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domingo, 3 de junio de 2012

Feria del Libro. La memoria del Mar


              El sábado, día 9, de 18:30 a 21:30, estaré firmando ejemplares de mi nuevo libro, La memoria del Mar, y del resto de mi obra, en la caseta 161 de la Feria del Libro de Madrid.

              A continuación incluyo el prólogo, de Enrique Martínez Lozano, por si a alguien le puede interesar.



            Los poetas y los místicos transitan caminos cercanos. Caminos que se encuentran más allá de las palabras y más allá de los conceptos, aunque luego unos y otros hayan de recurrir a la palabra para expresar lo experimentado. Y la palabra se hace entonces paradoja, metáfora y poesía, con la que intentan balbucir lo que han palpado en el territorio del Silencio primordial, lugar de nuestro Origen y nuestro Destino.
            En realidad no es un “lugar”, porque trasciende las coordenadas espacio-temporales, sino el No-lugar de nuestra identidad que, sin embargo, olvidamos al identificarnos con nuestra mente. Tal identificación nos otorgó una “pseudoidentidad” (el “yo separado”), a la que absolutizamos y a partir de la cual organizamos toda nuestra existencia. La identificación con la mente nos sumió en el olvido de quiénes éramos y abrió la puerta a la confusión y al sufrimiento.
            Cuenta una vieja leyenda judía que, en el momento de nacer, un ángel nos golpea en la boca para imponernos silencio, tratando así de impedir que hablemos del mundo celestial que hasta entonces era nuestro hogar. Pareciera que el ángel ha hecho tan bien su trabajo que, no solo no hablamos de ello, sino que incluso lo hemos olvidado por completo.
            Por eso, conocer quiénes somos equivale a recordar. Y a esto nos ayudan, de una manera especial, místicos y poetas. Es lo que nos regala Eugenia Domínguez: palabra hecha poesía, experiencia viva que podrá despertar “ecos” de nuestra identidad profunda, memoria de lo que realmente somos. Porque Eugenia posee el don de transmitir, en palabras sencillas, experiencias profundas y universales que tienen el sabor inconfundible de la no-dualidad y que despiertan el “recuerdo” de lo que somos.
            Recordar (re – cor/cordis) significa  “volver al corazón”. Seguramente por ello, en alguna tradición espiritual “recordar” equivale a “despertar”. Al recordar, salimos del sueño y empezamos a ver.
Los poemas de Eugenia hacen un guiño al corazón, en forma de nostalgia y evocación: recordamos el Mar de donde venimos y adonde vamos, y el Mar nos recuerda y nos llama para hacer posible el reencuentro con lo que, a pesar del olvido, siempre hemos sido.
            Los hombres y mujeres sabios, de todos los tiempos y latitudes, han sido aquellos que nos han recordado la verdad de nuestra naturaleza. Como una manera de mostrarlo, Eugenia nos ofrece una serie de textos de diferentes tradiciones y procedencias, unidos bajo un denominador común: la sed del encuentro en la Unidad olvidada.

            A la verdad de lo que somos, no podemos llegar a través de la mente, herramienta tan preciosa como limitada, porque ella es solo una pequeñita parte de nuestra identidad.
            Necesitamos, más bien, acallarla con suavidad para, sin sus interferencias, acceder a una experiencia inmediata, en la que emerge la consciencia clara de ser, el “Yo Soy” que siempre nos acompaña –la única certeza que permanece en la impermanencia de todo– porque nos constituye.
            En cualquier momento de nuestra jornada, como en cualquier etapa de nuestra historia, si nos volvemos hacia nosotros para preguntarnos: ¿qué hay?, la respuesta siempre es la misma: consciencia de ser. Sin predicados ni adjetivos, sin añadidos de ningún tipo. El “solo ser” de otro poeta inspirado, Jorge Guillén, en el que todos nos reconocemos:

                        Solo ser. Nada más. Y basta. Es la absoluta dicha.

            O el “no sé qué” que embelesaba a Juan de la Cruz, y que sigue cautivando a quien se permite escucharlo:

                        Por toda la hermosura
                        nunca yo me perderé,
                        sino por un no sé qué
                        que se alcanza por ventura.

