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sábado, 2 de julio de 2022

La razón de nuestra alegría


Evangelio según san Lucas 10, 1-12.17-20

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: “La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que os pongan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el reino de Dios”. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: “Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el reino de Dios”. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo”. Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. El les contestó: “Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”.


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San Pedro y San Pablo, Navarrete el Mudo

Nada es gratuito o casual en esta obra de arte sagrada que son los Evangelios, en los que siempre encontramos nuevos niveles de profundidad e innumerables símbolos y significados. La cifra de setenta y dos nos remite al número de naciones gentiles del Génesis. Setenta y dos es múltiplo de doce, el número de los apóstoles, el de las tribus de Israel y el número de tribus que ha de ser restablecido al final de los tiempos (Rollo del templo de la cueva 11 de Qumrán). 

Doce es número de perfección y setenta y dos es seis veces doce...; se me ocurre que algo le “falta” a esta misión para significar totalidad, plenitud, perfección. Le “faltaría”, en el terreno de lo simbólico, una séptima docena, pues siete es también número de perfección. Me atrevo a decir que nosotros somos esa docena: los nuevos doce apóstoles que se renuevan generación tras generación, en una Misión que ya es completa, porque, después de la resurrección de Jesucristo, el envío se universaliza, como vemos en Mc 16, 15 o Mt 28, 19. También nosotros somos enviados “de dos en dos”, porque la comunidad es un tesoro, y si vamos de uno en uno corremos el riesgo de perdernos o desviarnos.

La misión que Jesús encomienda a los apóstoles en la escena que hoy contemplamos es aún limitada, con una serie de instrucciones muy concretas, como también vemos en Mt 10, 5-15. ¿Por qué les da un reglamento tan detallado, con tantas normas y precauciones en este momento? Porque no ha tenido lugar Su pasión, muerte y resurrección. Aún no está todo cumplido (Jn 19, 30) ni Jesús ha sido glorificado todavía. Antes de esa glorificación, los discípulos anunciaban la proximidad del Reino. Después, son testigos de Jesucristo, proclaman el Evangelio con hechos ya consumados, dan testimonio.

Esta escena es como un preludio o un ensayo de la verdadera misión a la que estamos llamados, nuevos apóstoles, testigos de Cristo. Después de Su resurrección, reciben poderes mucho más elevados, de orden ya espiritual (Mt 18, 18). Es Su muerte y Su resurrección lo que marca la “frontera” divisoria entre una misión y otra.

Pero antes y después son / somos enviados sin apenas recursos materiales, a corazón descubierto, libres de apegos, con la libertad que Él nos otorga y la plena confianza en que no estamos solos ni desamparados, pues tenemos la paz y el amor del Señor. Por eso sabemos lo importante que es la actitud interior; las obras surgen a partir de esa actitud de entrega y confianza.

Jesús puede transmitir facultades a sus elegidos, porque Él es dueño y Señor de estas potencias y virtudes. Pero esos poderes no son lo esencial ni son duraderas, pues se ejercen en el mundo que pasará. Solo Sus Palabras no pasarán (Mt 24, 35); por eso nada del mundo es comparable a cumplir Su Palabra y ser Sus testigos. Todo lo demás es anecdótico, incluso vencer a los demonios. 

Las verdaderas señales de estar progresando en el Camino son la pureza de la intención y la sinceridad en la entrega. No pretendemos ser hechiceros, nada más lejos de la esencia del cristiano; el mismo Jesucristo quitaba importancia a los milagros y solo los realizaba para cubrir necesidades. Que Lázaro resucitara es infinitamente menos importante que el hecho de que el verdadero nombre de Lázaro esté inscrito en el Cielo.

Es bueno que sepamos cuáles son los riesgos de quedarnos en lo superficial o anecdótico, que puede estancar y confundir, cuando no hacer caer en la letal soberbia de espíritu. El gran peligro de cada logro espiritual es que el ego siempre tiende a apropiárselo y a ponerse medallas. Por eso conviene repetirse lo de: “somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17, 10).

