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sábado, 28 de marzo de 2026

Hacia la Nueva Creación

 

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (26,14–75.27,1-66)

C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
C. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. -«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
C. Él contestó:
+ «Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: "El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos."»
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. «¿Soy yo acaso, Señor?»
C. Él respondió:
+ «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.»
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?»
C. Él respondió:
+ «Tú lo has dicho.»
C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo.»
C.. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
+ «Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.»
C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.
C. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño." Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»
C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.»
C. Jesús le dijo:
+ «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.»
C . Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. »
C. Y lo mismo decían los demás discípulos.
C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.»
C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:
+ «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.»
C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»
C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.»
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.»
C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ése es; detenedlo.»
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!»
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?»
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.»
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.»
C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron:
S. «Éste ha dicho: "Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días."»
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»
C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.»
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?»
C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte.»
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú andabas con Jesús el Galileo.»
C. Él lo negó delante de todos, diciendo:
S. «No sé qué quieres decir.»
C. Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Éste andaba con Jesús el Nazareno.»
C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre.»
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.»
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
S. «No conozco a ese hombre.»
C. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
S. «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»
C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»
C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.»
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.» Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?»
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?»
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás.»
C. Pilato les preguntó:
S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
C. Contestaron todos:
S. «Que lo crucifiquen.»
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?»
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Que lo crucifiquen!»
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:
S. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»
C. Y el pueblo entero contestó:
S. «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía; lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:
S. «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:
S. «A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?»
C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
+ «Elí, Elí, lamá sabaktaní.»
C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
S. «A Elías llama éste.»
C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían:
S. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»
C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Realmente éste era Hijo de Dios.»
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: "A los tres días resucitaré." Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos." La última impostura sería peor que la primera.»
C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia. Id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.»
C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.


                          Entrada de Jesús en Jerusalén, Hippolyte Flandrin

Hoy comenzamos la Semana Santa, días para recordar que, de un fracaso tremendo para el mundo, la crucifixión del Hijo de Dios como un delincuente, surge la auténtica y definitiva victoria, la resurrección gloriosa, el triunfo sobre ese fracaso universal que es la muerte.

Son días de silencio y recogimiento, de temblor y temor, días de gracia, que también contemplamos en el blog hermano Via AmorisDías para aprender de Jesús a aceptar derrotas, traiciones, pérdidas, injusticias y sufrimientos que vengan de este mundo, en el que estamos y del que no somos, pues nuestro destino es seguirle también en la victoria frente al mundo.

Así nos anima a imitarle Santo Tomás de Aquino:

“Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.

(…) Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien finalmente dieron a beber hiel y vinagre.

No te aficiones a vestidos y riquezas, ya que se repartieron mis ropas; ni a los hombres, ya que él experimentó las burlas y azotes, ni a las dignidades, ya que le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre.”

Dios no exige la muerte del Hijo, sino que el Hijo abraza esa muerte como gesto de amor infinito, revistiéndose de todo nuestro pecado, nuestro dolor, nuestra mortalidad. Por eso no es lo material de los tormentos lo que nos salva (ha habido muchos seres humanos terriblemente torturados a lo largo de la historia), sino la aceptación voluntaria por parte de Jesús de todos esos padecimientos extremos, por amor y con voluntad salvífica. Así, después de una aparente derrota para el mundo, Cristo vence a la muerte, el mayor enemigo de Sus amigos.

Fray Juan de los Ángeles expresa la magnitud del fracaso, que será proporcional a la grandeza del fruto del Árbol de la Cruz, victoria absoluta y definitiva sobre la muerte:

“Vuelve los ojos a los males que padece, cuéntalos, si sabes de cuentas, añade números a números, y ceros a ceros, que no hay aritmética que no sea manca y corta para contarlos. Padece cárceles y cadenas como débil, siendo todopoderoso; padece escarnios y afrentas como necio, siendo sabiduría del Padre; padece y sufre bofetadas y salivas como blasfemo y vil, siendo la misma bondad; sufre azotes y muerte de cruz como malhechor, siendo justísimo Dios. Le llamó Isaías varón de dolores y que sabía de enfermedad, porque verdaderamente no hubo dolor que no se registrase en Él.

