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sábado, 7 de marzo de 2026

Comunión de las aguas

 

Evangelio según san Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y le dice: “Dame de beber”. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a buscar comida). La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Él le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. La mujer le dice: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero, adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad”. La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo: cuando venga él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Soy yo: el que habla contigo”. En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: “¿Qué le preguntas o de qué le hablas?”. La mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?”Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. El les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis”. Los discípulos comentaban entre ellos: “¿Le habrá traído alguien de comer?” Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo el salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: “Uno siembra y otro siega”. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores”. En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”.


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                                          Jesús y la samaritana, Paolo Veronese

Si te imagino, mi Dios, en cualquier forma o en cualquier cosa que tenga forma, me convierto en un idólatra.
Él mismo nos dice: “Os conviene que me vaya. Si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros".
                                                                                          Guillermo de San Thierry

           Evangelio, el de hoy, inagotable, cuajado de simbolismos, metáforas y claves. Me atrevería a decir que en él se expresa cuanto necesitamos para transformarnos y avanzar en el camino de retorno a la Fuente. Podríamos escribir un libro o mil sobre este diálogo misterioso. O no escribir nada, sino sentirlo en el centro del corazón, si anhelamos volvernos surtidor que salta hasta la vida eterna.

    Intentaremos asomarnos apenas a este encuentro de Jesús con la Samaritana, de Cristo con el alma, comunión de las aguas a la que estamos llamados todos, de uno en uno. Agua viva del ser, la única capaz de calmar el anhelo más profundo de verdad, dicha y plenitud. Alma y Cristo, agua de la experiencia y agua de vida.

         Hoy se nos invita de nuevo a prescindir de remedios pasajeros, apoyos materiales y vanas ilusiones, a no conformarnos con charquitos o aguas estancadas que, en lugar de apagar nuestra sed, la acentúan. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo, por eso no pueden llenarnos los bienes del mundo, por mucho que intentemos sacralizarlos.

        El Verbo se encarnó por nosotros, pero ya antes era y, después de subir al Padre, siguió siendo. Somos llamados a esa vida de plenitud, pero si nos conformamos con lo inmediato y efímero, aunque sea bueno, si no nos atrevemos a ir más allá, siguiendo Sus huellas, no llegaremos a lo más sutil, lo sublime, el amor absoluto.

         Él nos habla en espíritu y verdad, y quiere ser escuchado y respondido de la misma forma. Él y nuestro corazón abierto, receptivo, atento, comunicándose. Sólo hay que escucharle dentro del corazón, porque está ahí, y amarle con nuestra esencia, que es espíritu y verdad.

Sat Cit Ananda (Ser, Conciencia, Bienaventuranza), se dice en sánscrito, uno de los idiomas más antiguos y de los más espirituales. Pero es más, infinitamente más de lo que se pueda decir con palabras de cualquier idioma: ni ojo vio, ni oido oyó. Que venga a nosotros Su reino, ahora, en este mundo con el que cada vez nos identificamos menos, cuando logramos vivir en Su presencia, tan real y transformadora como hace casi dos mil años, junto al Pozo de Jacob.  

La mujer desencantada de Sicar vuelve a ser doncella, recupera la virginidad espiritual, la verdadera, con su candor y su encanto renovados. Y descubre que nadie puede apartarla de Él ni arrebatarle la pureza que Su agua ha restaurado. 

La samaritana es arquetipo de quien se hartó de repetir una y otra vez las mismas historias; no le basta el agua de la experiencia, que ha de beberse periódicamente porque no calma la sed de un modo pleno y definitivo. Ella anhela ya el agua de Vida, dar el salto, emprender el camino de vuelta al Origen.

