caminando junto a ellos, aunque eso
les ralentice y disminuya sus posibilidades de sobrevivir. Scott, como capitán,
ordena a Wilson, el médico del grupo, que dé treinta pastillas de morfina a cada
uno para que puedan decidir si acelerar su propia muerte o dejar que llegue de
forma natural.
El 16 de marzo, una semana después de
aquella conversación, Oates no puede más. Otra octava para la Vida. Les ruega
que le dejen en su saco de dormir, pero ellos se niegan a abandonarlo. Se duerme junto a sus compañeros, deseando no volver a abrir los ojos, pero al alba se despierta y sale de la tienda diciendo: “Voy a salir un momento. Puede
que tarde un poco.”
Sopla fuerte y afilada la ventisca; el
capitán Oates no regresa. Scott escribe: “Ha soportado durante semanas un dolor
intenso sin quejarse, no se dejó vencer y mantuvo la esperanza, ha sido un
valiente, podemos testificar su valor.” Y más adelante: “Somos conscientes de
que se trata del acto de valentía de un caballero inglés. Todos esperamos
afrontar con su mismo espíritu el final, que sin duda ya no puede estar muy
lejos.”
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Aquí
murió el capitán Oates, de los Dragones de Inniskilling. En marzo de 1912
caminó voluntariamente hacia la muerte, bajo una tormenta, para tratar de
salvar a sus camaradas, abrumados por las penalidades.
Diario de Scott
Mientras Amundsen saborea su triunfo, Scott,
Wilson y Bowers se enfrentan a la muerte; el sacrificio de Oates no ha servido
para facilitar su supervivencia. Pero su destino no era triunfar en el mundo, ni tampoco sobrevivir, sino morir
para la Vida.
A pesar de estar agotados, siguen caminando, soportando temperaturas de 40º bajo cero, con crueles ventiscas y
viento del Norte de cara.
Scott continúa escribiendo: “Mis compañeros
siguen animados, a pesar de que todos estamos a punto de sufrir graves congelaciones
y, aunque comentamos que vamos a salir de esta, creo que en el fondo nadie se
lo cree.”
Resulta admirable su constancia y regularidad,
midiendo las temperaturas, anotándolas para la ciencia, y arrastrando nueve kilos de minerales, que resultarán de gran valor para los geólogos. Como los "siervos” de los que habla el Evangelio, que hacen lo que tienen que hacer sin
esperar recompensa, dándonos ejemplo de generosidad, aceptación y vocación de servicio.
Cuando se congeló uno de sus pies,
Scott, escribió: “Por ahora, lo menos que puedo esperar es la amputación. Pero
¿se quedará ahí? Esa es la auténtica pregunta.”
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A apenas veinte kilómetros de la Tonelada, el depósito de víveres que les
hubiera salvado la vida, deciden que Bowers y Wilson lleguen hasta allí y
regresen con provisiones, pero la ventisca, que empezó a soplar con más fuerza, les impidió emprender la marcha, y así una mañana tras otra, durante varios días. Finalmente, deciden quedarse
los tres juntos y esperar “de forma natural”, sin recurrir a las píldoras de
morfina que reservaban para acortar sus sufrimientos. Valientes y dignos para vivir y para morir; ojalá podamos seguir su ejemplo.
En la hora final, Bowers escribió a su
madre y hermanas, Wilson a su esposa, con la que compartía un fuerte
sentimiento religioso, Scott a su esposa, su hijo, su madre y sus hermanas, a varios amigos. Scott, además, tenía la
responsabilidad del jefe, por eso escribió también a la mujer de Wilson, a la madre de
Bowers, a quienes habían ayudado a la expedición, y, finalmente, una carta abierta
a todo el pueblo británico.
Me asombra cómo un hombre tan frío y
distante, según los cronistas, pudo mantener la entereza y la
calma y supo expresar tan profundos sentimientos para aliviar el dolor de los
que quedaban. La cercanía de la muerte le hizo liberarse de personajes y dejó
al desnudo su esencia, noble, sincera, humilde. Desde esa libertad,
transparente y serena, se dirigió a su buen amigo, el escritor James Matthew
Barrie, autor de Peter Pan: “Jamás encontré en la vida a un hombre a quien haya
admirado más que a ti, pero nunca quise demostrarte mi admiración: tú tenías
tanto para dar y yo tan poco…”.
El aparentemente orgulloso e inseguro Scott había
experimentado un increíble cambio ante el inevitable desenlace. Así acaba su
misiva al pueblo británico: “Si hubiéramos vivido, habría podido contar una
historia que hablase de la audacia, la entereza y el coraje de mis compañeros,
que habría conmovido el corazón de los ingleses. Tendrán que ser estas
improvisadas notas y nuestros cadáveres los que las cuenten.”
El 29 de marzo escribe una última
anotación en su diario. Con la dignidad y la serenidad que le
ha ido dando este largo pulso con la muerte: “Vamos a
aguantar hasta el final, pero estamos cada vez más débiles, y el final puede
que no esté lejos. Es una pena, pero creo que ya no puedo seguir
escribiendo… Por Dios, cuidad de los nuestros.”
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La gran lección de Scott y sus
hombres: aceptar el fracaso, el sufrimiento y la muerte, y enfocarse hacia algo
superior. Conformarse con su destino, en el sentido de con-formarse: conseguir
una forma, una obra coherente para entregarla al Ser, en el
regreso al Origen.
Puede resultar más fácil conformarse cuando uno ha
tenido una vida larga, serena y feliz. Cuando te vas con el amor de tus hijos y
nietos, de los que has tenido tiempo de despedirte y a los que dejas un futuro
estable y próspero… Pero, ¿y cuando la muerte llega en torno a los cuarenta,
como en el caso de Scott y Wilson, o los veintiséis de Bowers? ¿Y cuando
quisieras, con toda tu alma, ver por última vez a tu madre y hermanas, abrazar
a tu esposa, besar a tu hijo? ¿Y cuando morir así, en el hielo, era lo último
que esperabas porque, aunque el peligro era evidente, nadie espera morir joven,
en plenitud de facultades, con tanto por hacer?
Entonces aparece la esencia de la
persona. Algunos se rebelarían contra el destino, contra sí mismos, contra Dios,
y desaprovecharían el momento más importante de sus vidas. Otros, como ellos,
nos dan un ejemplo de aceptación y entrega, de creatividad y audacia, de responsabilidad
y coherencia, y consiguen la Obra que los real-iza, es decir, los hace reales y
los eleva, mientras la mayoría sigue a ras de tierra, en este mundo virtual,
Mátrix de locura, sueño, comodidades y egoísmo.
Ellos habían
despertado. Por eso eran capaces de hablar con tanto desapego de la cercana
muerte. Las circunstancias más adversas les hicieron
quitarse máscaras y disfraces, poses y añadidos y vivir, poco o mucho es lo de menos, desde su ser original, con la libertad del que sabe que no tiene nada que perder ni nada que ganar porque ya Es.