(…) Y lo que es más de consideración, que en medio de tantos y tan graves dolores, ningún género de alivio tuvo, ni sobre qué reclinar su cabeza lastimada, ni sobre qué descansar aquel sacratísimo cuerpo, que de solo tres clavos estuvo colgado y apegado a la tierra, secándose con los dolores; todo rodeado de los brazos de la muerte; en lo de fuera abatido y despreciado, y en lo de dentro desconsolado.”



Ave Crux, Spes única

Jesús guarda silencio durante la mayor parte de la Pasión. Y cuando habla, lo hace en voz baja y clara, como las pocas palabras que pronuncia ante Pilato, las que dirige a las mujeres de Jerusalén, camino del Calvario, o las siete Palabras desde la cruz.

 El Verbo increado, la Palabra encarnada no necesita gritar ni vociferar. Muere como ha vivido, en voz baja, con voz clara, diciendo sí, cuando es sí, y no, cuando es no. Muere como ha vivido y resucita como ha muerto: sin aspavientos, sin bullicio, sin grandilocuencia, con un sepulcro vacío, unos lienzos tendidos y un sudario enrollado. 

 Dice Bruckberger: “Al tercer día resucitó como había dicho. Él es quien tiene la última palabra. Pero esta última palabra la pronuncia tan bajo, como verdadero poeta, que solo la oye quien tenga buenos oídos para oír.”

Ayer, estaba crucificado con Cristo,
hoy, soy glorificado con él.
Ayer, estaba muerto con él,
hoy, estoy vivo con él.
Ayer, fui sepultado con él,
hoy, he resucitado con él.

                                                               San Gregorio Nacianceno

"En una ocasión nuestro Señor me dijo: “Todo irá bien”; en otra ocasión dijo: “Y tú misma verás que todo acabará bien”. Y de esto el alma obtuvo dos enseñanzas diferentes. Una era ésta: que él quiere que nosotros sepamos que presta atención no solo a las cosas grandes y nobles, sino también a todas aquellas que son pequeñas y humildes, a los hombres simples y humildes, a este y a aquella. Y esto es lo que quiere decir con estas palabras: “Todo acabará bien”. Pues quiere que sepamos que ni la cosa más pequeña será olvidada. 

Otro sentido es el siguiente: que hay muchas acciones que están mal hechas a nuestros ojos y llevan a males tan grandes que nos parece imposible que alguna vez pueda salir algo bueno de ellas. Y las contemplamos y nos entristecemos y lamentamos por ellas, de manera que no podemos descansar en la santa contemplación de Dios, como debemos hacer. Y la causa es ésta: que la razón que ahora utilizamos es tan ciega, tan abyecta y estúpida, que no puede reconocer la elevada y maravillosa sabiduría de Dios, ni el poder y la bondad de la santísima Trinidad. Y ésta es su intención cuando dice: “Y tú misma verás que todas las cosas acabará bien”, como diciendo: “Acéptalo ahora en fe y confianza, y al final lo verás realmente en la plenitud de la alegría”.

Hay una obra que la santísima Trinidad realizará el último día, según yo lo vi. Pero qué será esta obra y cómo será realizada es algo desconocido para toda criatura inferior a Cristo, y así será hasta que la obra se lleve a cabo… Y quiere que lo sepamos porque quiere que nuestras almas estén sosegadas y en paz en el amor, sin hacer caso de ninguna preocupación que pudiera impedir nuestra verdadera alegría.

Esta es la gran obra ordenada por Dios desde antes del principio, tesoro profundamente escondido en su seno bendito, conocido sólo por él, obra por la que hará que todo termine bien. Pues así como la santísima Trinidad creó todas las cosas de la nada, así la misma santísima Trinidad hará buenas todas las cosas que no lo son. Quedé profundamente maravillada en esta visión, y contemplaba nuestra fe con esto en la mente: “Nuestra fe se fundamenta en la palabra de Dios, y pertenece a nuestra fe que creamos que la palabra de Dios será preservada en todas las cosas”."

