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domingo, 11 de septiembre de 2022

El Padre y el tercer Hijo. El camino de regreso al Reino de la alegría


Evangelio según san Lucas 15, 1-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo esta parábola: “Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.” Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las vecinas para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido”. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta. También les dijo: “Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.”  El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a su campo a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado”.” 

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Detalle del cuadro El hijo pródigo, de Rembrandt, donde se aprecian las manos del Padre: una, femenina, y otra, masculina, porque Dios es Padre y Madre.

Mientras el arrepentimiento anda a su lento paso, la misericordia corre, vuela, precipita las etapas, anticipa el perdón, manda delante, como un heraldo, la alegría.
                                                                                                   J. M. Cabodevilla
  
Si nos buscas, búscanos en la alegría, porque somos los habitantes del reino de la alegría.
                                                                                                                      Rumi

Después de releer esta parábola tan conocida y llena de enseñanzas, cada uno debe descubrir qué papel o qué papeles ha interpretado a lo largo de su vida y los que está interpretando hoy. Los personajes del drama se repiten con infinitos matices en nuestras vidas, alternándose o fusionándose a veces, en uno mismo.


EL HIJO PRÓDIGO Y EL HIJO CUMPLIDOR

El hijo menor carece de malicia en su extravío. Es irresponsable, caprichoso e inmaduro, pero no tiene el corazón turbio ni el alma retorcida. En su decisión de volver, le mueve el hambre, pero sabe reconocer que ha hecho mal.

El otro hijo es cumplidor, de los del cumplimiento, “cumplo y miento”. Envidioso y resentido, no es capaz de amar ni de ver sus propias sombras. Nos hace recordar a tantas parejas de hermanos bíblicas en las que el amor brilla por su ausencia: Caín y Abel, Esaú y Jacob, José y sus hermanos, Absalón y Amnón, Salomón y Adonías.

El pequeño es soñador; por anhelo de aventuras abandona la vida real, pero acaba experimentando una conversión. Le queda mucho por trabajarse, está muy lejos de ser el hombre nuevo al que apuntan los Evangelios, pero ya está en el camino que lleva a la verdadera libertad.

El mayor, despectivo y soberbio, que parece haber imaginado con envidia concupiscente la vida de lujo y disipación del pequeño, tampoco es capaz de vivir en lo real, porque está aferrado a su propia idea del bien y del mal. No se da cuenta de que esa tendencia al juicio y la condena le tiene aprisionado. Ni siquiera es capaz de intuir que se puede mirar de otra forma, sentir de otra forma, vivir de otra forma.

El pródigo es arrastrado por un exceso de imaginación y un talante hedonista, aventurero, mujeriego o romántico, pero es suficientemente humilde para reconocer sus faltas y arrepentirse. ¡Ay del cumplidor sin corazón!, ¡ay del prudente por cobardía…!, me parece escuchar a Jesús.

Es fácil preferir al derrochón pero ingenuo hermano pequeño, frente al intolerante hermano mayor que nos recuerda a esos “justos” o “puros” que denuncia Jesús, que han perdido el verdadero sentido de la justicia y la pureza, y tienen el corazón cerrado, encogido, incapaz de perdonar y acoger.  
           
El hijo pródigo es el que se arrepiente por el hambre, pero su alma ha sido acrisolada por la ausencia y la amargura. Reconoce su falta y se echa a los hombros la vergüenza. ¿Por hambre? Sí, y por soledad y ausencia. Su sufrimiento consciente y la valentía de regresar vale infinitamente más que el hipócrita, vano cumplimiento de las leyes.


EL PADRE Y EL TERCER HIJO

Como Cabodevilla, Martín Descalzo, Papini y tantos otros, necesitamos evocar a un tercer hijo para este padre, cuya alegría es capaz de borrar toda amargura, toda justificación, todo reproche, todas las lágrimas. El corazón se abre al presenciar esa alegría, el alma tiembla… Nos entristece pensar que un padre así no sea correspondido en su infinito amor.