La contundencia del mensaje de Cristo y la constante llamada a la humildad, de la que Él es el mejor ejemplo, son nuestra salvaguarda. Porque, si el ego nos sabotea continuamente, cuando este ego se ha “espiritualizado”, el peligro es mayor aún. Y hay que ponerle en su sitio, para que no olvide que todo nos viene del único Todopoderoso.

Hemos de dar testimonio de palabra y con nuestra forma de vida, pero sin esperar resultado, como ese siervo que hace lo que tiene que hacer y eso le basta. Y en esa tarea, la ilusión y la alegría humanos son buen estímulo; el mismo Jesús celebra los logros de sus enviados, pero en seguida les hace ver lo importante. Como un padre cuando el niño le dice: “¡Mira, papa, lo que hago!” Y el padre, aunque sea una tontería, muestra su aprobación: “¡Muy bien hijo!”. 

Una tontería, algo anecdótico es que se nos sometan los espíritus, pisotear serpientes y escorpiones o ser inmunes al veneno (Mc 16, 18), si lo comparamos con el regalo inmenso de que nuestros nombres están inscritos en el cielo. 

          Porque todo lo que forma parte de la figura de este mundo está destinado a desaparecer, por muy loable que sea. Jesús quiere llevarnos mucho más lejos, nos quiere hacer sentir una alegría infinitamente superior a la que estamos acostumbrados, una dicha que no tiene que ver con lo externo o sensorial, sino con lo interior, lo esencial, lo imperecedero.www.viaamoris.blogspot.com  

            Nuestros caminos no son Sus caminos, nuestros pequeños amores no tienen nada que ver con Su amor incondicionado y, de igual modo, la alegría que conocemos y a veces sentimos está muy lejos de la Alegría plena y duradera a la que estamos llamados.

Nos gloriamos en nuestra debilidad, como dice San Pablo (2 Cor 12, 9-10). Por muy admirables que puedan parecer nuestras obras somos simple canal del poder de Dios y sin Él no somos nada. Nuestro único mérito es la adhesión a la cruz de nuestro Señor (Gál 6, 14) y la entrega incondicionada que nos permite ser cauce de la voluntad divina. Si se nos someten los espíritus, es por el poder del nombre de Jesús, ante el que toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y en el abismo (Fil 2, 10). 

Estamos llamados a fundirnos con Él, para que nos ampare y nos transforme, nos libere y proteja, nos fortalezca y defina, al oír cómo nos llama por nuestro nombre. No el que nos pusieron nuestros padres, sino el nombre verdadero, el que nos dio el Padre y hemos olvidado, el que nombra el ser nuevo que somos, a imagen y, por fin, también semejanza (1 Jn 3,2). Porque Él, que inscribió nuestros nombres en el cielo, nos ha de llevar a la dimensión más elevada de nosotros mismos. Esa es la razón de nuestra alegría: podemos entrar en comunión con Jesucristo a cada instante, y gozar de Su presencia en ese eterno presente donde ya somos uno con Él.

Como dice san Pablo en la segunda lectura de hoy (Gál 6, 14-18), lo que cuenta es la criatura nueva llamada a ser como Cristo, con Sus marcas de amor ilimitado en nuestro cuerpo, y el nuevo nombre con que Él nos une a Sí para siempre. Esa es la fuente de la paz y de la alegría: saber que somos Suyos, que Él nos prepara un sitio a su lado, donde no habrá más confusión ni más cansancio ni más lágrimas. Porque la verdadera alegría del cristiano es el encuentro con Aquel que hace de nosotros hombres nuevos. Y los demonios se esconden, impotentes y turbados, ante el poder invencible del Amor.

           Laudate Dominum, Comunidad de Taizé

viernes, 24 de junio de 2022

Inmaculado Corazón de María


Evangelio según san Lucas 2, 41-52

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo. Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

Descubre a la Virgen de Guadalupe
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Aquel “conservaba todas las Palabras en su corazón” 
significa que las vivía. María era totalmente 
la Palabra, solo la Palabra.

