Para los que hayan "resonado" con la torsión, Tor-Sión, regreso a Sión, que aparece en el post del 13 de septiembre, en viaamoris.blogspot.com , inserto imágenes de Matrix.
Volveremos sobre ello, una y otra vez, hasta que todos nos atrevamos a tomar la pastilla roja, para descubrir Lo Que Es, la Esencia Original que somos y nos espera.
Pueden ir viendo, si no lo han hecho ya, los vídeos de Alejandra Casado y de Jean Pierre Garnier Malet en you tube.
Los que no hayan "resonado", pueden soltarlo y continuar con las infinitas opciones de experiencias que ofrece el mundo, Matrix, y su lógica divergente de separación, miedo y defensa, ataque y proyección, sueño del sueño.
Que lo olviden si quieren, no importa, todo es perfecto. Todos estamos de algún modo en la lógica convergente del camino de regreso. Volveremos antes o después a Casa, todos, sin excepción. Ya se están construyendo los puentes.
Quién mejor que el papa Francisco para ayudarnos a reflexionar y comprender lo que festejamos con la Solemnidad del Corpus Christi, el centro de nuestra Fe, Misterio inefable, Dios con nosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos.
Dos vídeos de Jorge Mario Bergoglio antes de ser papa, para soltar lo que nos impida abrir el corazón, asomarnos a la trascendencia de la Eucaristía, contemplar el Misterio y adorar.
El infierno es
el tormento de la imposibilidad de amar.
Dostoievski
Quien crea haber entendido las
Escrituras sagradas,
y con esa comprensión no practica el
amor de Dios
y del prójimo, no ha entendido nada de
la Escritura.
San Agustín
Recibir, contemplar, adorar..., no solo conscientes de ese milagro de Amor, sino consecuentes con tan increíble don.
Si somos verdaderos discípulos de Jesús,
hemos de imitarle, sobre todo en el mandamiento nuevo, y
ofrecernos sin condiciones, cuerpo y sangre derramados, para entrar
unidos en el banquete eterno. Esa es la
esencia del camino del cristiano, nuestra común vocación: aprender a amar, encarnar en nuestras vidas el amor universal e incondicionado del Maestro.
En la Eucaristía se descubre
el misterio directo y la presencia real de Dios en el pan consagrado. Aquí es
preciso que el alma vuele por un momento a ese mundo intelectual que le fue
abierto antes de su caída.
Cuando el Omnipotente hubo
creado al hombre a su semejanza, animándole con un soplo de vida, hizo alianza
con él. Adán y Dios conversaban en la soledad, pero la alianza quedó rota de
hecho como resultado de la desobediencia, porque el Ser eterno no podía
proseguir comunicándose con la muerte, ni la espiritualidad tener algo en común
con la materia, pues entre dos cosas de propiedades diferentes no puede
establecerse punto alguno de contacto sino en virtud de un medio. El primer
esfuerzo que el amor divino llevó a cabo para acercarse a nosotros fue la
vocación de Abrahán y el establecimiento de los sacrificios, figuras que
anunciaban al mundo el advenimiento del Mesías.
El Salvador, al rehabilitarnos
en nuestros fines, debía devolvernos nuestros privilegios; y el más precioso de
estos era, sin duda, el de comunicar con el Creador. Pero esta comunicación no
podía ya ser inmediata como en el Paraíso terrenal; en primer lugar, porque
nuestro origen subsistió mancillado; y en segundo, porque nuestro cuerpo, ya
esclavo de la muerte, es demasiado débil para comunicarse directamente con Dios
sin morir. Era preciso, pues, un intermediario, y este fue su Hijo, que se dio
al hombre en la Eucaristía, haciéndose, digámoslo así, el camino sublime por
cuyo medio nos reunimos de nuevo con el Creador de nuestra alma
Si el Hijo hubiera permanecido
en su esencia primitiva, es evidente que habría existido en la tierra la misma
separación entre Dios y el hombre, porque no puede haber unión entre una
realidad eterna y el sueño de nuestra vida. Pero el Verbo se dignó hacerse
semejante a nosotros al descender al seno de una mujer. Por una parte, se
enlaza con su Padre en virtud de su espiritualidad, y por la otra se une con la
carne, en razón de su forma humana; de esta manera se constituye el lazo
buscado entre el hijo culpable y el padre misericordioso. Ocultándose bajo la
especie de pan, se hace un objeto sensible para los ojos del cuerpo, mientras
permanece un objeto intelectual para los del alma. Si ha escogido el pan para
velarse es porque el trigo es un emblema noble y puro del alimento divino.