                                                                                                Juliana de Norwich

                                                       276. Diálogos Divinos. Penas.

sábado, 21 de marzo de 2026

Sí, Señor: yo creo que Tú eres el Hijo de Dios

 

Evangelio según San Juan 11, 3-7.17.20-27.34-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: "Señor, tu amigo está enfermo". Jesús, al oírlo, dijo: "Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella". Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: "Vamos otra vez a Judea". Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá". Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará". Marta respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?" Ella contestó: "Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo". Jesús, muy conmovido, preguntó: "¿Dónde lo habéis enterrado?" Le contestaron: "Señor, ven a verlo". Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: "¡Cómo lo quería!" Pero algunos dijeron: "Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?" Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: "Quitad la losa". Marta, la hermana del muerto, le dice: "Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días". Jesús le dice: "¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?" Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: "Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado". Y dicho esto, gritó con voz potente: "Lázaro, ven afuera". El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: "Desatadlo y dejadlo andar". Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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La resurrección de Lázaro, Juan de Flandes

“Yo soy la Resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?", pregunta Jesús a Marta. El mismo Dios está diciendo que creer en Él ya salva. Pero ¿cómo?, se revuelven tantos buscadores bienintencionados, yo misma, si no estoy atenta. ¿Solo con creer? 

Algo habrá que hacer; si queremos ser perfectos como nuestro Padre, nosotros que no somos nada, que hemos reconocido con valentía y sinceridad nuestra impotencia y miseria. ¡Algo habrá que hacer!, sigue la mente discutiendo contra lo indiscutible... Algún esfuerzo, algún trabajo sobre uno mismo, ayunos, sacrificios, mortificaciones… No me digan que ha sido inútil todo lo que he hecho durante tantos años, se desgañita el ego.... Que yo me estoy ganando el cielo con sangre, sudor y lágrimas.
Y Jesús nos repite desde esa dimensión sin tiempo ni espacio desde la que nos habla siempre: “Yo soy la Resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” Por fin entendemos que basta con creerlo. 

Y, al mismo tiempo, en contradicción aparente, estamos de acuerdo con San Agustín: "Dios, que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti"; y seguimos esforzándonos por seguir al Maestro y sacrificándonos con amor y gratitud, sin esperar nada a cambio; y aceptamos con respeto y humildad el cambio de la liturgia en la Consagración y entendemos el sentido "lógico" de ese  "por muchos" que sustituye al "por todos". 

Pero a la vez, con una coherencia maravillosa que la Sabiduría tejió antes del tiempo y que la mente y su lógica limitada no puede imaginar, el corazón sigue intuyendo, sintiendo que basta con creer.
Jesucristo no se contradice aunque a veces use parábolas y antítesis para espabilarnos. ¡Basta con creerlo! Algunos están tan limpios, han conservado tanta inocencia en su corazón que le miran o le escuchan o le evocan y ya creen esto, ya creen en Él, ya le conocen, que es mucho más que saber de él, ya son en él. 

Algunos no han dejado de ser como niños y por eso ya es suyo el reino de los cielos. Otros, incapaces de concebir tal prodigio, a no ser que se vacíen de sí mismos y suelten el lastre de toda una vida vivida en el olvido y la ignorancia, trabajan, se esfuerzan, a veces en vano, mirando de reojo y con envidia a los trabajadores de la hora undécima. 

En los que aún no han comprendido la enseñanza de los lirios del campo, es necesario, porque ellos mismos lo creen necesario, el esfuerzo, el trabajo sobre uno mismo. Pero una vez recuperada la inocencia esencial, creemos en Él, y más importante aún, ¡creemos a Jesús!, y ya estamos salvados, ya hemos vencido a la muerte con Él.
En el blog hermano Via Amoris, recordamos que la poesía, la música, la unión de voces y miradas ayudan a entender lo que la mente no alcanza. El arte es otra vía para acercarnos al Misterio. Mientras aprendemos el Arte verdadero, nos ayudamos del arte de los hombres que buscan porque en realidad ya han encontrado, como decía Pascal. 