El tercer hijo existe y es como el padre, puro amor, perdón, misericordia. El tercer hijo es el que nos está contando la parábola, Jesús. Lo es cada vez que abrimos el Evangelio por esa página y también cada vez que observamos en nosotros esa tendencia al desamor que nos hace ser como el pródigo o como el cumplidor.

Que cada uno mire cara a cara al hijo pródigo, despilfarrador e ingenuo, irresponsable, hedonista y capaz de arrepentirse que lleva dentro, y al hijo cumplidor, hipócrita, envidioso, de corazón endurecido que también lleva dentro. Que se observe implacablemente, hasta que sorprenda a uno u otro, con sus infinitos matices, en plena actuación, y vaya descubriendo qué puede hacer para ser solo amor incondicional, perdón infinito, alegría desbordante, como el Padre. O como ese Tercer Hijo que todos necesitamos evocar, el Único Hijo digno de tal Padre, la expresión más cierta del amor y la misericordia, Jesús de Nazaret.

Conscientes de que todos cargamos con un pródigo inmaduro y un cumplidor endurecido, miremos al Padre en Su rostro visible, Jesucristo, para aprender de Él a perdonar, acoger con alegría y amar sin condiciones. Mirarle a Él, mantenernos unidos a Él, nos va transformando en Él, que es todo gracia, luz, alegría desbordante.


EL REINO DE LA ALEGRÍA 

Se ha escrito tanto, y desde tantas perspectivas diferentes, sobre esta parábola, que me parece oportuno ponerle imágenes, para redescubrir de otra manera que los Evangelios están hablando de nosotros y para nosotros. Es un buen ejercicio recordar cuándo y cómo recibimos el abrazo de perdón, amor y alegría del Padre.

Veamos cómo lo recibe el que fue violento mercenario y traficante de esclavos, Rodrigo Mendoza, del padre Gabriel, de los guaraníes y de sí mismo, tras ser liberado de su brutal penitencia, autoimpuesta por haber matado en duelo a su hermano. 

     La Misión, R. Joffé (1986), con Robert de Niro, Jeremy Irons y Liam Neeson.

Veo en Rodrigo Mendoza al hijo pródigo, de sangre caliente, esencia pura y corazón noble, pero también al hermano mayor, intolerante, duro, resentido. En el momento del perdón y la alegría, veo a los dos, despertando de un mal sueño, y veo, sobre todo, al Padre y al Tercer Hijo. Un buen ejemplo de cómo los personajes de la parábola pueden alternarse, fundirse, integrarse, para que cada uno de los que la leen, la escuchan, la recuerdan, despierte, abra el corazón y se transforme.  

Como objetivo de esta desgraciada vida, Tú solo me bastas.
Yo sé bien cómo será mi partida.
Dirán: “¿Qué méritos ha hecho?”
Tú me bastas como respuesta.

                       Rumi

jueves, 8 de septiembre de 2022

Aurora que anuncia el Día de la Luz y de la Gracia

 

Evangelio según san Mateo 1, 18-23

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: "José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su Pueblo de los pecados". Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por el Profeta: “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que  significa: "Dios con nosotros".


Nacimiento de María, Zurbarán

La dicha de María ha sido mayor porque Dios nació espiritualmente en su alma que porque nació de ella según la carne.
                          San Agustín 

María es mucho más que una criatura fiel a la Voluntad de Dios, que aceptó ser la madre del Verbo encarnado. Nuestra Madre del Cielo, cuyo Nacimiento hoy celebramos, es el Paraíso de Dios, el gozo de la Santísima Trinidad desde su misma Inmaculada Concepción. Si Dios ama al ser humano después de la caída es a través de la Santísima Virgen, por ella y en ella. Por eso se dice que es la intercesora entre Dios y las criaturas y medianera de todas las gracias.

