Dejad
que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos
es el reino de Dios. En verdad os digo, el que no reciba el reino de Dios como
un niño, no entrará en él.
Lucas 18, 16-17
En Navidad conmemoramos la venida al mundo del Hijo
de Dios, que se encarna en un niño vulnerable por amor. La actualización de la
Navidad consiste en dejar que Dios encarne en todos y cada uno de nosotros. Para ello hemos de encontrar al Niño Divino tras el niño herido, el
niño roto que somos. Por eso, hoy busco a la Niña Divina en la niña
herida que sigue aquí, porque no existe el tiempo para los que viven
conscientes del Reino.
Esa niña rota y confundida, tras la que se encuentra
la Niña celestial, sigue conmoviéndose cuando recuerda el cuento El gigante egoísta, de Oscar Wilde. Nos
simboliza a todos este gigante que, después de conocer al Niño Divino, es capaz
de despertar, salir de su cárcel egoica y encontrar la Fuente del amor en su
corazón.
Atendamos al niño interior, y recordemos con él esta
historia, que es otra versión de la nuestra:
EL GIGANTE EGOÍSTA
Todas las tardes al salir de la escuela tenían los niños la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y bello, con suave hierba verde. Acá y allá sobre la hierba brotaban hermosas flores semejantes a estrellas, y había doce melocotoneros que en primavera se cubrían de flores delicadas, rosa y perla, y en otoño daban sabroso fruto. Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan melodiosamente que los niños dejaban de jugar para escucharles.
-¡Qué felices somos aquí! -se gritaban unos a otros.
Un día
regresó el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y se
había quedado con él durante siete años. Al cabo de los siete años, había
agotado todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y
decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños que estaban jugando en
el jardín.
-¿Qué
estáis haciendo aquí? -gritó con voz muy bronca.
Y los niños
se escaparon corriendo.
-Mi jardín
es mi jardín -dijo el gigante-; cualquiera puede entender eso, y no permitiré
que nadie más que yo juegue en él.
Así que lo
cercó con una alta tapia, y puso este letrero:
PROHIBIDA LA ENTRADA
BAJO PENA DE
LEY
Era un
gigante muy egoísta. Los pobres niños no tenían ya dónde jugar. Intentaron
jugar en la carretera, pero la carretera estaba muy polvorienta y llena de
duros guijarros, y no les gustaba. Solían dar vueltas alrededor del alto muro
cuando terminaban las clases y hablaban del bello jardín que había al otro
lado.
-¡Qué
felices éramos allí! -se decían.
Luego llegó
la primavera y todo el campo se llenó de florecillas y de pajarillos. Solo en
el jardín del gigante egoísta seguía siendo invierno. A los pájaros no les
interesaba cantar en él, ya que no había niños, y los árboles se olvidaban de
florecer.
En una
ocasión una hermosa flor levantó la cabeza por encima de la hierba, pero cuando
vio el letrero sintió tanta pena por los niños que se volvió a deslizar en la tierra
y se echó a dormir. Los únicos que se alegraron fueron la nieve y la escarcha.
-La
primavera se ha olvidado de este jardín -exclamaron-, así que viviremos aquí todo
el año.
La nieve
cubrió la hierba con su gran manto blanco, y la escarcha pintó todos los árboles
de plata. Luego invitaron al viento del Norte a vivir con ellas, y acudió. Iba envuelto
en pieles, y bramaba todo el día por el jardín, y soplaba sobre las chimeneas
hasta que las tiraba.
-Este es un
lugar delicioso -dijo-. Tenemos que pedir al granizo que nos haga una visita.
Y llegó el
granizo. Todos los días, durante tres horas, repiqueteaba sobre el tejado del
castillo hasta que rompió casi toda la pizarra, y luego corría dando vueltas y
más vueltas por el jardín tan deprisa como podía. Iba vestido de gris, y su
aliento era como el hielo.
-No puedo
comprender por qué la primavera se retrasa tanto en llegar -decía el gigante
egoísta cuando, sentado a la ventana, contemplaba su frío jardín blanco-. Espero
que cambie el tiempo.
Pero la
primavera no llegaba nunca, ni el verano. El otoño dio frutos dorados a todos
los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.
-Es
demasiado egoísta -decía.
Así es que
siempre era invierno allí, y el viento del Norte y el granizo y la escarcha y
la nieve danzaban entre los árboles.
Una mañana,
cuando estaba el gigante en su lecho, despierto, oyó una hermosa música. Sonaba
tan melodiosa a su oído, que pensó que debían de ser los músicos del rey que
pasaban. En realidad era sólo un pequeño pardillo que cantaba delante de su
ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín que
le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de danzar sobre
su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar, y llegó hasta él un perfume delicioso,
a través de la ventana abierta.
-Creo que
la primavera ha llegado por fin -dijo el gigante.
Y saltó del
lecho y se asomó. ¿Y qué es lo que vio? Vio un espectáculo maravilloso. Por una
brecha de la tapia, los niños habían entrado arrastrándose, y estaban sentados
en las ramas de los árboles. En cada árbol de los que podía ver había un niño
pequeño. Y los árboles estaban tan contentos de tener otra vez a los niños, que
se habían cubierto de flores y mecían las ramas suavemente sobre las cabezas
infantiles. Los pájaros revoloteaban y gorjeaban de gozo, y las flores se
asomaban entre la hierba verde y reían. Era una bella escena. Sólo en un rincón
seguía siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y había en él un
niño pequeño; era tan pequeño, que no podía llegar a las ramas del árbol, y
daba vueltas a su alrededor, llorando amargamente. El pobre árbol estaba
todavía enteramente cubierto de escarcha y de nieve, y el viento del Norte
soplaba y bramaba sobre su copa.
