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sábado, 14 de febrero de 2026

La Ley escrita en el corazón

 

Evangelio según san Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego.  Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echando entero en el abismo. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al abismo. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”. Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer –no hablo de unión ilegítima– la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio. Sabéis que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro uno solo de tus cabellos. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.”

 Sermon de Fra Angelico
                                               El Sermón de la Montaña, Fra Angelico

Quiso dar, ante todo, a quienes le escuchaban, la idea de que el verdadero Reino de Dios se abría en el temblor del alma y en la voluntad de perfeccionamiento. 
                                                                                                  Daniel Rops

Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras.
William Shakespeare

Después de proclamar las Bienaventuranzas y proponernos ser “sal” que da sabor y “luz” que alumbre a todos, Jesús sigue ofreciendo la enseñanza del Sermón de la Montaña, cuyo centro es la sinceridad, la coherencia y la pureza de corazón que permite amar. Comprendemos cómo es más importante la intención de perfeccionarse que la propia perfección.

La primera lectura de hoy (Eclesiástico 15, 16-21), subraya la libertad de elegir que Dios nos otorga, y deja claro que lo que Él detesta es la falsedad (ni deja impunes a los mentirosos), la perversión del corazón. Cuando dice que los ojos de Dios lo ven todo, no está amenazándonos, sino proponiendo el camino de la sencillez y la coherencia.

Por eso, el Salmo 118 canta: dichoso el que camina en la voluntad del Señor. Sobre este caminar junto a Él, dice David Steindl-Rast: “Podríamos haber esperado que Dios dijera “ponte de pie” o "arrodíllate” o “póstrate delante de mí”. No; “camina” es la palabra. El caminar demanda más confianza, más valor. Caminar implica riesgo, y la fe crece con el riesgo.” Caminar en la voluntad del Señor exige equilibrio, constancia, fidelidad, deseo de llegar a la Meta y amor por el camino. La audacia en el corazón es fundamental, unida a la confianza, una actitud limpia y un propósito claro.

La segunda lectura (1 Corintios 2, 6-10) muestra cómo los príncipes de este mundo quedan desvanecidos, porque su sabiduría es falsa, son tinieblas que no reciben la luz, están en la separación, pues han rechazado ellos mismos el amor. Para los sinceros, de corazón puro, de actitud clara, que caminan en la voluntad del Señor, está predestinada la sabiduría divina, la maravilla inefable.

Si nos quedaba algo de temor después de la primera lectura, San Pablo hace que se esfume, recordándonos que Dios ha dispuesto todo para nuestra gloria antes de los siglos y que es inimaginable lo que ha preparado para los que le aman. Porque el verdadero mandamiento: el amor, supone un requisito previo: no temer, pues amor y temor nunca van unidos.

Amar a Dios… ¿Cómo se Le ama? Acabamos de verlo: viviendo en Su voluntad, caminando en Su presencia, confiando en Él. Es la Ley del Amor a Dios y a los hermanos, que incluye y trasciende todos los mandamientos, con la sutileza y perfección del corazón. Es la sabiduría del Reino, no la falsa sabiduría del mundo y sus trampas y falacias.

En el Evangelio que hoy contemplamos, Jesús se nos muestra con una autoridad nunca antes vista, superior a la propia Ley. Quiere sacudir nuestras conciencias, y lo hace a través de las famosas antítesis basadas en la hipérbole, propia del pensamiento oriental. El ojo y a la mano que son “ocasión de pecado” simbolizan los deseos torcidos, las intenciones perversas, que hay que extirpar implacablemente del corazón.

Profundiza en el mandamiento No matarás” (Éx 20, 13 y Dt 5, 17), para subrayar el respeto y el amor que nos debemos unos a otros. Quiere que entendamos que ese amor está por encima de todo reglamento y prescripción, por encima incluso de la religiosidad oficial y exterior.
 