Contemplando el misterio de la Virgen-Madre, una con Su Hijo desde el Sí que hizo posible la Salvación, descubrimos que, unidos a ella, nos unimos a Él. Por eso María es porta coeli y camino seguro hacia la vida eterna. www.viaamoris.blogspot.com  

Este es uno de los consejos de San Maximiliano María Kolbe: "Ámala como Madre, con toda generosidad; Ella te ama hasta sacrificar al Hijo de Dios; en la anunciación te acogió como Hijo, Ella te hará semejante a sí misma, te hará cada vez más inmaculado, te nutrirá con la leche de su gracia. Déjate sólo guiar por ella, déjate plasmar cada vez más libremente por ella".

En los escritos La Reina del Cielo, dictados por nuestra Madre y Reina a Luisa Piccarreta, es la propia María quien nos relata su prodigioso nacimiento.

Miguel Cabrera: Creación del alma de María. | Imágenes de jesus, Imágenes  religiosas, Arte
Creación del alma de María, Miguel Cabrera

Es el alba que pone en fuga la noche del querer humano, es la aurora que anunciaba a los corazones el día suspirado de la Luz y de la Gracia.

El alma a la reina del cielo: ¡Mamá Santa, hoy vengo a contemplar el admirable portento de tu nacimiento! Me postro delante de tu cuna, ante la cual se encuentran arrobados tu madre Ana y tu padre Joaquín. Tu dulce mirada, el movimiento de tus manitas me atraen irresistiblemente hacia Ti y me muestran que Tú quieres abrazarme y estrecharme a tu Corazón lleno de amor. Tú que eres el alba precursora del FIAT Divino en la tierra inúndame de luz divina y pon en fuga de mi alma y del mundo entero la tenebrosa noche del querer humano.

Lección de la Reina del Cielo: Hija mía, ¡si tú supieras cuánto gozo siento al verme tan amada por ti! Tú quieres que Yo ejerza en tu alma mi oficio de Mamá y de Reina y que te enseñe el modo de vivir en el Reino de la Divina Voluntad. Acércate a Mí y escúchame: mi nacimiento en la tierra fue también prodigioso y constituyó el alba que puso en fuga la noche del querer humano. En ese día los Cielos quedaron estupefactos, el sol me dio su luz, el Universo exultó de alegría, los ángeles, en competencia rodearon mi cuna para glorificarme y para estar prontos a mis deseos. Sí, todas las cosas me ofrecieron su propia alabanza, todas quisieron festejar mi nacimiento; nacimiento portentoso como nunca había habido ni nunca habrá. El Sol de la Divina Voluntad estaba encerrado en la bendita y santa tierra de mi humanidad, la cual debía producir las más inesperadas floraciones. Aun recién nacida Yo constituía el máximo prodigio, porque el Querer Divino, reinando en Mí, encerraba en mi alma un cielo más sereno, un sol más refulgente que el mismo de la Creación y un mar de gracia sin fin. Estando dotada de razón y de ciencia infundida en Mí por el Creador, Yo sentí ante todo el deber de adorar con toda la efusión de mi alma a la Santísima Trinidad. En la hoguera de mi amor hacia una Majestad tan excelsa, Yo languidecía y deliraba por el deseo de encontrarme entre sus brazos, abismada en un recíproco y ternísimo abrazo. En cuanto abrí los ojos a la luz, los dirigí a este bajo mundo y fui en busca de todos mis hijos, para darles mi afecto materno, para regenerarlos a nueva vida de amor y de gracia, para hacerlos entrar en el Reino del FIAT Divino. Ninguno de ellos escapó de mi vista y también tú, hija mía, estabas presente. Como Reina y como Madre encerré a todos mis hijos en mi Corazón, para ponerlos a salvo de cualquier peligro. Pero... ¿cuál no sería mi dolor al ver que los hombres vivían como inmersos en un abismo de tinieblas, porque se dejaban dominar de su propio querer? Consumiéndome entonces en amor, me elevé hasta la Trinidad Adorable y le supliqué: “Divino Padre, Hijo y Espíritu Santo, Yo me siento feliz; me siento Reina, pero entre tanto una pena de intensa amargura tortura mi Corazón; sufro por mis hijos que son infelices... porque son esclavos de su voluntad rebelde. ¿Cómo podría gozar sabiendo que ellos están por ser arrollados por un huracán de debilidades, de peligros, de caídas en el mal? Tened piedad, Padre y Señor mío;” y suplicaba de nuevo: “completad mi gozo, salvad a estos pobres hijos, haced descender a vuestro Verbo Eterno a la tierra y todo será reparado. Yo no me iré, no me desprenderé de vuestro abrazo hasta que me hayáis acordado el Decreto de Gracia por medio del cual pueda llevar a los hombres la buena nueva de su Redención”. Establecía así un admirable comercio entre el Cielo y la tierra y formaba en torno a Mí la aurora que extendiéndose al mundo entero, anunciaba a cada corazón humano la venida del Verbo. ¿Comprendes ahora, hija mía, cuánto me costó tu alma? Por ella derramé mis primeras lágrimas inocentes y tuve amargado el océano infinito de mis gozos. Debes saber que cada vez que haces tu voluntad no sólo formas en ti misma una obscura noche que te envuelve, te paraliza en el bien, te hace perder la luz divina y meridiana del Querer Santo, sino que además te hace causa de penas indecibles a mi Corazón de Madre. Por el afecto que te tengo, te pido que renuncies a tu voluntad y te sometas en todo a la Voluntad de tu Sumo Creador.

