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sábado, 17 de octubre de 2026

A Dios lo que es de Dios

 

Evangelio según san Mateo 22, 15-21

En aquel tiempo, los fariseos se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?” Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: “¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.” Le presentaron un denario. Él les preguntó: “¿De quién es esta cara y esta inscripción?” Le respondieron: “Del César.” Entonces les replicó: “Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.”


                                           El tributo al César, Valentín de Boulogne

Lo que solemos llamar nuestra vida es una cosa tan circunstancial, tan determinada, tan improbable, que sólo es como un vestido que se pusiera el alma a cada instante. Juan Ramón Jiménez

 

¿Dónde estás cuando no estás contigo? Y después de haber discurrido por todas las cosas, ¿qué has ganado, si de ti te olvidaste? Thomas de Kempis                                                                      

Los fariseos vuelven a desplegar sus malas artes, sibilinas e hipócritas, para intentar acorralar a Jesús, pero el Maestro aprovecha la ocasión para desenmascararlos una vez más, y para invitarnos a crecer en coherencia. Nos anima a ser valientes y decididos en ese anhelo de Bondad, Verdad y Belleza que alberga el corazón humano. 

Ya no se trata de escoger algo y soltar algo, sino de soltar todo para escoger Todo, renunciar a la falsa imagen que no somos, la del César, y asumir lo que Somos: la imagen de Dios. Lo expresa mejor San Antonio de Padua en el blog hermano Días de gracia. 

Porque lo real, lo que Es, lo de Dios…, no está en el “qué”, sino en el “cómo”. Lo que hacemos, como expresión externa de la vida, es insignificante frente a lo que Somos, que se manifiesta en cómo hacemos, decimos, pensamos, sentimos… Atendiendo al “cómo”, todo puede ser del César o de Dios. Limpiar, comer, orar en el templo, reír, ayunar, bailar, dar limosna, jugar…; nada es sagrado, nada es mundano por sí mismo, sino por la actitud con que lo hagamos.

¿Cuál es la mejor actitud, el mejor “cómo”, nuestro “Cómo”?  Con Jesucristo, en Él y Él en cada uno. Con Cristo, como Cristo, Uno con el Padre, salimos de la mentira de lo que creemos que somos, para entrar en la Verdad, lo que Somos realmente. Es el Camino de retorno a Casa. Siempre con Cristo, esto es, con Su Voluntad como vida.

Todos acumulamos y nos aferramos a falsas monedas, visibles e invisibles, por miedo e inseguridad, pero el miedo es una fantasía nacida de la ignorancia, que nos impide recordar que, como veíamos el domingo pasado, nuestro traje de fiesta es amor. Miedo y deseo, dos notas falsas que entonan la melodía desafinada de nuestra vida, hasta que descubrimos nuestra verdadera nota, limpia, clara, y la ponemos al servicio de la sinfonía de la Vida. Es hora de invertir valores y poner nuestra confianza y seguridad en Dios, el único apoyo firme, el único verdadero. Realicemos el Reino en la tierra, para vivir ya como hijos de Dios, los seres infinitos y eternos que somos.

Hoy Jesús vuelve a recordarnos que no somos del mundo, aunque estemos en el mundo; no somos del César, sino de Dios. Nuestro "lugar" no está aquí abajo, en lo limitado y horizontal, en lo que pasa..., sino arriba, en lo alto y profundo, en lo interior. Vivamos en vertical, demos a Dios lo que es de Dios: nosotros mismos, que somos imagen Suya, nuestra esencia original. Solo así alcanzaremos la semejanza perdida.

     Cuando no somos, buscamos nuestra identidad fuera, en cosas, personas, proyectos, circunstancias..., en el César y sus aliados… No solo los bienes materiales nos hipnotizan y nos esclavizan; hay en el ser humano dos inercias que atan: la de buscar experiencias y la de buscar seguridad. Todo se disfraza y se distorsiona por esas tendencias compulsivas a acumular experiencias (tantas veces inútiles) y seguridades (casi siempre ilusorias). Nos escudamos en proyectos nobles, ambiciones loables o altruistas, pero en el fondo es todo producto del  miedo y el deseo. 

      Acaparar o soltar... Hay quien cree que el egoísmo y la codicia está en acaparar "monedas" materiales, dinero, posesiones... Pero hay una codicia más sutil que lleva a acaparar todo. Jesús se refiere a lo material, pero también y sobre todo a esa red o matriz de miedos, deseos, proyecciones, auto justificaciones y expectativas que vamos tejiendo todos alrededor como arañas ciegas. Hay quien acumula monedas de oro con la esfinge del César y quien va acuñando monedas invisibles que enmarañan su alma e impiden que entre la luz. Y al final, muchas veces nos comportamos como niños inconscientes y caprichosos, perdidos en un bosque en mitad de la noche, mientras los lobos aúllan, las sombras crecen y el corazón se encoge, vacío, cerrado todavía. 

Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No hay mejor manera de expresar esta dialéctica que condiciona nuestras vidas. Es otra expresión del cielo y el infierno que todos llevamos dentro, o de la vida y la muerte como opción primordial. Quedarnos en lo material, en lo falso, en lo que no somos, en el César y su mundo, que nos encanta como las sirenas a Ulises, es atender únicamente a lo que muere. Descubrir los trucos del César, su impostura tramposa e intuir la Verdad es optar por la vida y hacer realidad el Reino aquí, ahora, en nosotros. También las cosas "santas", si se viven con codicia o avidez es dar al César lo de Dios, porque las transformamos en ídolos más sutiles. Es el fariseísmo de hoy, que busca seguridades en el crecimiento espiritual olvidando que solo Dios basta.