Sobre el antiguo precepto de no jurar, Jesús quiere subrayar la necesidad de ser sinceros, transparentes y fieles a la verdad. El hombre que camina en presencia de Dios no tiene que justificarse ni defenderse de nada ni de nadie, por eso no tiene que utilizar el lenguaje como una excusa o un medio de protección de su propia imagen. Camina en la Verdad, y la Verdad le hace libre y le asienta en su identidad profunda. 

Frente a normas huecas, prescripciones tantas veces vacías de contenido, Jesús nos propone el discernimiento basado en el amor y la sinceridad,  la búsqueda de la Ley interior, que es la del corazón. Antes de Él, se nos hablaba de prohibiciones, cumplimientos y reglas externas, Jesús hablará de la transformación interior necesaria y previa para poder cumplir la Ley fundamental, el mandamiento del amor.

La ley del Antiguo Testamento es el cimiento firme y necesario de la religión, que se plasma en preceptos, ritos y fórmulas. El peligro consiste en no ver más allá, quedarse a ras de suelo sin profundizar ni avanzar. Porque estamos llamados a vivir desde nuestra verdadera esencia, que es la unión indisoluble con Dios, la correspondencia de Amor para la que fuimos creados. Comprendemos el sentido de la verdadera oración (Mt 6, 5-8) y lo que significa adorar en espíritu y en verdad (Jn 4, 23-24). Se trata de vivir esa unión para ser fieles al Mandamiento del Amor.

Si logramos vivir en la Divina Voluntad, viviremos ya la vida eterna. Solo en Comunión con Jesús, fieles a Su Vida en nosotros, podemos vivir con verdad y valor, honestidad y coherencia, y logramos eso tan difícil para un mundo de justificaciones, autodefensa y verborrea: decir sí, cuando es sí, y no, cuando es no. Hay tanta palabrería vana, tanta dispersión dialéctica en nuestras vidas, que a veces parece incluso hacernos olvidar nuestro Ser verdadero.

Jesús nos presenta un nuevo nivel de mandamientos acorde con ese Ser que quiere devolvernos. Nada de medias tintas: excelencia, perfección, pero no como la del mundo, sino como la del Reino, basada en la coherencia, la intención y la pureza de corazón. Porque es en el corazón donde nace todo: lo bueno, lo malo, lo que mancha, lo que limpia... Se acabaron las mediocridades y la hipocresía; estamos llamados a la perfección, esto es, a la Santidad Divina. 

De ahí lo de no saltarse ni una letra ni una tilde. Se nos pide un cumplimiento total, pero no en la forma, vacía tantas veces de contenido, sino en el fondo, donde brota la fuente del amor. Por eso ya no son necesarias las justificaciones, y nos basta decir sí o no. Todo lo demás viene del maligno, del embaucador, del incoherente, del mentiroso, del separador… Y es dentro de cada uno donde se le vence, aunque a veces nos parezca verle fuera, otra forma de seguir justificándonos. 

Decir "sí" o "no", sin ambigüedades ni malos entendidos, valientes y libres, consecuentes con nuestra esencia, que es la Voluntad Divina obrante en la criatura, que se deja transformar porque sabe que es Dios Quien lo hace todo y nosotros los que le dejamos hacer. En esa disponibilidad, esa entrega plena, se encuentra la perfección.

Como San Pablo, gloriémonos en nuestra debilidad, con la alegría y la confianza del que sabe que hay Alguien que completa, restaura, perfecciona todo, toma las distorsiones e incoherencias del pasado y las transforma en coherencia y acierto, obra cumplida y completa. Solo Él tiene Palabras de Vida; alimentémonos de ellas, soltando el ruido vano de la palabrería vana, que confunde y entretiene, impidiéndonos caminar en Su voluntad, Su presencia, Su verdad, que es Amor. Y recordando siempre que el imperativo que más a menudo aparece en los Evangelios en boca de Jesús es: "No tengáis miedo". 