                                                                                                                     Chiara Lubich

He escogido como imagen para este post, la única imagen de María no pintada por mano humana, la que quedó en la tilma de Juan Diego, en el cerro del Tepeyac, en 1531. De todas las apariciones marianas, es en esta donde María nos ofrece el mensaje más consolador, el más acorde con su misericordioso e Inmaculado Corazón, que late al unísono con el Sagrado Corazón de Jesús, su hijo, nuestro hermano, pues desde la Cruz nos la dio por madre, para guiarnos hacia el Reino de la Divina Voluntad, cuya Ley es el Amor. 

Escojo un extracto de ese mensaje, que deberíamos imprimir en el corazón, para afrontar estos tiempos recios y extraños con confianza. Como dice San Pablo en Romanos 8, 38, nada ni nadie nos puede apartar del amor de Dios. Ni la muerte, ni la vida, ni potestades, ni pandemias, ni la locura de quienes quieren imponer una dictadura del miedo y la mentira nos pueden apartar del amor de Dios manifestado en Su Hijo Jesucristo, y en María Santísima que nos mantiene unidos a Sus Sagrados Corazones con vínculos eternos, como solo una Madre puede hacer.

“Juanito: el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en Mí confíen.
(…) No temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa…”

Uno de los pasajes del Evangelio que se eligen para la Fiesta del Inmaculado Corazón de María, inseparable del Sagrado Corazón de Jesús, que contemplamos y adoramos en www.viaamoris.blogspot.com, nos relata el episodio en que Jesús, Niño de doce años, se "perdió", cuando peregrinó a Jerusalén con María y José. 

María Santísima nos transmite en Reina del Cielo, libro dictado por Ella misma a Luisa Piccarreta, cómo vivió aquellos tres días en que perdió a su Hijo y lo encontró en el Templo, enseñando a los doctores. Tres días, como los que estuvo en el sepulcro, como los que aguarda a que Le encontremos dentro de cada uno, nuestro amado, nuestro Dios, Verbo eterno, capaz de todo para que aceptemos Su Amor.

“Cual no fue mi asombro e inquietud que sentí cuando llegados al punto donde nos debíamos reunir y no lo vi a su lado. Sin saber lo que había sucedido, sentimos tal espanto y tal dolor que nos quedamos mudos los dos. Quebrantados por el dolor regresamos apresuradamente, preguntando con ansia a cuantos encontrábamos: “¡Ah! díganos si habéis visto a Jesús, nuestro Hijo, porque no podemos vivir sin Él” Y llorando lo describíamos: “Él es todo amable, sus bellos ojos azules resplandecen de luz y hablan al corazón; su mirada golpea, rapta, encadena; su frente es majestuosa, su rostro es bello, de una belleza encantadora; su voz dulcísima desciende hasta el corazón y endulza todas las amarguras; sus cabellos rizados, y como de oro finísimo lo hacen hermoso, gracioso; todo es majestad, dignidad, santidad en Él; Él es el más bello entre los hijos de los hombres.” Sin embargo, a pesar de nuestra búsqueda ninguno nos supo decir nada, el dolor que Yo sentía se recrudecía en modo tal, que me hacía llorar amargamente y abría a cada instante en mi alma heridas profundas, las cuales me provocaban verdaderos espasmos de muerte. 

Hija querida, si Jesús era mi Hijo, Él era también mi Dios, por eso mi dolor fue todo en el orden divino, se puede decir, tan potente e inmenso, de superar todos los otros posibles dolores juntos. Si el Fiat que Yo poseía no me hubiera sostenido continuamente con su fuerza divina, Yo habría muerto de espanto. 

Viendo que ninguno nos sabía dar noticias, ansiosa interrogaba a los ángeles que me rodeaban: “Díganme, ¿dónde está mi querido Jesús? ¿Adónde debo dirigir mis pasos para poderlo encontrar? ¡Ah! díganle que no puedo más, tráiganmelo sobre vuestras alas a mis brazos. ¡Ángeles míos, tengan piedad de mis lágrimas, socórranme, tráiganme a Jesús.” 