Porque la tradición y la religión externa, simbolizada por el Pozo de Jacob, son buenas, son la base, la piedra que contiene el agua de la experiencia y la mantiene pura; pero ella necesita el agua de Vida, quiere convertirse en agua, manantial generoso y vivificante. Por eso el evangelista no nos presenta a una joven, sino a una mujer cansada, defraudada por la vida y por los hombres, dispuesta a soltarlo todo y apostar por la mejor parte. 

Ir al pozo es fácil, es lo conocido, lo habitual y rutinario. Hay que ir cada día, no hay sorpresas: vas, llenas el cántaro, bebes… Pero cuando la sed surge de más hondo, cuando estas tan cansado y aburrido de ir y venir cada día, bajo el sol, cubriéndote de polvo, cuando has soñado con un agua viva que calma todos los tipos de sed…

La primera (Éx 17, 3-7) y segunda lectura (Rom 5, 1-2.5-8), y también el salmo 94, insisten en la necesidad de reconciliarnos con Dios, abriendo el corazón, es decir, unificarnos, recuperar la esencia original, volver a “Casa”. Es por Jesucristo por el que hemos recuperado la paz con Dios; de Él nos viene la gracia, que es la reconciliación con Dios.

Reconciliarse es conocer, saber que Él es el Salvador del mundo, es Ser en Él, ser Él, Ser. He ahí el ojo de aguja; para atravesarlo, hemos de convertirnos en agua. Siendo agua, ya no hay sed, ni hay más anhelo, ni carencia, ni  coleccionar maridos o experiencias, ni poner el corazón o la confianza en lo inmediato. Ya no hay más buscar en lo exterior, porque Él no está lejos, no viene de afuera; está dentro, para que Le adoremos en espíritu y en verdad. Y desde ahí nos colma y nos plenifica.

Podríamos hablar de tres aguas:
-   Agua estancada. Lo que hay de agua en aquellos que escogen el mundo, con sus satisfacciones efímeras, condenado a desaparecer.
-   Agua de la experiencia, purificada por el sufrimiento consciente. La que puede pasar por el ojo de aguja. Conciencia líquida.
-   Agua de Vida. La que Jesucristo nos ofrece. Surtidor que brota en uno cuando se renuncia a los manantiales que se secan o a los pozos conocidos, para escoger la Fuente.
  Cuando el agua de la experiencia, la samaritana, tú, yo, decide que quiere ser agua de Vida, surge la reconciliación, la comunión de las aguas, la Unidad. 

Recordemos que se trata del pozo de Jacob, figura del Antiguo Testamento. El que bebe únicamente de la tradición, de la Ley, de la religión externa, basada en normas y ritos, sigue en la experiencia, vuelve a tener sed. Solo el Evangelio de Jesucristo instaura el Reino y el camino de retorno al Origen, el agua de la Vida. Porque Jesús hace nuevas todas las cosas.

En Él comprendemos que el Espíritu sopla donde quiere (Juan 3, 8), y que el templo definitivo es uno mismo, tú, yo, nosotros mismos, para adorar en espíritu y en verdad (Juan 4, 24). Esa es la maravilla, el inefable don que tanto cuesta reconocer: Dios nos habita.
                                                                                               
La samaritana es una figura teológica, como tantas en las Sagradas Escrituras. Una mujer que simboliza el alma, y los cinco maridos pueden representar, como dice Meister Eckhart, los cinco sentidos, o las cinco funciones inferiores. El sexto, el que tampoco es marido verdadero, se me ocurre que podría simbolizar esa religiosidad puramente externa que no llega al corazón, y por tanto no sacia, no une, no transforma.

Jesús, el verdadero Esposo, el séptimo, número de totalidad, el definitivo, le dice al alma que cambie su atención, que la lleve del cuerpo, lo sensual, lo inmediato, al espíritu. Porque lo que el cuerpo busca es siempre, como él, temporal e insatisfactorio, pero lo que el espíritu anhela es eterno y sacia definitivamente.

