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sábado, 30 de noviembre de 2013

"Todas las estructuras son inestables"


Evangelio de Lucas 20, 27-38

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”. Jesús les contestó: “En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan de la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”. 



Una vez iba yo paseando con un amigo por una bella reserva natural, cerca de Malibú,  y llegamos a las ruinas de una casa rural destruida por un incendio varias décadas antes. Al acercarnos a las ruinas, cubiertas de árboles y toda clase de magníficas plantas, vimos un letrero colocado por las autoridades del parque al lado del sendero. Decía: PELIGRO. TODAS LAS ESTRUCTURAS SON INESTABLES. Le dije a mi amigo: “Esa es una Sutra (escritura sagrada) muy profunda”, y nos quedamos en actitud reverencial.                                   
                                                                                               Eckhart Tolle 

      Noviembre, mes para ser conscientes de la impermanencia del mundo de la forma y de nuestra propia impermanencia, conscientes de que estamos muriéndonos desde que nacemos, todos juntos y de uno en uno. Noviembre, mes del despertar para descubrir lo verdadero, lo que existe realmente y por eso no puede morir. Vivamos velando; aprendamos a vivir ya, aquí y ahora, la inmortalidad.
      Y, ¿cómo es posible vivir así, cuando sé que voy a morir? Porque ya has muerto y has resucitado; lo que llamas muerte será escenificar otra vez ese paso a la habitación de al lado donde ya estás. Mira esa luz que ves a veces al otro lado del espejo, en tus ojos, cuando brillan como si estuvieran reteniendo lágrimas. Esa luz es tuya, la trajiste de allí, la traes de allí cada vez que cruzas el umbral que separa el sueño de la Vida. Somos ciudadanos del cielo, dice San Pablo, podemos ya vivir resucitados, por Aquel que nos ganó la resurrección.
       Hemos sido esclavos del sueño y la ilusión demasiado tiempo; es hora de vivir de verdad, atentos al Reino que está entre nosotros y dentro de nosotros, más real que lo que nos muestran los sentidos. Aunque tengamos que seguir caminando, trabajando mientras hay luz, en este valle de la muerte donde todas las estructuras son tan inestables.

       Es útil observarnos cuando algo nos saca inesperadamente de las “casitas de muñecas” o el “Monopoly”, la "Matrix" donde jugamos a vivir. Miremos sin excusas el fastidio, la sensación de desconcierto, la incapacidad para improvisar. Y nos daremos cuenta de la necesidad de tomar decisiones valientes y definitivas, porque en este mundo todo es precario, nada está seguro, por mucho que lo acoracemos con rutinas, falsas seguridades, comodidades anestesiantes…
       Bendito sea el imprevisto que nos despierta de nuestras ensoñaciones y nos pone frente a un espejo implacable, para que veamos todo lo que hay que extirpar o soltar o solo dejar caer, como una máscara vieja que ni siquiera nos favorece.

            No podemos ser esclavos de costumbres, hábitos, compulsiones o expectativas cuando sabemos, por experiencia, que no nos protegen de nada. Ni podemos apegarnos a un lugar, unas caras conocidas, porque, en esta tierra transitoria, el único entorno natural, lo único seguro es estar despierto, recordando que estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Tampoco podemos apegarnos a nuestros cuerpos ni al de los seres que amamos, pues no son nuestra esencia. Recordemos que el espíritu inmortal recoge cuanto de bello y verdadero hemos amado, y lo restaura para siempre en el cuerpo glorioso que nos ha sido destinado para la eternidad.

            No estamos aquí para estar cómodos o seguros, para disfrutar o tener lo que el mundo entiende por calidad de vida (qué sabe el mundo sobre la verdadera “cualidad”…) sino para imitar a Jesucristo, haciendo lo que Él hizo. Porque, desde que el mundo se empapó de la Luz que brotó a partir del Misterio del Gólgota, en Él nos espera la verdadera dicha.

