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sábado, 29 de agosto de 2026

"La Cruz de Cristo, medida del mundo"

 

Evangelio según san Mateo 16,21-27:

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.» Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»


                                                          Cristo crucificado. Velázquez

                                 Y Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí.
                                                                                                                           Juan 12, 32


LA CRUZ DE CRISTO, MEDIDA DEL MUNDO San  John Henry Newman 
                                                                                               
Un gran número de hombres viven y mueren sin reflexionar nada acerca de la situación en la que se encuentran. Toman las cosas como vienen, y siguen sus inclinaciones tan lejos como tienen la oportunidad. Se guían principalmente por el placer y el dolor, no por la razón, por los principios o la conciencia; y no intentan interpretar este mundo, determinar qué significa, o reducir lo que ven y sienten a un sistema. Pero cuando las personas, ya sea por previsión de la mente o por la actividad intelectual, comienzan a contemplar el estado visible de cosas en el cual han nacido, inmediatamente lo encuentran un enredo, una perplejidad. Es un enigma que no pueden resolver. Parece lleno de contradicciones y sin sentido. Porqué es, qué puede dar por resultado, cómo es lo que es, cómo llegamos a ser introducidos en él, y cuál es nuestro destino, son todos misterios. 

En esta dificultad, algunos se han formado una filosofía de vida, y otros otra. Ha habido hombres que pensaron haber encontrado la clave con la cual podían leer lo que es tan oscuro. Diez mil cosas llegan ante nosotros unas tras otras en el curso de la vida, y ¿qué pensamos de ellas?, ¿qué color les damos? ¿Miramos todas las cosas de una manera alegre y regocijada, o melancólica?, ¿con desaliento o esperanza? ¿Tomaremos por completo la vida ligeramente o trataremos todo el asunto con seriedad? ¿Daremos poca importancia a las cosas más grandes y gran importancia a las mínimas? ¿Guardamos en la mente lo pasado y lo ido, o miramos el futuro, o estamos absorbidos por lo presente? ¿Cómo miramos las cosas? Esta es la pregunta que todas las personas de observación se hacen a sí mismas, y responden cada uno a su manera. Quieren pensar con orden, por medio de algo dentro de ellas que haga posible armonizar y ajustar lo que está fuera de ellas. Tal es la necesidad sentida por las mentes reflexivas. Ahora, permitidme preguntar: ¿cuál es la clave real, cuál la interpretación cristiana este mundo? ¿Qué se nos ha dado por revelación para estimar y medir este mundo? Es la crucifixión del Hijo de Dios. 

La gran lección para nosotros acerca de cómo pensar y hablar de este mundo, es la muerte del Verbo Eterno de Dios hecho carne. Su Cruz ha puesto el verdadero valor sobre cada cosa que vemos; sobre todas las fortunas, ventajas, rangos, dignidades y placeres; sobre la lujuria de la carne, la lujuria de los ojos y el orgullo de la vida. Le ha puesto un precio a las excitaciones, rivalidades, esperanzas, temores, deseos, esfuerzos y triunfos del hombre mortal. Ha dado un significado al variado y desviado curso de los problemas, tentaciones y sufrimientos de su estado terrenal. Ella ha unido y hecho consistente todo lo que parece discordante y sin objeto. Nos ha enseñado cómo vivir, cómo usar de este mundo, qué esperar, qué desear, en qué confiar. Es el tono en el cual se resuelven finalmente todas las disonancias de la música de este mundo. 

Mira alrededor, y ve lo que el mundo presenta como alto y bajo. Vete a la corte de los príncipes. Mira el tesoro y la destreza de todas las naciones puestos juntos para honrar a un niño del hombre. Observa la postración de los muchos ante unos pocos. Considera la forma y el ceremonial, la pompa, el estado, la circunstancia y la vanagloria. ¿Quieres saber el valor de todo ello? Mira hacia la Cruz de Cristo. 

Ve al mundo político y mira el celo de una nación contra otra, la rivalidad en el comercio, ejércitos y flotas luchando entre sí. Examina los diferentes rangos de la comunidad, sus partes y sus contiendas, las disputas de la ambición, las intrigas del astuto. ¿Cuál es el final de toda esta barahúnda? La sepultura. ¿Cuál es la medida? La Cruz. 

Ve, asimismo, al mundo del intelecto y de la ciencia. Considera los maravillosos descubrimientos que la mente humana está haciendo, la variedad de oficios que surgen de sus descubrimientos, y los casi milagros por los que muestra su poder. Y luego, mira el orgullo y confianza de la razón y la absorbente devoción de pensamiento hacia objetos transitorios, que son su consecuencia. ¿Quisieras formar un recto juicio sobre todo esto? Mira la Cruz. 

Una vez más, observa la miseria, pobreza y privación, mira la opresión y cautividad, ve adonde el alimento es escaso y el alojamiento insalubre. Considera el dolor y el sufrimiento, largas o violentas enfermedades, todo lo que es espantoso y repugnante. ¿Quieres saber cómo apreciar todo esto? Mira fijamente la Cruz. En la Cruz y en Aquél que cuelga de ella, se encuentran todas las cosas, se subordinan a ella, todas la necesitan. Es su centro y su interpretación. Porque El, al ser levantado en ella, pudo atraer a todos los hombres y a todas las cosas hacia Sí. 

Pero se dirá que la visión que nos da la Cruz de Cristo, sobre la vida humana y el mundo, no es la que adoptaríamos si fuera por nosotros, que no es una visión obvia, que si miramos las cosas en su superficie, son muchísimo más claras y risueñas que lo que parecen cuando son vistas a la luz de esta época del año. 

El mundo parece estar hecho para ser gozado, justamente por un ser tal como el hombre, que ha sido puesto dentro. El tiene la capacidad de gozar y el mundo le suministra los medios. ¡Qué natural es esto, qué simple así como grata filosofía, cuán diferente de aquella de la Cruz! Puede decirse que la doctrina de la Cruz, desarregla dos partes de un sistema que parecen hechas la una para la otra. Separa el fruto del que lo come, el goce del gozador. ¿Cómo puede resolver un problema? ¿No está, más bien, creando uno? 