Demos al César lo suyo: lo falso, lo efímero, el miedo, lo separado, lo que se quemará, lo que no es, la nada de plata que no nos pertenece; y demos a Dios lo verdadero, lo consciente, lo perdurable, lo que Somos: Suyos.



                                     250. Diálogos Divinos. ¿Y te parece poco? II

La fuerza de César está en el sueño de los hombres, en la enfermedad de los pueblos. Pero ha llegado el que despierta a los durmientes, el que abre los ojos a los ciegos, el que restituye la fuerza a los débiles. Cuando todo se haya cumplido y se haya fundado el Reino –un Reino que no ha menester de soldados, jueces, esclavos ni moneda, sino únicamente de almas nuevas y amantes– el imperio de César se desvanecerá como un montón de cenizas bajo el hálito victorioso del viento. Mientras dure su apariencia, podremos darle lo que es suyo. El dinero, para los hombres nuevos no es nada. Demos al César, prometido a la nada, esa nada de plata que no nos pertenece.

                                                                                              Giovanni Papini


Ha habido demasiados lutos por resistirnos a los Romanos. Al César yo le daría lo que nos pide. A nosotros nos queda la inmensidad de nuestro Único y Solo, que ellos no pueden conocer. Elevan a los altares a un emperador, un trozo de sangre y carne que no tardará en ser pasto de los gusanos. Démosle a ese César lo suyo y quedémonos con lo que no puede quitarnos.

                                                                                    Erri de Luca                                                                     

sábado, 10 de octubre de 2026

Vestirse de fiesta

 

Evangelio según san Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: "El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos." 


                                                     Las Bodas de Caná, Veronés


                                  Dios, que es mi baluarte poderoso,
hizo irreprochable mi camino.
                                        2 Samuel 22, 33

Sumérgete en ese Océano de dulzura,
y deja que todos los errores
de la vida y de la muerte te abandonen.
                                     Kabir

El pueblo judío rechazó la invitación a la celebración del Amor que Dios les ofrecía. No supieron reconocer en Jesús al Mesías, el Hijo de Dios. Y nosotros... ¿Lo reconocemos? A pesar de que el banquete ya está preparado y de que todos estamos invitados, porque el anfitrión es infinitamente magnánimo, muchas veces seguimos rechazando la invitación a la gran fiesta de la gracia, la dicha y la unidad. 

Buenos o malos, justos o pecadores, ricos o pobres, brillantes o mediocres..., al Rey que nos invita no le importa nuestra condición, solo nos pide que aceptemos la invitación, reconociendo a su Hijo como el esposo y el salvador que instaura el Reino definitivo. Y con qué paciencia sigue invitándonos para llenar la sala del banquete. 

Espera el tiempo necesario para que dejemos nuestros afanes mezquinos e intereses individuales y optemos por lo esencial, la plenitud del Ser eterno, vivir con Su Voluntad como Vida nuestra que nos transforma y diviniza. Espera y nos da la libertad de aceptar o no. Por eso, aunque muchos son los llamados, pocos los elegidos, porque es uno mismo el que elige, como vemos en el blog hermano Via Amoris.

Si aceptamos la invitación, se nos pide algo más: que nos pongamos el traje de fiesta, el vestido blanco con el que hemos de presentarnos a la celebración de los esponsales. Hace falta haber dejado atrás las vestiduras lúgubres de la soberbia, la mentira, el egoísmo y la tibieza. 

Llevar el traje de fiesta, el atuendo digno para la Boda es haberse puesto la Vida de Jesús en uno. Porque estamos llamados a un intercambio de vida con Jesús. Él vivió nuestra vida y la rehízo para regenerarnos. Nosotros hemos de vivir Su vida, fundiendo nuestra voluntad humana con la Suya, para dejar que esa Voluntad Divina obre en nosotros.

¿Cómo pudo alguien colarse en la fiesta sin vestir el traje necesario? Tal vez se valió de algún medio ilícito, alguna estratagema propia de tramposos. Son muchos los que creen que hay atajos o puertas ocultas para acceder al Reino donde se celebra el banquete. Son aquellos que se consideran especiales, mejores que los demás, más cumplidores, y también los que se creen capaces de dominar ciertas técnicas que permitan avanzar más rápidamente, saltándose las Leyes sagradas que Cristo ya perfeccionó y simplificó en la Ley del amor. 

Ese es el vestido de fiesta; el Amor. No el amor emocional o sensiblero, claro, sino el amor de la voluntad humana unida a la Divina, el amor de la intención purificada, el amor que ha pasado la prueba que lleva al grado más excelso de amor, el que permite perdonar de corazón y saberse totalmente perdonado.

Esa es la vestidura nupcial que Jesucristo, el Maestro, el Esposo nos regala si queremos. No hay más vestido ni más invitación que los que Él nos brinda, y tampoco hay más atajo o puerta escondida, porque Él es el Camino y la Puerta, el ojo de aguja... 

Vistámonos de fiesta, aunque tardemos en conseguir el tejido impecable que no se deshilacha ni se ensucia ni se transforma en harapos, como le sucedió a Cenicienta después de las doce. En realidad, ya es nuestro, lo llevamos puesto bajo los disfraces de escasez, fealdad, pobreza o dudas. Es el mismo Jesús dándonos vida, Su  Vida. 

¿De qué sirven los esfuerzos personales del que no acepta que todo es gracia, derroche generoso, abundancia, don gratuito de Dios? ¿Cuánto tardarán en ser desenmascarados los que han pretendido saltarse las Leyes para intentar igualarse a Dios, como hicieron Adán y Eva en el Paraíso? 