 
17. Diálogos Divinos. ¿Somos dignos de la Santidad Divina?

              ¿Por qué la primera Ley, escrita por el dedo de Dios (Ex 31,18), no dio este socorro tan necesario de la gracia? Porque fue escrita sobre tablas de piedra, y no sobre tablas de carne, que son nuestros corazones (2Co 3,3).
              Es el Espíritu Santo el que escribe, no sobre la piedra, sino en el corazón; "la Ley del Espíritu de vida", escrita en el corazón y no sobre la piedra, esta Ley del Espíritu de vida que está en Jesucristo en el que la Pascua ha sido celebrada con toda verdad (1Co 5,7-8), os ha librado de la ley del pecado y de la muerte.
              ¿Queréis una prueba de la diferencia evidente y cierta que separa el Antiguo Testamento del Nuevo?... Escuchad lo que el Señor dijo por boca del profeta: "Grabaré mis leyes en vuestras entrañas, y la escribiré en vuestros corazones" (Jr 31,33). Si la Ley de Dios está escrita en tu corazón, no produce miedo (como en el Sinaí), sino que inunda tu alma de una dulzura secreta.
                                                                          
                                                                                                             San Agustín

sábado, 7 de febrero de 2026

La misma luz

 

Evangelio según San Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

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La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
Juan 1,5 

La luz es Jesús; nos lo dice Él Mismo: Yo soy la luz del mundo (Juan 8,12). Luz que revela al Padre (Juan 1,18) y libera al mundo de la oscuridad (Juan 12,46), porque esa luz ha brillado en las tinieblas (Juan 1,4). Si, además, como leemos en el Evangelio de hoy, nos dice que nosotros somos la luz del mundo, nos está invitando a ser en Él otra luz, la misma Luz.

En la profecía de Simeón que leíamos el jueves pasado, Jesús es presentado como "luz para alumbrar a las naciones". Si la luz es Jesús, la tiniebla es el mundo, que no Lo ha recibido. De ahí que la condena del mundo sea precisamente por no recibir a Jesús: "La causa de la condenación consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas." (Juan 3,19).

La Salvación es lo opuesto: preferir la luz a las tinieblas, porque la reconocemos y damos testimonio de ella con nuestras obras. Rechazar la Luz es condenarse y ese rechazo viene acompañado de malas obras. Acoger la Luz es salvarse y convertirse en la misma Luz de Cristo, para que lo escondido se vea, las obras de Jesús sean nuestras obras (ya que Él rehízo las nuestras) y demos Gloria al Padre. Un intercambio de vidas, una intimidad completa entre Dios y su criatura

Es esa "vuelta de tuerca más" que nos hace comprender que, además de reconocer y aceptar la Luz, que es Jesús, hemos de ser Luz en Él, con Él y por Él. Llegamos así a la verdadera caridad, el verdadero amor, sobre el que reflexionaremos próximamente.

La luz solo se ve si hay algo que la refleje. Hemos de ser más que reflejo de la Luz que es Jesús: que quien nos mire Le vea, y quien Le mire nos vea, porque seamos en Él; vidas fusionadas por amor.

Es la luz del amor divino, que desde la Redención es amor-dolor-amor, fuego purificador que quita la escoria y ennoblece el oro que somos en Cristo. Luz de aceptación y más, de fusión completa, luz de muerte-Vida porque sin morir a la voluntad humana que nos hizo caer y nos separa de la Voluntad Divina, no podemos vivir. Y en cambio, en esa Voluntad asumida, vivimos, nos movemos y existimos.

Ya apenas nos atraen los colores en los que se refleja la luz del sol físico. Queremos los colores que pinta en el alma Jesús, Luz del mundo, que, además, bendita añadidura, incluyen los colores de la Creación, la materia iluminada. Es hora de exponernos a los rayos del Sol de la Divina Voluntad, Jesús, vida nuestra, para que nos quite todo lo que nos tenga que quitar, esto es, cuanto hemos vivido, proyectado y amado con nuestra voluntad humana separada de Su Voluntad Divina. 

