Las personas más bellas con las que me he encontrado son
aquellas que han conocido la derrota, el sufrimiento, la
lucha, la pérdida, y han descubierto su forma de salir de las
profundidades. Estas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una
comprensión de la vida que los llena de compasión, humildad y una profunda
inquietud amorosa. La gente bella no surge de la nada.
Elisabeth
Kübler-Ross
Ana Gimeno, maestra inolvidable, solía
aconsejarnos que, cuando atravesáramos un bache o dudáramos sobre una decisión
a tomar, nos preguntáramos: ¿cuánta gloria va a traerme? Estas cinco palabras, o
la esencia de su mensaje, me han ayudado a serenarme en momentos difíciles, y a
discernir si algo valía o no la pena.
Es fácil ser optimista cuando las
cosas van bien. Lo raro es seguir siéndolo cuando la vida te da un palo, o
varios. ¡Qué bien se calibra entonces el nivel de ser de las personas, su valor
esencial!
El reto es mantener la calma cuando
todo se pone en contra y no hay donde agarrarse. ¿Quién se agarra?, ¿dónde?,
¿cómo?, ¿para qué?
Y, si logras aguantar el tipo, y
puedes aún mirarte al espejo sin avergonzarte, porque no te has traicionado a
ti mismo, y has logrado conservar la dignidad contra viento y marea, descubres
que no necesitas que nada ni nadie de este mundo te sostenga, que tú, asido a
lo Real, eres sostén firme, en un universo que te mira con gratitud y respeto.
Pobre de aquel que no pueda decir
esto de sí mismo cuando suene la trompeta.
Trabajemos mientras hay luz, para que
nos encuentren fieles y dignos, fiables, como lo edificado sobre roca, libres,
capaces de amar.
Hace unos días, Daniel nos recordaba cómo Charles de Foucauld intentó durante toda su vida, con grandes esfuerzos, ser el último, pero al final, y así lo reconoció, tuvo que conformarse con ser el penúltimo, porque el último era, y es siempre, el gran perdedor para el
mundo, el verdadero vencedor en lo Real: Jesucristo.
El perdedor que admiramos
no es el pesimista frustrado, que puede hasta disfrutar morbosamente de su
derrota, sino el ser humano desapegado, alegre y libre, que no teme ni
ambiciona, que se ha liberado de expectativas y falsas creencias, dejando atrás
al fantasma del ganador que soñaba que era.
Otro maestro del saber perder, que ya
ha aparecido por aquí en otras ocasiones, es Alexis Zorba, más conocido como Zorba, el griego, de la novela de Kazantzakis y la
película de Cacoyannis, con esa transparencia de los que se han vuelto como niños, y saben soltar, encajar los fracasos y mirar hacia adelante, sin perder la alegría de vivir.
Y recuerdo una anécdota reciente, uno de esos detalles que, como diría el Principito, suelen pasar inadvertidos para las personas
mayores, y son los que van tejiendo la vida, la Obra
que estamos llamados a culminar.
Estábamos comiendo toda la familia en
una pizzería, celebrando los ochenta años de mi padre, y a mi sobrino pequeño se le derramó la coca-cola en su preciosa
sudadera nueva, color verde pistacho. Fui testigo, como tantas otras veces, de
su sabiduría esencial. Le bastaron cinco segundos de disgusto, o, más bien, de
asombro y aceptación de Lo Que Es, para recuperar su sonrisa luminosa.
Muchos adultos, ante un accidente tan
insignificante, reaccionarían de un modo exagerado, con evidente fastidio; alguno hasta vería
arruinada la comida e incluso la tarde. Un niño sano, aún no corrompido por la
vanidad del mundo, no se permite perder un minuto de vida, de realidad.
A veces hacen falta muchos años, décadas, acaso toda una vida, para
recuperar la inocencia, esa capacidad de asombro, de estar despierto y vivir
de verdad, ya no sobrevivir o malvivir en ese territorio irreal que media entre el miedo y el deseo,
plagado de proyecciones y recuerdos, donde se echan a perder tantas existencias, anodinas y somnolientas.
