En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”». También les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas". Después les dijo esta otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa". Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo. Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña en el campo". Él les respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!"
Parábola de la cizaña, Domenico Fetti
Antes del Bautismo, el hombre está poseído por Satán; después del Bautismo, es el campo de batalla entre Cristo y Satán. Pero Cristo es más fuerte y Satanás acaba encadenado y vencido.
Georges Bernanos
Como vemos en el blog hermano, Via Amoris, Jesucristo es el Reino y viene a dárnoslo, viene a darse. De ahí el versículo que repetimos en el Salmo de hoy: Tú, Señor, eres bueno y clemente (Salmo 85). Un Niño nacido de una joven virgen es más grande que todo nuestro mundo, más grande que todo. Y cuanto toca ese bebé-semilla, que es Dios, se transforma y adquiere un potencial que no se ve, pero que está lleno de Su misma Vida. Él es el Dueño del poder, leemos en la primera lectura (Sabiduría 12, 13.16-19), y si no recibimos Su Vida, la cizaña que el enemigo esparció entre el trigo que somos nos invade y malogra lo que deberíamos llegar a ser.
La cizaña y el trigo están en el campo, que es el mundo, y también están dentro de nosotros, en el campo que cada uno lleva en el corazón, pero esta cizaña propia cuesta más verla, porque solemos estar dormidos, y por eso ni tenemos ojos para ver ni oídos para oír. La vida, cuyo fin es realizar y extender el Reino es desperdiciada en afanes inútiles que nos entretienen y alejan del Camino que es Jesús, porque solo Él nos lleva de regreso a nuestra verdadera identidad.
Nos afanamos en lo que no es, en lo que se quemará, hacemos de la mentira nuestro modo de vida, rodeándonos de palabras engañosas y ensoñaciones inútiles, llenas de ambigüedades y falacias. Es lo que san Juan Crisóstomo llama “el método del diablo”, que consiste en mezclar siempre la verdad con el error, revestido este con las apariencias y colores de la verdad, de manera que pueda seducir fácilmente a los que se dejan engañar. Por eso, el Señor habla de cizaña porque esta planta se parece al trigo. Seguidamente indica como lo hace para engañar: Mientras la gente dormía. Cristo nos dice todo esto para enseñarnos a no dormirnos, de ahí la necesidad de la vigilancia de un guardia. Y también nos dice: El que persevere hasta el final se salvará. Por otra parte, ¿es posible que una parte de esa cizaña se convierta en trigo? Si lo arrancáis ahora podéis perjudicar la próxima cosecha arrancando a los que podrían llegar a ser mejores.
Creemos, como San Juan Crisóstomo, que hay esperanza para este mundo tan infestado de modos diabólicos. El Señor y Su Reino están entre nosotros, trabajando silenciosamente el corazón-campo de cada hombre, Él está dentro de esos corazones y, como levadura en la masa, hará crecer la semilla del Reino. Su fermento irá transformando toda la masa.
Y puede que un día, cuando intentemos descubrir cuánta cizaña queda en nuestro corazón, nos demos cuenta de que no queda cizaña, que en realidad era trigo, siempre fue trigo, que había olvidado a Su Sembrador y su identidad. Porque el origen del mal es siempre el mismo, lo que hizo caer a Adán y a nosotros con él: olvidar que Dios nos ama y que nosotros le amamos.
Magdalena penitente, José Murillo
San Agustín estudió durante años el “misterio de la iniquidad” y llegó a la conclusión de que Dios es capaz de sacar mayor bien de algo tocado por el mal y vuelto al bien, que de algo que siempre fue impecable. A la misma conclusión llega José Tissot en el precioso libro: El arte de aprovechar nuestras faltas, poniendo el ejemplo de Santa María Magdalena: Regad con este llanto el espacio de vuestra vida que ha sido estéril, porque no quisisteis que el amor lo iluminase; y el amor vendrá llevado por esas aguas. ¿Quién sabe si delante de Dios esos años dorados no llegarán a ser más hermosos, más fecundos y más preciosos por la penitencia, que lo hubiesen sido por la inocencia? Podría ser que no tuvieseis que lamentaros de haber pecado como Magdalena, si lloráis cómo lloró Magdalena.