            La consciencia –nuestra identidad última– es una, desplegada, manifestada y reflejada en infinidad de formas que, siendo todas diferentes, son sin embargo “lo mismo”.
            Al dejar de buscarnos como “yo separado”, emerge la Presencia consciente y amorosa que somos en profundidad, y así nos reencontramos, al re-cordarlo, en la admirable No-dualidad.
            Los poemas de Eugenia están transidos de esta intuición no-dual, que a veces se expresa en el contraste, al describir al ego insatisfecho y superficial que nos despista, y otras se manifiesta como Amor y Unidad esencial, que nos plenifica.
            Al leerlos, haremos bien en “dejarnos detener”. Es una poesía de cadencia pausada que, a la vez que nos serena, nos invita a dejar las prisas para quedarnos saboreando la vida que encierra.
            Y se expresa –no puede ser de otro modo– en paradojas constantes: ego/estar, esfuerzo/abandono, oscuridad/ver, aislamiento/encuentro en el otro y en todo, separación/unidad, nostalgia/realidad, desengaño/amor, ramas secas/savia, muerte/vida, desasimiento/plenitud…

Y en esa plenitud que es desasirme
de todo, siendo todo,
vuelo libre, mirando el universo,
tan pequeño y cercano,
             libre,
mirándolo y viéndolo.


            Paradojas que se resuelven, finalmente, en un “abrazo mayor”, en el Silencio no-dual:

            En el Silencio                                                
desaparece
cualquier contradicción
que las palabras crean
lejos de la Palabra.


Que sabe mirar:

Mirar como el que sabe                    
que todo Es en la mirada
que mira cuando mira y es mirada.


Hasta reconocerse en Todo:

La huella de mis pies se va borrando.
Son las olas que bailan y acarician;
veo su espuma fugaz.
Soy la espuma y ese niño que cruza
detrás de una pelota, sin mirarme.
Soy la espuma y el niño y ese viejo
bañando sus tobillos junto a una mujer joven
que también soy.
Soy la espuma, el niño, el viejo, la mujer,
el cielo pintado de colores
y el barco que a lo lejos
parece, parezco, saludar.
Soy el horizonte donde cielo y mar se unen,
lo más sutil de este paisaje,
tal vez lo más cierto.


            A medida que avanzamos en la lectura, se intensifican las imágenes que nos remiten a la no-dualidad y, en ese sentido, a lo esencial del “recuerdo”:

Somos el negativo
de una figura eterna,
anhelando esa luz que nos devuelva
el perfil esencial,
bajo un cielo fiel que nos bendiga,
nos haga aparecer.


            Para terminar en la explosión final de Presencia y Unidad:

                        Si logro estar alerta, me descubro:
            soy atención serena y sostenida,
            soy la mirada fiel, soy el aliento
            de una respiración que me respira,
            devolviendo mi esencia al universo.

            Si logro estar alerta, Lo descubro:
            es todo para mí,
            soy todo para Él.
            Soy real en el centro de mi ausencia,
            presencia Suya al fin
            y para siempre.
 
 
 
            A través de sus poemas, página a página, Eugenia nos ha ido conduciendo hacia nuestra identidad más profunda: pura Presencia, atemporal e ilimitada; Espacio consciente que todo lo abraza.
            Quiero invitar al lector a que, sin prisas en la lectura, se “deje detener” ante el más pequeño “eco” que se despierte en él, para escuchar a su propio “maestro interior”, que habla en el Silencio de la mente.
            Y quiero agradecer a Eugenia el regalo de estos versos que, gracias a su limpieza y docilidad, fluyen a través de ella, activando re-cuerdos olvidados y despertándonos a nuestra identidad.


Enrique Martínez Lozano


domingo, 27 de mayo de 2012

Primer amor





                                                                                       Todo amor es la búsqueda de la Totalidad.

                                                                                                                                    Platón



A César, con cariño y agradecimiento, para que comprenda por qué es tan difícil que me convierta en alguien "normal".