El alma: Mamá Celestial, sintiéndome enseñada por Ti, apenas recién nacida, lecciones tan santas, yo quedo al mismo tiempo raptada por la profundidad de tu amor y temerosa por el peligro al cual estoy continuamente expuesta. Frente a tu cuna y por el misterio de tu nacimiento prodigioso, te suplico que hagas descender en mí y en todos los hijos la potencia, el amor y las alegrías que inundan tu Corazón, a fin de que nuestro querer pueda ser uno, como el tuyo con el Santo Querer de Dios.

                                  198. Diálogos Divinos. María, ¿Corredentora? II

sábado, 3 de septiembre de 2022

"Alter Christus"

 

Evangelio según san Lucas 14, 25-33

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.”

                                               El sermón del monte, Carl Heinrich Bloch

Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia.
          Hebreos 12, 2

El abandono consiste en librarse de las propias particularidades personales con la finalidad de crear en sí el espacio para la presencia y la acción de Dios.
                                                                             Edith Stein

La primera lectura de hoy (Sab 9, 13-18) nos introduce en lo que nos va a mostrar de forma contundente el Evangelio, al mencionar lo que lastra el alma. Va haciendo un desglose de las limitaciones humanas: pensamientos mezquinos, razonamientos falibles, cuerpo mortal, ignorancia... Iniciar el camino de la Sabiduría exige conectar con esa parte de nosotros llamada a perdurar. Solo el Espíritu de la Verdad, que Jesús da a los que se lo piden (Lc 11,13),  puede ayudarnos a realizar esa “conexión” y permanecer en el nivel de conciencia que permite superar la falacia de los pares de opuestos, el mundo ilusorio de la dualidad.

Como nos recuerda el Salmo 89, Dios es nuestro refugio desde siempre. Por eso hay que desapegarse de lo transitorio, conscientes de que nuestros más elevados bienes nos vienen de lo alto y que si ponemos el corazón en lo material, siempre efímero, lo perdemos todo.