Respondo primero, que cualquiera sea la fuerza que esta objeción pudiera tener, es por cierto, meramente, una repetición de aquella que Eva percibió y que Satanás urgió en el Paraíso. ¿No vio, acaso, la mujer, que el árbol prohibido era “bueno para comer”, y “un árbol apetecible”? (Gen 3,6). Bien, ¿es, luego, maravilloso, que nosotros también, los descendientes de la primera pareja, estemos aún en un mundo donde hay un fruto prohibido y que nuestras desgracias residan en estar dentro para conseguirlo, y nuestra felicidad en abstenemos de él? El mundo, a primera vista, parece hecho para el placer, y la visión de la Cruz de Cristo es un espectáculo solemne y penoso que interfiere con aquella apariencia. Puede ser. Pero, ¿por qué no sería, sin embargo, nuestro deber abstenemos del gozo, aun en el Edén? 

Digo nuevamente, que no es sino una visión superficial de las cosas, decir que esta vida está hecha para el placer y la felicidad. Para aquellos que miran bajo la superficie, la vida les relata un cuento bien diferente. La doctrina de la Cruz, después de todo, no hace sino enseñar, aunque con infinitamente más energía, la mismísima lección que este mundo enseña a aquellos que viven mucho tiempo en él, que tienen mucha experiencia de él, que lo conocen. El mundo es dulce a los labios, pero amargo al paladar. Agrada al principio, pero no al final. Aparece alegre por fuera, pero el mal y la miseria yacen ocultos dentro. Cuando un hombre ha pasado cierto número de años en él, clama como el predicador: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Eccles 1,1). Y no sólo eso, si él no tiene religión como guía, se verá forzado a ir más lejos y decir: “Todo es vanidad y vejación del espíritu”, todo es desilusión, todo es dolor, todo es pesar. Los dolorosos juicios de Dios sobre el pecado están ocultos en el mundo, y fuerzan al hombre a apesadumbrarse, lo quiera o no. De allí que la doctrina de la Cruz de Cristo no hace sino anticiparnos nuestra experiencia del mundo. Es verdad, nos manda dolernos por nuestros pecados en medio de todo lo que sonríe y reluce a nuestro alrededor, pero si no le prestamos atención seremos forzados al final a dolernos por ellos, sufriendo su tremendo castigo. Si no queremos reconocer que este mundo se ha hecho miserable por el pecado, a la vista de Aquel sobre quien fueron cargados nuestros pecados, lo experimentaremos miserable cuando esos pecados se vuelvan contra nosotros mismos. 

Se puede asegurar, luego, que la doctrina de la Cruz no está en la superficie del mundo. La superficialidad de las cosas es sólo brillante, y la Cruz de Cristo es penosa; es una doctrina escondida; yace bajo un velo; a primera vista nos espanta y estamos tentados de revelarnos contra ella. Como San Pedro, clamamos: “¡Lejos de Ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso! (Mt 16,22). No obstante, es doctrina verdadera, pues la verdad no está en la superficie de las cosas, sino en las profundidades. 

Y así como la doctrina de la Cruz, aún siendo la verdadera interpretación de este mundo, no está prominentemente manifestada en él, en la superficie, sino oculta, así también, cuando es recibida en el corazón fiel, habita en él como un principio viviente, pero profundo y escondido a la observación. Los hombres religiosos, en palabras de la Escritura, “viven de la fe en el Hijo de Dios, que los y se entregó por ellos” (Gal 2,20), pero no cuentan esto a todos los hombres; dejan a otros que lo encuentren como puedan. El propio mandamiento de Nuestro Señor a Sus discípulos era que, cuando ayunaran, debían “perfumar su cabeza y lavar su cara” (Mat 6,17). De este modo, no sólo están obligados a no realizar una ostentación, sino a contentarse con aparecer exteriormente diferentes a lo que realmente son internamente. Deben llevar una continencia jovial, y controlar y regular sus sentimientos, de manera que al no ser mostrados externamente, pudieran retirarse en lo profundo de sus corazones y vivir allí. De aquí que “Jesucristo, y éste crucificado” es, como dice el Apóstol, “una sabiduría escondida” (1 Cor 1,23-24), escondida en el mundo, que parece a primera vista hablar un lenguaje bien distinto, y oculta en el alma fiel, quien, para personas a distancia o casuales espectadores, parece estar viviendo una vida ordinaria, mientras realmente está en secreta y permanente comunión con El, que fue “manifestado en carne”, crucificado a través de la debilidad “justificado en el Espíritu, visto por los Ángeles y recibido en lo alto de la Gloria”. 

Siendo así, la grande y terrible doctrina de la Cruz de Cristo, que conmemoramos ahora, puede ser llamada adecuadamente en lenguaje figurado, el corazón de la religión. El corazón puede ser considerado como la sede de la vida. Es el principio del movimiento, calor y actividad. Desde él, la sangre va y viene a las extremidades del cuerpo. Es el que sostiene al hombre en sus fuerzas y facultades. Hace posible al cerebro pensar. Y cuando es tocado, el hombre muere. De manera semejante, la sagrada doctrina del Sacrificio Expiatorio de Cristo es el principio vital desde el cual vive el cristiano, y sin el cual el cristianismo no existe. Sin ella ninguna otra doctrina se puede sostener provechosamente. Creer en la divinidad de Cristo, o en Su humanidad, o en la Santísima Trinidad, o en el Juicio que vendrá, o en la resurrección de la muerte, es una creencia falsa, no es fe cristiana, a menos que recibamos también la doctrina del Sacrificio de Cristo. Por otro lado, recibirla presupone, además, la recepción de otras grandes verdades del Evangelio: implica la fe en la verdadera divinidad de Cristo, en Su verdadera encarnación y en el estado de pecado del hombre por naturaleza, y prepara el camino a la fe en el banquete de la sagrada Eucaristía, en el cual El, que fue una vez crucificado, es siempre dado a nuestras almas y cuerpos, verdaderamente, en su Cuerpo y en Su Sangre. Pero nuevamente, el corazón está escondido a la vista, está cuidadosa y seguramente guardado. No es como el ojo puesto en la frente, que comanda y ve todo. Y así, de manera semejante, la sagrada doctrina del Sacrificio Expiatorio no es algo para hablar de ello, sino para vivirlo. No es para ponerlo a la vista irreverentemente, sino para ser adorado secretamente. No es para ser usado como instrumento necesario en la conversión del impío, o para satisfacción de los razonadores de este mundo, sino para ser descubierto al dócil y obediente, a los niños jóvenes para quienes el mundo no se ha corrompido, al sufrido que necesita consuelo, al sincero y serio que necesita una regla de vida, al inocente que necesita ser avisado, y al religioso que ya lo conoce. 