                             
            Hoy he recordado aquella experiencia que nos propuso Ana: evocar "viejos mundos" para trascenderlos. Y he recordado también aquel cuento que me atraía y me asustaba, sobre una joven, casi una niña, que se enamora de un muchacho al que solo ve la cabeza a través de un ventanuco. Luego resulta que el chico tiene cuerpo de araña, un cuerpo enorme, rígido, cubierto de un vello espeso y oscuro, del que salen ocho patas flexibles, de más de dos metros.
Era una especie de cómic, no recuerdo bien los detalles, solo recuerdo que el miedo y la repulsión eran vencidos por el amor. Me fastidia no recordar tampoco el final y fantaseo con él. Tal vez ella le acepta como es, renuncia a que la llene y complete en todos los aspectos de su vida, porque sabe que nadie puede llenarte o completarte. Ella es libre, por eso es capaz de amar y, si no puede dar o recibir una caricia o un abrazo, aprende a valorar su presencia, ese amor que está más allá de la materia.
            En esa cabeza está su voz, sincera y profunda, su mirada generosa, su nobleza, lo que anhelaba en aquellas ensoñaciones de los quince años: sinceridad, unión, confianza... La chica se da cuenta de que, si encuentra en su interior lo que colme esos vacíos, logrará amarle y aceptarle como es y, si vence en sí misma lo oscuro y siniestro, nada de él volverá a asustarla. Ni siquiera su muerte, ni su ausencia.
He recordado esta historia que de niña me impresionó, ahora que se acerca el verano y en mi casa, y en mis sueños, empiezan a aparecer arañas. ¿Cómo seguir temiéndolas, si estuve enamorada de una de ellas?
Necesito saber cómo acaba, ¿dónde estará aquel libro con viñetas?, ¿por qué no consigo acordarme del final? Investigo en Google: hombre con cuerpo de araña, se enamora de una araña, cuerpo de araña y cabeza de muchacho, araña encantada... Sólo encuentro versiones del mito de Aracne, y no es eso… No es eso. Es hora de buscar dentro y evocar o concebir de nuevo el final de aquella historia, aunque me lleve años, o toda una vida.


            No nos separan nuestros cuerpos, ni el miedo que he sentido, que aún siento si dejo de mirar tus ojos o escuchar tu voz de mar y de abismo. No nos separa esa pesada puerta que no podemos abrir o no queremos abrir o no necesitamos abrir. No nos separa la muerte, que ya avanza por tus venas hacia tu corazón y habrá de unirnos en un lugar sin cuerpos ni puertas, sin rechazo, sin separación. ¿Cómo puede la muerte, cómo puede nada separar lo que ya es uno en esencia?
Sigue mirándome donde vayas, espérame donde vayas, que hemos triunfado de nuevo. Ni el espanto ha podido separarnos, ni el terror ha podido hacerme olvidar que soy en ti. Porque soy en ti y tú en mí, en este escenario truculento y en la paz que espera a los pocos que han logrado encontrar o evocar a su otro yo, y reconocerlo.               






La casa in riva al mare, del querido Lucio Dalla. Otra historia de amor imposible en este plano de luces y sombras. Pero un amor real, siempre nuevo, allí donde no hay tiempo ni espacio, ni muros o cárceles, ni ausencias ni separación.
            Lucio, su María y el chico-araña ya están allí. Y una parte de mí también; siempre permanecemos allí, nuestro hogar definitivo, si logramos recordar lo verdadero.



sábado, 19 de mayo de 2012

El novio de la muerte



            Escuchando El novio de la muerte en la voz de Javier Álvarez, te embarga una extraña melancolía; siempre pensando en tus padres, temiendo que sufran, temiendo perderlos... Hoy no piensas en ellos en realidad, evocas al padre y a la madre.
            No tiene que ver con la canción, ni con la guerra y sus dos bandos, ni con la muerte. La voz delgada, nada pretenciosa, de este cantante se atreve con una canción políticamente incorrecta y hace de ella un asombro dolorido, un poema universal.
            No sabes si es su voz frágil o la penumbra de esta tarde lluviosa, o las dos, o ninguna, lo que anuncia que es hora de buscar a la madre y el padre que llevas dentro, con su amor, su potencial creador y regenerador.









jueves, 10 de mayo de 2012

Que veinte años no es nada



                          Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde.
                   