Con el permiso de mi buen amigo
Antonio, transcribo algo que me dijo hace unos días, cuando reflexionábamos sobre estos temas:
“Es verdad
que los niños son los grandes perdedores, y lo son cuando les quitan esa mirada
especial que poseen y con la que santifican el mundo. Para ser verdaderamente contemplativos, hay que encontrar un equilibrio entre expansión y concentración. Algo
que tanto nos cuesta a los adultos es de lo más sencillo para los niños. Basta verles jugar, para observar como
pueden ser mágicamente expansivos y concentrados a la vez. Solo cuando somos
pobres de espíritu, cuando abandonamos todo lo que nos hace creernos ganadores
en este mundo podemos volver a jugar, en este y en el otro, con la magia de
este equilibrio.”
Audrey Hepburn, irrepetible
"perdedora" en el personaje de la dulce y alocada Holly, de Desayuno con diamantes, y en su
vida sentimental. Qué encantadora y elegante manera de perder...; sin asomo de amargura, con el asombro
intacto de los niños y la generosidad desbordante de los que han comprendido e integrado la única lección que vinimos a aprender, los que han visto la Meta verdadera y hacia ella caminan.
Da
igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
Samuel
Beckett
El astro de tu nacimiento es una estrella
errante y en transformación. Estas, ay, niño de lo venidero, son las maravillas
que darán testimonio de que eres un Dios verdadero.
C. G. Jung
La leyenda de la ciudad sin nombre, Joshua Logan, 1969
Canción: Nací bajo una estrella errante
Nunca
pude entender cómo Elizabeth (Jean Seberg) prefirió a “Socio” (Clint Eastwood),
pudiendo despertarse cada mañana junto al fracasado de voz cascada y alma noble,
Ben Runsom (Lee Marvin). Cuando vi La leyenda
de la ciudad sin nombre por primera vez, me sorprendió que Elizabeth
decidiera quedarse con uno de sus dos “maridos”, en lugar de seguir los
tres juntos, viviendo felices ese “matrimonio” atípico. Estaba convencida de que se
equivocaba renunciando a Ben.
¿Qué
podía hacer que una niña de catorce años se identificara de tal forma con los
perdedores? Me enamoraba el aparentemente burdo, pero digno y generoso Ben,
mientras que el guapo y encantador “Socio” me caía bien, pero me dejaba fría.
Ahora
que todos los libros de autoayuda, talleres de crecimiento personal y demás se
esfuerzan por inculcarnos el pensamiento positivo: “cómo triunfar en la vida”, “leyes
espirituales del éxito”…, reivindico la poética del fracaso, el “no puedo, me
rindo, renuncio”…, la estética y la ética hermosas y crepusculares del
perdedor.
Quizá
por llevarlas tan metidas en las entrañas desde siempre, he fracasado tanto y
tan a fondo. Qué le voy a hacer si se me da bien perder, si lo hago a
conciencia… Tal vez ahí, en hacerlo a conciencia, reside la esencia de la
victoria, ese triunfo que tal vez nadie conocerá, ni falta que hace.
Conozco mis límites y los asumo;
acepto ser el gusanito de Jacob (Is
41, 14-24). No es falsa humildad, sino objetividad, el reconocimiento de la nulidad, que repetía Gurdjieff, como base imprescindible de cualquier camino hacia lo
Real, y que tan sincera y poéticamente expresa San Pablo: “Muy a gusto me
glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso
vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las
persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil,
entonces soy fuerte.” (2 Co 12, 9-10)
Que me atraigan los perdedores
después de haber logrado ser una gran perdedora, sería acaso lógico (¿hay algo
lógico en mi vida?), pero que me gustaran entonces, cuando la vida estaba llena
de promesas… ¿Lo estaba realmente? ¿No son los niños los grandes perdedores del
mundo? ¿Qué hay de prometedor en venir a “la jungla” e ir sumergiéndonos en la
inexorable gran tribulación, perdiendo poco a poco la capacidad de vivir despiertos y
libres?
Pero es aquí donde, en sublime
paradoja, los últimos se vuelven los primeros. Solo el que, a fuerza de golpes,
fracasos, caídas y pérdidas, ha logrado constatar con todo su ser que está en “la
jungla”, es capaz de prepararse para salir de ella, renunciando a la victoria
en el mundo ficticio de los que, estando desnudos, creen llevar el lujoso traje
nuevo del emperador (qué profundo y simbólico el cuento de Andersen). Entonces, como un samurái valiente y sin expectativas, está
preparado para vencer en lo Real, recordando a Aquel que dijo: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Juan 16, 33).
Porque nadie puede vencer al mundo
si no es dejando de “hacer”, en el sentido de afanarse y desvivirse, para
“dejarse hacer”, dejarse respirar, dejarse vivir por la Vida.