Jesús es Esposo para todos, pues se dirige a lo femenino, a la dimensión contemplativa y creativa que mora en todo ser humano, hombre o mujer; a esta dimensión de nosotros mismos, la más íntima, la que acoge y recibe, la que, una vez que ha despertado, es capaz de reconocerse como amor.

Samaría significa unión con Dios, dice Johannes Tauler. En el camino hacia esa unión, el alma va transformándose y las señales de ese cambio interior nos las dan las actitudes de la samaritana. Al principio, se muestra distante, casi insolente; a continuación, manifiesta asombro, seguido de respeto, y, al final, reverencia, disponibilidad plena para adorar en espíritu y en verdad.

Jesús ofrece la esencia de Su enseñanza a una mujer cansada de beber aguas que no calman la sed; una mujer que, a pesar de haberse unido ya a seis hombres, los cinco maridos y el sexto que no es, conserva la inocencia necesaria para comprender en qué consiste adorar en espíritu y en verdad, más allá de formas, nombres, lugares, templos y santuarios. Una mujer, cuando las mujeres eran consideradas claramente inferiores a los hombres, y además samaritana, comunidad herética para los judíos, recibe del mismo Jesús nada menos que el mensaje de la universalidad.

En espíritu y en verdad… Si traducimos literalmente del griego: en pneumati kai aletheia: en la respiración (en pneumati, de pneuma, el aliento, rouah en hebreo) y en la vigilancia (a-letheia, sin lethè, sin sueño, sin letargo). Hemos de adorar despiertos, vigilando, con una respiración consciente. Cobra así todo su sentido la exhortación a orar siempre de san Pablo. Porque la Fuente nunca nos abandona; somos nosotros los que podemos olvidarla. Si nos mantenemos atentos a la respiración y al momento presente, podemos ser conscientes de la Verdad en la que somos, esa que configura nuestra identidad, que nos llena de amor porque es más íntima a mí que yo misma.

 Qué encuentro luminoso al que estamos todos llamados, de uno en uno, para ser dignificados, como la despreciada samaritana... La escogida para recibir la gran enseñanza sobre la Unidad es capaz de acogerla de un modo total, por eso se transforma en doncella, de nuevo joven y pura, enamorada para siempre del verdadero Esposo. Hoy, la Samaritana se asoma al blog hermano Via Amorispara darnos desde allí su propio testimonio.

213. Diálogos Divinos. Comunión continua en Divina Voluntad

sábado, 28 de febrero de 2026

Transfiguración

  

Evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte elevado. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías, conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo". Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis". Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No contéis a nadie la visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos". 

                                            La Transfiguración, Giovanni Bellini

                                    En Cristo habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente.
                                                                                                                           Col 2,9

                     La gloria que Cristo nos trajo era nuestra.
Él vino para que cayésemos en la cuenta.
                                           Maestro Eckhart

En la montaña, junto a Pedro, Juan y Santiago, somos testigos de la Gloria del Verbo encarnado. Jesús nos muestra su verdadera identidad como Hijo, para que conozcamos lo que le espera al que sea capaz de seguirle hasta otro monte, el Gólgota. Nos enseña el camino de negación y renuncia a lo que no somos, pero que nos ha dominado durante demasiado tiempo. Camino estrecho, penoso muchas veces, aunque mantengamos la serenidad y la apariencia de nuestra vida sea apacible y alegre.

La batalla es necesaria dentro de cada uno, porque hemos ocultado lo que realmente somos, bajo muchos disfraces, poses y prejuicios, detrás de máscaras tan pegadas a nuestra piel que arrancarlas cuesta y duele, a unos más que otros, a alguno tanto que es incapaz de reconocer que lleva máscara o disfraz.