                                                                                   Francisco Brines




                                                                       Sentir...
                                                                       que es un soplo la vida,
                                                                       que veinte años no es nada,
                                                                       que febril la mirada    
                                                                       errante en las sombras                      
                                                                       te busca y te nombra.

                                                                       Alfredo Le Pera y Carlos Gardel      



            Aquellos cafés de madrugada en un bar de obreros. Aquel chico rubio y delgado con mono azul que a menudo me invitaba. Otras veces invitaba yo. Fumábamos un cigarrillo, intercambiando algunas frases y algunos silencios, los dos tímidos. Luego, cada uno a su tarea; él, al taller mecánico; yo, al almacén donde me esperaba una bata del mismo azul que su mono.
          No lo he vuelto a ver, pero aún me conmueve su galantería honesta, limpia, de barrio humilde, del que solo tiene su trabajo y eso le basta y le honra.
         Como Proust su magdalena, añoro el sabor de aquellos cafés con leche en vaso de caña, cuando el alba se despedía de la noche y todo era transparente, también las monedas sobre la barra y los cigarrillos que nos ofrecíamos con gesto azorado, también la tristeza leve de las mañanas en que, quizás por un retraso del autobús, a pesar de que alargábamos el café, no coincidíamos.
          Ninguno de los hombres que vinieron después, ni siquiera, o mucho menos, los aparentemente más galantes y educados, ha logrado que olvide al chico con mono azul y uñas algo renegridas, siempre atento, amable en el sentido real de la palabra, con los ojos y la voz tan limpios.






miércoles, 2 de mayo de 2012

¿Por qué no disparas?



                                                                                 A Félix Domínguez,
                                                                                 niño de la guerra, que inspiró esta "mirada".


            Él era entonces pequeño, tendría unos diez años. Su madre le encargó salir del almacén donde estaban refugiados, cruzar la calle e ir a la cocina de casa, a por azúcar. Estaban en la zona nacional, a escasos metros de la republicana, en un Madrid dividido. Tenía que ir con cuidado y hacer el recado deprisa, pero no pudo evitar acercarse a los soldados que apuntaban con sus armas hacia el Colegio Conde de Romanones. La mayoría de los madrileños, como muchos españoles, eran de un bando u otro dependiendo de dónde los había encontrado la guerra. Uno de los soldados, que debía ser teniente o general porque llevaba el uniforme lleno de galones, le decía a un soldado raso jovencísimo:
– Pero, ¿por qué no disparas?
– Es que está mi hermano en el colegio –respondió, a punto de llorar, el soldado.
– ¡Te ordeno que dispares, joder! 
– No puedo, señor, que está mi hermano al otro lado –dijo el soldado-niño, mientras las lágrimas recorrían ya su rostro, tiznado de pólvora y hollín

            Me lo había contado un verano, setenta años después, comiendo en una terraza junto al mar. Guardé la escena en la memoria y en el corazón hasta que, en una duermevela lúcida, fui testigo de todo lo que sucedió, o pudo suceder, en este mundo o en otro.