Haré una observación más y luego concluiré No debe suponerse que porque la doctrina de la Cruz nos da tristeza, se sigue de allí que el Evangelio sea una religión triste. El salmista dice: “Los que siembran entre lágrimas cosecharán con alegría” (Sal 126,5), y Nuestro Señor dice: “Los que lloran serán consolados” (Mt 5,5). Que nadie se vaya con la impresión de que el Evangelio nos hace tener una visión tenebrosa del mundo y de la vida. Nos impide, sí, tener una visión superficial y hallar una alegría vana y transitoria en lo que vemos. Pero nos prohíbe gozar inmediatamente, sólo para garantizar el gozo en la verdad y en plenitud, más adelante. Sólo nos prohíbe comenzar por el gozo. Sólo dice: si tu comienzas con el placer, terminarás en el dolor. Nos manda comenzar con la Cruz de Cristo, y en esa Cruz encontramos pena al principio, pero en un momento, la paz y el consuelo aparecerán a partir de la pena. Esa Cruz nos llevará a la aflicción, al arrepentimiento, a la humillación, a la oración, al ayuno. Nos apenaremos por nuestros pecados, nos afligiremos con los sufrimientos de Cristo, pero todo este dolor resultará beneficioso, más aún, será sufrido en una alegría muchísimo más grande que la que da el mundo, aunque las atolondradas mentes mundanas crean y ridiculicen la idea, porque jamás han gustado de ella y consideran todo una mera cuestión de palabras que las personas religiosas piensan decente y apropiado usar y tratan de creérselo y llevar otros a creerlo, pero que ninguna realmente siente. 

Esto es lo que ellos piensan, pero Nuestro Señor dijo a Sus discípulos: “Ahora estáis tristes Yo os volveré a ver y vuestro corazón se alegrará, y ese gozo nadie os lo podrá quitar...” (Jn 16, 22). “La paz os dejo. Mi paz os doy, pero no como la da el mundo” (Jn 14, 27). Y San Pablo dice: “El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, son necedad para él y no puede conocerlas porque son discernibles espiritualmente”. “Ni el ojo vio ni el oído oyó ni han entrado en el corazón del hombre, las cosas que Dios ha preparado para aquellos que le aman” (2 Co 9,14). De aquí que la Cruz de Cristo, hablándonos tanto de nuestra redención como de Sus sufrimientos, nos hiera verdaderamente, pero son llagas tales que también nos curan. 

Por eso, asimismo, todo lo que es luminoso y bello, aun en la superficie de este mundo, aunque no tenga substancia y no pueda ser gozado apropiadamente por sí mismo, es, sin embargo, figura y promesa de aquel verdadero gozo que brota de la Expiación. Es una promesa de antemano, de lo que está por ser, una sombra que engendra esperanza porque la substancia viene después, pero no para ser tomada irreflexivamente en lugar de la substancia. Y es el modo usual que tiene Dios de tratarnos, enviándonos misericordiosamente la sombra antes que la substancia, para que podamos ser confortados en lo que vendrá, antes que llegue. De aquí que Nuestro Señor, antes de Su Pasión, entró a Jerusalén montado en triunfo, con las multitudes clamando Hosanna y sembrando su camino con palmas y vestimentas. Este fue un espectáculo vano y hueco, que no dio gozo al Señor. Era una sombra que no duraría, que pasaría rápidamente. No podía ser más que una sombra, pues la Pasión no había sido sufrida aún, y de ella resultaría Su verdadero triunfo. No podía entrar en Su Gloria antes de haber sufrido primero. No podía gozar en semejanza tal, sabiendo que era irreal. Aunque aquel primer triunfo sombrío era el agüero y el presagio de la verdadera victoria que vendría, cuando venciera la agudez de la muerte. Y nosotros conmemoramos este triunfo figurativo en el último domingo de Cuaresma, para alentarnos en el dolor de la semana siguiente, y recordar el verdadero gozo que viene con el Día de Pascua. Y también lo hacemos como consideración de este mundo, con todas sus alegrías y desilusiones No confiemos en él, no le demos nuestros corazones, no comencemos por él. Séanos permitido comenzar por la fe, comenzar con Cristo, comenzar con Su Cruz y la humillación hacia la que nos guía. Permítasenos primero ser atraídos hacia El, que es elevado, para que pueda, junto con El mismo, darnos libremente todas las cosas. Que podamos “buscar primero el Reino de Dios y su justicia” y luego todas aquellas cosas de este mundo “nos serán añadidas” (Mt 6,33). 

Sólo les será posible gozar verdaderamente de este mundo a aquellos que comiencen por el mundo invisible. Sólo podrán gozarlo quienes primero se hayan abstenido de él. Sólo podrán festejar verdaderamente el banquete los que primero hubieren ayunado. Sólo son capaces de usar de este mundo quienes han aprendido a no abusar de él. Sólo lo heredan lo que lo han tomado como una sombra del mundo venidero, y quienes por ese mundo venidero lo ceden.  

sábado, 22 de agosto de 2026

¿Quién decimos que es Él?

 

Evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.



Si alguien pudiera demostrarme que la verdad está fuera de Cristo y que realmente Cristo está fuera de la verdad, preferiría estar con Cristo antes que con la verdad. 
                                                                                   Dostoyevski
 
La trascendencia de lo que Jesús está preguntando se anuncia ya en el inicio de la escena, narrada por los tres evangelistas sinópticos. No se trata de una conversación como cualquier otra. En Lucas, Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos. La cuestión surge de la oración, de la comunión con el Padre, y se dirige al corazón de los discípulos, a nuestro corazón. En Mateo y Marcos van de camino, se dirigen a Cesarea de Filipo, que no es un lugar cualquiera. Jesús ha escogido bien el tiempo y el lugar de la Revelación que hoy nos ofrece, porque es "hoy" cuando quiere que le digamos Quién es Él para cada uno de nosotros. 