Como la luz solo se ve si hay algo que la refleje, la sal sólo se gusta en el alimento. Somos la sal del alimento de vida que es Jesús, y, al mismo tiempo, Jesús es la sal del alimento de vida que estamos llamados a ser. Y si esta sal que da sabor y protege de la corrupción escuece en las heridas interiores que todos tenemos, sabremos que estamos sanando, regenerando los tejidos del alma que quiere mirarse en Jesús y reconocerse.  

                                                 191. Diálogos Divinos. Intercambio de vida

sábado, 31 de enero de 2026

Dichosos los pobres en el espíritu

 

Evangelio de Mateo 5, 1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos. Y él se puso a hablar enseñándoles: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán “los hijos de Dios”. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.

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                                               El Sermón de la montaña, Fra Angelico


Quiso dar, ante todo, a quienes le escuchaban, la idea de que el verdadero Reino de Dios se abría en el temblor del alma y en la voluntad de perfeccionamiento.
Daniel Rops


Creo tener la certeza de que no lograré la claridad y la sinceridad interiores, a menos que empiece a actuar consecuentemente con el Sermón de la Montaña. Y es que hay cosas por las que merece la pena comprometerse del todo. Y me parece que la paz y la justicia, o sea Cristo, lo merecen.
     Dietrich Bonhoeffer

El domingo pasado contemplábamos la vocación de los primeros apóstoles y recordábamos nuestra propia vocación. Hoy contemplamos las Bienaventuranzas, el núcleo del Sermón de la Montaña, cuyo centro es la sinceridad, la coherencia y la pureza de corazón que permite amar y comprender cómo es más importante la voluntad de perfeccionarse que la propia perfección. Ese anhelo de perfección, que en el joven rico no fue lo suficientemente fuerte o sincero, exige equilibrio, constancia y fidelidad. La audacia en el corazón es fundamental, unida a la confianza, una actitud limpia y un propósito claro. Para los sinceros, de corazón puro, que caminan en la voluntad del Señor, está predestinada la dicha eterna, la bienaventuranza plena.

La ley que sostiene las Bienaventuranzas está grabada en el corazón del hombre. Estamos llamados a vivir desde nuestra verdadera esencia, y eso nos permite soltar los condicionamientos y la rigidez de ciertas reglas, para asomarnos a una vida espiritual más coherente. Entonces descubrimos el sentido del verdadero seguimiento y nos convertimos en discípulos, con todo lo que ello implica.

La relación con Dios y con nuestra identidad inmortal va haciéndose más real, trascendiendo ritos, formas e intermediarios, viendo en ellos un instrumento útil, imprescindible para muchos, pero sin confundirlos con el Fin. Comprendemos el sentido de la verdadera oración (Mateo 6, 5-8) y lo que significa adorar en espíritu y en verdad (Juan 4, 23-24). Se trata de interiorizar esa unión y vivir conforme al mandamiento nuevo, el Mandamiento del Amor que late en cada bienaventuranza.

Alcanzar ese estado, el de la vida, la alegría y el amor, supone tener la semilla enraizada y haber conectado con ese centro de nosotros mismos donde sabemos que somos eternos. Desde ahí podemos vivir con verdad, valor y transparencia, y logramos eso tan difícil para un mundo de justificaciones, pretextos, autodefensa y verborrea: decir sí cuando es sí y no cuando es no (Mateo 5, 37), para vivir desde la esencia. Hay tanta palabrería vana, tanta dispersión dialéctica en nuestras vidas, que a veces parece incluso hacernos olvidar hacia dónde caminamos.

Como San Pablo, gloriémonos en nuestra debilidad, con la alegría y la confianza del que sabe que hay Alguien que completa, restaura, perfecciona todo, toma los errores e incoherencias del pasado y las transforma en coherencia y propósito puro, claro, lleno de sentido.

Solo Él tiene Palabras de Vida; alimentémonos de ellas, soltando el ruido vano de la palabrería vana, que confunde y entretiene, impidiéndonos caminar en Su voluntad, Su presencia, Su verdad, que es Amor.