También a Santa María Magdalena pone como ejemplo San Francisco de Sales: Magdalena se convirtió tan admirablemente que, de una criatura manchada y llena de suciedad como era, llegó a ser un vaso puro y limpio, adecuado para recibir el agua preciosa y aromática de la gracia con la que después embalsamó a su Salvador: la que, por sus pecados era una vasija de mal olor, llegó a ser por esta conversión como una flor de delicioso aroma. Y cuanto más desagradable fue por el pecado, tanto más quedó purificada y renovada por la gracia, igual que las flores se desarrollan y obtienen su hermosura de una materia fétida y podrida, pues cuanto más estiércol tiene la tierra en que se producen, más crecen y más hermosas se hacen.
El Reino es ya si vivimos en el amor perfecto, que es vivir fundidos con Jesús, en Él, por Él y para Él. Eso es vivir en la Divina Voluntad, sabiendo que todo lo hace Jesús en ti porque has llegado a tu nada. Y lo que echabas de menos, lo que anhelas y añoras empieza a aparecer a tu alrededor: seres amados que perdiste, bienes y gozos divinos…, aunque aún no lo veas, porque la Divina Voluntad obrando en ti te da la eternidad de Dios, en la que nada se pierde, se rompe, se corrompe o se separa.
179. Diálogos Divinos. Necesidad del conocimiento del mal
Entonces el hombre bueno llamó a Gawain, y le dijo:
-Mucho tiempo ha pasado desde que fuiste hecho caballero, y desde entonces nunca serviste a tu Creador; y ahora eres un árbol tan viejo que no hay en ti hoja ni fruto; así que piensa que rendirás a Nuestro Señor la pura corteza, ya que el demonio tiene las hojas y el fruto.
La muerte de Arturo, sir Thomas Malory
A veces pienso que me volvía a los dioses falsos para adquirir alguna capacidad de adoración, con vistas al día en que el verdadero Dios me llamase a Él. No es que no pudiera haber aprendido esto mucho antes y de una forma menos drástica, de una forma que no conoceré nunca, sin apostasía, sino que los castigos divinos también son dones, que de un gran mal saca un gran bien y que de la ceguera condenable hace un remedio.
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
Ntra. Señora del Carmen, P. A. Gajardo
Mira la Estrella. Llama a María.
San Bernardo
Hoy miramos a María, en la Advocación de Nuestra Señora del Monte Carmelo, la Virgen del Carmen. Una de las lecturas propias de la Festividad nos la muestra firme, sostenida por la Gracia, de la que es mediadora, en el Calvario, recibiéndonos por hijos.
Vemos a través de los ojos de María la imagen del Hijo en la Cruz. Porque Jesús nunca murió en su Madre, el mundo no se quedó definitivamente sin luz, dicen los padres de la Iglesia; Él siguió alumbrándonos a través de ella. Cuando nos damos cuenta de esa verdad, comprendemos lo que es María, su verdadera trascendencia y el sentido más profundo del “Hágase en mí según tu Palabra”. Ella renunció a su palabra, para vivir la Palabra. Por eso se convierte en palabra viva y testimonio vivo de Dios.
Contemplando ese misterio de la Virgen-Madre, una con Su Hijo, desde el Sí luminoso que hizo posible la Salvación, hasta el Sí amargo y fecundo como ninguno junto a la Cruz, me doy cuenta de que, si la Eucaristía es recibir realmente la sangre y el cuerpo de Jesús, ¡y lo es!, Su sangre y la mía se unen y, prodigio de Amor, es también la Sangre de María, madre nuestra, la que nos da vida nueva.
La Crucifixión, Rubens
“¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). Es en el Templo donde María encontró a Su hijo a la edad de doce años, y en el Templo Le encontramos hoy. Por eso tenemos que convertirnos en Templo donde unirnos a Él, porque los verdaderos adoradores son los que Le adoran en Espíritu y en Verdad. Le encontramos en nosotros, donde está Su sangre, que es también la de María, mezclada con la nuestra. Pero aún no permitimos que la Suya circule por nosotros y por eso, a veces, volvemos a abandonarle.