Encuentro de Barrabás con Lázaro,
en Barrabás (1961), Richard Fleischer

sábado, 14 de marzo de 2026

Cristo será tu Luz

 

Evangelio según San Juan 9, 1-41 

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?”. Jesús contestó: “Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)”. Él fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: “¿No es ese el que se sentaba a pedir?” Unos decían: “El mismo”. Otros decían: “No es él, pero se le parece”. El respondía: “Soy yo”. Y le preguntaban: “¿Y cómo se te han abierto los ojos?” Él contestó: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé y empecé a ver”. Le preguntaron: “¿Dónde está él?”. Contestó: “No lo sé”.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. El les contestó: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?” Y estaban divididos. Volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?” El contestó: “Que es un profeta”. Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse”. Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: “Ya es mayor, preguntádselo a él”.
Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. Contestó él: “Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron de nuevo: “¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?” Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: “Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene”. Replicó él: “Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?” Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del Hombre?” El contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?” Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y se postró ante él. Dijo Jesús: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos”.
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: “¿También nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”.

                            Curación del ciego de nacimiento, Lucas van Leyden

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
                 Juan 1, 4

Pues habéis vuelto a nacer no de una semilla mortal, 
sino de una inmortal: a través de la palabra viva y eterna de Dios.
                             1 Pedro 1, 23

Como en el pasaje de la Samaritana que contemplábamos el domingo pasado, nuevamente Jesús está de paso, pasa, viene al encuentro del ser humano para actuar desde dentro de la propia humanidad. Hoy el Evangelio nos presenta otro encuentro liberador, lleno de símbolos y de claves para acercarnos al Misterio de Jesucristo, Verbo encarnado, enviado del Padre para ser la Luz del mundo.

La curación del ciego es un verdadero renacimiento; por eso Jesús repite el gesto de la creación del hombre del Génesis. Saliva y barro; Verbo y tierra; cuerpo mortal y Palabra eterna. Así nacimos, así renacemos. Y por el agua y por el espíritu nacemos a la vida eterna. Vayamos también nosotros de nuevo a Siloé, la piscina del Enviado.

Más que una sanación de la ceguera física, estamos ante un proceso de transformación integral. En primer lugar, el ciego recupera la capacidad de ver, en segundo lugar, la de hablar, en tercer lugar, la de argumentar, responder a las preguntas y reflexionar sobre sí mismo, los demás y sus circunstancias.

Porque no solo estaba ciego desde que nació, sino, además, sin capacidad de expresarse y relacionarse. Por eso preguntan a sus padres y estos, por miedo a los judíos, le dan “permiso” para que recupere su identidad: “edad tiene, preguntádselo a él”. 
“Soy yo”, dice, cuando ha recuperado la vista y, con ella, su esencia, su alma, su ser capaz de Dios, porque se le ha revelado Jesús, la Luz del mundo que brilla en la tiniebla.

Todo esto sucede en sábado, día prohibido para trabajar y también para curar y hacer el bien, según esos fariseos hipócritas. De nuevo nos topamos con la ley muerta, con las reglas vacías de contenido. Pero el amor  es más fuerte que la Ley, más poderoso que la tradición de los hombres. Amor que es Luz, Palabra, Vida.

Llama la atención la disposición del ciego a confiar y obedecer. No pone reparos y hace lo que Jesús le dice, va a la piscina sin una pregunta ni una duda, con total confianza. Jesús no le ha juzgado como pecador por haber nacido ciego, como han hecho los demás durante toda su vida; por eso deposita su confianza en Él.

Por último, recupera una de las capacidades más elevadas que tiene el ser humano: la fe, que, como veíamos en un post anterior, es amor que cree, valentía, preámbulo de la adoración, porque el que cree en Jesucristo no puede por menos que adorarle. Es en este momento cuando se consolida su transformación.

El evangelista nos muestra una especie de juego de identidades. Solo reconociendo la de Jesús, el que fue ciego recupera definitivamente la suya. Y con la identidad, recupera la capacidad de decisión, su voluntad. Por eso, si antes parecía incapaz de expresarse, oprimido por tan larga condena, se manifiesta ahora como un hombre nuevo, resuelto, firme, seguro. Así somos cuando nos renovamos en Luz y Agua, Espíritu y Palabra: seres nuevos, seguros, libres.