Pedro se equivoca al equiparar a Jesús con Moisés y con Elías, cuando propone hacer tres tiendas y quedarse los seis en la montaña. Aún no se da cuenta de que Jesús es Único, no es comparable con los profetas. Es el mismo Dios quien hace callar a Pedro y nos permite oír Su voz: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo.” ¿Lo escuchamos realmente? ¿Dejamos que nos hable y nos toque para confortarnos y animarnos en nuestras vidas, a veces tan solitarias y tan vacías de sentido, tan alejadas, ay, a veces de lo esencial?
                     
El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14). Cristo encarnó; nosotros también hemos de encarnar, encontrando ese cuerpo profundo donde es posible el Misterio. Para el que se ha hecho uno con Jesús, miembro eterno de su Cuerpo Místico (1Cor 12, 27), la luz del Tabor se enciende como una llama, al principio pequeña, casi imperceptible, que poco a poco va creciendo, iluminándonos desde dentro.

La Transfiguración no es un relato pascual fuera de sitio, sino una auténtica experiencia a la que estamos llamados. Quien se mira en Dios para unirse a Él, no solo puede acceder a esa experiencia, sino que, en las dimensiones atemporales que la mística permite vislumbrar, está gozando ya, todo su ser transfigurado, de la Pascua eterna.

Somos hijos de la luz (Ef 5, 8). El camino del cristiano es un encuentro con la luz que, si no se vive hoy, difícilmente nos esperará en la vida futura. Jesús es la luz del mundo (Jn 8, 12) y, con Él, somos la luz del mundo (Mt 5, 14). ¿Y el cuerpo? ¿Es un obstáculo para ese encuentro? Al contrario, es vehículo, instrumento fiel para quien es consciente de ese "cuerpo interior" que se va encendiendo, alumbrando, transfigurando en el otro. 

Cuando el espíritu está unido a Dios, vivimos trascendiendo las dimensiones conocidas y hasta el cuerpo físico es capaz de transmitir una luminosidad nueva, como si los parámetros de belleza y dimensiones de la tierra se hubieran quedado pequeños, incapaces de expresar esa vida nueva. Es la Presencia Divina, Su Voluntad obrante en nosotros, que nos realiza en alegría y se manifiesta en la Luz que trasciende la luz, que se expande a lo ancho y a lo alto, en lo profundo y lo vertical, en una dimensión a la que aún no sabemos dar nombre, ni falta que nos hace.

Pedro, Santiago y Juan han visto con sus propios ojos la Gloria del Hijo de Dios y aun así no acaban de asimilarlo, como se verá después del Tabor. Les falta la gracia inspiradora del Espíritu, que despierte sus potencias escondidas y los transforme en hombres valientes, capaces y libres. Solo a partir de Pentecostés, serán realmente conscientes de ese hombre interior, espiritual, que Cristo despierta y conforma en cada uno, hombre nuevo, yo real que es capaz de hacer posible lo imposible. 

Cuando comprendes el sentido de la existencia, lo aceptas y te pones manos a la obra con los ojos y el corazón fijos en Aquel que nos da el propósito y la misión, empiezas a reflejar en tu rostro la luz y los rasgos de Jesucristo, porque ya no eres un ego separado, que se afana, se defiende y acapara, sino Cristo, vida nuestra (Col 3, 4). Entonces puedes dar testimonio de ese destino de luz que ya somos, bajo las capas de sombra, miedo, egoísmo y confusión que nos ocultan. 

La luz del Tabor es prefiguración del estado que espera a quienes siguen a Cristo en la cruz y en la resurrección. Así lo expresa San Agustín en las últimas líneas de La muerte no es el final (según muchos, apócrifo): Volveréis a verme, pero transfigurado y feliz, no ya esperando la muerte, sino avanzando con vosotros por los senderos nuevos de la Luz y de la Vida, bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar del cual nadie se saciará jamás. 

                                 113. Diálogos Divinos, Transformación Divina. II

sábado, 21 de febrero de 2026

Desierto, encuentro

 

Evangelio según san Mateo 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Pero él contestó diciendo: “Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”." Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras”.”  Jesús le dijo: “También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”.” Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor, le dijo: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Entonces le dijo Jesús: “Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.” Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.