En cambio, para la Madre, su vida no importa ante la vida de Su Hijo. La grandeza de María está vivir la voluntad del Padre sin reserva, hasta el final. Muriendo a su palabra humana, de humilde doncella de Nazaret, dio a la luz a la Palabra. Soportando por obediencia y amor el sufrimiento de ver morir a su Hijo en la Cruz, nos da a luz a nosotros. Sigamos su ejemplo, seamos humildad y silencio, fidelidad y obediencia a la Voluntad de Dios.
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga». Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «Por qué les hablas en parábolas?». Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».
Yo Soy el Pan de la Vida, Joaquín Sorolla
El “reino de Dios” es el centro del Evangelio, la Buena Noticia que anunciamos y queremos vivir. Un reino cercano (Marcos 1,15), interior (Lucas 17,21), presente y actual (Mateo 20,28). Lo eterno en nosotros son esas semillas del reino llamadas a perdurar. Lo demás es nada, polvo, fuego de artificio, luces de neón. Pero no podemos anunciar y vivir el Reino si no lo recibimos, acogemos y entendemos con el corazón abierto y disponible.
Cristo está depositado como semilla en cada ser humano, queriendo hacerse vida en él, para que demos a Dios la gloria que le negamos con la caída. Para amar a los demás hemos de recordar que Jesús está en cada uno, como semilla que espera ser regada.
En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, Cristo es la semilla, grano de trigo divino, entregado para dar vida. Por eso en una diminuta Hostia consagrada está la Divinidad completa. Al comulgar, es el mismo Jesús en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad Quien se da con todo lo Suyo: la Creación, la Redención, la Santificación a la que estamos llamados, esto es, la semejanza recuperada. Pues todo Es “a la vez”, no cronológico, todo Es en el Acto Único de Dios.
Cristo entra en ti y si lo acoges y dejas que se quede para obrar en ti, no solo para habitarte, te convierte en Sí, te convierte en Dios. Es el milagro de los milagros, el más inadvertido para los sentidos físicos, pero el más eficaz. Porque milagro es algo que vence la naturaleza; y en esa Comunión conscientemente aceptada es vencida nuestra naturaleza caída y se restaura la gracia, la Vida Divina que se le dio a Adán en la Creación, pero con mucho más, infinitamente más de lo que Adán recibió: con la Sangre de Cristo redentora, Sus llagas benditas, la herida de Su costado, tan pequeña como la punta de una lanza, tan grande como para abarcar toda la Creación, toda la Redención y a todos los que aceptan esa Redención, que es el inicio del Reino de Dios, la Nueva Creación.
Felix culpa, dijo San Agustín, que intuyó la magnitud de lo que se nos dio con la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, la semilla triturada que dio origen al Árbol de la Vida, en cuyas ramas se posan los redimidos, y en cuya savia fluye Su Sangre bendita junto con la sangre del que se atreve a ser más que redimido, más que salvado, se atreve a morir, semilla triturada, para ser Uno con el Salvador. Su Sangre, Su Vida se funde con la vida de la criatura para transformarla y divinizarla.