            Todas las estructuras son inestables... Las experiencias de pérdida producen sufrimiento, pero el sufrimiento consciente (el único valioso, porque el sufrimiento mecánico es masoquismo) eleva y permite salir del purgatorio en el que nos encontramos.
Sufrir conscientemente enciende en el corazón la llama del Amor. Es entonces cuando comienza el verdadero camino; lo de antes era un transitar por los senderos que conducen al Camino. La condición para adentrarse en él es salir de esa noria, pequeña y oxidada, de seguridades, pasiones inferiores, sensaciones, comodidades, necesidad de poder, sentimiento de separación, falsas creencias…
            Y aunque a veces descendamos a estados inferiores, de sufrimiento inconsciente, inercia, miedo ciego y olvido..., cuando uno ha dado el gran salto, siempre puede volver a elevarse en la espiral infinita. Porque el fuego sigue encendido, aunque no siempre seamos capaces de sentir su calor.

              El ego, que se niega a desaparecer, trata desesperadamente de combatir el miedo que esa amenaza le causa con placeres, posesiones, victorias efímeras, ilusiones… Pero, mirando siempre al Modelo, Jesucristo no buscó la abundancia, el triunfo mundano, el placer o la comodidad, sino cumplir siempre la voluntad del Padre. En esa sumisión voluntaria encontró el sufrimiento consciente, y lo aceptó por amor. Él mismo dijo: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mt 26, 38). Su naturaleza humana atravesó el valle de lágrimas para mostrarnos la salida.
            Si somos discípulos verdaderos, Le seguiremos, crucificando en nosotros todo lo falso, el egoísmo, el hedonismo, la rutina, la ignorancia, el miedo. Entonces experimentaremos la quiebra de las ilusiones que nos libera de la mentira y nos permite nacer a lo verdadero.
            Es el Fuego del Amor, la Llama de Amor Viva, que va consumiendo lo ilusorio, lo impermanente, para que resplandezca nuestra esencia inmortal, una en lo Uno, ola y Océano, sarmiento en la Vid.
¿Los yunques y crisoles de tu alma, trabajan para el polvo y para el viento o trabajan para lo real, el oro del espíritu que los ladrones no roban ni el óxido corroe? Funde tus miserias, acrisola lo que te ha robado tiempo y energía necesarios para amar. Transfórmalo todo en ese oro eterno, para pagar por ti y por cuantos te rodean.
Sufrimiento consciente con amor es redención, liberación, luz, alegría; es ascenso: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Sigamos subiendo, iluminando, redimiendo cuanto quede por redimir en nosotros y en aquellos que amamos.

¿Y ha de morir contigo el mundo mago
donde guarda el recuerdo
los hálitos más puros de la vida,
la blanca sombra del amor primero,
la voz que fue a tu corazón, la mano
que tú querías retener en sueños,
y todos los amores
que llegaron al alma, al hondo cielo?
¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
la vieja vida en orden tuyo y nuevo?
¿Los yunques y crisoles de tu alma
trabajan para el polvo y para el viento?

                                                                                       Antonio Machado


                                              There is a Light that never goes out, Smiths


Retenemos las heces del mundo y dejamos escapar nuestra vida en el tiempo, he aquí la estupidez que nos hace herederos de la muerte. Abandonemos el filtro lleno de inmundicias y sublimemos pacientemente nuestra vida en Dios hasta la perfección de la paz eterna.
                                                                                            Louis Cattiaux


Las personas conscientes enfocan su vida a la luz de la muerte.
A esa luz, las cosas adquieren su auténtica dimensión.
Lo secundario es secundario y nunca principal.

Lluis Serra Llansana 

sábado, 23 de noviembre de 2013

El Rey y los súbditos


Evangelio de Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades y hacían muecas a Jesús, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido”. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “Este es el rey de los judíos”.Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros". Pero el otro lo increpaba: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha faltado en nada”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Jesús le respondió: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”.


http://faculty.cua.edu/pennington/churchhistory220/lectureten/blackdeath/duccio_crucifixion.gif
                                              La Crucifixión, Duccio di Buoninsegna
 