La segunda lectura (Flm 9b-10.12-17) vuelve a hablar de los lazos espirituales, infinitamente superiores a los carnales. Porque la libertad a la que nos guía la Sabiduría fortalece la fraternidad; escuchar a Cristo y cumplir la voluntad del Padre es conectar con la verdadera familia (Lc 8, 21). Ese nivel de ser nos dará las herramientas y materiales necesarios para acabar la construcción de la torre, y el ejército necesario para detener a cualquier oponente.

Los cristianos aceptamos de buen grado las limitaciones de la condición humana, con la esperanza de que serán trascendidas, porque Jesús ha venido a ensalzar todo lo que estaba caído. La opción de Cristo, el seguimiento consciente y libre, nos otorga ya, aquí y ahora, la vida eterna, plena y gloriosa. Hacer de Él nuestra referencia, ese es el Camino. Quien mantiene sus ojos fijos en Él no pierde nada, porque la perspectiva se amplía hasta lo infinito, y todo se va transfigurando, iluminado por la luz de Jesucristo.

Estamos de nuevo ante el “camino del no soy” que tantas veces hemos contemplado: de la riqueza a la pobreza; del orgullo a la humildad; de la idolatría de los bienes del mundo, a la desposesión que hace posible la entrega total.

Hoy se mencionan los lazos familiares, los apegos humanos, tal vez los más difíciles de soltar. La clave de que no hay que abandonar literalmente a los seres queridos está en las palabras “incluso a sí mismo”. Lo que se nos pide es renunciar a lo que hay de egoísmo, de posesividad en esos afectos. 

Renuncio a mí mismo, pero soy yo quien sigue a Cristo. Renuncio a padre y madre, hermanos, amigos, sin abandonarles. Amándoles y sirviéndoles de un modo no exclusivo, codicioso o dependiente, es como sigo al Maestro, que nos enseña a ser libres para amar de verdad, sin la cizaña del apego y el egoísmo. Renuncio al ego y al ap-ego para aprender a ser el “yo” que Él quiere que sea, el que el Padre concibió antes incluso de que mi madre me soñara, antes aún de que ella naciera (Is 49, 1). Renuncio al ego que este mundo, con sus condicionamientos, expectativas y prejuicios, ha ido alimentando, para ser quien Jesucristo recreó en el Árbol de la Vida que es la Cruz.

Corremos el riesgo de ser tan optimistas y sentirnos tan seguros de nosotros mismos que no calculemos los gastos a la hora de construir "la torre", la obra que es nuestra vida. Es esencial reconocer la propia nulidad, mantener una constante atención para ser consciente de las propias limitaciones. El que no realiza esta ardua tarea no se entregará con absoluta confianza al Maestro. Porque en eso consiste renunciar a todo, incluso a sí mismo, por Él: en darse por entero. Y para darse, hay que tenerse. No puedo dar lo que no tengo; he de ser dueño de mí mismo para poder darme.

En ese proceso que me permite ser dueño de mí para darme, es donde debo calcular los gastos con objetividad y rigor. Entonces ya no seré una marioneta en manos de las circunstancias, los pensamientos y emociones terrenales que desglosa la primera lectura, tan diferentes de la lúcida conciencia de mi propia limitación.

La verdadera traducción no es “posponer” (Lc 14, 26), sino “odiar”, de miseô. Es el mismo verbo que se usa en Mc 13, 13; Mt 24, 9s; 10, 22; Lc 21, 17; 6, 2, cuando se dice que seremos “odiosos” a causa de Jesús. No se nos pide que odiemos a nuestros seres queridos, claro, sino que rechacemos en nuestro amor por ellos lo humano separado de lo divino. Se trata de escoger lo real, lo eterno, lo creado y amado por Dios antes de que la voluntad humana se separara de la Divina y quisiera ser Dios sin Dios. Volver al Plan Original nos hará recuperar lo que hemos dejado, pero transfigurado y enaltecido. Es lo que canta un himno de la liturgia de las horas: "la pura eternidad de cuanto amo", que inserto abajo.