En este post y en el blog hermano, Via Amoris, algunos extractos de Libro de Cielo, dictado por Jesús a Luisa Piccarreta, acerca del Sembrador Divino, y de la Vida que Su Voluntad siembra en el alma:
24-2-1933
Tú debes saber que mis verdades son semillas que Yo, agricultor celestial continúo sembrando en las almas, y si hago mi siembra, con certeza debo recoger el fruto. Muchas veces me sucede a Mí como al pobre sembrador que arroja su semilla en la tierra, la cual por falta de humedad, la tierra no tiene la fuerza de comerse la semilla para digerirla y convertirla en tierra, y de la sustancia que ha absorbido de la semilla dar al pobre agricultor el diez, el veinte, el ciento de la semilla que se ha comido; otras veces, mientras arroja la semilla, por falta de lluvia la tierra se hace dura sobre la semilla, y no encuentra el camino para hacer salir la vida, la sustancia de la semilla que encierra, y el pobre agricultor debe tener paciencia para recibir la cosecha de sus semillas. Sin embargo, con haber sembrado la semilla, ha hecho ya una cosa y puede tener esperanza, quizá una lluvia dé la humedad a la tierra, la cual poseyendo la sustancia de su semilla hará surgir lo que ha sembrado, o bien, quitando la dureza, removiéndola, forma los caminos para reproducir su semilla, así que el sembrador a pesar de que la tierra no produce súbito la multiplicidad de la semilla que ha recibido, el tiempo, las circunstancias, la lluvia, puede hacer producir una cosecha más abundante, que no se esperaba. Ahora, si el agricultor a pesar de todas las dificultades de la tierra puede esperar y recibir una abundante cosecha, mucho más Yo, agricultor celestial, habiendo sacado de mi seno divino tantas semillas de verdades celestiales para sembrarlas en el fondo de tu alma, y con la cosecha llenar todo el mundo
7-10-1934
Así nuestro Ser Supremo, reservándose para Sí la parte más noble del hombre, la cual es el alma, más que sol fijamos su interior, lo dardeamos, lo modelamos, y conforme lo tocamos, más que luz solar, ponemos la semilla del pensamiento en la inteligencia, la semilla de nuestro recuerdo en la memoria, la semilla de nuestra Voluntad en la suya, la semilla de la palabra en la voz, la semilla del movimiento en las obras, la semilla de nuestro amor en el corazón, y así de todo lo demás. Ahora, si nos pone atención trabajando el campo de su alma junto con Nosotros, porque jamás retiramos nuestro Sol Divino, de noche y de día estamos sobre él más que tierna madre, ahora para alimentarlo, ahora para calentarlo, ahora para defenderlo, ahora para trabajar juntos, y para cubrirlo y esconderlo en nuestro amor. Entonces haremos una bella cosecha que les servirá para alimentarse de Nosotros, y alabarnos nuestro amor, nuestra potencia y sabiduría infinita, y si no nos pone atención, queda sofocada nuestra semilla divina, sin producir el bien que posee, y él queda en ayunas, sin los alimentos divinos, y Nosotros quedamos en ayunas de su amor. Cómo es doloroso sembrar sin recoger, pero a pesar de todo esto, es tanto nuestro amor, que no lo dejamos, continuamos a dardearlo, a calentarlo, casi como sol que no se cansa de hacer su pasadita de luz, a pesar que no encuentra ni plantas, ni flores dónde poner la semilla de sus efectos. ¡Oh! cuántos bienes de más haría el sol si no encontrara tantas tierras estériles, pedregosas y abandonadas por el hombre. Así Nosotros, si encontráramos más almas que nos pusieran atención, daríamos tantos bienes de transformar a las criaturas en santos vivientes y en copias fieles de Nosotros. Pero en nuestra Voluntad Divina no hay peligro de que no reciba nuestra semilla diaria, y que no trabaje junto con su Creador en el campo de su alma. Por eso siempre en mi Fiat te quiero, no pienses otra cosa, así haremos una bella cosecha, y tú y Yo tendremos alimentos abundantes, para poder abastecer a los otros, y seremos felices de una sola felicidad”.
En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»
Dos amores fundaron, pues, dos ciudades, a saber: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial.
La primera se gloría en sí misma; la segunda, se gloría en el Señor.
San Agustín
Los sabios y entendidos del mundo no pueden pasar por la «puerta estrecha», ese umbral invisible, que da acceso al Reino. Los pequeños, los sencillos son capaces de encontrar el camino de retorno, desde el exilio a la tierra prometida, a nuestra esencia original, anterior a la caída que la soberbia provocó.
Los sabios y entendidos han olvidado que Dios les ama y que ellos han sido creados para corresponder a ese amor. Escogen la separación, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal y caen en la eterna tentación de Adán y Eva, alejándose de la Sabiduría. Los pequeños, los sencillos conocen la voz del Buen Pastor y la Puerta que lleva a los verdes pastos, en cuyo centro está el Árbol de la Vida.