Lo
demás son victorias ficticias, de esas del pez grande que se come al chico, o de
los graneros llenos que se pudrirán, porque el necio que ha acumulado sin
sentido, esa noche entregará su vida (Lucas 12, 16-20), o del reconocimiento efímero y ponzoñoso
que pueden dar los dormidos o, peor, los muertos que parecen vivos.
Seguiré entrenándome para saber
perder mejor cada vez, pues no es tan fácil; es preciso un largo e intenso
aprendizaje, ya que el secreto de perder bien, limpiamente, dignamente,
brillantemente, es saber vencer.
¿A
quién? A ti mismo.
Y
después, solo después, con Él, al mundo.
Que se queden los optimistas
recalcitrantes de la new age con el
camino-falacia de la autoliberación. Yo sigo en mi impotencia fértil, que se
inunda de luz cuando recuerdo que no estoy sola en mi limitada condición
humana, en mi caída, porque Alguien, el único verdadero vencedor, también
aparentemente fracasado para el mundo en su momento, me ha levantado y me ha
ensalzado, porque me ama sin medida.
Sí,
a mí, a la perdedora, al desastre, el colmo de la impotencia, nacida bajo una
estrella errante para ser incapaz de ir a ningún sitio… Bendito no-lugar de
donde me ha recogido el Rey de los perdedores, de los fracasados, de los que lloran.
Que “hagan” ellos, los llamados para
la gloria del mundo, mientras yo aprendo a “dejarme hacer”, pues es otra Gloria
la que me llama y me inspira.
No en vano, mis personajes favoritos
de la literatura y el cine son los grandes derrotados, como Sidney Carton, de
Historia de dos Ciudades. Los que saben perder como él son los verdaderos
triunfadores, porque siguen a Aquel que conoció la derrota más amarga, para
alcanzar el único triunfo verdadero.
Historia de dos ciudades, Jack Conway, 1935
Y
así, mi escena favorita de El Quijote, desde que lo leí por primera vez hace más
de tres décadas, es su derrota ante el Caballero de la Blanca Luna. Y de la
novela Martin Eden, su épico suicidio, consciente y lleno de belleza.
De
la Ilíada, cuando el rey Príamo se arrodilla ante Aquiles, asesino de su hijo
Héctor, para recuperar el cadáver destrozado del valiente “domador de
caballos”.
Troya, Wolfgang Petersen, 2004
De
la película, y la novela, Espartaco, la conversación de este con Antonino, a
quien ama como a un hijo, antes de darle una muerte rápida, para evitarle la larga y dolorosa agonía de la crucifixión.
Espartaco, Stanley Kubrick, 1960. Guión de Dalton Trumbo
Por
eso llevo años enamorada de los perdedores de la Antártida, sobre todo de
aquellos cuyo fracaso es más claro: de Scott y de sus cuatro compañeros, frente a todos
los que sobrevivieron, del taciturno, misterioso Mc Nish, más que del carismático y admirado Shackleton, del
alcohólico y noble Johansen, frente al prepotente y déspota Amundsen, el “vencedor”, que llegó a caerme
francamente mal hasta que descubrí que en el fondo era tan perdedor como
Scott, aunque le faltara su elegancia.
En próximas entradas, empezarán a
hablar todos ellos, mis antihéroes de la Antártida, desde ese no lugar–no
tiempo donde me encontraron y me unieron para siempre a su desierto blanco,
fértil como ningún desierto. Porque, aunque para el mundo se pueda decir que
he escrito una novela basada en sus aventuras, en lo Real han sido ellos los que me han
dictado cada palabra, me han hecho vislumbrar cada imagen, latir
en sus venas, morir sus muertes y vivir ese despertar radiante, ese "día de
maravillas", que para cada uno fue el cumplimiento de su destino y su misión.
María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Lucas 2, 19
Bendecid, que para esto hemos sido llamados, para ser herederos de la bendición. 1 Pe 3, 9
Dice Henry Nouwen quedar una bendición crea aquello que pronuncia. La bendición tiene que ver con la afirmación de la bondad original del otro. Tal vez por eso me gusta tanto y me mueve por dentro la Bendición de El Libro de los Números, que la liturgia propone para recibir el nuevo año:
El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre tiy te conceda su favor. El Señor se fije en tiy te conceda la paz.