            En el refugio, todos muy juntos, penumbra, humedad, hambre. Mis hermanas dormían, pequeñas, frágiles. Mi madre me envió a buscar azúcar a la casa familiar, a escasos metros. Llevábamos un día sin comer y no sabíamos cuánto tiempo tendríamos que estar en ese almacén pequeño y frío, sin camas ni sillas, con un ventanuco pequeño que apenas dejaba entrar un poco de luz.
            Cuando estaba a punto de llegar a casa, me encontré con un grupo de militares apostados en una especie de barricada construida con sacos de arena. El que parecía el jefe, por edad y por las insignias de su uniforme, era un hombre grueso, con la cara hinchada y los ojos turbios. Oí cómo le decía a un soldado muy joven, casi un niño:
– Eh tú, maricón, ¿por qué no disparas? –y escupió la “s” con saliva blanca.
– No puedo disparar, teniente, es que está mi hermano al otro lado –respondió el muchacho, tembloroso.
–  ¿Tu hermano? No hay hermanos que valgan –siguió el gordo, rojo de ira– si está al otro lado es un hijo de puta enemigo. Vamos, no seas mierda y dispara.
– No puedo, señor. Es mi hermano.
            Yo quería ver la cara de aquel otro chico al que su hermano protegía. Le debía querer mucho, lo percibí en su voz, honda y serena a pesar del miedo. Le debía querer tanto como para desobedecer a aquel gordo con la cara colorada. Seguro que le castigarían, pensé, tal vez le fusilarían. Si le viera, le diría: oye, que tu hermano se la ha jugado por ti, le debes una, que ese gordo quería que disparara hacia aquí y él se ha negado, aunque el gordo gritaba y se ponía cada vez más rojo. Llegó un momento en que lo único que me importaba era recorrer los treinta metros que separaban una línea de la otra, como si el valor de ese chico pálido, que era también casi un niño, se me hubiera contagiado y me impulsara a continuar su hazaña. Me sentía orgulloso de aquel desconocido rubio, igual que yo entonces, barbilampiño y flaco, como casi todos los jóvenes en una adolescencia prolongada por el hambre, el miedo y la incertidumbre. Nunca he combatido en una guerra exterior, aunque sí en muchos combates y batallas interiores, pero imagino que las gestas heroicas se originan a partir de un impulso irrefrenable, como aquel que me nacía en el estómago y me subía hasta la garganta con un calor denso y áspero. También recuerdo que estaba lúcido como nunca hasta entonces. Yo sólo era un niño al que su madre esperaba angustiada, pero mi destino era un destino noble, de hombre sabio y generoso.
            No recuerdo exactamente cómo mi mente infantil pudo asimilar algo tan profundo, sólo sé que comprendí, con una certeza que luego he buscado en muchas circunstancias, que ante mí estaba la guerra, toda la guerra civil o incivil, y la Guerra, todas las guerras del mundo, habidas y por haber. Y sabía también que, a escasos metros, un joven asustado no entendía nada y mi mensaje podía cambiar su vida. O tal vez su muerte.
            Enseguida tracé un plan. Había un enorme canalón de aguas residuales desvencijado y oxidado que recorría parte de la distancia entre ambos bandos. Me expondría a las balas sólo unos siete u ocho metros, y no del todo, pues me podría cubrir con uno de los sacos de arena para barricadas que se veían desde mi posición. Decidido, si caía era por un fin noble. Si regresaba sabría que era valiente y que dos hermanos, separados por una barricada y un gordo colorado, volverían a sentirse unidos. Estaba seguro de que cuando llegara al otro lado y me vieran estaría a salvo. A un niño no le dispararían; los niños no éramos de ningún bando, ¿no?
            Apenas tomé la decisión, respiré hondo y empecé a arrastrarme, muy pegado al canalón. El gordo seguía gritando.
– Eres un cobarde, aquí no hay hermanos que valgan, hay aliados y enemigos. Vas a tener que irte con tu mamá, maricón de mierda.
Pero antes de que dejara de vociferar, yo ya había recorrido la mitad del trecho y en seguida llegué al extremo de la gruesa tubería. Una vez allí, extendí un brazo para coger la esquina de un saco de arena o de harina, no recuerdo bien. Cómo pesaba el condenado, igual pesaba más que yo... Ya no había marcha atrás. Me levanté un poco y, casi en cuclillas, con el pesado bulto protegiendo el lado derecho de mi cuerpo, donde podían impactar las balas, recorrí los siete metros que faltaban para alcanzar la línea enemiga del gordo, la línea hermana de mi héroe.
Al cruzar la barricada de un salto, creí haber caído en el infierno. Nadie se movía en la línea hermana y, sobre los adoquines grises, alrededor de los cuerpos de tres hombres jóvenes, una mancha roja iba creciendo. Me fijé en el que estaba más cerca de mí, aún respiraba, aunque tenía los ojos cerrados en un rostro idéntico al del chico que no quiso disparar porque podía matar a su hermano. Estaba casi seguro de que ya no podía oír, que nunca más podría oír, y aún así puse mi mano pequeña y sucia en su mejilla suave y dije a su oído unas palabras que me reconciliaron con Dios, con los hombres, conmigo mismo.
            Hay quien hace cosas importantes a los treinta, cincuenta o setenta años, quien no las hace nunca. Yo, a los diez años, hice algo que ha dado sentido a mi vida y se lo dará a mi muerte. Entonces, tal vez recuerde qué carajo pudo decir un mocoso impresionado a aquel chico moribundo, para que abriera los ojos y sonriera con la expresión más hermosa que he visto, antes de volver a cerrar aquellos ojos, azules de mar y de cielo, de inocencia y asombro, para siempre.