En tanto, habiendo resultado vana toda búsqueda, regresamos a Jerusalén, después de tres días de amarguísimos suspiros, de lágrimas, de ansias y de temores, entramos al templo, Yo era toda ojos y buscaba por todos lados, cuando de repente, finalmente, con gozo descubrí a mi Hijo que estaba en medio de los doctores de la ley, Él hablaba con tal sabiduría y majestad, que cuantos lo escuchaban permanecían raptados y sorprendidos; al sólo verlo sentí que me regresaba la vida y rápido comprendí la oculta razón de su extravío.”

            La relación entre la Virgen de Guadalupe y el Reino de La Divina Voluntad

jueves, 23 de junio de 2022

Juan es su nombre


Evangelio según san Lucas 1,57-66.80

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, vinieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: "¡No! Se va a llamar Juan". Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre". Entonces preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.

El arte de ser madre: Nacimiento de San Juan Bautista | Gentileschi
Nacimiento de Juan el Bautista, Artemisia Gentileschi

No es solamente en aquel tiempo que «los caminos fueron allanados 
y enderezados los senderos» sino que todavía hoy el espíritu y la 
fuerza de Juan preceden la venida del Señor y Salvador.  

                                                                                          Orígenes  

Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: “Yo no soy 
el Mesías, sino que he sido enviado delante de Él.” 
(…) Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar. 

Juan 3, 28, 30 
 
La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado, por eso es Solemnidad. Este año se celebra un día antes porque ha de ceder su puesto a la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. San Juan Bautista es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja. Celebramos el nacimiento de Juan, el de la Santísima Virgen y el Nacimiento de Jesús. Juan nace de una anciana estéril; María de un matrimonio de castidad ejemplar, Jesús de una joven Virgen. Zacarías no creyó el anuncio de Gabriel y se quedó mudo; la Virgen creyó, y su “Fiat” concibió a Jesús por el Espíritu Santo.

Poco antes de morir, Chesterton afirmó: "El asunto está claro ahora: entre la luz y las sombras, cada uno debe elegir de qué lado está." La Luz es Jesucristo, que nació en el solsticio de invierno, cuando los días empiezan a ganar tiempo a la noche. San Juan Bautista, el heraldo de la Luz, nace en el solsticio de verano, a partir del cual los días comienzan a disminuir, para recordarnos que hemos de dar paso a la Luz en el mundo y en nuestras vidas. 

Es necesario que Juan, el hombre, disminuya, para que el Hijo de Dios crezca. Disminuimos con el gozo del que sabe que, muriendo a sí mismo, se acerca a la verdadera grandeza, su condición de hijo de Dios, su naturaleza restaurada. Lo humano es así la antesala de lo divino, lo temporal, de lo eterno, la condición de hijos de mujer, frágiles y terrenales, precede a la condición de ciudadanos del Reino de los Cielos. 

Es el sentido de la conversión que predica Juan, con la aspereza y rigor de su temperamento de asceta, necesario en aquel momento para el pueblo judío, que aún no conocía el poder transformador del amor que Jesús vino a predicar. Juan predicaba la conversión, dejar de mirar solo las realidades perecederas del mundo y mirar hacia la realidades eternas.

El mayor de los nacidos de mujer (Mateo 11,11), la voz que clama en el desierto (Juan 1, 23), Juan el Bautista, el último de los profetas de la Antigua Alianza y el Precursor de Jesucristo, la Nueva Alianza de Dios con la humanidad.  Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar…, dirá Juan. ¿Qué debe menguar y qué debe crecer en nosotros para dejar de ser ciudadanos del mundo, hijos de mujer, y comportarnos como los ciudadanos del Reino de los Cielos, que somos por el Bautismo?

Que mengüe lo que no somos, el ego, las máscaras, los frutos de la soberbia, y crezca nuestra verdadera realidad de hijos en el Hijo.  Cada día, cada instante, podemos escoger entre ser solo hijos de mujer, de los que Juan el Bautista es el mayor, o ciudadanos del Reino, seguidores de Cristo y, por la gracia de su amor infinito, hijos de la Luz, imagen de Dios y, por fin, semejanza restaurada.