Como Saulo de Tarso, este hombre ha sido derribado del caballo de las falsas creencias y los condicionamientos, y despertado a su verdad esencial. Por eso recupera a la vez la vista y la capacidad de hablar, de argumentar, de decir, en definitiva: “Soy yo”.
Al descubrir los ojos de su espíritu, la mirada del corazón, ha tomado conciencia de sí mismo. Por eso reivindica su identidad y la identidad de Aquel que le ha abierto los ojos. Es un proceso compartido por muchos de los que siguen este itinerario hacia la Vida, este renacimiento de agua y espíritu. Un proceso que le lleva a reconocer a su libertador como un hombre llamado Jesús, un profeta, el Hijo de Dios, la Luz del mundo.

Atrapado en la ceguera por las creencias y condicionamientos, es uno mismo el que, en última instancia, debe aceptar la sanación, decidir ser liberado de esas ataduras y ver. Por eso Jesús le envía a lavarse; él debe poner de su parte. Le condenaron desde que nació y él aceptó esa condena; por tanto, también él debe estar dispuesto a soltarla, a salir de ese estrecho margen donde le han reducido, a recuperar, no solo la vista, sino la palabra, el poder decir: “soy yo”. El mendigo, ciego desde siempre, pobre, incapaz, reivindica su identidad y su curación, la confirma, la acepta y, entonces, puede renovarse íntegramente, renacer.

Los fariseos resultan casi patéticos defendiendo su puñado de creencias muertas. Son incapaces de ver la Vida que pasa dando vida, la Luz que pasa dando luz. Son los verdaderos ciegos, autómatas programados diríamos hoy.

Se entabla un verdadero y significativo duelo dialéctico entre el ciego sanado, con su evidencia, su certeza, y los fariseos y sus reticencias e inflexibilidad. Fariseos, ceguera frente a la luz, letra muerta frente a la Palabra y su acción en el mundo.

Todos hemos sido o somos como este ciego que tiene ojos para ver pero es incapaz de ver, de comprender, de reconocer al Salvador. Son los ojos del corazón los que no ven y hay que lavar en la piscina del Enviado. Y luego, una vez abiertos los ojos y el corazón, cómo no postrarnos si creemos en Él, cómo no adorar si Le reconocemos.

Creemos porque vemos con los ojos del corazón y porque confiamos en el testimonio de aquellos que vieron y, sobre todo, confiamos en el verdadero Testigo del Padre, Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.   

En la Eucaristía, cada día, Jesús vuelve a salir a nuestro encuentro y nos pregunta: ¿tú crees? Si la respuesta es "sí", lo siguiente es postrarse y adorar. 

Como dice la primera lectura (1 Samuel 16, 1b.6-7.10-13a), Dios no ve las apariencias sino el corazón. Así hemos de ver: el corazón con el corazón, el centro de lo real con nuestro propio centro. Es el despertar de los sentidos espirituales.
El Salmo 23 subraya la actitud de confianza, base de la fe. Cuando no vemos, creemos porque confiamos en el testimonio de alguien. Dichoso el hombre que pone su confianza en el Señor, dice Jeremías, dichosos nosotros, porque ese Alguien en quien confiamos es el verdadero Testigo de Dios, el Único que Lo ha visto.
“Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”, dice el final de la segunda lectura (Efesios 5, 8-14). Eso es recuperar la vista: despertar, resucitar. Ese volver a nacer pasa siempre por el descubrimiento del verdadero amor, superando la ceguera del ego. Es el amor el que permite alumbrar a ese nuevo ser, hombre y mujer interiores, renacidos y libres.

Pero para despertar, renacer y poder ver con la vista del corazón, hay que quererlo. Para ser luz en la Luz, hay que estar dispuesto a aniquilarse a uno mismo en la tiniebla. Como aquel otro ciego que recupera la vista: San Pablo; el que muere sin morir; el que desaparece como Saulo, el ciego que caminaba entre tinieblas, para aparecer como Pablo y convertirse en luz para los creyentes.