Si esta elevada y misteriosa
teología, de la que nos limitamos a trazar algunos rasgos, arredra a nuestros
lectores, obsérvese cuán luminosa es esta metafísica, comparada con la de
Pitágoras, Platón, Timeo, Aristóteles, Carnéades y Epicuro, pues no se halla en
ella ninguna de esas abstracciones de ideas, para las cuales es forzoso crearse
un lenguaje ininteligible al común de los hombres.
Resumiendo, la Comunión enseña
la moral, porque es preciso hallarse puro para acercarse a ella; es la ofrenda
de los dones de la tierra al Creador, y trae a la memoria la sublime y tierna
historia del Hijo del hombre. Unida al recuerdo de la Pascua y de la Primera
Alianza, la Comunión va a perderse en la noche de los tiempos; se enlaza con
las primeras nociones relativas al hombre religioso y político, y expresa la
antigua igualdad del género humano; finalmente, perpetúa la memoria de nuestra
primera caída, y la de nuestra rehabilitación y unión con Dios.
Ulises, a quien los marineros habían transportado
mientras dormía, se despertó en un país desconocido, mientras deseaba llegar a
Ítaca, con un deseo que le rasgaba el alma. De pronto, Atenea le abrió los ojos
y se dio cuenta de que estaba en Ítaca. De igual forma, todo hombre que desea
infatigablemente su patria, que no está distraído en su deseo ni por Calypso ni
por las sirenas, percibe de pronto un día que se encuentra en ella.
Simone
Weil
¿De qué entrañas sale el hielo?
¿Quién da a luz la escarcha del cielo,
cuando el agua se endurece como piedra
y aprisiona la faz del abismo?
Libro de Job 38, 29-30
Tal vez estás cansado, aburrido de
repetir una y otra vez las mismas experiencias, como algunos tantas veces, como todos al final. Por
eso voy a presentarte a un viejo conocido que olvidé durante años y un día vino
a pedirme que reanudáramos nuestra amistad y volviéramos a ser un buen equipo
en este confín del universo que nos parece tan importante, y es solo una ínfima
parte de los universos posibles. Me pidió que dejara a un lado cansancio y
comodidades, rutinas y condicionamientos, y me embarcara con él en una aventura
apasionante, más memorable y trascendente que cualquiera de las que vivió
Ernest Shackleton. Pues no era Shackleton el que vino a buscarme; o sí era
Shackleton, después de haber dejado de ser Shackleton. Acompáñanos y
entenderás.
Cuando conocí la aventura del
Endurance, supe que debía escribir sobre aquellos exploradores valientes y
esforzados. No me frenó saber que muchos lo habían hecho ya; una mirada o mil
miradas, una vida que tal vez nadie había podido captar en su más profunda
dimensión. Y descubrí que podía viajar con mi espíritu a aquellos momentos y
lugares cuya belleza y verdad me llamaban. Podía dialogar con ellos y también
escuchar sus silencios, sublimados en el desierto de hielo, la voz de su alma
inmortal. Puedo, podemos conectar con su esencia en aquellos momentos de
intemperie y solidaridad, en los que un grupo de hombres supo dar lo mejor de
sí mismos.
Hace tiempo escuché a un hombre
sabio y sencillo hablar del fracaso como la medida del ser humano, el agua
hirviendo que nos dice de qué es la infusión. Puso el ejemplo de Shackleton y
dijo, con intensidad serena, que es el aventurero más conocido porque, a pesar
de que no logró ninguno de los objetivos que se había propuesto, consiguió
mantener el ánimo de sus hombres en condiciones límite y que todos volvieran
sanos y salvos. No sé si fue el tono de quien hablaba, o que el eco de ese
nombre, fuerte y viril, Ernest Shackleton, resonaba en algún rincón de mi
memoria, pero estuve varios días pensando en él, buscando cualquier libro o
referencia que tuviera que ver con aquellos tiempos de aventura y sacrificio.