Desde el seno de mi madre me llamaste, cantamos con el Salmo de hoy. Dios nos soñó antes aún de que fuéramos concebidos. Nos conoce y nos ama desde siempre y nos llama por un nombre que aún no conocemos y que no es el nombre que nos dieron nuestros padres biológicos. 

Juan es su nombre, dijo Zacarías a sus parientes, tras recuperar el habla. Es el nombre que Dios mismo, a través de su ángel, había escogido, que en hebreo significa "favor de Dios" y también “fiel a Dios”. San Juan Bautista, favorecido por Dios desde el seno materno, es modelo de fe; abandona lo mundano y se retira al desierto a preparar el camino del Señor. Es modelo de humildad; renuncia a sus discípulos para que sigan al único Maestro. Y es también modelo de fidelidad y coherencia hasta la entrega de su vida por la Verdad, de la que es testigo y mensajero.

El mismo Jesús afirma que la ley y los profetas llegaron hasta Juan, símbolo de lo antiguo que anuncia lo nuevo. Por ser el último eslabón de lo antiguo, nació de un matrimonio de ancianos. Y por ser el heraldo de lo nuevo, fue santificado en el seno de su madre, la anciana Isabel, por Jesús desde el seno de Su Madre, la Virgen María. Y la gracia  recibida le hizo saltar de alegría en el vientre materno www.viaamoris.blogspot.com

El silencio de Zacarías es mucho más que un castigo por su incredulidad. Es un signo de que, en esta transición misteriosa entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el sentido de las profecías quedaba en “suspenso”, velado, latente hasta el Nacimiento del que da cumplimiento a todas las profecías y todas las promesas, Jesucristo, nuestro Señor. Cuando nace Juan y recibe el nombre que Dios le ha dado, la voz del que clama en el desierto está lista para anunciar al Salvador, y Zacarías recupera el habla. Porque Juan era la voz y Jesús es la Palabra eterna que en el principio ya existía (Juan 1, 1). 


TEMOR Y TEMBLOR

Temor y temblor en el regazo oscuro
cuando la luz atraviesa 
el útero como un rayo
para mostrarme el Camino.

Dos embriones se encuentran;
uno, de hombre,
otro, divino,
acostumbrándose a la sangre,
haciéndose carne para poder tocar,
acariciar, derribar mesas de cambistas,
bendecir, sanar, resucitar a los muertos,
resucitar, Él Mismo, al tercer día.

¡Y ya lo veo!
Cómo no saltar en el seno de mi madre,
Isabel, Isha bethel, que significa:
mujer, casa de Dios;
cómo no agitarme
viendo, presintiendo mi latido de non nato
el drama, entero, consumándose
más allá del tiempo y del espacio… 

Gigantesco Jesús,
inmenso desde el seno virginal,
deja que mengüe,
que disminuya desde ahora, 
aunque mi cuerpo siga creciendo
para ser el asceta rudo
que se va formando desde el vientre
tan cercano al más puro
que te gestó, gesta, gestará infinitamente.

Es mi madre también,
más que ninguna después de la tuya,
Isha Bethel, mujer, casa de Dios.
Dioses sois recordará el Maestro,
yo lo seré, si Tú quieres,
en Ti, por Ti, contigo,
en ese reino de Hijos que vienes a anunciar.

Pero deja que antes disminuya, que mengüe,
que descienda, que desande,
me desnude de formas y ritos,
desaprenda los dulces pasatiempos,
renuncie a los goces de la carne,
que se forma en el seno de mi madre,
sorprendida de ver en el rostro de su prima,
la luz dulcísima, la belleza infinita
y eterna de la madre de Dios,
y madre nuestra.


                                        Benedictus, 2 Cellos, Karl Jenkins

sábado, 18 de junio de 2022

Eucaristía

 

Evangelio según san Lucas 9, 11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde y los Doce se acercaron a decirle: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.” El les contestó: “Dadles vosotros de comer.” Ellos replicaron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.” Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: “Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.” Lo hicieron así y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos. 