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-Trepa,
niño -decía el árbol-, e inclinaba las ramas lo más que podía.
Pero el
niñó era demasiado pequeño. Y el corazón del gigante se enterneció mientras
miraba.
-¡Qué
egoísta he sido! -se dijo-; ahora sé por qué la primavera no quería venir aquí.
Subiré a ese pobre niño a la copa del árbol y luego derribaré la tapia, y mi jardín
será el campo de recreo de los niños para siempre jamás. Realmente sentía mucho
lo que había hecho.
Así que
bajó cautelosamente las escaleras y abrió la puerta principal muy suavemente y
salió al jardín. Pero, cuando los niños lo vieron, se asustaron tanto que se
escaparon todos corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno. Solo el niño pequeño
no corrió, pues tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio llegar al gigante.
Y el gigante se acercó a él silenciosamente por detrás y lo cogió con suavidad
en su mano y lo subió al árbol. Y al punto el árbol rompió en flor, y vinieron los
pájaros a cantar en él; y el niño extendió sus dos brazos y rodeó con ellos el cuello
del gigante, y le besó. Y cuando vieron los otros niños que el gigante ya no
era malvado, volvieron corriendo, y con ellos llegó la primavera.
-El jardín
es vuestro ahora, niños -dijo el gigante.
Tomó un hacha
grande y derribó la tapia. Y cuando iba la gente al mercado a las doce encontró
al gigante jugando con los niños en el más bello jardín que habían visto en su
vida. Jugaron todo el día, y al atardecer fueron a decir adiós al gigante.
-Pero
¿dónde está vuestro pequeño compañero -preguntó él-, el niño que subí al árbol?
Era al que
más quería el gigante, porque le había besado.
-No sabemos
-respondieron los niños-; se ha ido.
-Tenéis que
decirle que no deje de venir mañana -dijo el gigante.
Pero los
niños replicaron que no sabían dónde vivía, y que era la primera vez que lo veían;
y el gigante se puso muy triste.
Todas las
tardes, cuando terminaban las clases, los niños iban a jugar con el gigante.
Pero al pequeño a quien él amaba no se le volvió a ver. El gigante era muy cariñoso
con todos los niños; sin embargo, echaba en falta a su primer amiguito, y a menudo
hablaba de él.
-¡Cómo me
gustaría verlo! -solía decir.
Pasaron los
años, y el gigante se volvió muy viejo y muy débil. Ya no podía jugar, así que
se sentaba en un enorme sillón y miraba jugar a los niños, y admiraba su jardín.
-Tengo
muchas bellas flores -decía-, pero los niños son las flores más hermosas.
Una mañana
de invierno miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno,
pues sabía que era tan sólo la primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
De pronto, se frotó los ojos, como si no pudiera creer lo que veía, y miró. Ciertamente era un espectáculo maravilloso. En el rincón más lejano del
jardín había un árbol completamente cubierto de flores blancas; sus ramas eran
todas de oro, y de ellas colgaba fruta de plata, y al pie estaba el niño al que
el gigante había amado.
Bajó corriendo las escaleras el gigante con gran alegría, y salió al jardín. Atravesó presurosamente la hierba y se acercó al niño. Y cuando estuvo muy cerca, su rostro enrojeció de ira, y dijo:
-¿Quién se
ha atrevido a herirte?
Pues en las
palmas de las manos del niño había señales de dos clavos, y las señales de dos
clavos estaban asimismo en sus piececitos.
-¿Quién se
ha atrevido a herirte? -repitió el gigante-; dímelo y cogeré mi gran espada para
matarle.
-¡No!
-respondió el niño-; estas son las heridas del amor.
-¿Quién
eres tú? -dijo el gigante, y le embargó un extraño temor, y se puso de rodillas
ante el niño.
Y el niño
sonrió al gigante y le dijo:
-Tú me
dejaste una vez jugar en tu jardín; hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el
paraíso.
Y cuando
llegaron corriendo los niños aquella tarde, encontraron al gigante que yacía
muerto bajo el árbol, completamente cubierto de flores blancas.
***
El gigante
egoísta, como Ebenezer Scrooge, el viejo avaro y cascarrabias de Canción de
Navidad de Dickens, aprende que la verdadera alegría surge de compartir, de dar,
dándose uno mismo, con el corazón abierto y desapegado.
Como ellos
logran recuperar el corazón de niños, inocente y libre, también nosotros
podemos volver a ser niños y celebrar una Navidad en la que nada ni nadie quede
excluido para el Amor que regresa. Porque Él siempre está viniendo para el que
lo espera y sale a su encuentro.
Videoclip de la canción
"Hay una luz". 2012
Todos los beneficios generados por la canción,
destinados a la ONG
"Amigos de Calcuta" (http://www.amigosdecalcuta.org)
Cuando exclamo “Señor Jesucristo,
Hijo de Dios”, pienso en Jesús como el Verbo de Dios, que abarca el cielo y la
tierra y se revela a toda la humanidad en modos distintos y con distintos
nombres y formas. Yo considero que su Palabra “ilumina a todos los que vienen a
este mundo”, y aunque es posible que no se reconozca así, está presente en todo
ser humano en las profundidades de sus almas. Más allá de palabras y
pensamientos, más allá de señales y símbolos, este Verbo habla en secreto en
todos los corazones en todo tiempo y lugar. Creo que el Verbo se encarnó en
Jesús de Nazaret y que en él podemos encontrar una forma personal del Verbo a
quien rezar y en quien confiar.
Bede Griffiths