EL PRIMER SÚBDITO
 
Conocemos su nombre, Dimas, por los evangelios apócrifos. Es aquel al que la tradición llamaría el "Buen Ladrón", uno de los “malhechores” que mueren junto a Jesucristo. El primer santo, y el único canonizado directamente por el Maestro, no quiere salvarse por miedo, como tantos a lo largo de la historia, tantos aún hoy. En realidad, ni siquiera aspira a salvarse, su humildad se lo impide, se siente tan indigno… Sólo quiere un recuerdo del Jesús cuando llegue a Su Reino.
No solo es el primer santo, es también el primer contemplativo. Reconoce a Jesús como el Mesías, y se conforma con un recuerdo suyo, un eco de Su dicha. Qué lucidez la suya en esa frase inmortal que vale por la salvación y por el Reino. Logra lo más alto en apenas un instante.
            Me recuerda a un samurái valeroso y decidido que, antes de la batalla, se da por vencido, y así, no teniendo nada que ganar ni nada que perder, se siente libre del miedo, se sabe libre, y vence.
El primero en entrar en el Reino, después de Jesús, es un paria, un ladrón, un delincuente, o solo un pobre hombre, como todos, pero un hombre con el alma muy pura y una humildad sencilla y transparente.
Seguramente Dimas lamentara en su agonía no tener tiempo para seguir a Jesús, ser Su discípulo y dar la vida por Él, pero, al mirarle y escucharle, comprendería que en un instante vivido junto a la Verdad cabe toda una existencia. Qué conversión tan rápida y tan profunda, tan radical como para recibir el premio equivalente a una vida de entrega y devoción.
            Todos hemos de pasar por la cruz antes o después, y muchos, como Dimas, sabemos que lo merecemos. Pedimos un recuerdo, una mirada del Hijo de Dios, pues así Lo reconocemos. Y en ese reconocimiento, y en la tristeza y el arrepentimiento, Él nos otorga la plenitud de Su gracia y nos ensalza, borrando todo lo malo de nuestro pasado, haciendo que se convierta en un sueño, dejando solo la humildad lúcida, la pureza, la inocencia que Él ensalzará hasta completar una vida perfecta para nosotros, la que no supimos vivir y Él nos devuelve, restaurada y completa, plena, irreprochable.
El "Buen Ladrón" llegó a la plenitud de la santidad en un momento, con un gesto de humildad y sinceridad. Y la misericordia del Señor borró todas sus culpas.
            Gestas (el otro "malhechor", también según los apócrifos) y Dimas son símbolo de toda la humanidad. Son el hombre que se niega a ver y el hombre que quiere ver; el hombre de corazón cerrado y el hombre que ha logrado abrir el corazón, los dos arquetipos en cada uno de nosotros. Uno es el hombre perdido, el que renuncia a aceptar la Salvación, el otro, ya está en el Reino hoy, y para Dios siempre es hoy. Lo logra en el momento en que demuestra el nivel de comprensión al que ha llegado y reconoce al Rey de su corazón.
  

                                            MORIR POR ÉL O MORIR CON ÉL

            Quién tuviera una vida por delante para morir por Él… Pero muchos pueden morir por Él. Intuyo que serán miles los que mueran por Él; y solo Gestas y yo tenemos el privilegio de morir con Él. Pero Gestas lo desprecia, su corazón de piedra no podría valorar tal don. Yo, Dimas, durante treinta años ciego, ahora veo Su luz, Lo reconozco y muero con Él.
Quién pudiera vivir un poco más, unos años más, unos días más. Nunca he tenido apego a la vida, la mía ha sido tan miserable que no merece ser llamada vida. Pero este hombre, que es mucho más que un hombre, me está enseñando con su muerte que hay una forma más digna de vivir.
Susana estuvo en aquel monte, escuchándole de cerca, y desde entonces no fue la misma. Ojalá hubiera escuchado yo también sus palabras. Y seguirle, aunque fuera de lejos, verle caminar, aprender sus enseñanzas.
Tanto dolor en un rostro…, pero tan sereno a pesar de la sangre y los ojos hinchados por los golpes. A mí no me han lastimado tanto antes de clavarme al madero. ¿Qué tienen contra Él? ¿Tan peligroso es lo que ha enseñado y ha hecho?
INRI, han puesto en su Cruz, “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”, ha dicho ese soldado que le mira con seriedad, puede que con respeto. Creo que esa inscripción mal tallada es lo más cierto que he leído jamás, pues solo un rey puede morir así, entre criminales, desnudo, humillado, sin perder su majestad, esa expresión tan digna y serena en su agonía.
Si me atreviera a hablarle, si pudiera dirigirme a Él, aunque solo sea para que sepa que no le desprecio como ese infame…, pobre Gestas…
            Vamos Dimas, es tu hora, para eso estás aquí, díselo, que tú crees en él aunque no seas digno de morir a su lado, venga, dile que te recuerde, a ti que no mereces entrar en su Reino, que al menos se acuerde de ti… Ánimo, Dimas, díselo ya…