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La multiplicación de los panes y los peces, Goya

Día para reflexionar y comprender lo que festejamos con la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el centro de nuestra fe, Dios con nosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos. Soltamos lo que nos impida abrir el corazón, contemplar el Misterio y adorar. Porque en el Santísimo Sacramento del Altar, además del Jesús que recorrió Galilea, está el Verbo creador, el Cristo victorioso del Apocalipsis, todo el poder de un Dios misericordioso, que se esconde para alimentarnos.

Verbo increado y Dios encarnado… tanto amó Dios al mundo… En la Hostia y el Cáliz consagrados, vemos, tocamos, comemos a Aquel que anhelaba este encuentro desde toda la eternidad, el intercambio prodigioso, la correspondencia de amor que solo era posible haciéndose uno de nosotros. Pero además quiere, y así nos lo enseñó en la Última Cena, que cada uno de nosotros, de los Suyos, se haga Él.

En el Cenáculo, junto a sus íntimos, Dios consagra a Dios, ofrece a Dios, comulga y da a comulgar a Dios, llevando en Sí a todos los que se habían perdido, se pierden, se perderán. Redención total para el que la acepta. Cuando veas o sientas dolor de cualquier tipo, recuerda que Jesús aquella noche luminosa, asumió sobre Sí todos los dolores. Él, todo en todos. Él, todos para el Todo. El Cordero sin mancha que nos enseña a comulgar: unidos a Su Sacrificio eterno, con Su voluntad, Su humanidad y Su divinidad, poniendo en cada Comunión lo que Él puso en Aquella Comunión del Jueves Santo.

Por eso, en la Consagración, me ofrezco junto a Cristo y es el mismo Dios que acepta mi ofrenda insignificante, toma mi voluntad humana, la nada que soy, mis errores, olvidos y desvaríos, y lo transforma todo en Él. Y al comulgar, renuncio de nuevo a mí misma, para que Él sea en mí, me llene, me colme, me transforme, para que pueda amar y entregarme sin condiciones, como Él… www.viaamoris.blogspot.com 

Lo más cercano al cielo que hay en la tierra es la Eucaristía, el sacramento del amor verdadero, donde somos preparados y enviados para amar (ite missa est) . Ahí es donde hemos de poner la atención, y Él pone Su atención en nosotros; nos transforma en Sí. La Eucaristía, lo aparentemente nada para el mundo de los ciegos, lo más real para la Vida.

Si supiéramos con todo nuestro ser y creyéramos con una fe firme y sin fisuras que tras la apariencia del pan y del vino está el Verbo que ha creado el universo, caeríamos de bruces. Adorar, qué otra cosa podemos hacer…, desaparecer en Él, abandonarnos en Su Vida, soltar todo lo que no es Él, dejar de ser para Ser.


                                       Panis Angelicus, Cesar Franck, por Pavarotti


Todos los que le tocaban quedaron curados.

Cuando Jesús estuvo en este mundo, el simple contacto con sus vestiduras curaba a los enfermos. ¿Por qué dudar, si tenemos fe, que todavía haga milagros en nuestro favor cuando está tan íntimamente unido a nosotros en la comunión eucarística? ¿Por qué no nos dará lo que le pedimos puesto que está en su propia casa? Su Majestad no suele pagar mal la hospitalidad que le damos en nuestra alma, si le es grata la acogida. ¿Sentís la tristeza de no contemplar a nuestro Señor con los ojos del cuerpo? Dígase que no es lo que le conviene actualmente...

Pero tan pronto como nuestro Señor ve que un alma va a sacar provecho de su presencia, se le descubre. No lo verá, cierto, con los ojos del cuerpo, sino que se le manifestará con grandes sentimientos interiores o por muchos otros medios. Quedaos pues con él de buena gana. No perdáis una ocasión tan favorable para tratar vuestros intereses en la hora que sigue la comunión.
                                                                                            Santa Teresa de Ávila 
                                                                                            Camino de Perfección, cap. 34 


                                       40 Diálogos divinos. Sacramento. Eucaristía