Números 6, 24-26
Entremos en 2014 con alegría y confianza, saliendo definitivamente del sueño que nos impide reconocer nuestra bondad esencial. Acojamos con gratitud y buen ánimo la bendición que el Señor nos ofrece sin cesar, conscientes de que Él, fiel a su promesa, está con nosotros siempre (Mt 28, 20), en cada acontecimiento, cada encuentro, cada ausencia, cada palabra, cada silencio, cada alegría y cada tristeza, porque nada ni nadie nos puede separar de Su amor (Rom 8, 38-39).
Teniéndole a Él de nuestra parte, nada logrará abatirnos ni robarnos la paz. Entonces, como decía la optimista y audaz Juliana de Norwich, hace más de seiscientos años, todo irá bien, y todo irá bien, y toda clase de cosas irán bien (all shall be well, and all shall be well, and all manner of things shall be well).
Presentación de Jesús en el Templo, Fra Angelico
La mejor, más efectiva y poderosa bendición que podemos dar y darnos tiene que ver con lo que hoy leemos en el Evangelio: y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción (Lc 2, 21).
Si dudamos de que todo irá bien, podemos recordar las palabras de San Bernardo y pronunciar, compartir, pensar y sentir este Nombre nuevo y antiguo, Nombre eterno, que no separa ni divide como el resto de los nombres, sino que ilumina, transforma y da la Vida:
El nombre de Jesús no es sólo luz, también es alimento. ¿No te sientes reconfortado siempre que lo recuerdas? ¿Hay algo que sacie tanto el espíritu del que lo medita? ¿O que pueda reparar tanto las fuerzas perdidas, fortalecer las virtudes, fomentar el amor?
Que el Nombre de Jesús nos bendiga cada día de nuestra vida y que seamos capaces de conservar la gracia y los dones recibidos, meditándolos en el corazón, como hacía María, Madre de Dios, misterio que hoy celebramos para iniciar el nuevo año a la luz misericordiosa de su mirada.
Dejad
que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos
es el reino de Dios. En verdad os digo, el que no reciba el reino de Dios como
un niño, no entrará en él.
Lucas 18, 16-17
En Navidad conmemoramos la venida al mundo del Hijo
de Dios, que se encarna en un niño vulnerable por amor. La actualización de la
Navidad consiste en dejar que Dios encarne en todos y cada uno de nosotros. Para ello hemos de encontrar al Niño Divino tras el niño herido, el
niño roto que somos. Por eso, hoy busco a la Niña Divina en la niña
herida que sigue aquí, porque no existe el tiempo para los que viven
conscientes del Reino.
Esa niña rota y confundida, tras la que se encuentra
la Niña celestial, sigue conmoviéndose cuando recuerda el cuento El gigante egoísta, de Oscar Wilde. Nos
simboliza a todos este gigante que, después de conocer al Niño Divino, es capaz
de despertar, salir de su cárcel egoica y encontrar la Fuente del amor en su
corazón.
Atendamos al niño interior, y recordemos con él esta
historia, que es otra versión de la nuestra:
EL GIGANTE EGOÍSTA
Todas las tardes al salir de la escuela tenían los niños la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y bello, con suave hierba verde. Acá y allá sobre la hierba brotaban hermosas flores semejantes a estrellas, y había doce melocotoneros que en primavera se cubrían de flores delicadas, rosa y perla, y en otoño daban sabroso fruto. Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan melodiosamente que los niños dejaban de jugar para escucharles.
-¡Qué felices somos aquí! -se gritaban unos a otros.
Un día
regresó el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y se
había quedado con él durante siete años. Al cabo de los siete años, había
agotado todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y
decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños que estaban jugando en
el jardín.
-¿Qué
estáis haciendo aquí? -gritó con voz muy bronca.
Y los niños
se escaparon corriendo.
-Mi jardín
es mi jardín -dijo el gigante-; cualquiera puede entender eso, y no permitiré
que nadie más que yo juegue en él.
Así que lo
cercó con una alta tapia, y puso este letrero:
PROHIBIDA LA ENTRADA
BAJO PENA DE
LEY
Era un
gigante muy egoísta. Los pobres niños no tenían ya dónde jugar. Intentaron
jugar en la carretera, pero la carretera estaba muy polvorienta y llena de
duros guijarros, y no les gustaba. Solían dar vueltas alrededor del alto muro
cuando terminaban las clases y hablaban del bello jardín que había al otro
lado.
-¡Qué
felices éramos allí! -se decían.