                                             Las tentaciones de Cristo, 
Botticelli
                         

Desierto, encuentro con uno mismo en el silencio y la soledad. Allí fue donde Jesucristo se planteó cómo debía llevar a cabo su Misión. Allí debemos ir para saber cómo reorientar nuestras vidas, qué cambios coherentes debemos hacer para cumplir la vocación y seguirle a Él siempre, hasta el final. 

Vayamos al desierto con valentía porque en él se libra el combate interior. No se va al desierto para estar tranquilos, sino para mirar de frente nuestro lado oscuro y soltar, con la fricción con que las serpientes se desprenden de su vieja piel, al hombre viejo que ya no queremos ser.

                                                         Jesús vence las tentaciones, Willian Hole

Cuaresma, tiempo para aprender a vivir, sentir, pensar, actuar de un modo nuevo. Conversión: encuentro con la versión original de lo que estamos llamados a ser. El nuevo hombre no puede ser como el viejo Adán, entregado a su ambición y su egoísmo. En el desierto comprendemos que no sólo de pan (materia, contingencia, inmanencia) vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Jesucristo, el Verbo encarnado, fue tentado en lo más esencial de su misión: su mesianismo. Y nosotros somos tentados continuamente en la esencia de nuestra misión de discípulos. Somos tentados a no ser fieles, a seguirle a medias, a cambiar las enseñanzas de Jesús, que son Palabra de Vida eterna para acomodarlas a nuestros intereses.

Porque las tentaciones hoy se han sofisticado mucho, tienen que ver a menudo con esa vida mundana y hedonista que nos anestesia. Queremos todo y lo queremos ya, nos rodeamos de cosas, proyectos y posibilidades, no vaya a ser que nos perdamos algo…. Y por no perdernos nada, nos perdemos lo único importante. Como Esaú, renunciamos a la primogenitura por un plato de lentejas. Por salvar la vida, ese puñadito de años de vivir lo mejor posible, evitando no ya el sufrimiento, sino incluso cualquier molestia, perdemos la Vida verdadera, el alma y mucho más que el alma. 

Qué bien nos hace el desierto en este panorama tan desalentador… El desierto fortalece, ensancha los horizontes, enseña a renunciar, a soltar, a vaciarse. El desierto purifica, eleva y transforma, nos muestra la insignificancia de los afanes por los que nos desvivimos.

                                                    Jesús es tentado por el diablo, Juan de Flandes

Salir de Egipto, emprender el camino, errantes, como dice el Libro del Deuteronomio ( Dt 26, 4-10), es liberarse de tantas esclavitudes que nos ciegan y alienan, para encontrar la tierra prometida. A esa meta se llega atravesando el desierto, negándose, muriendo a uno mismo, renunciando al mundo para ganar el alma… Seamos valientes, políticamente incorrectos en un mundo de falsa corrección, mentira y desatino, en el que la consigna es no renunciar a nada, acaparar todas las posibilidades para el bien-estar, olvidando el bien-ser. Valoremos el esfuerzo, el sacrificio (sacer fare, hacer sagrado), el ascetismo, la humildad. 

Si nos asusta la inmensidad del desierto, ese vacío árido, esa ausencia de estímulos e impresiones, recordemos que no caminamos solos. Jesucristo está en el hermano que sufre y también en nuestro propio corazón atribulado, caminando junto a nosotros en cada uno de los desiertos que vamos atravesando.

El desierto, de arena, de agua, de hielo, de silencio, de confusión, de soledad, de angustia, de abandono, de tristeza…. es lugar de encuentro, más que de búsqueda, porque ya hemos encontrado, y el que ha encontrado no necesita seguir buscando, sino profundizar en ese encuentro, perfeccionándolo, haciéndolo cada vez más real y auténtico.