 

                    Las siete palabras de Cristo en la Cruz. Segunda Palabra, J. Haydn
 
 
EL REY
 
Ahora miremos al Rey que ha logrado transformar con su presencia y su mirada a un delincuente, o solo un pobre desgraciado, en un santo. El Rey que tiene como trono una cruz. Rey del Universo, Rey de Reyes, Rey de los judíos ¿Cómo se le “honró” en aquellos tiempos como rey?
Aclamándole con palmas en su entrada a Jerusalén a lomos de una borriquilla. Homenaje tan poco sincero, o tan inconsciente, que los mismos que le vitorean, pedirán la condena a muerte días después.
Escarneciéndole y burlándose de Su majestad: corona de espinas lacerantes, manto rojo, báculo de caña… Ecce homo por siempre… Varón de dolores…
Con un letrero en su infame patíbulo INRI: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos.
 
Allí, en el Calvario, el Rey volvió a experimentar las tentaciones. El Adversario hace un último intento vano de que claudique, a través de las burlas e ironías de las autoridades, de los soldados, del malhechor crucificado a su izquierda, y, con ese susurro sibilino que siempre se escucha, si estamos atentos, detrás de cada sufrimiento, cada desamparo, cada soledad. Y el Suyo es el sufrimiento más absoluto, porque en esa cruz está clavado todo el dolor, todo el desamparo, la soledad, el pecado y la muerte, asumidos por Aquel que viene a liberarnos de tanta tiniebla por amor.

El Hijo de Dios tiene su título de Rey en la cruz donde se desangra y agoniza. Y nosotros, pobres criaturas, incapaces, limitados, llenos de miserias, ¡qué importancia damos a títulos, vanidades, prestigios, apariencias, casi siempre irreales!
El Hijo de Dios, desnudo, clavado a la cruz bajo su título de Rey, y las paredes de nuestras madrigueras exhibiendo los títulos de nuestras naderías, y nuestros cuerpos disfrazándose de “títulos” aún más insustanciales para aparentar poder, distinción, elegancia, atractivo efímero para un mundo de sombras, agazapadas tras falsos destellos: Armani, Prada, Gucci, Versace, Calvin Klein…
El Hijo de Dios, nuestro Rey, no tiene nada ni quiere nada ni necesita nada para salvarnos con su sufrimiento cuajado de amor.




OTROS SÚBDITOS
 
Hace un año conocí al padre Enrique González. Nada más verle, supe que estaba ante uno de los poquísimos auténticos seguidores de Jesucristo. Sus pies, amoratados por el frío (venía de la sierra, de ayudar, como siempre), en unas viejas sandalias; un jersey sencillo y unos vaqueros gastados, cubriendo un cuerpo más que delgado. Su mirada brillante, sus manos grandes, su rostro destilando paz y compasión, su abrazo sincero, tan cálido que aún lo recuerdo cuando se me enfría el alma.
Pude ver retazos de su obra: camastros sencillos, sábanas y mantas en cajas de plástico trasparente, con nombres rotulados en cada una, esperando a sus pobres usuarios, cajas de galletas…, y un hombre, solo uno a esa hora de la sobremesa para quien tiene mesa y comida sobre ella, acostándose en uno de los camastros azules para echar un sueñecito y descansar u olvidar por un rato su injusta condición. Y en ese hombre de mediana edad, que me dio las buenas tardes con voz ronca mientras se abrigaba con la manta, una de las sonrisas más bellas y sinceras que recuerdo.
El padre Enrique y su obra, Evangelio en acción, Palabra encarnada, discípulo fiel, digno súbdito del Rey del universo y de su corazón.
 