Son la humildad y la pureza de corazón las que van desnudándonos de harapos y vestidos sucios, inapropiados para una boda, las que van descubriendo el albo lino que nos viste de fiesta. Si recuperamos la inocencia esencial, nuestro será el derecho a participar en el banquete eterno, aunque hayamos sido grandes pecadores. No en vano, Jesús relató en otra ocasión la parábola del fariseo y del publicano, para hacernos ver quiénes serán los elegidos entre los muchos llamados.

Los soberbios, los vanidosos, los tibios y los que se valen de trampas y artificios para pretender colarse en la fiesta no están preparados para disfrutar del banquete y sus  manjares. Los que se saltan la Ley del Amor, que incluye todas las demás, serán expulsados de la mesa del Rey del Universo.

En cambio, los que se han desnudado de seguridades, vanidad, falsas creencias y prejuicios, los que lucen con garbo y prestancia el vestido de la sencillez y la coherencia verán cómo su pasado, todo lo que un día les afeaba o les hacía sentirse indignos de tal celebración, desaparece o se transforma en elegancia, dignidad, belleza transfigurada, como las del Hijo del Rey, con Quien somos Uno.

No volvamos a rechazar la invitación. Acudamos al banquete, desnudos de los harapos de impostores, vestidos con la túnica que nos espera desde antes de todos los tiempos. Y, como dice el Salmo 23, que hoy recitamos: habitaremos en la casa del Señor, nuestro verdadero hogar, por años sin término.



                                                                             Salmo 23


EL TRAJE DE FIESTA

No es fracaso,
sino el extremo de un lazo
que habrá de unir en tu historia
lo malo y lo bueno,
lo oscuro y lo claro,
lo tuyo y lo ajeno,
en un todo orgánico,
plenitud esencial
del alma restaurada
que ha dicho sí
y ha aceptado ponerse
el vestido de fiesta necesario
para el banquete eterno
al que hemos sido,
todos, invitados.

sábado, 3 de octubre de 2026

Acoger al Hijo

 

Evangelio según san Mateo 21, 33-43

Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevos otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?” Le contestaron: “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.” Y Jesús les dice: “¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.”


                           Parábola de los viñadores homicidas, Andrei N. Mironov


Por todas partes está colocado el lagar, porque en todas partes viven los que han recibido la unción del Espíritu de Dios...

                                                                                                     San Ireneo de Lyon


El apóstol Pablo dice: Lo que algunos tienen es ignorancia de Dios. Yo digo que permanecen en esta ignorancia todos aquellos que no quieren convertirse a Dios. Ellos rechazan esta conversión por la única razón de que imaginan a un Dios solemne y severo cuando es todo suavidad; ellos lo imaginan duro e implacable cuando es todo misericordia; creen que es violento y terrible cuando es adorable. Así el impío se engaña a sí mismo y se fabrica un ídolo en vez de conocer a Dios tal cual es.
 San Bernardo

Como vemos en el blog hermano, Via Amoris, hay muchas maneras de rechazar al Hijo, incluso hasta la muerte, y no son siempre tan evidentes como la brutalidad de los viñadores de la parábola. Si somos honestos, reconoceremos que lo estamos negando cada día. Ser honestos, un corazón noble que mira lo verdadero, lo justo, puro y amable, como nos recuerda la segunda Lectura de hoy (Filipenses 4, 6-9). 

Una meta tan digna y a la vez tan cercana, si nos liberamos de intereses mezquinos y muchas ocupaciones que son tantas veces un estorbo mortal, pues nos mantienen demasiado distraídos para ver a Jesús, piedra desechada por los ignorantes, para los sabios e inocentes, piedra angular, a Quien debemos mirar, acoger, situar en el centro de nuestro corazón y de nuestro pensamiento.  Él es el Hijo que quiere convertirnos en hermanos Suyos y coherederos de todos sus bienes. 

Dice Lilian Staveley: “Del pensamiento constante nacerá ternura; de la ternura, el afecto; del afecto, el amor. Una vez que el amor a Jesús se ha establecido firmemente en el corazón, percibimos nuestras propias faltas, percepción muy dolorosa, y conocida como arrepentimiento. (…) No tenemos individualmente la seguridad del cielo porque Jesús muriera en una cruz por los hombres, sino que tenemos la seguridad del cielo para nosotros solo si queremos vivir, pensar y actuar de modo tal que lleguemos a ser de los elegidos.”

Hemos pasado demasiado tiempo, tal vez, ignorando los bienes reales y duraderos, entretenidos, colocando las sillas del Titanic… Queda la inercia que nos hace confundir lo verdadero y lo falso, la muerte y la vida, quedan demasiados hábitos, demasiadas grabaciones viejas que condicionan y limitan... Es hora de elegir definitivamente y es tan clara la opción... ¿Colocar las sillas que están a punto de hundirse, o unirnos a los músicos que interpretan en cubierta su última sinfonía, mientras los demás gritan, se empujan, se matan por conseguir un puesto en los botes para salvar la vida y perder el alma? ¿Intentar escapar, colocar las sillas del barco que naufraga, o unirnos a los músicos, serenos y fieles a su misión? 

Elijamos unirnos a los músicos, que es escoger la bondad, la verdad y la belleza, pero, como a veces somos infieles, miremos solo a Dios, no dejemos que nada ocupe un lugar en nuestro corazón si no es de Dios y para Él. Si queremos ser libres, unámonos a Cristo con cadenas de amor, para no ceder a lo falso o a la muerte ni un solo instante de los días de gracia que aún quedan y poder dar el fruto esperado, tan sutil que no se ve, tan sutil que podemos sacarlo de este mundo de oscuridad, pena y aprieto (como lo llama San Juan de la Cruz en el texto que sigue), y llevarlo con nosotros a la vida verdadera, con la pura claridad de cuanto amamos. 