domingo, 22 de abril de 2012

Música para el alma



                                                      Para Alicia, que nos mira, nos escucha y nos inspira; 
                                                                                             con agradecimiento y amor.



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            En la Edad de Oro, cuando los lemures y los atlantes aún no habían desaparecido, existían unos seres cuyo nombre no se puede pronunciar más que con el corazón y el corazón tiene su lenguaje. Llamémosles, para entendernos, despertadores, porque su misión era evitar que los hombres se durmieran y olvidaran de dónde vienen y hacia dónde van. Eran seres de luz, bellos como un rayo de sol que hubiera adoptado una figura frágil, aparentemente humana. Rostro de luz, pecho de luz, manos de luz que se posaban en las frentes de quienes empezaban a olvidar, suavemente, como el ala de un colibrí o la caricia de una madre joven. Dicen que se extinguieron hace miles de años, pero en realidad emigraron a otro planeta cuyos habitantes aún tenían remedio. Desde allí siguen llamándonos, pues no han perdido la esperanza de que despertemos. Los más atentos empiezan a oír su voz de sangre dorada, su música de estrella nueva, su latido de sol.




                                                              Música de G. I. Gurdjieff

domingo, 15 de abril de 2012

Realidad virtual

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Una pequeña muestra de la obra de Giuseppe Turati y de los paisajes que crea y visita cuando quiere.
                                

                                                                             El sabio viaja sin salir de su habitación.

                                                                                                             Tao Te King



            Tengo un amigo que vive a 1.600 km de distancia física, pero está más cerca de mí que muchos de mis amigos. Si lo necesito, coge un avión y viene.
            Tiene alma de monje y corazón de poeta. Si no le gusta lo que ve, en lugar de lamentarse o bloquearse, lo pinta y lo recrea, lo cambia y lo transforma, dentro y fuera.
            Nunca se ha preocupado por ser políticamente correcto ni por cumplir expectativas ajenas. Es como es, porque vive para alcanzar lo que pocos logran: ser.
            No necesita ir al templo ni rezar para estar en paz y estar con Dios, pues ya ha descubierto que somos oración y, cuando cuida el huerto de su casa, está cuidando el huerto de su alma.
            Su obra expresa la fascinación hacia lo que no es tangible ni denso ni material y puede ser más bello que lo material.



              Non ho paura del nuovo. Anche se tutto cambia intorno a me, io rimango tranquillo. Quando tutto cambia e nulla è più riconoscibile, è la solidità della nostra anima che ci mostra la via e che ci fa sentire a casa in ogni posto del mondo o dell'universo. Il camaleon, anche se cambia spesso colore, sa che è sempre un camaleon.
                                                                                                              Giuseppe Turati




                                                    You've got a friend, James Taylor

domingo, 8 de abril de 2012

Metanoia


Noli me tangere, Fra Angelico


                              METANOIA[1]



                                                                                     Jesús le dice: “¡María!” Ella se vuelve y  le dice 
                                                                                     “¡Rabboni!”, que significa “¡Maestro!”

                                                                                                                                      Juan 20, 16



No sé de cuántas formas
habré escrito mi nombre...,
y todas ilegibles,
incomprensibles todas,
falsificaciones
de un original
más sencillo y fiel,
más claro y esencial.
Solo él me nombra
y me hace libre
si al oírlo me vuelvo,
reconozco Su voz,
recupero mi voz
y Le respondo.