Luego llegó
la primavera y todo el campo se llenó de florecillas y de pajarillos. Solo en
el jardín del gigante egoísta seguía siendo invierno. A los pájaros no les
interesaba cantar en él, ya que no había niños, y los árboles se olvidaban de
florecer.
En una
ocasión una hermosa flor levantó la cabeza por encima de la hierba, pero cuando
vio el letrero sintió tanta pena por los niños que se volvió a deslizar en la tierra
y se echó a dormir. Los únicos que se alegraron fueron la nieve y la escarcha.
-La
primavera se ha olvidado de este jardín -exclamaron-, así que viviremos aquí todo
el año.
La nieve
cubrió la hierba con su gran manto blanco, y la escarcha pintó todos los árboles
de plata. Luego invitaron al viento del Norte a vivir con ellas, y acudió. Iba envuelto
en pieles, y bramaba todo el día por el jardín, y soplaba sobre las chimeneas
hasta que las tiraba.
-Este es un
lugar delicioso -dijo-. Tenemos que pedir al granizo que nos haga una visita.
Y llegó el
granizo. Todos los días, durante tres horas, repiqueteaba sobre el tejado del
castillo hasta que rompió casi toda la pizarra, y luego corría dando vueltas y
más vueltas por el jardín tan deprisa como podía. Iba vestido de gris, y su
aliento era como el hielo.
-No puedo
comprender por qué la primavera se retrasa tanto en llegar -decía el gigante
egoísta cuando, sentado a la ventana, contemplaba su frío jardín blanco-. Espero
que cambie el tiempo.
Pero la
primavera no llegaba nunca, ni el verano. El otoño dio frutos dorados a todos
los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.
-Es
demasiado egoísta -decía.
Así es que
siempre era invierno allí, y el viento del Norte y el granizo y la escarcha y
la nieve danzaban entre los árboles.
Una mañana,
cuando estaba el gigante en su lecho, despierto, oyó una hermosa música. Sonaba
tan melodiosa a su oído, que pensó que debían de ser los músicos del rey que
pasaban. En realidad era sólo un pequeño pardillo que cantaba delante de su
ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín que
le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de danzar sobre
su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar, y llegó hasta él un perfume delicioso,
a través de la ventana abierta.
-Creo que
la primavera ha llegado por fin -dijo el gigante.
Y saltó del
lecho y se asomó. ¿Y qué es lo que vio? Vio un espectáculo maravilloso. Por una
brecha de la tapia, los niños habían entrado arrastrándose, y estaban sentados
en las ramas de los árboles. En cada árbol de los que podía ver había un niño
pequeño. Y los árboles estaban tan contentos de tener otra vez a los niños, que
se habían cubierto de flores y mecían las ramas suavemente sobre las cabezas
infantiles. Los pájaros revoloteaban y gorjeaban de gozo, y las flores se
asomaban entre la hierba verde y reían. Era una bella escena. Sólo en un rincón
seguía siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y había en él un
niño pequeño; era tan pequeño, que no podía llegar a las ramas del árbol, y
daba vueltas a su alrededor, llorando amargamente. El pobre árbol estaba
todavía enteramente cubierto de escarcha y de nieve, y el viento del Norte
soplaba y bramaba sobre su copa.
-Trepa,
niño -decía el árbol-, e inclinaba las ramas lo más que podía.
Pero el
niñó era demasiado pequeño. Y el corazón del gigante se enterneció mientras
miraba.
-¡Qué
egoísta he sido! -se dijo-; ahora sé por qué la primavera no quería venir aquí.
Subiré a ese pobre niño a la copa del árbol y luego derribaré la tapia, y mi jardín
será el campo de recreo de los niños para siempre jamás. Realmente sentía mucho
lo que había hecho.
Así que
bajó cautelosamente las escaleras y abrió la puerta principal muy suavemente y
salió al jardín. Pero, cuando los niños lo vieron, se asustaron tanto que se
escaparon todos corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno. Solo el niño pequeño
no corrió, pues tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio llegar al gigante.
Y el gigante se acercó a él silenciosamente por detrás y lo cogió con suavidad
en su mano y lo subió al árbol. Y al punto el árbol rompió en flor, y vinieron los
pájaros a cantar en él; y el niño extendió sus dos brazos y rodeó con ellos el cuello
del gigante, y le besó. Y cuando vieron los otros niños que el gigante ya no
era malvado, volvieron corriendo, y con ellos llegó la primavera.