Ayuno, sobriedad, desprendimiento, soltar… No se trata de sacrificarse sin sentido o de forma masoquista. Recuerdo un cuento sobre un asceta que subía una montaña empinada con su discípulo, sin beber durante horas. El discípulo le decía: “Maestro, bebe, ¿qué pasa porque bebas? ¡No pasa nada!” Y el maestro respondió: “Ya lo sé. Si bebo, no pasa nada, pero si no bebo, pasan muchas cosas.” 

Las tentaciones que sufrió Jesús en el desierto se relacionan con las "consignas" de la cuaresma: ayuno, limosna y oración. En esta cuaresma intentaremos practicarlas con consciencia, profundizando en su verdadero significado.

                                                         51.Diálogos Divinos. Tentaciones


AYUNAR ES SOLTAR

¿Quieres ser verdaderamente rico? Abandona lo que se interpone entre tú y la Verdad, entre tú y la Libertad.

¿Qué te llevarás? ¿Qué podrás considerar tuyo el día de tu muerte? ¿Habrán valido la pena el tiempo y la energía invertidos en los afanes del mundo?

Los niños pequeños (antes de ser "abducidos" por la sociedad de consumismo y competencia) no acumulan. Si les regalan algo que ya tienen, dicen con energía y convicción: “Yo ya lo tengo”.

Hay lastre en nuestra vida: demasiados objetos, tareas, compromisos vanos, posesiones… Pero el lastre más pesado está dentro: actitudes, prejuicios, emociones negativas, obsesiones, compulsiones, miedo, angustia…

Una caña vacía puede transformarse en flauta musical.

Mira bien dónde pones tu corazón, porque eres lo que amas.

Esta vida es un peregrinaje y hemos de vivir como peregrinos, prestos a reemprender la marcha, solo con lo necesario.


AYUNO DE PALABRAS 

Aprende a callar si las palabras no son imprescindibles.

Que callen también los pensamientos, las expectativas, los condicionamientos, las inercias.        

El arte de callar: un verdadero trabajo interior.

En medio del ruido, valora el heroísmo del silencio y la discreción.

Las palabras tapan la verdad. El silencio es el termómetro de tu veracidad.

Andamos como autómatas, arrastrando un cargamento de fruslerías que expresamos con palabras huecas.

Si el vaso sigue lleno de palabras, no puede derramarse en él lo que está más allá del lenguaje.

La verdad está siempre más allá de las palabras; las palabras son como el dedo que señala la luna.

Solo palabras útiles, las necesarias, como dardos de luz al centro de ti mismo.

Si estás atento, despierto, vigilante, no puedes hablar de más ni puedes hablar de menos.

Di: sí, cuando es sí; y no, cuando es no, como el Maestro.

sábado, 14 de febrero de 2026

La Ley escrita en el corazón

 

Evangelio según san Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego.  Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echando entero en el abismo. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al abismo. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”. Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer –no hablo de unión ilegítima– la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio. Sabéis que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro uno solo de tus cabellos. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.”

 Sermon de Fra Angelico
                                               El Sermón de la Montaña, Fra Angelico

Quiso dar, ante todo, a quienes le escuchaban, la idea de que el verdadero Reino de Dios se abría en el temblor del alma y en la voluntad de perfeccionamiento. 
                                                                                                  Daniel Rops

Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras.
William Shakespeare

Después de proclamar las Bienaventuranzas y proponernos ser “sal” que da sabor y “luz” que alumbre a todos, Jesús sigue ofreciendo la enseñanza del Sermón de la Montaña, cuyo centro es la sinceridad, la coherencia y la pureza de corazón que permite amar. Comprendemos cómo es más importante la intención de perfeccionarse que la propia perfección.

La primera lectura de hoy (Eclesiástico 15, 16-21), subraya la libertad de elegir que Dios nos otorga, y deja claro que lo que Él detesta es la falsedad (ni deja impunes a los mentirosos), la perversión del corazón. Cuando dice que los ojos de Dios lo ven todo, no está amenazándonos, sino proponiendo el camino de la sencillez y la coherencia.