¿Cómo vivir en este mundo absurdo, de opulencia para pocos, de imagen y superficialidad, de figurines vacíos, cartón piedra que camina por las calles con pasos de pasarela, mecánicos y fríos? ¿Cómo vivir entre zombis, sin que te muerdan y te conviertan en uno de ellos?
Si recordamos que nuestro Rey mostró sus credenciales a toda la humanidad clavado a un madero, intentaremos vivir como el padre Enrique, en el mundo sin ser del mundo. Que nuestro afán no sea comer, beber, comprar, vender, sembrar, construir o casarnos o descasarnos (Lc 17, 26-37). Pero, si algo de esto hemos de hacer, que el corazón no se vaya tras los afanes del mundo. Como dice san Pablo, “queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran, los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él. Porque la representación de este mundo se termina” (1 Co 7, 29-31).
 Como el padre Enrique los que puedan; para ellos serán las moradas más cercanas al Maestro en Su Reino. Los demás, los que no son perversos, ni malintencionados, ni siquiera tibios, pero, como el joven rico, no se atreven a soltar todo y apostar a lo grande, que vivan con la dignidad necesaria para seguir a distancia a un Maestro desnudo y azotado, para ser súbditos de un Rey crucificado, coronado de espinas, que por amor agoniza entre dos ladrones.
Como el padre Enrique, los valientes que aún estén a tiempo, o como Dimas los que hayan desperdiciado su vida, pero conserven una fe tan limpia, tan libre, tan sólida, que sean capaces también de soltar todo, darlo todo, reconocer sus miserias y suplicar una mirada, un recuerdo del Rey.
Entonces Él dirá: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Y todo habrá tenido sentido, hasta los errores, felix culpa, que han preparado el alma para aceptar al Redentor.

 

sábado, 19 de octubre de 2013

La obra es uno mismo. Para algunos poetas

 
              "El interés occidental por el mandala se debe en gran medida a la obra del psiquiatra Carl Gustav Jung, que estudió los mandalas orientales y descubrió que sus propiedades integradoras eran beneficiosas en la psicoterapia. Dibujando mandalas, sus pacientes podían comenzar a poner orden en su caos interior.
             La construcción y posterior destrucción de mandalas de arena es una antigua tradición practicada por los monjes budistas del Tibet. Consiste en crear un mandala con granos de arena coloreados; luego es santificado y destruido como parte de un ritual. Según ellos, esto les ayuda a practicar el desapego y a "no codiciar el resultado de sus actos"."
 




 
Gracias por el vídeo y la explicación.
            Sabía que tú lo entenderías. Y eso, que tú lo entiendas y saberlo, es más que suficiente.

 
                                                         Si no os convertís y os hacéis como niños,
                                                         no entraréis en el reino de los cielos.

                                                                                                         Mateo 18, 3


         Nadie entiende esto, solo algunos poetas,
solo ellos me comprenderán.
 
       Carl Gustav Jung


      Solo algunos poetas y algunos de los que han logrado volver a ser como niños pueden comprender que, destruyendo en su dimensión material la obra hecha con consciencia, construimos la Obra invisible, sutil y duradera, lo que no se quemará (1 Cor 3, 11-15).
      Entonces, todos los caminos, a veces aparentemente contradictorios, revelan su sentido oculto y entendemos, con algo más profundo y real, que era necesario recorrerlos para emprender el Camino verdadero.
     La vida empieza a ser lo que siempre fue pero aún no éramos capaces de ver, el escenario maravilloso donde transformarnos, para aprender a interpretar el personaje que nos ha tocado en la Obra que somos.

 

No recordéis las cosas pasadas,
no penséis en lo antiguo.
Mirad, voy a hacer algo nuevo.
Ya está brotando, ¿no lo notáis?