[1]Metanoia: del griego, volverse, dar la vuelta, movimiento interior de transformación de mente y corazón. Cambio de los significados y sentidos de la vida.

domingo, 1 de abril de 2012

Ars moriendi


LUNES

            Mientras reviso unos papeles, el músculo que llaman corazón, y no es el corazón, hace un movimiento extraño. Me paro, me alarmo levemente, como me suelen alarmar estos desajustes, más por curiosidad que por aprensión. No sé si ha protestado o solo ha querido hacerme un nuevo regalo, recordándome mi fragilidad, lo inútil de las preocupaciones y afanes que invaden el silencio.
            Vuelve a latir acompasado. Ha quedado una sensación agridulce de paz y esta vez también de tristeza, porque he recordado algunas cuentas pendientes que sólo yo conozco y he temido no tener tiempo suficiente para saldarlas.



 MIÉRCOLES

            El corazón ha vuelto a jugar conmigo al escondite, como el que, bajando deprisa una escalera, se salta algún peldaño. Huele a pino, a sándalo e incienso, a jazmines antiguos, mientras una sombra cubre el sol que entra por la ventana. Prefiero vivir, claro está; me sobran ganas y energía, hay personas a las que quiero y me quieren, hay tantas necesidades que cubrir... Entonces, ¿por qué la idea de que puedo morir hoy, ahora, no me inquieta en absoluto?          



VIERNES

            Recordar la muerte, pensarla como hizo Tomás Moro, no es despreciar la vida, sino amarla más, por bella, por efímera. No es sentirse amenazado, no es miedo o angustia lo que genera el ser consciente de nuestra mortalidad. Al contrario, es una actitud lúcida y liberadora, un reloj de arena que lleva entre sus granos muchas piedras preciosas, diminutas e inmensas.



DOMINGO


                                                                              Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.
                                                                                                                             Lucas 24, 29

                                                                                                        No temer al infierno ni codiciar el paraíso. 
                                                                                                                                 Rabi'a al 'Adawiyya
                            
                           

                    El tiempo te ha arrugado la corteza,
                                por dentro, renovándose,
                                fluye la savia.

                    No te duela perder esa tersura
                                de los árboles jóvenes,
                                tampoco es cierta.


                                            ***
                                                                
                    Qué radiante la sombra                           
                    agitada por el viento del árbol,
                    a punto de perder las hojas
                    maduras del verano.

                    Qué sereno temblor el de sus ramas,
                    difuminando dudas sobre el blanco
                    muro impasible del viejo patio.

                                             ***

                                 Hojas doradas bailan
                                 sobre la rama seca;
                                 ensayan plenitud
                                 antes de desprenderse.
                                             

sábado, 24 de marzo de 2012

"No te salves." Benedetti



        


              Suelo recordar este poema de Benedetti cuando pienso en los tibios y miedosos (los de fuera y los de dentro, como siempre, mota en el ojo ajeno y viga en el propio) que no son capaces de amar sin condiciones y entregarse de verdad.
             Son los que, si son religiosos, “aman” a Dios por miedo al infierno o por anhelo de ir al cielo, pero sin sentimiento profundo y consciente, real. Sustituyen amor por miedo y por deseo. Si se salvan, porque Él, en su misericordia infinita, se canse de vomitar tanto tibio y mediocre, no gozarán de una morada espaciosa y llena de luz como aquellos que hayan apostado hasta su último aliento para amar sin condiciones ni expectativas. Si el reino de los cielos fuera un edificio, se quedarían en el sótano o en el trastero.
Son tibios y mediocres también (como siempre, dentro y fuera, viga y mota) los que aman al otro para que llene sus vacíos o les distraiga o les saque las castañas del fuego. Los que no han descubierto o no se atreven a asumir esos vacíos que es imposible llenar, sus mentiras letales, sus castañas crudas o acaso abrasadas. Los que nunca han logrado ser dueños de sí mismos y por eso no tienen nada que dar.
Porque quien no es dueño de sí, quien no se posee para poder darse, no posee nada y es un mendigo forzoso; no un mendigo voluntario y consciente, que esa es otra “raza” muy distinta, admirable, sobre la que otro día reflexionaremos (la de fuera y la de dentro, como siempre, mota y viga, ojos limpios, ojos libres para ver).