-El jardín
es vuestro ahora, niños -dijo el gigante.
Tomó un hacha
grande y derribó la tapia. Y cuando iba la gente al mercado a las doce encontró
al gigante jugando con los niños en el más bello jardín que habían visto en su
vida. Jugaron todo el día, y al atardecer fueron a decir adiós al gigante.
-Pero
¿dónde está vuestro pequeño compañero -preguntó él-, el niño que subí al árbol?
Era al que
más quería el gigante, porque le había besado.
-No sabemos
-respondieron los niños-; se ha ido.
-Tenéis que
decirle que no deje de venir mañana -dijo el gigante.
Pero los
niños replicaron que no sabían dónde vivía, y que era la primera vez que lo veían;
y el gigante se puso muy triste.
Todas las
tardes, cuando terminaban las clases, los niños iban a jugar con el gigante.
Pero al pequeño a quien él amaba no se le volvió a ver. El gigante era muy cariñoso
con todos los niños; sin embargo, echaba en falta a su primer amiguito, y a menudo
hablaba de él.
-¡Cómo me
gustaría verlo! -solía decir.
Pasaron los
años, y el gigante se volvió muy viejo y muy débil. Ya no podía jugar, así que
se sentaba en un enorme sillón y miraba jugar a los niños, y admiraba su jardín.
-Tengo
muchas bellas flores -decía-, pero los niños son las flores más hermosas.
Una mañana
de invierno miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno,
pues sabía que era tan sólo la primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
De pronto, se frotó los ojos, como si no pudiera creer lo que veía, y miró. Ciertamente era un espectáculo maravilloso. En el rincón más lejano del
jardín había un árbol completamente cubierto de flores blancas; sus ramas eran
todas de oro, y de ellas colgaba fruta de plata, y al pie estaba el niño al que
el gigante había amado.
Bajó
corriendo las escaleras el gigante con gran alegría, y salió al jardín.
Atravesó presurosamente la hierba y se acercó al niño. Y cuando estuvo muy
cerca, su rostro enrojeció
de ira, y dijo:
-¿Quién se
ha atrevido a herirte?
Pues en las
palmas de las manos del niño había señales de dos clavos, y las señales de dos
clavos estaban asimismo en sus piececitos.
-¿Quién se
ha atrevido a herirte? -repitió el gigante-; dímelo y cogeré mi gran espada para
matarle.
-¡No!
-respondió el niño-; estas son las heridas del amor.
-¿Quién
eres tú? -dijo el gigante, y le embargó un extraño temor, y se puso de rodillas
ante el niño.
Y el niño
sonrió al gigante y le dijo:
-Tú me
dejaste una vez jugar en tu jardín; hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el
paraíso.
Y cuando
llegaron corriendo los niños aquella tarde, encontraron al gigante que yacía
muerto bajo el árbol, completamente cubierto de flores blancas.
***
El gigante
egoísta, como Ebenezer Scrooge, el viejo avaro y cascarrabias de Canción de
Navidad de Dickens, aprende que la verdadera alegría surge de compartir, de dar,
dándose uno mismo, con el corazón abierto y desapegado.
Como ellos
logran recuperar el corazón de niños, inocente y libre, también nosotros
podemos volver a ser niños y celebrar una Navidad en la que nada ni nadie quede
excluido para el Amor que regresa. Porque Él siempre está viniendo para el que
lo espera y sale a su encuentro.
Videoclip de la canción
"Hay una luz". 2012
Todos los beneficios generados por la canción,
destinados a la ONG
Cuando exclamo “Señor Jesucristo,
Hijo de Dios”, pienso en Jesús como el Verbo de Dios, que abarca el cielo y la
tierra y se revela a toda la humanidad en modos distintos y con distintos
nombres y formas. Yo considero que su Palabra “ilumina a todos los que vienen a
este mundo”, y aunque es posible que no se reconozca así, está presente en todo
ser humano en las profundidades de sus almas. Más allá de palabras y
pensamientos, más allá de señales y símbolos, este Verbo habla en secreto en
todos los corazones en todo tiempo y lugar. Creo que el Verbo se encarnó en
Jesús de Nazaret y que en él podemos encontrar una forma personal del Verbo a
quien rezar y en quien confiar.
A continuación, un fragmento del
Mathnawî de Rûmî, que estoy releyendo con asombro y gratitud en la acertada
traducción de María Corbí. Cuando uno está alerta y disponible, le va llegando
todo lo que precisa para seguir avanzando en el Camino.