                                                                          Isaías 43, 18-19


                                                Y dijo el que estaba sentado en el trono:
 “Mira, todo lo hago nuevo.”

                                                                                  Apocalipsis 21,5


Qué sublime, irrepetible fuente de Vida, fue la “destrucción del mandala” que Dios llevó a cabo consigo mismo en la persona de Su Hijo. Así se cumplió todo y comenzó la posibilidad de vida eterna para nosotros.


                            Jesús última mirada
                            por sus ojos en cruz por sus bellos ojos sacerdotales
                            se nos viene la eternidad a velocidades incomprensibles
                            sus ojos por fin se cierran y a Dios de pronto se le aparece
                            Dios.

                                                                  J. M. Ibáñez Langlois

 
¿Quién antes o después de Él dijo: “Mira, hago nuevas todas las cosas”? Y es que no hay antes ni hay después de Él.

            Hacer todo nuevo..., más allá de las leyes de los hombres, más allá de las leyes de la naturaleza, más allá de los dioses y el destino, más allá de la muerte, todo nuevo por siempre, con Él, por Él, en Él.

           Nuevas todas las cosas, en tu vida y la mía, y, a partir de nosotros, en el mundo y en todos los mundos posibles y soñados. Vasijas nuevas de un barro viejo, llamas recién encendidas en velas gastadas que llevaban años, siglos sin alumbrar.

            Hacer todo nuevo, atreverse a vaciarse y llegar al centro donde reside el germen de la belleza y la verdad, la raíz de la consciencia, y desde ahí, con esa nueva condición en ti y en mí creada, mirar todas las cosas por vez primera, como si lleváramos años o siglos dormidos o muertos.

          Y descubrir que somos lo que vemos, creándolo y recreándonos, mientras el corazón, pura mirada, se abre y se despliega como una flor enorme, cubriendo con sus pétalos el mundo, renacido.


 
            El ser humano puede rehacerse sin cesar. Es capaz de trascender sus determinismos si se sume en lo más profundo de sí mismo, en el nivel de su ser esencial.
            (…) La transformación es una reestructuración total, radical, no un remiendo ni una chapuza. Es creer que la vida puede ser renovada, que es posible rehacerse un corazón de niño.
                                                                                                          Henri Boulad          



                                               SIC TRANSIT           

Maquillo cada día
mi máscara hermosa
y dejo la otra
en un cajón oscuro.
           
Pronto descubrirán
–las dos sordas, las dos mudas–
su destino inexorable
de humo y cenizas.

Pero yo
ya me habré ido
con la voz y la música a otra parte.





                                   Escena final de Blade Runner, Ridley Scott (1982)
 

viernes, 6 de septiembre de 2013

"Siempre la claridad viene del cielo". Claudio Rodríguez


                          Sacrificaría la vida entera por ese instante único en el que todo se fuga
                          y se abren inmensas grietas en el palacio del mundo.

    Louis Aragon 


 
Moonshadow, Cat Stevens
 
 

                    Nuestra vigilia está más adormecida que el sueño.

             Michel de Montaigne
 
 
            Mientras me deslizo entre las sábanas, en una duermevela atenta, oigo el motor del aire acondicionado del  edificio de la SER, aunque ya no es de la SER. Hacía meses que no lo activaban de noche, tal vez sea por el cambio de propietarios. Cuántos cambios fuera y dentro, dentro y fuera, estos días de gracia en la calle Desengaño…
Me levanto a cerrar la puerta de la terraza, y recorro el salón con el cuerpo de adolescente que los largos paseos conscientes y libres por el mar me han devuelto.
Las luces de la Gran Vía transforman la oscuridad en penumbra y evitan que, somnolienta, tropiece con los muebles.
Al ir a cerrar la balconera alzo la vista y despierto del todo. Ahí está Júpiter, más claro y cercano que nunca, ocupando el lugar de una luna ausente en este cielo inédito. Luna nueva, acorde con mi nueva vida, porque todo vuelve a ser nuevo.
Regreso a la cama para volver a crear sueños lúcidos, sin lunas rojas ni nubes negras, sin sombras ni presagios, sabiendo que esta mirada que Júpiter y yo hemos cruzado es el mejor poema que hoy haya podido concebir, en este mundo y en cualquier otro.
 