Lo importante es perseverar en la voluntad de seguir amando hasta el final. No es un logro concreto, como nos presenta siempre la lógica del mundo, sino un anhelo esencial de trabajar por el reino para que lo demás venga por añadidura.

                                         63 Diálogos Divinos, Vivir la Divina Voluntad

sábado, 24 de enero de 2026

Llamados a seguirle

 

Evangelio según san Mateo 4, 12-23 

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: “País de Zabulón y país de Neftalí,  camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Paseando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: “Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando la Buena Noticia del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

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                            Vocación de Pedro y Andrés, Michel Corneille, el Joven

           Hoy nos recreamos en el arte. La pintura como fuente de inspiración y brújula para la oración. Pintores, escultores, arquitectos, músicos, poetas…, los artistas en general, al “activar” el hemisferio derecho del cerebro, el que permite la intuición, que solemos tener “adormecido” por potenciar más el izquierdo, de la lógica y la racionalidad, nos ayudan a ver lo que la mente racional nos oculta, y nos transmiten lo que está más allá de las palabras.

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                                   Vocación de los apóstoles, Duccio di Buoninsegna

En la primera lectura de hoy (Isaías 8, 23b-9,3), los dualismos: tinieblas-luz, sombra-luz, se resuelven en la Unidad que da la alegría. Con Jesús, la Luz del mundo, se inaugura el Reino de la dicha. Hasta cinco veces aparecen las palabras gozo y alegría en apenas dos líneas.

La segunda lectura (1 Corintios 1, 10-13.17) sigue cantando a la Unidad que anhelamos y por la que oramos. Subraya la universalidad de la Salvación como mensaje, enseñanza y realidad.

La escena a la que hoy nos asomamos es inmediatamente posterior a las tentaciones del desierto y anterior al Sermón de la Montaña. Jesús, tras los cuarenta días de ayuno y oración en el desierto, deja Nazaret, su infancia y su juventud, para empezar su misión junto al Mar de Galilea.

Mateo, el evangelista para el pueblo judío, no solo deja bien claro que con Jesucristo se cumplen las profecías, sino que quiere subrayar que es continuador del mensaje de Juan, predicando la conversión para el Reino que se acerca. Somos testigos y destinatarios del poder transformador de la Luz de Cristo que es alegría y salvación, libertad y justicia, consuelo, vida nueva.

Si los apóstoles se fiaron de aquel rabbí sin apenas conocerle, cómo no fiarnos de quien nos ha dado la mayor prueba de amor con su muerte, y con su resurrección ha logrado la más clara demostración de credibilidad. Creemos sin ver, es cierto, y somos dichosos por ello, pero tenemos las pruebas que aquellos primeros discípulos no tuvieron: que Él es el Hijo de Dios, vencedor de la muerte.

La vocación de estos cuatro apóstoles es un ejemplo de disponibilidad, porque la decisión de aceptar la vocación supone una entrega y un seguimiento incondicionales. ¿Qué hacían Pedro, Andrés, Santiago y Juan cuando Jesús pasó junto a ellos y los llamó? Trabajaban en su oficio, atentos, porque si estuvieran dispersos, distraídos, en proyecciones vanas e ilusorias, como andamos casi siempre, no se habrían dado cuenta de Quién les llamaba y para qué. 

Eso es velar, hacer lo que hay que hacer, atender la necesidad del momento, serenos, atentos, a la espera de la llamada. Pero qué poco estamos hoy a lo que hemos de estar…; casi todos en el pasado muerto o el futuro ilusorio, en lo irreal, en las tonterías del mundo ilusorio, sin atender al presente, al afán de cada día…

                       Vocación de los apóstoles, Mosaico bizantino de San Apolinar, el Nuevo

Ellos ya están preparados para ser discípulos y servir. Tienen el corazón dispuesto para la compasión y la paciencia, tan necesaria para un seguidor de Aquel que no tiene donde reposar la cabeza. Por eso Él les hablará a ellos en privado, de un modo especial, diferente al que emplea cuando enseña en público, porque han dejado los valores materiales, en favor de los espirituales.