Los apóstoles ya le habían reconocido como Mesías, después de que manifestara Su poder contra los elementos, al apaciguar la tempestad. Pero la doble pregunta es planteada en un momento crítico, pues muchos discípulos han decidido no seguir, porque el camino les resulta demasiado duro e incomprensible. Son los que no han sido capaces de ver que solo Él tiene palabras de vida eterna. Además, han empezado a recrudecerse las hostilidades contra un Mesías incómodo para tantos. 

Cesarea de Filipo se encuentra a los pies del monte Hermón. Un lugar hermoso, refrescante, con ciervos, como canta el Salmo 42: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?”. Todo habla del Mesías anhelado, si estamos atentos a estas claves. Cesarea de Filipo está también muy cerca del Mar de Galilea En Isaías 9:1, leemos: “Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles.”

Después de que Pedro responda con espontaneidad y contundencia, en nombre de los doce, Jesús les pide que no lo digan, que guarden silencio para que sigan ahondando en sus corazones hasta llegar al sentido último de esta respuesta, y también para que asimilen el nuevo anuncio de la pasión y las condiciones para ser verdadero discípulo. Ahora, callad para que todo se cumpla; luego, hablad para que el mundo lo sepa. Los anuncios de su pasión y muerte son siempre privados, en la intimidad del grupo más cercano. 

Pedro ha manifestado el sentimiento de los apóstoles, madurado en esa íntima cercanía con el Maestro, pero solo después de la Pasión y de la venida del Paráclito, tendrán un conocimiento total y profundo de Quién es Él. 

Jesús nos lleva a ahondar en nuestro propio corazón porque la experiencia del encuentro con Él es personal; de ahí que la pregunta vaya de lo exterior a lo interior. De la respuesta que demos, depende cómo sigamos el camino de discípulo, con qué entusiasmo, con qué compromiso. En la segunda parte de este Evangelio, pone todas las cartas sobre la mesa para que el que decida seguirle sepa a qué se enfrenta.

Él no deja de interpelarnos: ¿Quién decís que soy? ¿Permanecéis en mí y mis palabras en vosotros? (Juan 15, 7) ¿Os sentís tan unidos a mí que vuestra tristeza se convierte en alegría? (Juan 16, 20) ¿Lográis recordar, en las luchas, que Yo he vencido al mundo? (Juan 16, 33).

Mirar a Jesucristo, contemplar su vida, escuchar su enseñanza, asistir a su sacrificio supremo, es la mejor vía para llegar a comprender qué es el reino de los cielos en la tierra. Porque en Él confluyen todos los caminos que hasta su nacimiento querían llegar hasta Dios. Y ya no es que Él sea un atajo, bien claro lo dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Lo anterior a Jesucristo es promesa, anuncio; lo posterior es incorporación, unión con Él. Y el que se une a Cristo, se consagra a su seguimiento, vive ya en al reino de los cielos. Siendo uno con Él, lo que Él realizó nos pertenece, forma parte de nuestra nueva naturaleza. 

Poco después, como respuesta a la confesión de fe de Pedro en nombre de todos los apóstoles, tres de ellos: el mismo Pedro, Juan y Santiago, serán testigos de la gloria de Jesús en el Tabor, que prefigura la luz pascual de la Resurrección.

                                             Ven, Señor, Jesús, Hermana Glenda


RESPONDE EL CORAZÓN

La gente dice que eres un gran profeta, como Juan el Bautista, como Elías, como los más grandes de la antigüedad. Algunos creen que eres un avatar, como Buda o Mahoma, o como Zaratustra. Hay quien afirma que eres el mismo Moisés retornado a la vida. Un hombre bueno, el mejor, dicen los solidarios. Un sabio, los que ni siquiera se acercan a tu Palabra de Verdad y Vida. Otros opinan que eres un terapeuta, un mago, un hechicero. Un chamán, por lo del barro y la saliva, dicen los naturistas. El primer socialista, el verdadero. Un loco, un exaltado, un chivo expiatorio, un pobre fracasado. Un arquetipo, un símbolo sublime, un ideal. Alguno hasta sostiene que vienes de un planeta de seres avanzados. Y se agotan sus libros, va por veinte ediciones, en las librerías-best seller de los hipermercados. Un maestro ascendido, para los seguidores de la nueva era de Acuario, que está por suceder a la de Piscis. Un revolucionario incomprendido, un gran líder, al final desencantado. Un hombre, en definitiva, más íntegro y sincero, eso sí, pero solo uno más, con lo mismo de hombre y lo mismo de Dios que tiene cada hijo de vecino. Un predicador que arriesgó demasiado, porque era bueno y generoso. 

Y nosotros, ¿quién decimos que eres? Dejadme hablar a mí en nombre de todos, compañeros, dejadme hablar a mí, aunque todos sepamos la respuesta que hemos de manifestar para que el corazón la vaya haciendo carne y sangre, cruz y luz para los doce. Dejadme, hermanos, ser el más decidido esta vez, para que cuando toque ser cobarde no me muera de pena. Dejadme abrir el corazón en público para la posteridad; este corazón apasionado, que sabe y siente lo mismo que vosotros, porque nos alimentamos de la misma Luz y del mismo Pan: Aquel cuya Palabra basta para sanarnos, la fuente del amor. 

Tú lo sabes todo, pero para los nuevos y para los escépticos, diremos en voz alta que Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios vivo. El Verbo, que vino a su casa y los suyos no lo recibieron. El rostro de Yahvé sobre la tierra, el resplandor más cierto de Su luz. Sol de Justicia, Rey de reyes, Príncipe de la Paz, fuerza para seguir amando hasta el final. Verdadero Dios y verdadero Hombre. Nuestro padre (Jn 13, 33), nuestro hermano (Jn 20, 17), y nuestro esposo (Mt 9, 15). Alfa y omega, principio y fin (Ap 21,6). Piedra angular (Ef 2, 20), nuestro juez (Jn 5, 22) y nuestro abogado (1 Jn 2, 1). Sol invicto, la misericordiosa mirada del Padre en los ojos del hombre, para que nos miremos en Ti y un día, Dios lo quiera, Tú lo quieras, nos veamos en Ti. El hijo de David y el Señor de David, sublime paradoja, como todas las Tuyas, para que comprendamos. El que nos acompaña cada día; Camino, Verdad, y Vida. El Nombre que quisiera que pronuncien mis labios cuando llegue la hora. El amor derramado por un Dios que es amor, el nuevo Adán para levantarnos: amor crucificado por amor, amor resucitado por amor. Aquel que en un sepulcro nuevo y prestado fue estrenando, durante apenas tres días, todas las sepulturas que por Ti serán solo refugio pasajero, antes de la vida eterna que nos has regalado. Porque Tú eres el que era, el que es, el que viene (Ap 1, 8), el que sentado en el trono dice: “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).