El jueves celebraremos la Natividad de la Virgen María. Ella es modelo de renuncia, pues para decir sí a la increíble propuesta que Dios le hacía, no solo tuvo que renunciar a la lógica y a la seguridad, sino también a los sueños y proyectos de cualquier adolescente de la Galilea de entonces: entregarse a su marido, dar a luz varios hijos, criarlos a todos, verlos crecer y hacerse adultos felices y respetados, confiar en que fueran su apoyo en la vejez... Ella es modelo y maestra para todos, porque Jesús no está hablando solo para los apóstoles, ni siquiera para los discípulos más cercanos, sino a la "mucha gente que lo acompañaba", esto es, nos lo está diciendo a todos. La renuncia radical a los apegos y cargar con la propia cruz para seguirle son una consigna universal. 

Abraham estaba dispuesto a matar a su único hijo, Isaac, tan querido, para cumplir la voluntad de Dios. Todos tenemos un “Isaac” en nuestras vidas, una persona, un proyecto, una forma de vida, un anhelo, alguien o algo cuya pérdida nos rompería el corazón. Pero solo un corazón roto, o dispuesto a ser destrozado por amor, puede ser un corazón verdadero, ya no de piedra, ni cerrado o protegido para evitar el sufrimiento, sino de carne, abierto y disponible para amar. 

Tras el temor opaco de las lágrimas,
no estoy yo solo.
Tras el profundo velo de mi sangre,
no estoy yo solo.

Tras la primera música del día,
no estoy yo solo.
Tras la postrera luz de las montañas,
no estoy yo solo.

Tras el estéril gozo de las horas,
no estoy yo solo.
Tras el augurio helado del espejo,
no estoy yo solo.

No estoy yo solo; me acompaña, en vela,
la pura eternidad de cuanto amo.
Vivimos junto a Dios eternamente.


sábado, 13 de agosto de 2022

La Asunción de María, nuestra esperanza


Evangelio según san Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.» María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

La Asunción de la Virgen María, Murillo


Aunque las estrellas del cielo se convirtiesen en lenguas, y las arenas del mar en palabras, no se llegaría nunca a expresar por completo la dignidad de María.
                                                                                                      Santo Tomás de Villanueva


Celebramos la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos, en cuerpo y alma: la primera vez que llega la Divina Voluntad triunfante al Cielo en una criatura. Jesús hizo el camino descendente al vientre de mujer. La mujer hace el camino ascendente al seno del Padre, al Cielo, a la Vida. Es por eso, como le explica Jesús a Luisa Piccarreta, la gran Fiesta de la Divina Voluntad. Tan importante para nuestra esperanza como la Pascua de Resurrección, o más... Asunción: hacia (a) el sol (sun). Hacia el Sol de Sion, que es Cristo, el Cielo de Su Humanidad, previo al Cielo de la Divinidad, donde Dios será todo en todos. 

La alegría de la Asunción nace de sentirnos habitados por el Señor. Más que habitados, fundidos con Él, que nos va transfigurando, aligerando, elevando. Porque la grandeza de María consiste en que ha dejado que Dios sea grande en ella. Dios nos ha dado la victoria sobre la muerte por Jesucristo, para liberarnos y para que vivamos ya vida de resucitados. Porque también quiere ser grande en nosotros. 

“Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. Bienaventurados, dichosos, benditos si miramos y escuchamos al Verbo, si nos abrimos a Él hasta el punto de que sea Él quien viva en cada uno. Contemplamos la Asunción, la Pascua de María, su paso del estado de vida terrena a la vida en Dios. Es el culmen de la liberación y nos permite intuir la obra de reunificación interior, que Dios quiere hacer en cada criatura para devolverle la coherencia y fundirla con la Verdad y el Amor. 