Todos vivimos noches oscuras, periodos de ceguera total, aliviados por momentos de despertar, de visión recuperada; y seguimos caminando con más o menos luz hacia la Visión definitiva. Para ver más allá de las apariencias, no solo es necesario trascender los sentidos, sino también trascender la mente. Hace falta alcanzar un estado de conciencia que despierta los sentidos sutiles. Porque las curaciones físicas que nos presenta el Evangelio son figura de la transformación interior que Jesús obra en nosotros. De igual modo, los sentidos físicos son metáfora o símbolo de los sentidos espirituales, los que nos permiten relacionarnos con lo espiritual.

Se trata de despertar en nosotros esa identidad esencial con la que emprender el verdadero camino. Entonces, con la brújula del corazón, empezamos a atisbar ese paisaje del alma en el que nunca hemos reparado y donde empezamos a comprender y a percibir con los sentidos espirituales, trascendiendo lo puramente físico.
Vamos vislumbrando a qué se refiere Jesús cuando habla de nacer de nuevo. Tiene que ver, en principio, con este cambio radical que te hace percibir el mundo de forma nueva. Cambia entonces también la forma de mirar, como si la mente se rindiera y nos liberara de su dictadura.

Y ya no es percepción ni pensamiento, es sentir con todos los centros integrados y creer con el corazón, que es más, infinitamente más que creer: es ver, es conocer dando crédito a Aquel que se revela.

El que alcanza este estado de conciencia, despierto y libre, y logra ver, no puede por menos que ser diferente y actuar de forma diferente, pues ya no es esclavo de un ego que se deja llevar por las apariencias, sino que ha recuperado su verdadera identidad. Son muchos los que creyendo ver, viven ciegos, creyendo vivir, caminan entre muertos.

Ver lo viejo no es ver, sobrevivir no es vivir… Hacen falta miradas nuevas, ojos valientes, capaces de reconocerse ciegos, y querer quitarse las escamas para ver.

                                              Salmo 23, The Lord is my Shepherd

sábado, 7 de marzo de 2026

Comunión de las aguas

 

Evangelio según san Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y le dice: “Dame de beber”. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a buscar comida). La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Él le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. La mujer le dice: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero, adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad”. La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo: cuando venga él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Soy yo: el que habla contigo”. En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: “¿Qué le preguntas o de qué le hablas?”. La mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?”Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. El les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis”. Los discípulos comentaban entre ellos: “¿Le habrá traído alguien de comer?” Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo el salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: “Uno siembra y otro siega”. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores”. En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”.


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                                          Jesús y la samaritana, Paolo Veronese

Si te imagino, mi Dios, en cualquier forma o en cualquier cosa que tenga forma, me convierto en un idólatra.
Él mismo nos dice: “Os conviene que me vaya. Si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros".
                                                                                          Guillermo de San Thierry

           Evangelio, el de hoy, inagotable, cuajado de simbolismos, metáforas y claves. Me atrevería a decir que en él se expresa cuanto necesitamos para transformarnos y avanzar en el camino de retorno a la Fuente. Podríamos escribir un libro o mil sobre este diálogo misterioso. O no escribir nada, sino sentirlo en el centro del corazón, si anhelamos volvernos surtidor que salta hasta la vida eterna.

    Intentaremos asomarnos apenas a este encuentro de Jesús con la Samaritana, de Cristo con el alma, comunión de las aguas a la que estamos llamados todos, de uno en uno. Agua viva del ser, la única capaz de calmar el anhelo más profundo de verdad, dicha y plenitud. Alma y Cristo, agua de la experiencia y agua de vida.

         Hoy se nos invita de nuevo a prescindir de remedios pasajeros, apoyos materiales y vanas ilusiones, a no conformarnos con charquitos o aguas estancadas que, en lugar de apagar nuestra sed, la acentúan. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo, por eso no pueden llenarnos los bienes del mundo, por mucho que intentemos sacralizarlos.

