Hoy he pasado ante la puerta de un estanco en el que a menudo, hace más de diez años, compré tabaco. He sentido por un instante el impulso ciego que me llevaba a fumar, como si no hubiera transcurrido el tiempo o nunca hubiera superado el síndrome de abstinencia, la paulatina y esforzada recuperación del control y, mucho después, la frágil indiferencia hacia esos cilindritos que permiten inhalar y exhalar humo como quien se suicida lenta y públicamente, o como quien pretende respirar el Absoluto y alguna vez lo consigue. Un gesto de ayer, que hoy vuelve a tentarme, taimado y seductor.
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sábado, 25 de febrero de 2012
Fumar
Hoy he pasado ante la puerta de un estanco en el que a menudo, hace más de diez años, compré tabaco. He sentido por un instante el impulso ciego que me llevaba a fumar, como si no hubiera transcurrido el tiempo o nunca hubiera superado el síndrome de abstinencia, la paulatina y esforzada recuperación del control y, mucho después, la frágil indiferencia hacia esos cilindritos que permiten inhalar y exhalar humo como quien se suicida lenta y públicamente, o como quien pretende respirar el Absoluto y alguna vez lo consigue. Un gesto de ayer, que hoy vuelve a tentarme, taimado y seductor.
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