María Santísima es hija, madre, esposa de la Verdad y del Amor, y quiere que lo seamos también. Dejemos de caminar cabizbajos, arrastrando los pies, encorvándonos hacia la tierra. Dejémonos elevar con María, unificados en la Vida de Dios que es nuestra Vida.

No tienes que salvar tu alma, eso ya lo hizo Cristo por ti. Tienes que pisar la cabeza de la serpiente con la Virgen-Madre, para, como ella, elevarte y ascender. Ella, que aparentemente no hizo nada más que decir sí, contemplar y acompañar, lo hizo todo, porque se dejó hacer desde el inicio hasta el final, que es el verdadero comienzo. Cuando en la película de tu vida esté próximo el “The End”, recuerda que es el anuncio de la Vida verdadera.

Antes de que llegue ese momento, vivamos ya aquí vida de Cielo. Sal de ti mismo; como Abraham, deja tu “tierra”, ponte en camino, con ligereza, despegándote poco a poco del suelo, ascendiendo ya, elevándote de amor y disponibilidad. 

El Magnificat expresa por qué María fue asunta al Cielo: humilde y valiente, desapegada, confiada, pura alabanza a Dios. Se anuló, no cargó con ningún lastre, solo miraba a Dios y, por Él, a las necesidades de los demás. “No les queda vino”; no veía sus propias carencias, no pedía nada para sí. “Haced lo que él os diga”; se une a la Palabra y la Palabra hace en ella todo y la eleva. www.viaamoris.blogspot.com 

El Magnificat expresa esa recapitulación que está en el centro del Plan de Dios, de su obra sobre nuestro barro: la glorificación del ser humano. Dejemos la miseria, la angustia, las limitaciones en manos de Dios, para mirarle solo a Él. Lo que sobra, lo que no puede ser asumido en Él, irá cayendo, como hojarasca que el viento barre. 

Sal de tu casa y de tu tierra, porque tu Señor quiere darte otra casa y otra tierra, tu herencia, tu fortuna. Como Abraham, lo doy todo, hasta lo más querido, y Jesús me hace ver que Él ya se ha sacrificado por mí y, a cambio de mi entrega, me promete Su victoria.
                                    Diálogos Divinos, La Fiesta de la Divina Voluntad

sábado, 6 de agosto de 2022

Solo Dios basta

 

Evangelio según San Lucas 12, 32-48 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas: Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y si llega entrada la noche o de madrugada, y los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que, si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre. Pedro le preguntó: “Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?” El Señor le respondió: “¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo al llegar lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: «Mi amo tarda en llegar», y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse; llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra, recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá”.



Sermón del Monte, Rudolf Yelin


Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz 
y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.

                                                        Apocalipsis 3, 20  

         Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos 
y Cristo será tu luz. 

                                                                                              Efesios 5, 14

El Dueño de la casa siempre está viniendo. Está a la puerta, pero no le oímos, ni siquiera vemos que hay una puerta. Porque no es una puerta normal, no divide dentro y fuera, interior y exterior; no divide, porque la puerta es el mismo Jesucristo. 

El ruido exterior y, sobre todo, el interior nos roban la atención necesaria para mantenernos en vela, de pie, atentos a fundir en cada instante nuestra pobre y limitada voluntad humana con la Voluntad de Dios. La vigilancia constante es necesaria para sacarnos de nuestras esclavitudes.

El Evangelio no pretende atemorizarnos, sino espabilarnos. Es una llamada universal a despertar, vigilar, estar atentos, la cabeza levantada, el ánimo resuelto, porque el Libertador, el que era, el que es, el que viene (Apocalipsis 1, 8; 4, 8), está viniendo ahora para todos, en cada una de nuestras vidas, aparentemente anodinas. 

Las palabras de Jesús en estas parábolas luminosas que llaman a la vigilancia (como la de las vírgenes diligentes y las vírgenes necias de ayer) son esperanzadoras para los que se mantengan fieles y velando. Porque la clara advertencia final nos lleva a soltar lo que impide estar despiertos, preparados para vivir ya aquí el Reino de los Cielos, que está cerca, que está dentro.