        El Verbo se encarnó por nosotros, pero ya antes era y, después de subir al Padre, siguió siendo. Somos llamados a esa vida de plenitud, pero si nos conformamos con lo inmediato y efímero, aunque sea bueno, si no nos atrevemos a ir más allá, siguiendo Sus huellas, no llegaremos a lo más sutil, lo sublime, el amor absoluto.

         Él nos habla en espíritu y verdad, y quiere ser escuchado y respondido de la misma forma. Él y nuestro corazón abierto, receptivo, atento, comunicándose. Sólo hay que escucharle dentro del corazón, porque está ahí, y amarle con nuestra esencia, que es espíritu y verdad.

Sat Cit Ananda (Ser, Conciencia, Bienaventuranza), se dice en sánscrito, uno de los idiomas más antiguos y de los más espirituales. Pero es más, infinitamente más de lo que se pueda decir con palabras de cualquier idioma: ni ojo vio, ni oido oyó. Que venga a nosotros Su reino, ahora, en este mundo con el que cada vez nos identificamos menos, cuando logramos vivir en Su presencia, tan real y transformadora como hace casi dos mil años, junto al Pozo de Jacob.  

La mujer desencantada de Sicar vuelve a ser doncella, recupera la virginidad espiritual, la verdadera, con su candor y su encanto renovados. Y descubre que nadie puede apartarla de Él ni arrebatarle la pureza que Su agua ha restaurado. 

La samaritana es arquetipo de quien se hartó de repetir una y otra vez las mismas historias; no le basta el agua de la experiencia, que ha de beberse periódicamente porque no calma la sed de un modo pleno y definitivo. Ella anhela ya el agua de Vida, dar el salto, emprender el camino de vuelta al Origen.

Porque la tradición y la religión externa, simbolizada por el Pozo de Jacob, son buenas, son la base, la piedra que contiene el agua de la experiencia y la mantiene pura; pero ella necesita el agua de Vida, quiere convertirse en agua, manantial generoso y vivificante. Por eso el evangelista no nos presenta a una joven, sino a una mujer cansada, defraudada por la vida y por los hombres, dispuesta a soltarlo todo y apostar por la mejor parte. 

Ir al pozo es fácil, es lo conocido, lo habitual y rutinario. Hay que ir cada día, no hay sorpresas: vas, llenas el cántaro, bebes… Pero cuando la sed surge de más hondo, cuando estas tan cansado y aburrido de ir y venir cada día, bajo el sol, cubriéndote de polvo, cuando has soñado con un agua viva que calma todos los tipos de sed…

La primera (Éx 17, 3-7) y segunda lectura (Rom 5, 1-2.5-8), y también el salmo 94, insisten en la necesidad de reconciliarnos con Dios, abriendo el corazón, es decir, unificarnos, recuperar la esencia original, volver a “Casa”. Es por Jesucristo por el que hemos recuperado la paz con Dios; de Él nos viene la gracia, que es la reconciliación con Dios.

Reconciliarse es conocer, saber que Él es el Salvador del mundo, es Ser en Él, ser Él, Ser. He ahí el ojo de aguja; para atravesarlo, hemos de convertirnos en agua. Siendo agua, ya no hay sed, ni hay más anhelo, ni carencia, ni  coleccionar maridos o experiencias, ni poner el corazón o la confianza en lo inmediato. Ya no hay más buscar en lo exterior, porque Él no está lejos, no viene de afuera; está dentro, para que Le adoremos en espíritu y en verdad. Y desde ahí nos colma y nos plenifica.

Podríamos hablar de tres aguas:
-   Agua estancada. Lo que hay de agua en aquellos que escogen el mundo, con sus satisfacciones efímeras, condenado a desaparecer.
-   Agua de la experiencia, purificada por el sufrimiento consciente. La que puede pasar por el ojo de aguja. Conciencia líquida.
-   Agua de Vida. La que Jesucristo nos ofrece. Surtidor que brota en uno cuando se renuncia a los manantiales que se secan o a los pozos conocidos, para escoger la Fuente.
  Cuando el agua de la experiencia, la samaritana, tú, yo, decide que quiere ser agua de Vida, surge la reconciliación, la comunión de las aguas, la Unidad. 