En mi Getsemaní

jueves, 13 de agosto de 2026

La Asunción de María, nuestra esperanza

 

Evangelio según san Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.» María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

La Asunción de la Virgen María, Murillo


Aunque las estrellas del cielo se convirtiesen en lenguas, y las arenas del mar en palabras, no se llegaría nunca a expresar por completo la dignidad de María.

                                                                                              Santo Tomás de Villanueva

Celebramos la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos, en cuerpo y alma: la primera vez que llega la Divina Voluntad triunfante al Cielo en una criatura. Jesús hizo el camino descendente al vientre de mujer. La mujer hace el camino ascendente al seno del Padre, al Cielo, a la Vida. Es por eso, como le explica Jesús a Luisa Piccarreta, la gran Fiesta de la Divina Voluntad. Tan importante para nuestra esperanza como la Pascua de Resurrección, o más... Asunción: hacia (a) el sol (sun). Hacia el Sol de Sion, que es Cristo, el Cielo de Su Humanidad, previo al Cielo de la Divinidad, donde Dios será todo en todos. 

La alegría de la Asunción nace de sentirnos habitados por el Señor. Más que habitados, fundidos con Él, que nos va transfigurando, aligerando, elevando. Porque la grandeza de María consiste en que ha dejado que Dios sea grande en ella. Dios nos ha dado la victoria sobre la muerte por Jesucristo, para liberarnos y para que vivamos ya vida de resucitados. Porque también quiere ser grande en nosotros. 

“Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. Bienaventurados, dichosos, benditos si miramos y escuchamos al Verbo, si nos abrimos a Él hasta el punto de que sea Él quien viva en cada uno. Contemplamos la Asunción, la Pascua de María, su paso del estado de vida terrena a la vida en Dios. Es el culmen de la liberación y nos permite intuir la obra de reunificación interior, que Dios quiere hacer en cada criatura para devolverle la coherencia y fundirla con la Verdad y el Amor. 

María Santísima es hija, madre, esposa de la Verdad y del Amor, y quiere que lo seamos también. Dejemos de caminar cabizbajos, arrastrando los pies, encorvándonos hacia la tierra. Dejémonos elevar con María, unificados en la Vida de Dios que es nuestra Vida.

No tienes que salvar tu alma, eso ya lo hizo Cristo por ti. Tienes que pisar la cabeza de la serpiente con la Virgen-Madre, para, como ella, elevarte y ascender. Ella, que aparentemente no hizo nada más que decir sí, contemplar y acompañar, lo hizo todo, porque se dejó hacer desde el inicio hasta el final, que es el verdadero comienzo. Cuando en la película de tu vida esté próximo el “The End”, recuerda que es el anuncio de la Vida verdadera.

Antes de que llegue ese momento, vivamos ya aquí vida de Cielo. Sal de ti mismo; como Abraham, deja tu “tierra”, ponte en camino, con ligereza, despegándote poco a poco del suelo, ascendiendo ya, elevándote de amor y disponibilidad. 

El Magnificat expresa por qué María fue asunta al Cielo: humilde y valiente, desapegada, confiada, pura alabanza a Dios. Se anuló, no cargó con ningún peso, ningún lastre, solo miraba a Dios y, por Él, a las necesidades de los demás. “No les queda vino”; no veía sus propias carencias, no pedía nada para sí. “Haced lo que él os diga”; se une a la Palabra y la Palabra hace en ella todo y la eleva. 

El Magnificat expresa esa recapitulación que está en el centro del Plan de Dios, de su obra sobre nuestro barro: la glorificación del ser humano. Dejemos la miseria, la angustia, las limitaciones en manos de Dios, para mirarle solo a Él. Lo que sobra, lo que no puede ser asumido en Él, irá cayendo, como hojarasca que el viento barre. 

Sal de tu casa y de tu tierra, porque tu Señor quiere darte otra casa y otra tierra, tu herencia, tu fortuna. Como Abraham, lo doy todo, hasta lo más querido, y Jesús me hace ver que Él ya se ha sacrificado por mí y, a cambio de mi entrega, me promete Su victoria.

                                  Diálogos Divinos, La Fiesta de la Divina Voluntad

sábado, 18 de julio de 2026

Trigo y cizaña, juntos hasta la siega.

 

Evangelio según san Mateo 13, 24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”». También les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas". Después les dijo esta otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa". Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo. Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña en el campo". Él les respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!"

La parábola de la cizaña - Fetti, Domenico. Museo Nacional Thyssen ...
Parábola de la cizaña, Domenico Fetti

Antes del Bautismo, el hombre está poseído por Satán; después del Bautismo, es el campo de batalla entre Cristo y Satán. Pero Cristo es más fuerte y Satanás acaba encadenado y vencido.
                  Georges Bernanos

Como vemos en el blog hermano, Via Amoris, Jesucristo es el Reino y viene a dárnoslo, viene a darse. De ahí el versículo que repetimos en el Salmo de hoy: Tú, Señor, eres bueno y clemente (Salmo 85). Un Niño nacido de una joven virgen es más grande que todo nuestro mundo, más grande que todo. Y cuanto toca ese bebé-semilla, que es Dios, se transforma y adquiere un potencial que no se ve, pero que está lleno de Su misma Vida. Él es el Dueño del poder, leemos en la primera lectura (Sabiduría 12, 13.16-19), y si no recibimos Su Vida, la cizaña que el enemigo esparció entre el trigo que somos nos invade y malogra lo que deberíamos llegar a ser.