 
 
Júpiter sobre Madrid, Dani Caxete



                Arcángel y soberano es nuestro espíritu. No habita en nosotros
                y en las estrellas superiores instala su trono.

Hugo von Hofmannsthal

domingo, 21 de julio de 2013

"El amor es mi peso." San Agustín


 
MARTA Y MARÍA

Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas;
solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán.
 
Lc 10, 41-42
Aún pretendo arreglar desaguisados,
siempre queriendo hacer, corriendo siempre.
Si pudiera, al menos,
mantener la calma y escuchar...

Y contemplar, fiel testigo
del constante fluir que es centinela
de las claves que busco.

Aun creo que controlo, me inquieto, no consigo
encontrar mi atalaya o descubrir
que soy yo la atalaya y la ventana,
el cristal empañado y somnoliento
que ha venido a limpiarse o despertar.






DOS EN UNA
 
Marta – María,
María – Marta,
la misma mujer,
mirada y manos.
 
Hacer cuando hay que hacer,
hacer mirando.
Marta – María – Marta;
dos nombres, un latido.


 
 

                                         Centro de gravedad permanente, Franco Battiato 

 
             Como casi todos, yo también busqué durante muchos años un centro de gravedad permanente. Franco Battiato expresa, con su inimitable lirismo esotérico, apenas comprendido, lo surrealista e incongruente que puede llegar a ser la vida durante esa búsqueda, no siempre fructífera.
            Surrealista parecía también que se mezclaran en mi mente Marta y María, amigas y maestras durante toda la semana, con el centro de gravedad de Battiato.
           Por eso, ayer me resistía a colgar esta entrada. Voy a pasar una temporada junto al mar, y puede que tarde en actualizar los blogs y difuminar con nuevas entradas los "hallazgos" que a veces dejo que se filtren, como guiño a algún compañero de los días de gracia, como catarsis o como juego. Pero al atardecer, mientras recorría con los ojos bien abiertos y el corazón despierto la calle del Arenal para oír Misa en San Ginés, me di cuenta de que esta vieja e inspirada canción se queda corta, porque la locura y la cordura se han entrelazado de tal modo fuera y dentro de nosotros, que solo puede salvarnos  de la catástrofe (que tantos anuncian, como si no la vieran) el único centro de gravedad permanente.
             Cuando Lo encuentras, dentro y fuera, es decir, cuando eres encontrado y felizmente atraído, las piezas del puzzle van encajando, y hasta las mayores locuras, incluso los tremendos errores que lamentas y las incoherencias que quisieras olvidar, empiezan a tener sentido, por haber hecho posible el gran Encuentro y la luz que enciende, iluminando y atrayendo todo.
 



En tu don descansamos. Allí gozamos de ti. Nuestro descanso es nuestro lugar. El amor nos eleva hasta allí. Y tu Espíritu bueno eleva nuestra pequeñez desde las puertas de la muerte.
Nuestra paz está en tu buena voluntad. El cuerpo, por su propio peso, tiende a su lugar. El peso no solo tira hacia abajo, sino hacia el lugar que corresponde a cada cosa. El fuego va hacia arriba; la piedra cae hacia abajo. Cada cosa es movida por su peso y tiende hacia su lugar. El aceite puesto debajo del agua sube hasta ponerse encima; el agua derramada encima del aceite baja hasta ponerse debajo. Los dos actúan de acuerdo con su peso. Cada uno tiende hacia su lugar.
Las cosas menos ordenadas están inquietas. Se las pone en orden y encuentran reposo. El amor es mi peso. Él me lleva a dondequiera que voy. Tu don nos inflama, nos lleva hacia arriba, nos enfervorizamos y caminamos. Subimos con los cánticos de las subidas en el corazón. Cantamos los salmos graduales. Con tu fuego, con tu santo fuego nos enardecemos y caminamos, porque vamos hacia arriba, hacia la paz de Jerusalén.