El pequeño, el humilde y sencillo, se ha liberado de las cadenas de la mente, que se disfrazan de conocimientos, saberes, ideologías…, ha soltado incluso la necesidad de hacer y de saber. Es la muerte del ego, el renunciar al mundo para ganar el alma, el perder la vida para ganar la Vida, el morir a uno mismo para nacer al Sí mismo.
Ser como los pequeños que menciona Jesús en el Evangelio de hoy es recuperar la infancia espiritual, y hacerse como niños para entrar en el Reino. En este camino descendente de regreso a la inocencia, seguir al Maestro manso y humilde de corazón que nos guía.
Es hora de abrir los ojos, encontrarnos con la mirada amorosa de Jesús que nos ofrece alivio y descanso, Verdad y Vida. Ese es el Camino de santificación: unirnos al único Santo, el único Bueno, para encontrar en Él el verdadero nombre de cada uno, escrito por Dios antes de los tiempos. Porque la eternidad es más que tiempo infinito, mucho más que “sin tiempo”, es Conocimiento, pero no intelectual, sino Conocimiento que empieza por la intimidad y sigue por la unidad con la Fuente de toda Sabiduría, la Palabra viva y eficaz.
Los que quieran ser santos al modo humano que sigan preocupándose de hacer, lograr y acumular méritos. Los que solo anhelen Ser en Cristo, el único Bueno, que nos brinda paz y consuelo, que sean tan humildes, tan pequeños y tan sabios como el campesino analfabeto que admiró al cura de Ars, porque su grado de confianza e intimidad con el Señor en el Sagrario le permitía mirarle, ser mirado por Él y estar “contento”, es decir, adentrarse en la eternidad.
Nosotros no somos tan sabios como aquel campesino de corazón de niño y alma translúcida. Por eso nuestra tarea consiste en soltar, dejar lo que no somos, abandonar con alegría lo que nos impide recibir lo que el Hijo quiere darnos: todo lo que le ha dado el Padre, esto es Todo.
El precio de la vida eterna es lo que creemos ser y la recompensa es unirnos a Jesús, que nos conduce a la verdadera Semejanza. Esto es, el premio es ser en Él, con Él y como él.
Ante tal esperanza, ¿qué responder a la invitación que Jesús nos hace en el Evangelio de hoy? Los pequeños y sencillos, los pobres de espíritu saben que la única respuesta es el Fiat, el sí definitivo, la entrega total a la Voluntad de Dios. Los falsos sabios y entendidos del mundo ni siquiera escucharán al Maestro, seguirán inmersos en sus afanes y a los reclamos del mundo, atentos a esas luces de neón que les mantendrán para siempre alejados de la verdadera luz, sin darse cuenta de las tinieblas que ya se ciernen sobre el mundo.
226. Diálogos Divinos. La nada en la Divina Voluntad
Cuando el hombre se humilla, Dios en su bondad, no puede menos que descender y verterse en ese hombre humilde, y al más modesto se le comunica más que a ningún otro y se le entrega por completo. Lo que da Dios es su esencia y su esencia es su bondad y su bondad es su amor. Toda la pena y toda la alegría provienen del amor.
A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, vinieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: "¡No! Se va a llamar Juan". Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre". Entonces preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.
Nacimiento de Juan el Bautista, Artemisia Gentileschi
No es solamente en aquel tiempo que «los caminos fueron allanados
y enderezados los senderos» sino que todavía hoy el espíritu y la
fuerza de Juan preceden la venida del Señor y Salvador.
Orígenes
Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: “Yo no soy
el Mesías, sino que he sido enviado delante de Él.”
(…) Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar.
Juan 3, 28, 30
La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado, por eso es Solemnidad. El único de los santos cuyo nacimiento se festeja. Celebramos el nacimiento de Juan, el de la Santísima Virgen y el Nacimiento de Jesús. Juan nace de una anciana estéril; María de un matrimonio de castidad ejemplar, Jesús de una joven Virgen. Zacarías no creyó en el anuncio de Gabriel y se quedó mudo; la Virgen creyó, y su “Fiat” concibió a Jesús por el Espíritu Santo.