Descubrí a un hombre audaz, generoso y enigmático, y supe que detrás había
mucho más que esa inabarcable cantidad de datos, más de lo que nadie, ni
su familia ni sus compañeros, tal vez ni él mismo, pudieran
imaginar. Y me pareció un buen reto, a la altura de los que él se planteó,
buscar las huellas de Shackleton en esos planos atemporales con los que a veces
tenemos la gracia de conectar, para intentar conocer lo que fue y lo que llegó
a ser.
Ahora sé que solo lo verdadero
merece la pena ser relatado. Aunque no conocí personalmente a Ernest Shackleton
–mejor, quizá, si consideramos que persona en griego quiere decir máscara–,
aunque nadie me haya contado nada de lo que vivió el hombre que está más allá
de lo que nos muestran los sentidos, todo lo que cuento es verdadero. No quiero
decir que haya sucedido en las dimensiones que todos conocemos, quiero decir
que es verdadero, y por eso merece ser contado.
Nunca fue mi meta la verosimilitud
(vero–simil), sino la veracidad. Me interesa la verdad, no un símil de
verdad. Me mueve esa verdad discreta y esencial que muchas veces está más allá
de lo que sucede o parece que sucede. Kairós
demostrando la impotencia de Cronos, su falso poder, desvelando que hay varias personas en cada ser
humano; yo, tú, él, uno…, siempre el mismo.
No es la crónica de lo que hizo el
que la gente conoce como Shackleton, sino el relato de lo que dejó de ser y lo
que llegó a ser, lo que logró después de dejar de ser solo Ernest Shackleton,
que es lo que podemos lograr nosotros cuando dejemos de ser solo lo que hemos
creído y nos han hecho creer que somos.
¿Qué somos en realidad? ¿Qué perdura?
Si, como intuyo, perdura lo consciente, dejadme volver a conectar mi alma con
el alma de Shackleton. A fin de cuentas, él me ha buscado a través de océanos
de tiempo para demostrarme de nuevo que el tiempo es relativo. Él ha querido
contarme aquel viaje en el que ya estaba contenido el segundo, el que nadie ha
contado, el verdadero viaje.
Muchos
saben que Shackleton fue un explorador angloirlandés que se propuso ser el
primero en llegar al Polo Sur y fracasó. Años después, se propuso atravesar la Antártida de extremo a
extremo y también fracasó porque su barco, el Endurance, que significa Resistencia, se quedó aprisionado en el
hielo y acabó hundiéndose, dejando a veintiocho hombres en la más cruda
intemperie durante casi dos años.Son
muchos también los que se dan cuenta en seguida de que su fracaso fue aparente,
porque, aunque no logró ni uno solo de sus objetivos iniciales, salvó a todos
sus hombres y logró mantener el espíritu de unidad en las condiciones más
adversas.
Son pocos, en cambio, los que
conocen los verdaderos logros de Shackleton. ¿Los conoce alguien? Esta es la
historia de una vida extraordinaria, de la que solo han recogido algunos datos,
los más evidentes, los menos importantes, sus cronistas. Apenas las fotos de
Hurley captan en su mirada una luz especial, que es reflejo de lo que aquí se
va a narrar. O a apuntar, porque es el lector quien tiene que volver a
escribirlo en el cielo, en el mar, en el aire o en su corazón, el único lugar
donde la tinta es indeleble. La gente “se sabe” muchos datos y anécdotas del
hombre que respondía al nombre de Ernest Henry Shackleton, pero acaso nadie
conoce al que quiso dejar de ser Shackleton para ser nada, y, entonces, fue
todo.
Imaginé,
traté de concebir lo que Shackleton vivió en su interior para que hiciera lo
que hizo, lograra lo que logró y muriera como murió. Leí todo lo que encontré
sobre aquellos tiempos de aventura y sacrificio, investigué, estudié los
detalles más insignificantes. ¿Qué escribieron? ¿Cuánto sufrieron? ¿Qué comían?