    La red material simboliza la mente convencional, inferior, desconectada del corazón. Es la actitud que separa e incita a poseer y acumular. Pero ellos eran ya capaces de soltar la ambición personal y cambiarla por la entrega, el servicio, el amor.
      
         La barca es símbolo de los “vehículos”, con los que nos movemos y actuamos en nuestra existencia terrena: intelectual, emocional y físico, tan llenos a veces de aparejos y lastre… Dejar la barca voluntariamente supone liberarse, renunciar, superar límites. Un discípulo está dispuesto a soltar y a seguir al Maestro, sin mirar atrás.

     Los apóstoles ya conocían a Jesús, lo sabemos por Juan (Jn 1, 37-38). Primero lo conocieron Andrés y el propio Juan, discípulos del Bautista. Jesús les preguntó: “¿Qué buscáis?” Ellos respondieron: “Maestro, ¿dónde vives?” Y Él les dijo: “Venid y veréis”. Qué diálogo tan profundo en su aparente sencillez, qué riqueza de significados para el alma del discípulo. No se puede decir más con menos palabras. Luego vino esa larga e íntima conversación que el Evangelio esboza, conciso y sutil (Jn 1, 39). Después, como en una danza de alegre generosidad, fue aumentando el grupo de los escogidos para seguir a Jesús. Andrés y Juan (siempre discreto cuando habla de sí mismo) se lo dijeron a sus respectivos hermanos mayores: Simón y Santiago (Jn 1, 40-42). Luego vino Felipe (Jn 1, 43), Natanael (1,47) y, más tarde, los demás.

Podemos suponer que ya habían tenido tiempo para madurar la decisión.. Por eso, cuando Jesús los invita a seguirlo y compartir su misión, no preguntan nada, dejan todo y lo siguen, porque la semilla ya estaba creciendo en su corazón desde el primer encuentro. Y se dejan hacer, transformar por Jesús en pescadores de hombres, de almas, como Él.

    La metáfora de la pesca aparece a menudo en el Evangelio (Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20) y también en el Antiguo Testamento (Ezeq 47, 10; Hab 1, 14-15). El símbolo del pez, usado por los primeros cristianos para reconocerse, contiene la esencia de la Revelación. Las letras de la palabra pez en griego, Ichthys, son las letras iniciales de la frase: "Jesús, el Cristo, Hijo de Dios, Salvador".

        Ya no se trata solo de "pescar hombres", salvar almas, uniéndonos al Redentor. Ahora que la estrella nos guía y suena la trompeta (Libro de Cielo), se trata de fundirnos con Él y pronunciar el Tercer Fiat: "hágase Tu Voluntad, como en el Cielo, en la tierra" para que la humanidad vuelva al orden que se perdió con la primera caída. La llamada es personal, la respuesta es personal y ha de ser continuamente renovada, confirmada, mantenida, porque estamos desde la caída no estamos integrados, nuestro "sí" es condicionado, inconstante, infiel. Por eso, la respuesta hemos de darla en Divina Voluntad, fundidos con Jesús, y ratificarla una y otra vez, hasta que nuestra voluntad y la Suya se fundan al calor del Amor y sean Una sola.

                        102. Diálogos Divinos. "Misión de la Divina Voluntad" 2

sábado, 17 de enero de 2026

Luz de Luz

 

Evangelio según San Juan 1, 29-34 

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”. Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

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                                    La apoteosis del Cordero, Bernard Van Orley

El día de tu muerte sucederá que lo que tú posees en este mundo pasará a manos de otra persona. Pero lo que tú eres será tuyo por siempre.
                                                                                                      Henry Van Dyke

¿Cómo hemos vivido la Navidad? ¿Hemos dejado que nos transforme e iniciamos el 2020 como hombres y mujeres renacidos en Jesucristo? Vivir en la luz es ya posible con Aquel que es Luz de las naciones, como dice la primera lectura (Isaías 49, 3.5-6) y nos hace luz del mundo. Luz de Luz, porque existía antes de todo y nos guía en el camino de regreso a nuestro verdadero hogar. Porque la venida de Cristo no sucederá solo al final de los tiempos. Está aconteciendo ya, ahora, dentro de cada uno, para el que sabe reconocerlo. Yo soy la resurrección y la vida, nos dice cada día. Si Le escuchamos, descubrimos que, en un instante, cabe todo un universo.