Poco antes de morir, Chesterton afirmó: "El asunto está claro ahora: entre la luz y las sombras, cada uno debe elegir de qué lado está." La Luz es Jesucristo, que nació en el solsticio de invierno, cuando los días empiezan a ganar tiempo a la noche. San Juan Bautista, el heraldo de la Luz, nace en el solsticio de verano, a partir del cual los días comienzan a disminuir, para recordarnos que hemos de dar paso a la Luz en el mundo y en nuestras vidas.
Es necesario que Juan, el hombre, disminuya, para que el Hijo de Dios crezca. Disminuimos con el gozo del que sabe que, muriendo a sí mismo, se acerca a la verdadera grandeza, su condición de hijo de Dios, su naturaleza restaurada. Lo humano es así la antesala de lo divino, lo temporal, de lo eterno, la condición de hijos de mujer, frágiles y terrenales, precede a la condición de ciudadanos del Reino de los Cielos.
Es el sentido de la conversión que predica Juan, con la aspereza y rigor de su temperamento de asceta, necesario en aquel momento para el pueblo judío, que aún no conocía el poder transformador del amor que Jesús vino a predicar. Juan predicaba la conversión, dejar de mirar solo las realidades perecederas del mundo y mirar hacia la realidades eternas.
El mayor de los nacidos de mujer (Mateo 11,11), la voz que clama en el desierto (Juan 1, 23), Juan el Bautista, el último de los profetas de la Antigua Alianza y el Precursor de Jesucristo, la Nueva Alianza de Dios con la humanidad. Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar…, dirá Juan. ¿Qué debe menguar y qué debe crecer en nosotros para dejar de ser ciudadanos del mundo, hijos de mujer, y comportarnos como los ciudadanos del Reino de los Cielos, que somos por el Bautismo?
Que mengüe lo que no somos, el ego, las máscaras, los frutos de la soberbia, y crezca nuestra verdadera realidad de hijos en el Hijo. Cada día, cada instante, podemos escoger entre ser solo hijos de mujer, de los que Juan el Bautista es el mayor, o ciudadanos del Reino, seguidores de Cristo y, por la gracia de su amor infinito, hijos de la Luz, imagen de Dios y, por fin, semejanza restaurada.
Desde el seno de mi madre me llamaste, cantamos con el Salmo de hoy. Dios nos soñó antes aún de que fuéramos concebidos. Nos conoce y nos ama desde siempre y nos llama por un nombre que aún no conocemos y que no es el nombre que nos dieron nuestros padres biológicos.
Juan es su nombre, dijo Zacarías a sus parientes, tras recuperar el habla. Es el nombre que Dios mismo, a través de su ángel, había escogido, que en hebreo significa "favor de Dios" y también “fiel a Dios”. San Juan Bautista, favorecido por Dios desde el seno materno, es modelo de fe; abandona lo mundano y se retira al desierto a preparar el camino del Señor. Es modelo de humildad; renuncia a sus discípulos para que sigan al único Maestro. Y es también modelo de fidelidad y coherencia hasta la entrega de su vida por la Verdad, de la que es testigo y mensajero.
El mismo Jesús afirma que la ley y los profetas llegaron hasta Juan, símbolo de lo antiguo que anuncia lo nuevo. Por ser el último eslabón de lo antiguo, nació de un matrimonio de ancianos. Y por ser el heraldo de lo nuevo, fue santificado en el seno de su madre, la anciana Isabel, por Jesús desde el seno de Su Madre, la Virgen María. Y la gracia recibida le hizo saltar de alegría en el vientre materno.
El silencio de Zacarías es mucho más que un castigo por su incredulidad. Es un signo de que, en esta transición misteriosa entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el sentido de las profecías quedaba en “suspenso”, velado, latente hasta el Nacimiento del que da cumplimiento a todas las profecías y todas las promesas, Jesucristo, nuestro Señor. Cuando nace Juan y recibe el nombre que Dios le ha dado, la voz del que clama en el desierto está lista para anunciar al Salvador, y Zacarías recupera el habla. Porque Juan era la voz y Jesús es la Palabra eterna que en el principio ya existía (Juan 1, 1).