Por eso, el Salmo 118 canta: dichoso el que camina en la voluntad del Señor. Sobre este caminar junto a Él, dice David Steindl-Rast: “Podríamos haber esperado que Dios dijera “ponte de pie” o "arrodíllate” o “póstrate delante de mí”. No; “camina” es la palabra. El caminar demanda más confianza, más valor. Caminar implica riesgo, y la fe crece con el riesgo.” Caminar en la voluntad del Señor exige equilibrio, constancia, fidelidad, deseo de llegar a la Meta y amor por el camino. La audacia en el corazón es fundamental, unida a la confianza, una actitud limpia y un propósito claro.

La segunda lectura (1 Corintios 2, 6-10) muestra cómo los príncipes de este mundo quedan desvanecidos, porque su sabiduría es falsa, son tinieblas que no reciben la luz, están en la separación, pues han rechazado ellos mismos el amor. Para los sinceros, de corazón puro, de actitud clara, que caminan en la voluntad del Señor, está predestinada la sabiduría divina, la maravilla inefable.

Si nos quedaba algo de temor después de la primera lectura, San Pablo hace que se esfume, recordándonos que Dios ha dispuesto todo para nuestra gloria antes de los siglos y que es inimaginable lo que ha preparado para los que le aman. Porque el verdadero mandamiento: el amor, supone un requisito previo: no temer, pues amor y temor nunca van unidos.

Amar a Dios… ¿Cómo se Le ama? Acabamos de verlo: viviendo en Su voluntad, caminando en Su presencia, confiando en Él. Es la Ley del Amor a Dios y a los hermanos, que incluye y trasciende todos los mandamientos, con la sutileza y perfección del corazón. Es la sabiduría del Reino, no la falsa sabiduría del mundo y sus trampas y falacias.

En el Evangelio que hoy contemplamos, Jesús se nos muestra con una autoridad nunca antes vista, superior a la propia Ley. Quiere sacudir nuestras conciencias, y lo hace a través de las famosas antítesis basadas en la hipérbole, propia del pensamiento oriental. El ojo y a la mano que son “ocasión de pecado” simbolizan los deseos torcidos, las intenciones perversas, que hay que extirpar implacablemente del corazón.

Profundiza en el mandamiento No matarás” (Éx 20, 13 y Dt 5, 17), para subrayar el respeto y el amor que nos debemos unos a otros. Quiere que entendamos que ese amor está por encima de todo reglamento y prescripción, por encima incluso de la religiosidad oficial y exterior.
 
Sobre el antiguo precepto de no jurar, Jesús quiere subrayar la necesidad de ser sinceros, transparentes y fieles a la verdad. El hombre que camina en presencia de Dios no tiene que justificarse ni defenderse de nada ni de nadie, por eso no tiene que utilizar el lenguaje como una excusa o un medio de protección de su propia imagen. Camina en la Verdad, y la Verdad le hace libre y le asienta en su identidad profunda. 

Frente a normas huecas, prescripciones tantas veces vacías de contenido, Jesús nos propone el discernimiento basado en el amor y la sinceridad,  la búsqueda de la Ley interior, que es la del corazón. Antes de Él, se nos hablaba de prohibiciones, cumplimientos y reglas externas, Jesús hablará de la transformación interior necesaria y previa para poder cumplir la Ley fundamental, el mandamiento del amor.

La ley del Antiguo Testamento es el cimiento firme y necesario de la religión, que se plasma en preceptos, ritos y fórmulas. El peligro consiste en no ver más allá, quedarse a ras de suelo sin profundizar ni avanzar. Porque estamos llamados a vivir desde nuestra verdadera esencia, que es la unión indisoluble con Dios, la correspondencia de Amor para la que fuimos creados. Comprendemos el sentido de la verdadera oración (Mt 6, 5-8) y lo que significa adorar en espíritu y en verdad (Jn 4, 23-24). Se trata de vivir esa unión para ser fieles al Mandamiento del Amor.