Si vivimos conscientes de esta verdad, nos liberamos de la incoherencia y el sueño, el olvido y el pecado, que en arameo significa errar el tiro. Que nunca tengamos que escuchar las escalofriantes palabras que escuchó Gawain, el sobrino del rey Arturo.

Entonces el hombre bueno llamó a Gawain, y le dijo:
-Mucho tiempo ha pasado desde que fuiste hecho caballero, y desde entonces nunca serviste a tu Creador; y ahora eres un árbol tan viejo que no hay en ti hoja ni fruto; así que piensa que rendirás a Nuestro Señor la pura corteza, ya que el demonio tiene las hojas y el fruto.
                                                   La muerte de Arturo, sir Thomas Malory

Si vivimos recordando nuestro verdadero ser, que conecta con el Niño Divino, el Rey del Universo que aún evocamos en el pesebre, el Cordero de Dios que Juan nos señala, viviremos con Él y Él con nosotros (Emmanuel). Entonces no fallará nuestra puntería, no erraremos el tiro ni confundiremos lo infinito con lo perecedero, lo absoluto con lo limitado, no equivocaremos el camino… Tal vez entonces ni siquiera haya ocasión de confundirse, porque todo se habrá integrado, unificado, y la coherencia será, sea... ¡es! tan natural como respirar.

Agnus Dei, Mozart

Un santo es una persona que ha descubierto su deseo más profundo. Entonces “hace lo que quiere”, que es también lo que quiere Dios. Su voluntad y la voluntad de Dios están en armonía, de modo que su vida se caracteriza por una paz, tranquilidad, libertad y alegría continuas, incluso – quizá especialmente – en las crisis y el sufrimiento. 
                                   Gerard W. Hughes 

Y escucho cómo el Señor me dice a mí, a ti, a todos, porque en Él estamos todos, y el alma se expande hasta sobrepasar el Universo: “deja todo lo tuyo, sé cómo Yo, sé Yo, para que, habiendo Yo sido tú, seamos Uno, sin dejar de ser el Amado y la amada que soñé antes de todos los tiempos.”

Solo estar con Jesús, en Él y para Él. Si estoy unida a Él, fundida con Él, toda mi vida es perfecta, porque Jesús la ha vivido por mí, y lo que yo debía haber vivido por Él, lo ha hecho, completado y perfeccionado Él. Sigamos adelante mirándole solo a Él, con una atención plena y continua. Recordémoslo una y mil veces: somos de Jesús, Él ha rehecho nuestras vidas y nos acompaña hasta el final en el camino de regreso al Hogar que nunca debimos abandonar. ¡Dios mío, lo quiero! Y todo será amor divino, plenitud, dicha inimaginable en la Jerusalén celestial que ya desciende sobre nosotros. 

sábado, 10 de enero de 2026

Bautismo

 

Evangelio según san Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: “Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?” Jesús le contestó: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.” Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”.

                                                    El Bautismo de Jesús, Perugino

                                                   La bienaventuranza que nos trajo era nuestra.
                                                                                                       Maestro Eckhart

Todas las lecturas de hoy hablan de libertad, consciencia, confianza, gratitud, fidelidad y amor, en definitiva, del Bien que Jesucristo nos anuncia. Ese el sentido de la verdadera Bendición, fuente de paz y de alegría. Es lo que estamos escogiendo: la Divina Voluntad frente a la voluntad humana, la Vida, frente a la vida. 