Necesitaba más. ¿En qué cambiaron? ¿Cómo se adaptaron, años después, a la vida en la
“civilización”? ¿Cómo y cuándo murió cada uno de ellos? Pero seguía necesitando
más, en calidad y hondura, no en cantidad. Y lo que necesitaba no me lo podía
contar ningún libro o película, ni siquiera las fotos de Hurley, ni siquiera
los diarios de los protagonistas o los testimonios de sus descendientes.
Necesitaba saber qué pensaban y sentían en lo más profundo, lo que ni siquiera
lograron expresar.
¿Quién
fue Shackleton? ¿Quién pudo haber sido? ¿Qué Shackleton posible o imaginado es
capaz de vivir lo que queremos conocer? ¿Quiénes fueron Wild, Hurley, Crean,
Worsley, McNish…?
Shackleton
eres tú y soy yo, si así lo decidimos. Somos Shackleton, Orde-Lees, Wordie,
How, James, Rickinson…, todos y cada uno de los miembros de la tripulación del
Endurance. Podemos contemplar cómo se hunde un barco y arriesgar la vida por
salvar las de nuestros compañeros. Solo tenemos que evocar esas escenas y
situarnos en la dimensión atemporal en la que sigue sucediendo.
He querido escribir lo que está más allá
y por detrás de la historia, lo que quedará en los archivos de Kairós cuando
nuestros nietos hayan desaparecido. Porque hay un mundo más rico y profundo que
trasciende la realidad que vemos, apenas un fragmento de la realidad.
Ellos podían inspirarme y guiarme; los
busqué en los momentos de atención y vigilia que fueron capaces de rescatar del
tiempo y de la muerte. Allí estaban, esperándome para que contara su verdadera
victoria, para que sus esfuerzos y sufrimientos dieran de nuevo ciento por uno.
Pensé en ellos, conecté con ellos en aquellos lugares y aquellos momentos.
Pensé en ellos..., fui ellos. Y supe que hay quienes necesitan atravesar
situaciones límite para despertar, entrar en contacto con su propia esencia y
descubrir que lo que muestran los sentidos es una mínima parte de lo real, que
hay infinitos mundos, infinitas dimensiones del universo y de nosotros que aún
no conocemos. Esa es la verdadera aventura, el verdadero reto.
Este
es el relato de alguien que, cuando se dio cuenta de que iba en dirección
equivocada, dio la vuelta y transformó una huida de sí en un encuentro
consigo mismo. Estas páginas hablan de ese giro, de ese gesto o media vuelta
que le permitió escoger el rumbo necesarioy regresar. ¿Por qué he sentido la necesidad de contarlo? Porque yo
también quiero volver, di la vuelta y estoy como él, como ellos, regresando. Os
dirán que ellos iban, que llegaron lejos. Yo sé que volvían, casi desde el
principio estaban ya volviendo.
He buscado el latido esencial de una
vida que no es la que nos cuentan las enciclopedias, sino un encuentro con lo
sagrado. Y lo sagrado puede ser tan sencillo y pequeño como unos tornillos,
clavados con atención y generosidad en la suela de unas botas para que un
compañero no resbale, o tan inusual como dos hombres bailando un vals sobre el
hielo.
Raymond Priestley, que navegó a las
órdenes de los tres grandes exploradores polares, escribió: “Para el liderazgo
científico, dadme a Scott; para un viaje raudo y eficiente, a Amundsen; pero,
cuando os halléis en una situación desesperada, cuando no veáis salida,
arrodillaos y rezad para que venga Shackleton.”
Yo
estaba en un momento complicado, por primera vez me encontraba sin salida.
Recé, volví a rezar como hacía años que no rezaba, y Shackleton, el experto en
situaciones imposibles, vino en mi ayuda; pero no vino solo.
Si
quieres precisión, Scott; si quieres eficacia, Amundsen; si quieres que lo
imposible llegue a ser posible, reza, despierta para que venga Shackleton. Si
quieres ciencia, Scott, si quieres rapidez, Amundsen, si quieres poesía y
alegría en el esfuerzo, unidad y confianza, escucha, mira, evoca, sé Shackleton
y cada uno de sus hombres.
¿Dónde
está sentado Cristo? No está sentado en ninguna parte. Quien lo busca en algún
lugar, no lo encuentra. Su parte menor se halla por doquier, su parte superior
no está en ningún lugar.