La cizaña y el trigo están en el campo, que es el mundo, y también están dentro de nosotros, en el campo que cada uno lleva en el corazón, pero esta cizaña propia cuesta más verla, porque solemos estar dormidos, y por eso ni tenemos ojos para ver ni oídos para oír. La vida, cuyo fin es realizar y extender el Reino es desperdiciada en afanes inútiles que nos entretienen y alejan del Camino que es Jesús, porque solo Él nos lleva de regreso a nuestra verdadera identidad.

Nos afanamos en lo que no es, en lo que se quemará, hacemos de la mentira nuestro modo de vida, rodeándonos de palabras engañosas y ensoñaciones inútiles, llenas de ambigüedades y falacias. Es lo que san  Juan Crisóstomo llama “el método del diablo”, que consiste en mezclar siempre la verdad con el error, revestido este con las apariencias y colores de la verdad, de manera que pueda seducir fácilmente a los que se dejan engañar. Por eso, el Señor habla de cizaña porque esta planta se parece al trigo. Seguidamente indica como lo hace para engañar: Mientras la gente dormía. Cristo nos dice todo esto para enseñarnos a no dormirnos, de ahí la necesidad de la vigilancia de un guardia. Y también nos dice: El que persevere hasta el final se salvará. Por otra parte, ¿es posible que una parte de esa cizaña se convierta en trigo? Si lo arrancáis ahora podéis perjudicar la próxima cosecha arrancando a los que podrían llegar a ser mejores.

Creemos, como San Juan Crisóstomo, que hay esperanza para este mundo tan infestado de modos diabólicos. El Señor y Su Reino están entre nosotros, trabajando silenciosamente el corazón-campo de cada hombre, Él está dentro de esos corazones y, como levadura en la masa, hará crecer la semilla del Reino. Su fermento irá transformando toda la masa.

Y puede que un día, cuando intentemos descubrir cuánta cizaña queda en nuestro corazón, nos demos cuenta de que no queda cizaña, que en realidad era trigo, siempre fue trigo, que había olvidado a Su Sembrador y su identidad. Porque el origen del mal es siempre el mismo, lo que hizo caer a Adán y a nosotros con él: olvidar que Dios nos ama y que nosotros le amamos.

                                                Magdalena penitente, José Murillo

San Agustín estudió durante años el “misterio de la iniquidad” y llegó a la conclusión de que Dios es capaz de sacar mayor bien de algo tocado por el mal y vuelto al bien, que de algo que siempre fue impecable. A la misma conclusión llega José Tissot en el  precioso libro: El arte de aprovechar nuestras faltas, poniendo el ejemplo de Santa María Magdalena: Regad con este llanto el espacio de vuestra vida que ha sido estéril, porque no quisisteis que el amor lo iluminase; y el amor vendrá llevado por esas aguas. ¿Quién sabe si delante de Dios esos años dorados no llegarán a ser más hermosos, más fecundos y más preciosos por la penitencia, que lo hubiesen sido por la inocencia? Podría ser que no tuvieseis que lamentaros de haber pecado como Magdalena, si lloráis cómo lloró Magdalena.

También a Santa María Magdalena pone como ejemplo San Francisco de Sales: Magdalena se convirtió tan admirablemente que, de una criatura manchada y llena de suciedad como era, llegó a ser un vaso puro y limpio, adecuado para recibir el agua preciosa y aromática de la gracia con la que después embalsamó a su Salvador: la que, por sus pecados era una vasija de mal olor, llegó a ser por esta conversión como una flor de delicioso aroma. Y cuanto más desagradable fue por el pecado, tanto más quedó purificada y renovada por la gracia, igual que las flores se desarrollan y obtienen su hermosura de una materia fétida y podrida, pues cuanto más estiércol tiene la tierra en que se producen, más crecen y más hermosas se hacen.

El Reino es ya si vivimos en el amor perfecto, que es vivir fundidos con Jesús, en Él, por Él y para Él. Eso es vivir en la Divina Voluntad, sabiendo que todo lo hace Jesús en ti porque has llegado a tu nada. Y lo que echabas de menos, lo que anhelas y añoras empieza a aparecer a tu alrededor: seres amados que perdiste, bienes y gozos divinos…, aunque aún no lo veas, porque la Divina Voluntad obrando en ti te da la eternidad de Dios, en la que nada se pierde, se rompe, se corrompe o se separa. 

179. Diálogos Divinos. Necesidad del conocimiento del mal

Entonces el hombre bueno llamó a Gawain, y le dijo:
-Mucho tiempo ha pasado desde que fuiste hecho caballero, y desde entonces nunca serviste a tu Creador; y ahora eres un árbol tan viejo que no hay en ti hoja ni fruto; así que piensa que rendirás a Nuestro Señor la pura corteza, ya que el demonio tiene las hojas y el fruto.
                                                               La muerte de Arturo, sir Thomas Malory

A veces pienso que me volvía a los dioses falsos para adquirir alguna capacidad de adoración, con vistas al día en que el verdadero Dios me llamase a Él. No es que no pudiera haber aprendido esto mucho antes y de una forma menos drástica, de una forma que no conoceré nunca, sin apostasía, sino que los castigos divinos también son dones, que de un gran mal saca un gran bien y que de la ceguera condenable hace un remedio.
                                                                                                                C. S. Lewis

miércoles, 15 de julio de 2026

Nuestra Señora del Carmen

 

Evangelio según san Juan 19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.


                                                               Ntra. Señora del Carmen, P. A. Gajardo

                                                                  Mira la Estrella. Llama a María.

                                                                                               San Bernardo

Hoy miramos a María, en la Advocación de Nuestra Señora del Monte Carmelo, la Virgen del Carmen. Una de las lecturas propias de la Festividad nos la muestra firme, sostenida por la Gracia, de la que es mediadora, en el Calvario, recibiéndonos por hijos.

       Vemos a través de los ojos de María la imagen del Hijo en la Cruz. Porque Jesús nunca murió en su Madre, el mundo no se quedó definitivamente sin luz, dicen los padres de la Iglesia; Él siguió alumbrándonos a través de ella. Cuando nos damos cuenta de esa verdad, comprendemos lo que es María, su verdadera trascendencia y el sentido más profundo del “Hágase en mí según tu Palabra”. Ella renunció a su palabra, para vivir la Palabra. Por eso se convierte en palabra viva y testimonio vivo de Dios.