“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”, escuchábamos el domingo pasado. Este necio ignorante, de nescio, que literalmente significa “no sé”, fantaseaba con una buena “jubilación”, con seguridad material y placeres, pero cada uno ha de ver con qué sueña, a qué dedica sus esfuerzos, y sus imaginaciones, qué proyecta en lo material, lo social, lo familiar, lo intelectual, lo emocional, incluso en lo espiritual… 

Porque nada de lo que proyectamos o planificamos nos lo llevaremos, si se queda en los límites de este mundo de sombras y vanidad, desgajado de la Voluntad de Dios. Y buena parte de esos proyectos, además, ni siquiera llegarán a concretarse, se quedarán en lo mental, en el ego y sus delirios de grandeza. No tendremos más que lo que hayamos dado.

Y cuánto hemos dejado de dar…. Cuántos años de omisión y sueño, de desidia e inercia… Pero me atrevo a decir con San Pablo “me basta Tu gracia”, y confío en que el Señor colme todos mis vacíos, me ayude a reparar mis desvaríos y negligencias, haciendo de tantos errores y dispersiones, camino hacia la Vida. 

Leo en Imitación de Cristo, de Thomas de Kempis: “Nada soy, Señor, nada puedo, nada bueno tengo de mí; mas en todo me hallo vacío, y camino siempre a la nada.” Tremenda verdad, desmoralizante, si no fuera porque no estamos solos. Somos guiados, acompañados, esperados por el propio Esposo, al que veremos cuando atravesemos la puerta que da entrada al banquete de bodas, que es la Vida eterna. 

Se podría reflexionar durante años sobre la necesidad de estar atentos, en guardia, velando… Y sí, hay que velar, vigilar, estar atentos, pero para la Vida. La atención cristaliza el alma, decía Gurdjieff, pero de nada valdría gestar un alma para el abismo. Nosotros queremos un alma preparada para gloria de Dios, su único Dueño. www.viaamoris.blogspot.com

Por eso, como María Santísima, queremos escuchar la Palabra y cumplirla para conocer al Señor, y que Él diga que nos conoce cuando llegue el día y la hora. Porque el aceite de la lámpara es Suyo, la atención es Suya, y la gracia que nos hace dignos de entrar en el banquete, también es Suya. Así lo canta un himno de la Liturgia de las Horas:


“Tú revistes de música a los pájaros,
alimentas con pétalos la piedra,
introduces tu espíritu en mi barro
y me coronas rey de la materia.

Soy lo que tú me has dado, nada es mío,
y me reclamarás al fin los réditos.
Soy lo que con tus dones he crecido
y el ofrecerme a ti será mi mérito. 

Deseo que mi vida te prolongue,
que tú habites mi cuerpo en esta tierra,
que en mi voz tu palabra inflame y logre
encender nueva luz en las tinieblas. 

Y cuando me recibas en tu reino
me mires a los ojos y sonrías,
compruebes que ya es bueno tu universo
porque tu voluntad está cumplida.”


Non nobis, Domine. Himno de los Caballeros Templarios

El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma, y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden a conseguir el fin para el que es creado de donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayuden para su fin y tanto debe privarse de ellas cuanto para ello le impiden. 

                                                                       San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales.


Algunos pensamientos de Imitación de Cristo de Thomas Kempis, que nos animan a velar: 
            Así habías de conducirte en toda obra y pensamiento, como si hoy hubieses de morir.
            Si no estás dispuesto hoy, ¿cómo lo estarás mañana? Mañana es día incierto; y ¿qué sabes si amanecerás mañana?
            ¡Ojalá hubiéramos vivido siquiera un día bien en este mundo!
            Bienaventurado el que tiene siempre la hora de la muerte delante de sus ojos y se dispone cada día a morir.