Así sucede cuando
ponemos en primer lugar el Reino: la añadidura viene sola y se pone al servicio
de lo Real, como un súbdito fiel y diligente.
Estas líneas parecen
venir a nosotros para expresar poéticamente lo que hemos comprendido al
contemplar el evangelio de mañana (Mateo 11, 2-11) en el “blog hermano”, www.viaamoris.com.
Quien busca otro que Dios, no es un buscador, es como el dibujo de
un buscador.
Quiere comida, no quiere a Dios. Es una imagen de vida; no le des el pan de vida. Busca bocados dulces, no el recio sabor de Dios. Ama a Dios por el beneficio, no por Él mismo. Se encandila con las palabras sagradas, las imágenes y los
conceptos. Todo eso no es la Esencia. No están enamorados de Él, sino de sus ideas de Él. Los enamorados de sus ideas de Él, sólo se aman a sí mismos. Los conceptos y las imágenes se engendran mediante cualidades y definiciones; “el que es” no es engendrado. Aman sus imágenes y sus conceptos, no la proximidad. Toda imagen y concepto de Él es falso. Con todo, si su amor a las imágenes y los conceptos es sincero,
ellos le conducirán a la realidad. Él es la “no imagen”, pero eso no es un alimento que pueda digerir
cualquier mente y cualquier estómago. Los conceptos y las imágenes que se puedan construir de Él, no son
el mar, son tierra. Los conceptos y las imágenes no son el sentir de la proximidad. Las imágenes y los conceptos son un velo que le oculta. Quienes se confunden, confunden la tristeza y la alegría
representada, con la sentida. Las imágenes, como los dibujos, están para que no nos paremos en
ellos, sino para que nos ayuden a entender la realidad, para que nos sirvan de
trampolín para acercarnos al umbral. No te quedes en los conceptos y las imágenes, desnúdate de ellas y
sumérgete en la realidad. Desnúdate y entra en el mar. Sólo
desnudo se puede entrar en el mar y hacerse mar.
Mientras reflexionaba
sobre el pasaje del Evangelio que me ha acompañado toda la semana, he
recordado un precioso librito que me recomendó José Aguilella, párroco de
Sant Jaume, en Oropesa del Mar: “Señor Dios, soy Anna”, de Fynn (Sydney Hopkins). Lo he vuelto a hojear y
he encontrado muchos páginas que inciden en la misma idea: la fe adulta no consiste
en creer en Dios sino en tener una experiencia real de Dios. En el libro es
Anna, una niña de diez años, la que nos muestra esa fe consciente y viva, libre
de prejuicios, creencias muertas, condicionamientos y expectativas:
La seguridad era fácil. Bastaba con
aceptar al Señor Dios como a un superhombre que hacía más o menos seis meses
que no se afeitaba, a unos ángeles que parecían hombres y mujeres con alas, a
unos querubines con aspecto de bebés regordetes con alitas que no podrían
sostener a un gorrión, y mucho menos los quince kilos de un infante mofletudo.
En cambio, la salvación sólo era posible para Anna en ese acto de violencia
creativa contra las imágenes de la seguridad.
Anna vivía cada minuto de cada día,
aceptaba totalmente su vida y, al aceptar la vida, aceptaba también la muerte.
La muerte era un tema de conversación bastante frecuente con Anna, pero jamás
era algo mórbido o ansioso; simplemente, algo que sucedería en un momento u
otro, y era mejor haber llegado a entenderlo un poco antes de que ocurriera,
que esperar al momento mismo de la muerte y ser entonces presa del pánico. Para
Anna, la muerte era un abrirse a nuevas posibilidades.
Sirvan estos hallazgos
como homenaje a San Juan de la Cruz, del que hoy celebramos la festividad, el gran
poeta místico, cuyo anhelo esencial le llevó a trascender imágenes, creencias,
doctrinas heredadas, formas transitorias, hasta alcanzar el corazón encendido
del Ser. En él sigue ardiendo sin consumirse.
A
los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea,
llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la
estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su
presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú
entre las mujeres”. Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué
saludo era aquel. El ángel le dijo: "No temas, María, porque has encontrado
gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás
por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le
dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y
su reino no tendrá fin". Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco
varón?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza
del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se
llamará Hijo de Dios”. Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su
vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril,
porque para Dios nada hay imposible". María contestó: “Aquí está la esclava del
Señor, hágase en mí según tu palabra”.