            Otra voz para este poema que, como la película, El lado oscuro del corazón, tanto nos sugiere a mi amigo César y a mí:





sábado, 17 de marzo de 2012

Nómadas


¿Por qué nos gustan tanto los regalos? Basta ir a cualquier feria de muestras para ver cientos de personas, profesionales o curiosos, con bolsas y más bolsas.
A muchos les sobra el dinero para comprar cuanto necesitan, pero les encanta recibir esos objetos promocionales que, cuando lleguen a casa o a la oficina, regalarán.
De las ferias que visité, volví cargada de regalos que enseguida cambiaron de dueño. ¿Es un hábito infantil que conservamos, o algo más profundo, una pulsión que se remonta a aquellas edades en que éramos nómadas y debíamos aprovechar lo que encontrábamos?
En algunos, esa pulsión es más fuerte y acumulan como urracas. En otros, sólo es un eco, un juego inofensivo y, según reciben, dan.

viernes, 9 de marzo de 2012

Estos días azules, este sol de la infancia.

                                                                                                      Estos días azules,
                                                                                                      este sol de la infancia…
                                                                      
                                                                                                          Antonio Machado
                                                                                              Poema esbozado antes de morir


            Cómo ha cambiado el barrio de mi infancia y juventud: tiendas nuevas, tipos humanos nuevos... Me siento extraña, ajena a este conglomerado ruidoso con el que me cruzo, superpuesto al que fue mi territorio, mi tribu, mi riada de rostros, comercios, olores familiares hace veinte años. También me siento ajena al barrio donde ahora vivo, más trepidante aún en apariencia, y en su ritmo esencial tan sosegado.
          ¿Dónde está mi hogar?, ¿dónde mi espacio y mi gente? Lejos, ya lejos, y a la vez muy cerca, en esa dimensión con la que de vez en cuando conecto y me devuelve al Reino que no pasa. Estamos en el mundo pero no somos del mundo, ya voy comprendiendo.
La iglesia es uno de los pocos edificios por los que no parece haber pasado el tiempo. La iglesia de siempre, pequeña, sencilla, con su aire románico, su campana alegre de palomas. La miro y miro el cielo: esas nubes rosadas que recortan el azul pueden ser de hoy, de hace diez años, de hace mil años o de mañana.
            La iglesia humilde, las nubes, la mano de mi madre, intacta en su latido, a pesar del cansancio y del disfraz con el que Cronos pretende vengarse por tantas victorias atemporales.
            La iglesia, inmune al tiempo, las nubes, la mano de mi madre, que sigue caminando a mi lado, son hoy mi patria, mi centro, mi hogar.
             La iglesia de mi infancia, estos días azules, este sol, las nubes dibujándose alegres en el cielo, la mano de mi madre, tan suave y caliente, tan segura.
            Volvamos a casa, que va siendo hora, volvamos a ese rincón de luz y de silencio donde somos reales y eternos. La iglesia, las nubes, la mano de mi madre.





domingo, 4 de marzo de 2012

Siéntate


En el metro, viene una de esas ideas que hay que acoger cuanto antes porque sabes que, si no, se pierden y su eco de fantasma te perseguirá varios días. Saco el cuaderno del bolso y me pongo a escribir, apoyada en la barra, el vagón está muy lleno. Una señora de unos setenta años se dirige a mí, diciéndome: siéntate y escribe sentada, que yo me bajo pronto.
            La primera vez que me ceden el asiento y lo hace una mujer mayor, elegante, con huellas en el rostro de una honda tristeza o un largo cansancio, mucho más largo sin duda que el mío. Pero no puedo decirle: no gracias, señora, siga usted sentada; y no porque me cueste escribir de pie, sino porque sus palabras son irrebatibles: siéntate y escribe sentada, que yo me bajo pronto.
            Se lo prometo, señora providencial, escribiré sentada, incluso cuando esté de pie o caminando; siempre sentada, hasta que también me baje. Usted y yo, su cansancio y el mío, usted y yo nos entendemos.