Si matar al Hijo es suicidarse, acogerle es renacer y tender vías de comunicación directa con el Padre y Señor, con el Dueño de todos los bienes.

"Los ángeles son nuestros pastores; porque, no sólo llevan a Dios nuestros recados, sino también los de Dios a nuestras almas, apacentándolas de dulces inspiraciones y comunicaciones de Dios; y, como buenos pastores, nos amparan y defienden de los lobos, que son los demonios. Los ángeles, mediante sus secretas inspiraciones que hacen al alma, le dan más alto conocimiento de Dios; y así, la enamoran más de Dios hasta dejarla llagada de amor. 
La luz de Dios que al ángel ilumina esclareciéndole y encendiéndole en amor, como a puro espíritu dispuesto para la tal infusión, al hombre, por ser impuro y flaco, regularmente le ilumina en obscuridad, pena y aprieto... 
Cuando el hombre llega a estar espiritualizado mediante el fuego del divino amor que le purifica, entonces recibe la unión e influencia de la amorosa iluminación con suavidad a modo de los ángeles...
Acuérdate cuán vana cosa es gozarse de otra cosa que de servir a Dios, y cuán peligrosa y perniciosa, considerando cuánto daño fue para los ángeles gozarse y complacerse de su hermosura y bienes naturales, pues por eso cayeron feos en los abismos.”

                                                                                                          S. Juan de la Cruz

                                                         Tarde te amé, Pablo Martínez

sábado, 26 de septiembre de 2026

Nunca es tarde para el Alba de Oro

 

Evangelio según san Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después de arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?” Contestaron: “El primero”. Jesús les dijo: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de los cielos. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas lo creyeron. Y aun después de ver esto vosotros no os arrepentisteis ni creísteis”.


                                   Fotograma de La Misión, de Roland Joffé (1986)


El otrora mercenario y traficante de esclavos, Rodrigo Mendoza, cumpliendo su penitencia autoimpuesta de cargar día y noche con su armadura, por haber matado a su hermano. 
Después de ser liberado de sí mismo por aquellos a quienes esclavizó, qué gran "Sí", valeroso y desbordante, siguió a sus terribles "No quiero". No solamente fue a "la viña", sino que imitó al Maestro hasta el final, dando, como Él, la vida por sus amigos. 

Y esto debería ser nuestro negocio: querer vencerse a sí mismo, y cada día hacerse más fuerte y aprovechar en mejorarse. (…) Ciertamente en el día del juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos, sino cuán honestamente hubiéramos vivido. 

                                                                                               Thomas de Kempis

Allí donde no habitas tú con tu ipseidad y tu voluntad propia, allí habitan los ángeles contigo y por todas partes. Y allí donde habitas con tu ipseidad y tu voluntad propia, ahí es donde habitan los demonios contigo y por todas partes.
                                                                                   Jacob Boëhme

Con esta parábola, Jesús vuelve a denunciar la hipocresía de escribas y fariseos, los más fieles servidores del príncipe de este mundo, el príncipe de la mentira. Ellos están en el hombre exterior, que aún ha de morir para nacer de nuevo. Hablan sin sentir lo que dicen, se dejan llevar por palabras vacías,  hacen alarde de su cumplimiento (cumplo y miento), sin atreverse a mirar sus contradicciones e incoherencias.  Por eso, los publicanos y las prostitutas les preceden en el Reino. Los humildes, libres de soberbia y vanidad, vacíos de pretensiones y creencias, están más preparados para negarse a sí mismos y dejarse transformar. 

Nos conmueve el primer hijo, que recapacita y cede, después de mostrar esa rebeldía espontánea e inofensiva que brota de un alma pura y transparente. Sabe soltar, renunciar a sus propios deseos y comodidades, vencer las resistencias, que tan bien conocemos. En ese decir “¡no quiero!” y luego ir, hay lucha interior, fricción, ternura, vida… En el hipócrita y desalmado (sin alma) “voy, Señor” del segundo hijo, hay falsedad, cobardía, traición; hay tibieza; hay muerte.

Busquemos en nosotros toda actitud de incoherencia y palabrería vana. Y busquemos también al hombre (o mujer) interior, humilde y sincero, tal vez áspero en apariencia y modales, pero noble en el fondo, que recapacita y cumple la voluntad del Padre. Si tenemos el valor de observarnos implacablemente y reconocer nuestra fragmentación y mentira existenciales, nuestra falta de consistencia y fidelidad, recapacitaremos e iremos a la viña a cumplir con el trabajo que se nos ha encomendado; seremos ese vaso vacío que puede ser llenado de Verdad y Vida.

No importa las veces que hayamos dicho “no quiero”, ni lo infieles que hayamos sido, ni lo que hayamos abusado de la misericordia del Padre. Seguimos siendo llamados al trabajo por el Reino, una y otra vez, invitados a ir a la viña.

En el Apocalipsis, el Señor expresa su disgusto por la tibieza, pero permanece incansable a la puerta de nuestros corazones, llamando, esperando a que abramos y le dejemos entrar.