La Anunciación, Fra Angélico
María es icono de la Iglesia, símbolo y anticipación de la humanidad transfigurada por la gracia, modelo y esperanza segura para cuantos avanzan hacia la Jerusalén del cielo.
Juan Pablo II
La dicha de María ha sido mayor porque Dios nació espiritualmente en su alma que porque nació de ella según la carne.
Agustín de Hipona
Mientras preparamos nuestro hogar interior para poder recibir y acoger a Aquel que viene, que siempre está viniendo, celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción.
María, la nueva Eva, como la vieron los Padres de la Iglesia, es inmaculada desde que fue concebida por Joaquín y Ana; no necesitó purificación ni transformación.Nació sin mancha para poder ser el receptáculo humano del Verbo, el seno virginal donde se gestó el Hijo de Dios.
Porque María era completa y absolutamente virgen. No solo no conocía varón, como dijo al ángel con transparencia, algo que está al alcance de cualquier criatura, sino que, además, y sobre todo, era esencialmente virgen, originalmente virgen, eternamente virgen.
Dios se había reservado una criatura incontaminada para que fuera la madre de Su Hijo. En palabras del Maestro Eckhart:“Virgen indica alguien que está vacío de toda imagen extraña, tan vacío como cuando todavía no era. Libre y vacío, por amor de la voluntad divina, para cumplirla sin interrupción.”
"Llena de gracia", es el título que la otorga el arcángel Gabriel (Lucas 1, 28), lo que quiere decir que en ella todo había sido renovado desde el inicio de los tiempos. Su alma, diáfana para dejarse traspasar por la Luz, su espíritu, eternamente puro, hasta los átomos de su cuerpo, todo había sido preservado de cualquier mancha de egoísmo.
Ninguna otra criatura nació en ese estado de pureza primordial. Sin embargo, también nosotros estamos llamados a dar a luz a Cristo. Podemos y debemos lograr que Él nazca espiritualmente en nuestras almas. ¡Qué plenitud de sentido puede darnos tan maravillosa misión!
¿Cómo ha de ser una madre espiritual de Dios? ¿En qué debemos transformarnos para poder dar a luz al Cristo interior? En vírgenes de alma o de espíritu, disponibles sin reserva, mental y emocionalmente liberados de las seducciones de lo material, de la figura, imagen o representación de este mundo que ha de pasar, que ya está pasando para quien puede percibirlo.
Y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva, porque esa virginidad del alma va unida a una fecundidad prodigiosa como la de María, virgen y madre. Una fecundidad que, si se alcanza, se desborda para ser compartida, se expande gozosa sin límite ni obstáculo.
María, la Inmaculada, es nuestro modelo por excelencia, la primera criatura en la que se produjo el misterio del “nacimiento interior del Cristo”. Si seguimos la estela de su Luz llegaremos a la meta. El camino pasa necesariamente por imitar sus virtudes y hacernos humildes, disponibles, vacíos de ego, libres del mundo y sus afanes, llenos de amor para poder entregarnos y servir.
Nada hay en la fiesta que celebramos hoy, o en el culto de hiperdulía que damos a la Virgen, de sensiblero o almibarado, como a veces parecen sugerir quienes aún no pueden abrirse al Misterio inefable que es Jesucristo, y que también es Su Madre, el rayo de lo Absoluto más cercano a la tierra y al ser humano.
A pesar de la confusión que pueda crear cierta iconografía o esa obsesión por los “mensajes proféticos” que proliferan, quejumbrosos, en internet, María está muy alejada del remilgo y de la sumisión pasiva y conservadora. Siempre atenta, audaz y coherente, ya lo dijo todo en los Evangelios. Basta con evocar sus contadas y fundamentales apariciones en los textos sagrados, o con recitar de vez en cuando esa oración alegre, entusiasta y revolucionaria que es el Magníficat (Lucas, 1, 46-55).
Si unimos ese maravilloso himno de alabanza, amor y subversión de lo injusto, a la valiente aceptación inicial: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1, 38), al imperativo “Haced lo que Él os diga”, en Caná (Juan 2, 5), y a su presencia silenciosa ante la Cruz (Juan 19, 25) y en Pentecostés (Hechos 1, 14; 2, 1), tenemos el legado de nuestra Madre, la más sencilla y completa guía de Vida.
“Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí;
su nombre es santo
y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos,
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.”