A la Verdad original, en la que todos somos Uno, es hacia donde nos dirigimos para dejar de repetir los patrones de sufrimiento y egoísmo, esos “programas” de una “Matrix” cada vez más evidente, y más inofensiva, gracias a Aquel que vino a vencerla para que venciéramos con Él.

De esta victoria frente al mundo que Él viene a ofrecernos, hablan la primera y la segunda lectura (Isaías 42, 1-4.6-7 y Hechos 10, 34-38) y también el Salmo 28. Abrir los ojos a los ciegos, liberar a los cautivos y curar a los oprimidos por el diablo significa despertar a los que se creen separados, llevarlos a la Unidad, allí donde somos herederos del Reino, en los que el Padre se complace. Él nos ha escogido como hijos amados y predilectos desde siempre. Ya merecemos ese honor, esa dignidad, ese amor.

El Evangelio de hoy se centra en la Teofanía del Jordán, el bautismo de Jesús por Juan. Y está refiriéndose indirectamente a nuestro propio bautismo, siempre actual, porque cada instante de consciencia vivido en el amor y la unidad, podemos renovar las promesas bautismales. 

            Si contemplando el Belén con los ojos del cuerpo y, sobre todo, los del corazón, fuimos capaces de ver nuestro propio rostro en el del Niño, descansando en el regazo de María, bajo la mirada atenta de José, recibiendo los dones de los Magos, hoy podemos ser capaces de escuchar las palabras del Padre, dirigidas a cada uno de nosotros.  

            El Bautismo es volver a la Fuente, en Su Agua viva nos renovamos, nos regeneramos para una Vida que no acaba. Porque esas palabras del Padre a cada uno no solo se escuchan en nuestro Bautismo, sino cada vez que recordamos nuestro origen y nuestro destino, renunciamos a lo que no somos y reconocemos nuestra verdadera esencia, ese nombre que Él nos dio antes de todos los tiempos.

           Cristo desciende al Río Jordán, se hace uno más entre el grupo de los pecadores que piden ser bautizados. También nosotros bajamos para subir, experimentamos esta vida material, con sus cruces y sus sombras, para morir y resucitar, iluminando la materia, elevándola con Él.

            El Bautismo es así un renacimiento: nacemos al descubrimiento de nuestra verdadera identidad, despertamos del sueño que nos hacía identificarnos con una persona (del griego, máscara) mortal y reconocemos quiénes somos realmente.

A veces hemos pretendido adulterar y rebajar la verdadera religión, cuya esencia es el intercambio, la comunicación y la unión del Espíritu de Dios con el espíritu del hombre, reduciéndola a fórmulas y ritos, a menudo vacíos por la superficialidad con que se viven. Esto ha separado a muchos de la Verdad y la Vida que se nos han manifestado en Jesucristo.

          Si no caemos en las redes de una falsa religión externa, sin contenido, y nos unimos a Jesucristo en Espíritu y en Verdad, somos vivificados por el Agua de Vida y el Fuego del Espíritu Santo que crea y regenera, sentimos el entusiasmo de ser en Dios y vivimos la libertad del Amor que nació en Belén, se manifestó ante los Magos, y se volvió a manifestar en el Jordán, cuando la Paloma bajó hacia Él y la Voz del Padre reveló su filiación divina.

Después de la Teofanía en el Jordán, Jesús necesitaba silencio y soledad, para poder mirar en lo más profundo de su ser, y reflexionar sobre el sentido de su misión. Busquemos también nosotros ese espacio solitario y silencioso donde discernir cuál es nuestra misión y prepararnos para ella.

                                              44 Diálogos divinos. Bautismo

"Cada hombre, al nacer, recibe un nombre humano. Pero antes de que eso ocurra, posee ya un nombre divino: el nombre con el cual Dios, el Padre, le conoce y le ama desde siempre y para siempre. ¡Ningún hombre es anónimo para Dios! A sus ojos, todos tienen el mismo valor: todos son diferentes, pero todos iguales, todos llamados a ser hijos en el Hijo."                             
                                                                                                          San Juan Pablo II