Estoy a la puerta y llamo, Jesed

Y ese llegar tarde a la hermosura, siempre antigua y siempre nueva, que canta San Agustín, puede hacer que el alma desee liberarse ya de la prisión, para volcarse en el Amor tardíamente descubierto. Como dice San Pablo en la segunda lectura del domingo pasado (Filipenses 1, 20c-24.27a), con qué gusto volveríamos a Casa, ahora que el "recreo" se va acabando, con este final de los tiempos que ya acontece, si miramos con ojos que ven. Pero, como añade el apóstol, hay que seguir aquí para trabajar, servir, convertirse en puente y faro para los demás, porque solos no nos salvamos. 

No queda otra, ya no hay vuelta atrás. Por eso, no nos lamentemos por el tiempo perdido ni por las veces que hemos dicho “no quiero” a la llamada del Padre. Digamos con Rubén Darío "¡mas es mía el alba de oro!", recordando que Él todo lo restaura, lo completa, lo unifica… Nos conduce a la renovadora “comunión de las aguas” (agua de vida y agua de experiencia), donde ya estamos si queremos verlo. La frescura y la transparencia del agua de Vida disuelve la amargura y las impurezas del agua de la experiencia, con sus heridas, distorsiones, fracasos, olvidos…

Él hace de nuestros defectos, errores y limitaciones, incluso de nuestras reiteradas negativas, algo bueno. De la duda de Tomás, hizo la primera y más sublime expresión de fe-amor. Sobre la triple negación de Pedro, construyó dignidad, lucidez, misión de puente y de guía. De la superficialidad, logra hacer fidelidad; de la inmadurez, coherencia; de la carencia, abundancia; de la fragilidad, fortaleza; del miedo, valentía; de la tristeza, alegría; de las ensoñaciones, realidad; de las proyecciones, construcción firme sobre roca; de las ataduras, libertad…

Es entonces cuando, transformado, vaso nuevo, uno empieza a adentrarse en el Camino, descubre que lo que creía su voluntad personal es humo, polvo, mentira…, que su verdadera voluntad coincide con la de Dios. Y está preparado para recubrir todo lo que hace, piensa, siente y dice con el oro del Amor. Angelus Silesius nos da una gran clave: “cristiano, todo lo que hagas, recúbrelo de oro, o Dios no te será propicio, ni a ti ni a tus obras.”

Oro del Amor que pasa por el servicio y la entrega de sí mismo, como nos enseña el Maestro… A años luz de la falsa espiritualidad de los que piensan pero no sienten, dicen pero no hacen, prometen pero no cumplen, creen pero no viven, dicen "voy", pero no van… 

Callemos y hagamos, pero sin esa actividad febril, ese afanarse propio del mundo. Callemos y hagamos, vayamos a la viña, dóciles a la Voluntad del Padre, muerta la mentira, impecables, esto es, sin el mayor pecado, que es la soberbia, recubriendo todo de oro. Y seremos auténticos “ad-oradores”, de los que adoran en espíritu y en verdad. Ad–oro: voy, ven, vayamos hacia el oro del amor.

Y es que veces creemos que, para encontrar el sentido de la vida, tendríamos que hacerlo todo bien. Pero no es así; no se trata de hacerlo todo bien, sino de hacerlo todo con Jesucristo. Hacer la voluntad del Padre es hacer todo con el Hijo. Dios Padre hace todo con Él desde la Creación: “Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho” (Juan 1, 3).

Todo habrá valido la pena si somos capaces de vivir, caminar, hacer todo con el Verbo (encarnado, muerto y resucitado). Ya no es bien o mal; es con Él. Todo, consciente de Él, sabiendo que, incluso cuando te olvidas de Él, Él nunca se olvida de ti y sigue a tu lado, esperando que vuelvas a prestarle atención. Qué maravillosa vocación: caminar conscientes de su presencia a nuestro lado, dentro de ti y de mí, dentro y fuera, alrededor. Y compartir esa consciencia de estar con Él, de ser en Él, con quienes caminan a nuestro lado. Corazón grande y generoso, mente magnánima y abierta, mirada expandida y vertical, espíritu inmenso y libre.

               ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? Del poema de Lope de Vega

Hijos del Mar y de la Luz

Pasamos la vida aprendiendo a dar;
entre el sí y el no,
el mío y el tuyo,
la constante fricción enciende el fuego
que ilumina el camino.

Ahora puedes andarlo
ligero de equipaje,
y entender al poeta
que se hizo a la mar casi desnudo,
acaso libre.

Pasamos la vida aprendiendo a dar;
aprende ahora a darte
y partirás desnudo,
acaso libre,
otro hijo del Mar y de la Luz.

sábado, 19 de septiembre de 2026

La hora undécima

 

Evangelio de Mateo 20, 1-16 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.



Lo que da Dios es su esencia y su esencia es su bondad y su bondad es su amor. Toda la pena y toda la alegría provienen del amor.   Maestro Eckhart


¿Queréis una prueba de la diferencia evidente y cierta que separa el Antiguo Testamento del Nuevo?... Escuchad lo que el Señor dijo por boca del profeta: "Grabaré mis leyes en vuestras entrañas, y la escribiré en vuestros corazones" (Jr 31,33). Si la Ley de Dios está escrita en tu corazón, no produce miedo (como en el Sinaí), sino que inunda tu alma de una dulzura secreta.   San Agustín


El Evangelio de hoy nos presenta una antigua parábola judía, pero en una nueva versión. En la versión antigua, los trabajadores de la última hora trabajaban tanto que el fruto de su esfuerzo se podía comparar al de aquellos que habían trabajado desde el alba, a ritmo más pausado y con menos intensidad. Jesús le cambia el final, en línea con el cambio sustancial y definitivo que supone Su enseñanza, el Nuevo Testamento, con respecto al Antiguo. Él lo hace todo nuevo; pasamos de la religión externa del mérito y la recompensa, a la Ley del amor y la misericordia.