                                                                           San Agustín, Confesiones XIII, 9





            Tanto en el macrocosmos como en el microcosmos existe un centro único, que lo despliega todo en un acto creativo: "No hay Dios fuera de Dios".

                                                                                              Lluís Serra Llansana


sábado, 6 de julio de 2013

El tono de los días de gracia


            Después de releer La Ilíada, se me quedan algunas frases del final, como música de fondo, durante varios días. Me acompaña su ritmo, me inspira cuando camino por la calle Desengaño, cuando busco un libro o limpio el polvo (a veces tan parecido), cuando salgo a la terraza a encontrarme con los últimos rayos de sol de la tarde, cuando me desperezo como un gato por la mañana.
            Siento cómo me va afinando el tono de los días de gracia el eco musical de estas palabras. Me siento capaz de vibrar en ellas hasta el infinito, o solo hasta la orilla de la laguna Estigia, componiendo versos inmortales.

 
              Habían puesto centinelas por todos lados para no ser sorprendidos si los aqueos, de hermosas grebas, los acometían. Levantado el túmulo, volviéronse; y reunidos después en el palacio del rey Príamo, alumno de Zeus, celebraron un espléndido banquete fúnebre.
              Así hicieron las honras de Héctor, domador de caballos.

                                                                                                         
Un par de días después, no sé por qué extraña asociación subconsciente, o acaso supraconsciente, el eco de Homero es apagado por un poema de Antonio Machado que me acompañó durante años, y no acierto a descubrir qué o quién me lo ha devuelto:


Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
-La tarde cayendo está-.
"En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón".

Y  todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
"Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada".
 

              Pero Homero vuelve a prevalecer; los aguijones dorados que herían al poeta bueno son ahora inofensivos para mí. Hay otra pasión, la única ya, que me mueve y me inspira, un tesoro que el óxido no corroe ni los ladrones roban. Es la perla de gran valor que las sirenas que fracasaron contra Ulises quieren que olvide, y por eso me acosan y me envuelven; ayer, con poemas de amor humano, hoy, de nuevo, con el luctuoso y sugerente canto:
 
              Canta, oh musa, la cólera del Pélida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves; cumplíase la voluntad de Zeus desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.
                                                                                       ***
              En ese momento Zeus padre desplegó su balanza de oro. Colocó dos partes de la muerte que siega todo, una para los troyanos, domadores de caballos, otra para los griegos, acorazados de bronce.
              La tomó por el medio; fue cuando bajó el día fatal para los griegos.




                                         Escena final de Troya, de Wolfgang Petersen


Qué intenso y poético será vivir si sigo vibrando así, susurra con voz de sirena la soñadora romántica que llevo dentro.

            Por la noche, antes de la oración, leo el Evangelio; es el capítulo 17 de Juan, la Oración sacerdotal.

              Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos (Jn 17, 22-26).
 

Qué hermoso y real será vivir si vibro así…; ya no al ritmo que marca Homero, no en la frecuencia de su latido épico; tampoco en la del latido de Machado, melancólico y solitario, sino en la de Juan y su Evangelio.
            Su latido, cierto y fiel, claro e inmortal, su tono, su ritmo, serán mi inspiración, mi música de fondo, la banda sonora del resto de mi vida.
 



                                               Escenas de La Pasión, de Mel Gibson

 
              Es tal la fuerza del mensaje de Jesús que, si además lo escuchamos en arameo, no hace falta leer los subtítulos para que el corazón comprenda, aunque la mente se entretenga en lo anecdótico, o quiera recordarnos que estamos viendo una película.

              Recomiendo vivamente la lectura de El arameo en sus labios, de Abdelmumin Aya, en la editorial Fragmenta.
              Gracias a mi buen amigo Antonio Alcaide por sus sugerencias y recomendaciones, siempre tan acertadas e inspiradoras.


Si conservas y custodias la Palabra
de modo que descienda a lo profundo de tu alma
y se transforme en tus afectos y en tus costumbres,
no cabe duda de que tú también serás conservado por ella.

                                                                                                      San Bernardo