        Contemplando ese misterio de la Virgen-Madre, una con Su Hijo, desde el Sí luminoso que hizo posible la Salvación, hasta el Sí amargo y fecundo como ninguno junto a la Cruz, me doy cuenta de que, si la Eucaristía es recibir realmente la sangre y el cuerpo de Jesús, ¡y lo es!, Su sangre y la mía se unen y, prodigio de Amor, es también la Sangre de María, madre nuestra, la que nos da vida nueva.


                                                                 La Crucifixión, Rubens

         “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). Es en el Templo donde María encontró a Su hijo a la edad de doce años, y en el Templo Le encontramos hoy. Por eso tenemos que convertirnos en Templo donde unirnos a Él, porque los verdaderos adoradores son los que Le adoran en Espíritu y en Verdad. Le encontramos en nosotros, donde está Su sangre, que es también la de María, mezclada con la nuestra. Pero aún no permitimos que la Suya circule por nosotros y por eso, a veces, volvemos a abandonarle. 

        En cambio, para la Madre, su vida no importa ante la vida de Su Hijo. La grandeza de María está vivir la voluntad del Padre sin reserva, hasta el final. Muriendo a su palabra humana, de humilde doncella de Nazaret, dio a la luz a la Palabra. Soportando por obediencia y amor el sufrimiento de ver morir a su Hijo en la Cruz, nos da a luz a nosotros. Sigamos su ejemplo, seamos humildad y silencio, fidelidad y obediencia a la Voluntad de Dios.



sábado, 11 de julio de 2026

Entender la Palabra con el corazón

  

Evangelio según san Mateo 13,1-23

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga». Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «Por qué les hablas en parábolas?». Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».

Pin en Arte religioso cristiano S. XX
Yo Soy el Pan de la Vida, Joaquín Sorolla

El “reino de Dios” es el centro del Evangelio, la Buena Noticia que anunciamos y queremos vivir. Un reino cercano (Marcos 1,15), interior (Lucas 17,21), presente y actual (Mateo 20,28). Lo eterno en nosotros son esas semillas del reino llamadas a perdurar. Lo demás es nada, polvo, fuego de artificio, luces de neón. Pero no podemos anunciar y vivir el Reino si no lo recibimos, acogemos y entendemos con el corazón abierto y disponible.

Cristo está depositado como semilla en cada ser humano, queriendo hacerse vida en él, para que demos a Dios la gloria que le negamos con la caída. Para amar a los demás hemos de recordar que Jesús está en cada uno, como semilla que espera ser regada.

En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, Cristo es la semilla, grano de trigo divino, entregado para dar vida. Por eso en una diminuta Hostia consagrada está la Divinidad completa. Al comulgar, es el mismo Jesús en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad Quien se da con todo lo Suyo: la Creación, la Redención, la Santificación a la que estamos llamados, esto es, la semejanza recuperada. Pues todo Es “a la vez”, no cronológico, todo Es en el Acto Único de Dios.

Cristo entra en ti y si lo acoges y dejas que se quede para obrar en ti, no solo para habitarte, te convierte en Sí, te convierte en Dios. Es el milagro de los milagros, el más inadvertido para los sentidos físicos, pero el más eficaz. Porque milagro es algo que vence la naturaleza; y en esa Comunión conscientemente aceptada es vencida nuestra naturaleza caída y se restaura la gracia, la Vida Divina que se le dio a Adán en la Creación, pero con mucho más, infinitamente más de lo que Adán recibió: con la Sangre de Cristo redentora, Sus llagas benditas, la herida de Su costado, tan pequeña como la punta de una lanza, tan grande como para abarcar toda la Creación, toda la Redención y a todos los que aceptan esa Redención, que es el inicio del Reino de Dios, la Nueva Creación.

Felix culpa, dijo San Agustín, que intuyó la magnitud de lo que se nos dio con la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, la semilla triturada que dio origen al Árbol de la Vida, en cuyas ramas se posan los redimidos, y en cuya savia fluye Su Sangre bendita junto con la sangre del que se atreve a ser más que redimido, más que salvado, se atreve a morir, semilla triturada, para ser Uno con el Salvador. Su Sangre, Su Vida se funde con la vida de la criatura para transformarla y divinizarla.

En este post y en el blog hermano, Via Amorisalgunos extractos de Libro de Cielo, dictado por Jesús a Luisa Piccarreta, acerca del Sembrador Divino, y de la Vida que Su Voluntad siembra en el alma:

24-2-1933
Tú debes saber que mis verdades son semillas que Yo, agricultor celestial continúo sembrando en las almas, y si hago mi siembra, con certeza debo recoger el fruto. Muchas veces me sucede a Mí como al pobre sembrador que arroja su semilla en la tierra, la cual por falta de humedad, la tierra no tiene la fuerza de comerse la semilla para digerirla y convertirla en tierra, y de la sustancia que ha absorbido de la semilla dar al pobre agricultor el diez, el veinte, el ciento de la semilla que se ha comido; otras veces, mientras arroja la semilla, por falta de lluvia la tierra se hace dura sobre la semilla, y no encuentra el camino para hacer salir la vida, la sustancia de la semilla que encierra, y el pobre agricultor debe tener paciencia para recibir la cosecha de sus semillas. Sin embargo, con haber sembrado la semilla, ha hecho ya una cosa y puede tener esperanza, quizá una lluvia dé la humedad a la tierra, la cual poseyendo la sustancia de su semilla hará surgir lo que ha sembrado, o bien, quitando la dureza, removiéndola, forma los caminos para reproducir su semilla, así que el sembrador a pesar de que la tierra no produce súbito la multiplicidad de la semilla que ha recibido, el tiempo, las circunstancias, la lluvia, puede hacer producir una cosecha más abundante, que no se esperaba. Ahora, si el agricultor a pesar de todas las dificultades de la tierra puede esperar y recibir una abundante cosecha, mucho más Yo, agricultor celestial, habiendo sacado de mi seno divino tantas semillas de verdades celestiales para sembrarlas en el fondo de tu alma, y con la cosecha llenar todo el mundo