Jesús cambia el viejo paradigma mercantilista del ganar, comparar, competir, separar, defender, acumular, por el don gratuito, que nos enseña a compartir, confiar, unir, liberar, amar… Esta parábola–alegoría nos hace reflexionar sobre dos enfoques de la vida y de la realidad. Conectamos con el segundo cuando recordamos que Dios ha dispuesto todo para nuestra felicidad antes de los siglos y que para Él no hay tiempo; por eso, la bienaventuranza ya está derramándose sin medida sobre todo el que quiere recibirle. Es la sabiduría del Reino, basada en la Ley del corazón; no la del mundo y sus estrategias de ataque y defensa, de ventaja y separación.

Estamos llamados a vivir desde nuestra verdadera esencia, y eso nos permite soltar los condicionamientos y la rigidez de pensar como el mundo, para aprender a pensar como Dios, para ver en el otro a uno mismo y reconocernos como Uno; viña y viñador, trabajador y dueño de la viña, contratado al alba o en la hora undécima.

Jesús, el nuevo Moisés, nos presenta un nuevo orden de mandamientos y un nuevo orden de cumplimiento, porque Él hace nuevas todas las cosas. Nada de medias tintas; perfección, pero no como la del mundo, sino como la del Reino, basada en la actitud, la intención y la pureza de corazón. Comprendemos así cómo es más importante la sinceridad y la voluntad de perfeccionarse que la propia perfección.

Como San Pablo, nos gloriamos en nuestra debilidad (2 Cor 12, 9-10), con la alegría y la confianza del que sabe que hay Alguien que completa, restaura, perfecciona todo, toma las faltas, las distorsiones e incoherencias del pasado y las transforma en coherencia y propósito puro, claro, lleno de sentido. Por muy admirables que puedan parecer nuestras obras, somos simple canal de un poder superior, sin el que nada podemos. Nuestro único mérito es la entrega plena, que nos permite ser cauce de la voluntad divina. 

Intentar poner a Dios a nuestra altura es uno de los recursos que usamos para buscar asideros en el mundo. Pero ¿cómo querer comprender Lo Insondable, si no nos atrevemos a sumergimos en Ello? A menudo seguimos llenos de personajes tibios, egoístas, interesados, capaces de querer reducir lo sagrado, a un intercambio, un negocio, el gran negocio, como decía San Ignacio de Loyola. Pero el Misterio no se vende, ni se accede a Él por una razonable explicación humana o por un limitado guión de moralidad.

En la lógica del amor, no hay nada que hacer, ningún sitio al que llegar, ningún bien que merecer. Sólo hay que Ser, vivir lo que somos, trascendiendo los condicionamientos, los pensamientos dualistas de intercambio, comparación y competencia… Jesús vuelve a demostrarnos que los verdaderos discípulos están por encima de acumulación de méritos, búsqueda de ventajas, o concepciones mercantilistas basadas en una justicia humana, siempre limitada, muchas veces, diabólica, es decir, separadora. Porque lo que tiene que ver con el Espíritu no puede ajustarse a esa justicia maniquea, basada en una correspondencia razonable; el Espíritu sopla donde quiere, más allá de razón y medida.

Solo los soberbios y egoístas, que creen que pueden hacer algo por sí mismos, se disgustan si no se sienten debidamente recompensados. Pero, ¿de qué sirven los esfuerzos personales y los méritos aparentes del que se vive separado y, por afanarse en controlar, preservar, defenderse, no se da cuenta de que todo es gracia, derroche generoso, don gratuito? Si recuperamos la inocencia esencial que nos hace reconocernos como viña y viñadores, contratados al alba o al atardecer, nos alegrará saber que el salario es el mismo para todos.

Nos basta Su gracia, ante la que el ego se rinde, porque no son los esfuerzos personales los que nos permiten salvarnos, sino la entrega confiada que nos pone en Presencia del Señor y nos prepara para caminar por Sus sendas y seguir Sus planes. Es morir a uno mismo y nacer al Sí mismo, que hace posible el santo abandono y, con él, ese despertar sencillo, directo y gozoso que nos descubre que la única tarea verdaderamente importante en este mundo es dejarnos mirar, amar y transformar por Él.

Todavía hay quienes creen que los méritos son suyos, de su valía personal y de sus esfuerzos. Se vanaglorian de haberse ganado por su talento y tenacidad, un cierto nivel por encima de los demás, y esperan su recompensa. Pero esperan en vano. Si no reconocen y asumen con lo más profundo de su ser que todo lo bueno viene del Señor y que el único esfuerzo, que no es poco, consiste en aceptar tanta gracia, cuando acabe su tiempo ya habrán recibido su recompensa, y quedarán al otro lado del enorme abismo, eternamente ajenos a la dicha inefable de aquellos que han logrado hacerse como niños, sencillos, puros, humildes, agradecidos.

En la medida en que te abres a ese derroche de gracia y amor, te vas pareciendo al Señor cuya misericordia está más allá de lo razonable o lógico, y te alegras con cada “trabajador” que recibe su salario. Sin ego, sin envidia, intereses ni competencia; en la lógica de la gratuidad, siendo lo que Somos: libres, generosos, limpios de corazón, entramos en el Reino de la Bondad, el Amor y la Abundancia, el Reino de la Alegría. 


                                                         En ti, Salomé Arricibita


domingo, 13 de septiembre de 2026

¡Salve, oh Cruz, nuestra única esperanza!