Si logramos vivir en la Divina Voluntad, viviremos ya la vida eterna. Solo en Comunión con Jesús, fieles a Su Vida en nosotros, podemos vivir con verdad y valor, honestidad y coherencia, y logramos eso tan difícil para un mundo de justificaciones, autodefensa y verborrea: decir sí, cuando es sí, y no, cuando es no. Hay tanta palabrería vana, tanta dispersión dialéctica en nuestras vidas, que a veces parece incluso hacernos olvidar nuestro Ser verdadero.

Jesús nos presenta un nuevo nivel de mandamientos acorde con ese Ser que quiere devolvernos. Nada de medias tintas: excelencia, perfección, pero no como la del mundo, sino como la del Reino, basada en la coherencia, la intención y la pureza de corazón. Porque es en el corazón donde nace todo: lo bueno, lo malo, lo que mancha, lo que limpia... Se acabaron las mediocridades y la hipocresía; estamos llamados a la perfección, esto es, a la Santidad Divina. 

De ahí lo de no saltarse ni una letra ni una tilde. Se nos pide un cumplimiento total, pero no en la forma, vacía tantas veces de contenido, sino en el fondo, donde brota la fuente del amor. Por eso ya no son necesarias las justificaciones, y nos basta decir sí o no. Todo lo demás viene del maligno, del embaucador, del incoherente, del mentiroso, del separador… Y es dentro de cada uno donde se le vence, aunque a veces nos parezca verle fuera, otra forma de seguir justificándonos. 

Decir "sí" o "no", sin ambigüedades ni malos entendidos, valientes y libres, consecuentes con nuestra esencia, que es la Voluntad Divina obrante en la criatura, que se deja transformar porque sabe que es Dios Quien lo hace todo y nosotros los que le dejamos hacer. En esa disponibilidad, esa entrega plena, se encuentra la perfección.

Como San Pablo, gloriémonos en nuestra debilidad, con la alegría y la confianza del que sabe que hay Alguien que completa, restaura, perfecciona todo, toma las distorsiones e incoherencias del pasado y las transforma en coherencia y acierto, obra cumplida y completa. Solo Él tiene Palabras de Vida; alimentémonos de ellas, soltando el ruido vano de la palabrería vana, que confunde y entretiene, impidiéndonos caminar en Su voluntad, Su presencia, Su verdad, que es Amor. Y recordando siempre que el imperativo que más a menudo aparece en los Evangelios en boca de Jesús es: "No tengáis miedo". 

 
17. Diálogos Divinos. ¿Somos dignos de la Santidad Divina?

              ¿Por qué la primera Ley, escrita por el dedo de Dios (Ex 31,18), no dio este socorro tan necesario de la gracia? Porque fue escrita sobre tablas de piedra, y no sobre tablas de carne, que son nuestros corazones (2Co 3,3).
              Es el Espíritu Santo el que escribe, no sobre la piedra, sino en el corazón; "la Ley del Espíritu de vida", escrita en el corazón y no sobre la piedra, esta Ley del Espíritu de vida que está en Jesucristo en el que la Pascua ha sido celebrada con toda verdad (1Co 5,7-8), os ha librado de la ley del pecado y de la muerte.
              ¿Queréis una prueba de la diferencia evidente y cierta que separa el Antiguo Testamento del Nuevo?... Escuchad lo que el Señor dijo por boca del profeta: "Grabaré mis leyes en vuestras entrañas, y la escribiré en vuestros corazones" (Jr 31,33). Si la Ley de Dios está escrita en tu corazón, no produce miedo (como en el Sinaí), sino que inunda tu alma de una dulzura secreta.
                                                                          
                                                                                                             San Agustín