Recordemos que se trata del pozo de Jacob, figura del Antiguo Testamento. El que bebe únicamente de la tradición, de la Ley, de la religión externa, basada en normas y ritos, sigue en la experiencia, vuelve a tener sed. Solo el Evangelio de Jesucristo instaura el Reino y el camino de retorno al Origen, el agua de la Vida. Porque Jesús hace nuevas todas las cosas.

En Él comprendemos que el Espíritu sopla donde quiere (Juan 3, 8), y que el templo definitivo es uno mismo, tú, yo, nosotros mismos, para adorar en espíritu y en verdad (Juan 4, 24). Esa es la maravilla, el inefable don que tanto cuesta reconocer: Dios nos habita.
                                                                                               
La samaritana es una figura teológica, como tantas en las Sagradas Escrituras. Una mujer que simboliza el alma, y los cinco maridos pueden representar, como dice Meister Eckhart, los cinco sentidos, o las cinco funciones inferiores. El sexto, el que tampoco es marido verdadero, se me ocurre que podría simbolizar esa religiosidad puramente externa que no llega al corazón, y por tanto no sacia, no une, no transforma.

Jesús, el verdadero Esposo, el séptimo, número de totalidad, el definitivo, le dice al alma que cambie su atención, que la lleve del cuerpo, lo sensual, lo inmediato, al espíritu. Porque lo que el cuerpo busca es siempre, como él, temporal e insatisfactorio, pero lo que el espíritu anhela es eterno y sacia definitivamente.

Jesús es Esposo para todos, pues se dirige a lo femenino, a la dimensión contemplativa y creativa que mora en todo ser humano, hombre o mujer; a esta dimensión de nosotros mismos, la más íntima, la que acoge y recibe, la que, una vez que ha despertado, es capaz de reconocerse como amor.

Samaría significa unión con Dios, dice Johannes Tauler. En el camino hacia esa unión, el alma va transformándose y las señales de ese cambio interior nos las dan las actitudes de la samaritana. Al principio, se muestra distante, casi insolente; a continuación, manifiesta asombro, seguido de respeto, y, al final, reverencia, disponibilidad plena para adorar en espíritu y en verdad.

Jesús ofrece la esencia de Su enseñanza a una mujer cansada de beber aguas que no calman la sed; una mujer que, a pesar de haberse unido ya a seis hombres, los cinco maridos y el sexto que no es, conserva la inocencia necesaria para comprender en qué consiste adorar en espíritu y en verdad, más allá de formas, nombres, lugares, templos y santuarios. Una mujer, cuando las mujeres eran consideradas claramente inferiores a los hombres, y además samaritana, comunidad herética para los judíos, recibe del mismo Jesús nada menos que el mensaje de la universalidad.

En espíritu y en verdad… Si traducimos literalmente del griego: en pneumati kai aletheia: en la respiración (en pneumati, de pneuma, el aliento, rouah en hebreo) y en la vigilancia (a-letheia, sin lethè, sin sueño, sin letargo). Hemos de adorar despiertos, vigilando, con una respiración consciente. Cobra así todo su sentido la exhortación a orar siempre de san Pablo. Porque la Fuente nunca nos abandona; somos nosotros los que podemos olvidarla. Si nos mantenemos atentos a la respiración y al momento presente, podemos ser conscientes de la Verdad en la que somos, esa que configura nuestra identidad, que nos llena de amor porque es más íntima a mí que yo misma.

 Qué encuentro luminoso al que estamos todos llamados, de uno en uno, para ser dignificados, como la despreciada samaritana... La escogida para recibir la gran enseñanza sobre la Unidad es capaz de acogerla de un modo total, por eso se transforma en doncella, de nuevo joven y pura, enamorada para siempre del verdadero Esposo. Hoy, la Samaritana se asoma al blog hermano Via Amorispara darnos desde allí su propio testimonio.

213. Diálogos Divinos. Comunión continua en Divina Voluntad