 

Evangelio según san Juan 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.
Cristo en la cruz, en un paisaje de Toledo (El Greco) - Wikipedia, la  enciclopedia libre
Cristo Crucificado, El Greco

¡Salve, oh Cruz, nuestra única esperanza,
En estos tiempos difíciles!
Damos gracias por tu piedad,
perdona nuestros pecados.

                                                            San Venancio Fortunato 

Hoy celebramos la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y ponemos nuestra mirada en Aquel que traspasaron, para intentar comprender por qué a lo largo de los siglos los cristianos hemos dicho:
O Crux ave, spes unica!, "¡Oh Cruz, nuestra única esperanza!"

Toda la historia cabe en ese instante. En esa cruz están todos los mundos posibles, y, en ese cuerpo que muere, cabe toda la humanidad: la muerta, la viva, la por nacer. En ese dolor supremo, están contenidos los dolores del universo de todas las épocas. En ese amor extremo y perfecto, cabe todo el amor imperfecto de todos los hombres que han esperado, muchas veces sin saber que lo esperaban, un salvador que les abriera las puertas de la Vida.

¿Nos atrevemos a morir con Él para poder resucitar y alumbrar nueva vida? Creemos en Jesucristo, le amamos como podemos o sabemos, queremos ser sus discípulos… Pero nos cuesta  comprender el mensaje del Maestro en toda su profundidad. Y la Cruz aceptada y vivida es maestra eficaz que hace posible el segundo nacimiento del que Jesús habló a Nicodemo, quitándonos todo aquello que estorba, que nos falsea y deforma, que endurece y cierra el corazón. 

Somos incapaces, por nosotros mismos de quitarnos las miserias que nos lastran y mantienen en las tinieblas de una voluntad humana obrando sin la Voluntad de Dios. Por eso la Cruz es nuestro bien más preciado porque es capaz de purificarnos  y liberarnos de lo que nos mantiene a ras de tierra. La Cruz, en sus infinitas versiones de sufrimiento que puede experimentar la criatura, es transformadora, quema lo que nos sobra, lo que no puede entrar en el cielo. El sufrimiento conscientemente vivido es así un don, un tesoro necesario para cruzar en vertical la Voluntad Divina a la voluntad humana, que se cruzó en horizontal, y restaurar el orden del Plan original de Dios, fundiendo nuevamente nuestra voluntad a la Suya. 

Jesús predica el Reino, los apóstoles predican a Jesús crucificado como puente para llegar al Reino. Las enseñanzas del Reino de la Divina Voluntad dictadas por Jesús a Luisa Piccarreta nos dicen que es hora de predicar al ser humano crucificado con Jesús, como camino directo hacia la santidad divina que Dios quiere que alcancemos. 

Si miramos el Misterio del Gólgota y la Resurrección con los ojos del corazón, descubrimos que el Reino de Dios es Jesucristo. Dice Ivo Le Loup que el único modo de poder imaginar lo que puede llegar a ser la vida en ese Reino es mirar lo que Él ha hecho aquí abajo. Si la Encarnación es ya un acto de amor infinito de Dios hacia el hombre, su Sacrificio y su Resurrección son la plenitud de ese amor, algo tan inconcebible que la mente se rinde y se retira.

Por eso rechazar la cruz es signo de condenación y aceptarla y vivirla en unión con Jesucristo, con la Divina Voluntad como vida es signo de salvación y camino seguro para llegar a la Gloria. Luisa Piccarreta hace este elogio de la cruz en 1899, cuando Su Amado Jesús le pide que exprese lo que es para ella la cruz:

“Amado mío, ¿quién te puede decir qué cosa es la cruz?, sólo tu boca puede hablar dignamente de la sublimidad de la cruz, pero ya que quieres que hable yo, está bien, lo hago: La cruz sufrida por Ti me liberó de la esclavitud del demonio y me desposó con la Divinidad con nudo indisoluble; la cruz es fecunda y me pare la gracia; la cruz es luz y me desengaña de lo temporal, y me descubre lo eterno; la cruz es fuego, y todo lo que no es de Dios lo vuelve cenizas, hasta vaciarme el corazón del más mínimo hilo de hierba que pueda estar en él; la cruz es moneda de inestimable precio, y si yo tengo, Esposo Santo, la fortuna de poseerla, me enriqueceré de monedas eternas, hasta volverme la más rica del paraíso, porque la moneda que corre en el Cielo es la cruz sufrida en la tierra; la cruz me hace conocerme más a mí misma, y no sólo eso, sino me da el conocimiento de Dios; la cruz me injerta todas las virtudes; la cruz es la noble cátedra de la Sabiduría increada, que me enseña las doctrinas más altas, sutiles y sublimes; así que sólo la cruz me develará los misterios más escondidos, las cosas más recónditas, la perfección más perfecta escondida a los más doctos y sabios del mundo. La cruz es como agua benéfica que me purifica, no sólo eso, sino que me suministra el nutrimento a las virtudes, me las hace crecer y sólo me deja cuando me conduce a la vida eterna. La cruz es como rocío celeste que me conserva y me embellece el bello lirio de la pureza; la cruz es el alimento de la esperanza; la cruz es la antorcha de la fe obrante; la cruz es aquel leño sólido que conserva y mantiene siempre encendido el fuego de la caridad; la cruz es aquel leño seco que hace desvanecer y poner en fuga todos los humos de soberbia y de vanagloria, y produce en el alma la humilde violeta de la humildad; la cruz es el arma más potente que hiere a los demonios y me defiende de sus garras. Así que el alma que posee la cruz, es de envidia y admiración a los mismos ángeles y santos; de rabia y desdén a los demonios. La cruz es mi paraíso en la tierra, de modo que si el paraíso de allá, de los bienaventurados, son los gozos; el paraíso de acá son los sufrimientos. La cruz es la cadena de oro purísimo que me une Contigo, mi sumo Bien, y forma la unión más íntima que se pueda dar, hasta hacer desaparecer mi ser y me transforma en Ti, mi objeto amado, tanto de sentirme perdida en Ti y vivo de tu misma vida”. 