7-10-1934
Así nuestro Ser Supremo, reservándose para Sí la parte más noble del hombre, la cual es el alma, más que sol fijamos su interior, lo dardeamos, lo modelamos, y conforme lo tocamos, más que luz solar, ponemos la semilla del pensamiento en la inteligencia, la semilla de nuestro recuerdo en la memoria, la semilla de nuestra Voluntad en la suya, la semilla de la palabra en la voz, la semilla del movimiento en las obras, la semilla de nuestro amor en el corazón, y así de todo lo demás. Ahora, si nos pone atención trabajando el campo de su alma junto con Nosotros, porque jamás retiramos nuestro Sol Divino, de noche y de día estamos sobre él más que tierna madre, ahora para alimentarlo, ahora para calentarlo, ahora para defenderlo, ahora para trabajar juntos, y para cubrirlo y esconderlo en nuestro amor. Entonces haremos una bella cosecha que les servirá para alimentarse de Nosotros, y alabarnos nuestro amor, nuestra potencia y sabiduría infinita, y si no nos pone atención, queda sofocada nuestra semilla divina, sin producir el bien que posee, y él queda en ayunas, sin los alimentos divinos, y Nosotros quedamos en ayunas de su amor. Cómo es doloroso sembrar sin recoger, pero a pesar de todo esto, es tanto nuestro amor, que no lo dejamos, continuamos a dardearlo, a calentarlo, casi como sol que no se cansa de hacer su pasadita de luz, a pesar que no encuentra ni plantas, ni flores dónde poner la semilla de sus efectos. ¡Oh! cuántos bienes de más haría el sol si no encontrara tantas tierras estériles, pedregosas y abandonadas por el hombre. Así Nosotros, si encontráramos más almas que nos pusieran atención, daríamos tantos bienes de transformar a las criaturas en santos vivientes y en copias fieles de Nosotros. Pero en nuestra Voluntad Divina no hay peligro de que no reciba nuestra semilla diaria, y que no trabaje junto con su Creador en el campo de su alma. Por eso siempre en mi Fiat te quiero, no pienses otra cosa, así haremos una bella cosecha, y tú y Yo tendremos alimentos abundantes, para poder abastecer a los otros, y seremos felices de una sola felicidad”.


                                              Tu "Te amo". Divina Voluntad

sábado, 4 de julio de 2026

Los pequeños y sencillos

 

Evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»


Dos amores fundaron, pues, dos ciudades, a saber: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial.
La primera se gloría en sí misma; la segunda, se gloría en el Señor.    
                                                                                                                 San Agustín                                                                      
Los sabios y entendidos del mundo no pueden pasar por la «puerta estrecha», ese umbral invisible, que da acceso al Reino. Los pequeños, los sencillos son capaces de encontrar el camino de retorno, desde el exilio a la tierra prometida, a nuestra esencia original, anterior a la caída que la soberbia provocó.

Los sabios y entendidos han olvidado que Dios les ama y que ellos han sido creados para corresponder a ese amor. Escogen la separación, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal y caen en la eterna tentación de Adán y Eva, alejándose de la Sabiduría. Los pequeños, los sencillos conocen la voz del Buen Pastor y la Puerta que lleva a los verdes pastos, en cuyo centro está el Árbol de la Vida. 

El pequeño, el humilde y sencillo, se ha liberado de las cadenas de la mente, que se disfrazan de conocimientos, saberes, ideologías…, ha soltado incluso la necesidad de hacer y de saber. Es la muerte del ego, el renunciar al mundo para ganar el alma, el perder la vida para ganar la Vida, el morir a uno mismo para nacer al Sí mismo. 

Ser como los pequeños que menciona Jesús en el Evangelio de hoy es recuperar la infancia espiritual, y hacerse como niños para entrar en el Reino. En este camino descendente de regreso a la inocencia, seguir al Maestro manso y humilde de corazón que nos guía.

Es hora de abrir los ojos, encontrarnos con la mirada amorosa de Jesús que nos ofrece alivio y descanso, Verdad y Vida. Ese es el Camino de santificación: unirnos al único Santo, el único Bueno, para encontrar en Él el verdadero nombre de cada uno, escrito por Dios antes de los tiempos. Porque la eternidad es más que tiempo infinito, mucho más que “sin tiempo”, es Conocimiento, pero no intelectual, sino Conocimiento que empieza por la intimidad y sigue por la unidad con la Fuente de toda Sabiduría, la Palabra viva y eficaz.

Los que quieran ser santos al modo humano que sigan preocupándose de hacer, lograr y acumular méritos. Los que solo anhelen Ser en Cristo, el único Bueno, que nos brinda paz y consuelo, que sean tan humildes, tan pequeños y tan sabios como el campesino analfabeto que admiró al cura de Ars, porque su grado de confianza e intimidad con el Señor en el Sagrario le permitía mirarle, ser mirado por Él y estar “contento”, es decir, adentrarse en la eternidad. 

Nosotros no somos tan sabios como aquel campesino de corazón de niño y alma translúcida. Por eso nuestra tarea consiste en soltar, dejar lo que no somos, abandonar con alegría lo que nos impide recibir lo que el Hijo quiere darnos: todo lo que le ha dado el Padre, esto es Todo.

El precio de la vida eterna es lo que creemos ser y la recompensa es unirnos a Jesús, que nos conduce a la verdadera Semejanza. Esto es, el premio es ser en Él, con Él y como él. 

Ante tal esperanza, ¿qué responder a la invitación que Jesús nos hace en el Evangelio de hoy? Los pequeños y sencillos, los pobres de espíritu saben que la única respuesta es el Fiat, el sí definitivo, la entrega total a la Voluntad de Dios. Los falsos sabios y entendidos del mundo ni siquiera escucharán al Maestro, seguirán inmersos en sus afanes y a los reclamos del mundo, atentos a esas luces de neón que les mantendrán para siempre alejados de la verdadera luz, sin darse cuenta de las tinieblas que ya se ciernen sobre el mundo.

                               226. Diálogos Divinos. La nada en la Divina Voluntad 

Cuando el hombre se humilla, Dios en su bondad, no puede menos que descender y verterse en ese hombre humilde, y al más modesto se le comunica más que a ningún otro y se le entrega por completo. Lo que da Dios es su esencia y su esencia es su bondad y su bondad es su amor. Toda la pena y toda la alegría provienen del amor.

                                                                                                        Maestro Eckhart