                                           222. Diálogos Divinos. Crucifixión Divina

domingo, 6 de septiembre de 2026

Natividad de María

 

Evangelio según san Mateo 1, 18-23

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: "José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su Pueblo de los pecados". Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por el Profeta: “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que  significa: "Dios con nosotros".

[Nacimiento de la Virgen María de Giotto]
Nacimiento de la Virgen María. Giotto

María es icono de la Iglesia, símbolo y anticipación de la humanidad transfigurada por la gracia, modelo y esperanza segura para cuantos avanzan hacia la Jerusalén del cielo.
                                                                                    San Juan Pablo II

Hoy celebramos el nacimiento de la más excelsa de las criaturas, la que hace posible el cumplimiento de la Historia de la Salvación, la segunda y definitiva creación. Hoy nace la Virgen María, en cuyo seno purísimo encarnará el Hijo, la "solución" más generosa a todos nuestros males. Porque si la causa de todos nuestros males es la ausencia de Dios, la fuente de todos los bienes y la razón de la esperanza, la paz y la alegría es la presencia de Dios, el Emmanuel, Dios con nosotros.

La venida del Mesías fue promesa para las generaciones anteriores a Jesús. Sin María, la doncella de Nazaret, la profecía no se habría cumplido y no podríamos conmemorar el nacimiento de Aquel que nos abrió las puertas de la Vida. ¿Cómo no considerarla corredentora? 

Por ella fue posible que Dios naciera como hombre, para ser hermano nuestro y elevarnos por amor a la dignidad de hijos de Su mismo Padre. ¿Cómo no amar a María, madre de Dios y madre nuestra, y agradecerle infinitamente que haya hecho posible este asombroso Misterio?

Llena de gracia, es el título que la otorga el arcángel Gabriel (Lucas 1, 28), lo que quiere decir que en ella todo había sido renovado desde el inicio de los tiempos. Su alma, diáfana para dejarse traspasar por la Luz, su espíritu, eternamente puro, hasta los átomos de su cuerpo, todo había sido preservado de cualquier mancha de egoísmo.

María es nuestro modelo, la primera criatura en la que se produjo el misterio del “nacimiento interior del Cristo”, pues, como dice San Agustín, antes de que encarnara en su vientre, lo concibió en su corazón. Si seguimos la estela de su Luz, llegaremos a la meta. El camino pasa necesariamente por hacernos humildes, disponibles, vacíos de ego, libres del mundo y sus afanes, llenos de amor para poder entregarnos y servir.

Aunque ningún otro ser humano nació en el estado de pureza primordial que hizo de María la Inmaculada, también nosotros estamos llamados a dar a luz a Cristo. Él quiere ser concebido y nacer en nuestras almas.

¿Cómo ha de ser una madre espiritual de Dios? ¿En qué debemos transformarnos para poder dar a luz a Cristo? En vírgenes de alma, disponibles sin reserva, mental y emocionalmente liberados de las seducciones de lo material, de la figura, imagen o representación de este mundo que ha de pasar, que ya está pasando para quien puede percibirlo.

Otra clave para imitar a María es el abandono confiado, ser conscientes de que solos no podemos hacer nada, abrirnos y aceptar que se haga la Voluntad de Dios en nosotros. Y después, dar un paso más, el definitivo: que la Divina Voluntad sea nuestra vida. Y entonces, callar para que en el silencio del corazón, libre ya de ruidos, de palabras inútiles, del bullicio de los vanos deseos, pueda encarnar la Palabra.

                                       197. Diálogos Divinos. María ¿Corredentora?

¿Quién es ésta, dice el Espíritu sobre María, que despunta como el alba, hermosa como la luna, refulgente como el sol? Ella surge como la aurora. En el esplendor del mediodía, nuestro primer padre fue hecho a imagen y semejanza de su Creador (Gn1,26). ¿Qué más glorioso para la criatura que parecerse al Creador? Le ha dado la imagen eterna; la semejanza era necesaria: es necesario que el hombre sea similar a su Creador. Sin embargo rechazó el honor de este privilegio..., estaba destinado a la muerte, con toda su descendencia, en las tinieblas. Las tinieblas cubrían toda la tierra, hasta que vino la Virgen. Nadie nos podía sacar de las tinieblas, nadie las podía disipar... Pero con la Virgen surge la Aurora: María anuncia la luz verdadera; por su Natividad hace brillar la más resplandeciente mañana. Es la estrella de la mañana... Es la Aurora que sigue -o bien de la cual nace- el sol de justicia (Ml 3,20), que es el único que la sobrepasa en esplendor. «A ti, Señor, el día» donde Adán ha sido creado; «a ti la noche» (Sal. 73,16) donde fue expulsado de la luz. Eres Tú el que ha creado la Aurora, es decir a la Virgen María, y al Sol, este Sol de justicia que se ha levantado de su seno virginal. Como la Aurora anuncia el final de la noche y marca el inicio del día, así la Virgen disipó la noche sin fin. Y día tras día, proporciona a la tierra al que ha germinado de su Virginidad.          
                                                                                                         San Pedro Damián     

O Virtus Sapientiae, Hildegarda de Bingen