La
señal de que alguien ha resucitado por completo con Cristo consiste en que
busca a Dios por encima del tiempo. Busca a Dios por encima del tiempo quien
busca sin tiempo.
Meister Eckhart
¿Qué
es entonces la oración espiritual? Es el símbolo de nuestra condición futura.
Isaac
de Nínive
Siempre la claridad viene del cielo.
Claudio Rodríguez
A veces necesitamos encontrar formas
de explicar lo inexplicable, expresar los vislumbres que el corazón capta,
aunque la mente se quede a las puertas. Gracias a las reflexiones sobre la Ascensión, van apareciendo
ideas, figuras, intuiciones acerca del cuerpo interior, el que perdura, la carne glorificada, la
vida eterna... Me atrevo a esparcirlas aquí, el
blog hermano de viaamoris.blogspot.com, porque a veces es bueno soltar, jugar,
soñar, recrearse con más libertad. Entonces el Misterio nos mira complacido, y
de cuando en cuando nos concede un relámpago de asombro, un hallazgo que se
expande como ojal en la tiniebla de una noche oscura.
Dice el monje copto Matta el Meskin
que Jesús, en el momento de su muerte, portaba en su carne a la humanidad
entera. Confirma así las palabras de San Pablo: “Nos apremia el amor de Cristo, al pensar que,
si uno ha muerto por todos, todos por consiguiente han muerto.” 2 Cor 5, 14
Él
nos lleva consigo, en su muerte, en su resurrección, en su ascensión. Pero
nosotros también lo llevamos dentro, porque Él ha querido quedarse con nosotros
todos los días hasta el fin del mundo.Somos
teóforos: portadores de Dios.
Por lo que estamos intuyendo al contemplar la Ascensión, la muerte
es realmente un paso a otra forma de existencia. Adquiere pleno sentido la metáfora
de San Agustín sobre ese tránsito como paso a “la habitación de al lado”. La
Comunión de los Santos no es así una esperanza lejana sino una realidad viva,
porque para Dios no hay tiempo. Lo que vemos está entretejido con lo que no
vemos y todo Es ya, aquí, luminoso y eterno a pesar de la apariencia de
entropía.
Porque Cristo ha vencido a la muerte y unidos a Él también la hemos
vencido y vivimos las primicias de la eternidad. Esa es “la habitación de al lado”; todos los
que parecieron irse están aquí, con nosotros, porque los planos de realidad se
superponen y a veces, si estamos atentos, podemos sentirlo.
La muerte no nos
separa de aquellos que amamos, al contrario, nos une de una forma más íntima
yreal, por fin duradera. Porque el
Reino de los Cielos ya está aquí, y también, ay, el infierno y el purgatorio…
Lo hemos escuchado y leído a menudo, pero no siempre lo hemos comprendido en profundidad. Tuve la gracia de experimentarlo hace unos días con una claridad inédita. Y cuando pude asimilarlo,
apunté esto en mi cuaderno asombrado:
“El Cielo, el infierno y el
purgatorio están en la tierra, aquí, entre nosotros. Un hombre sin piernas en
una silla de ruedas empujada por una anciana con ojos de ceniza. Un enfermo de
sida escuálido, solo huesos y sonrisa, que mendiga en la calle junto a un
cartel de tinta temblorosa, y mira a su perro con ternura. Bajar varios tramos
de escalera en penumbra para una gestión del implacable césar en Correos. El Metro, esos
otros tramos de escaleras que, multidimensionales, a veces conectan con lo Real. Subir y bajar y subir de nuevo,
bucear taladrando los velos del sueño. Y mañana y ayer, siempre, escalar una
montaña con los sentidos sutiles despiertos, porque nuestro destino es ascender,
y elevar a cuantos han hecho posible que estemos, que seamos, en este mundo, diabólico y celestal, según lo mires o lo sueñes o lo recrees… El
“más allá” no es “más allá”, porque se encuentra aquí.”
Voy comprendiendo también que se puede “rehacer” la propia vida si se vive en unión con Cristo,
el verdadero “Original” de los seres virtuales que somos cuando vivimos en la
Matrix de inconsciencia. En Él podemos encontrar, actualizada, toda nuestra vida pasada, ese pasado
consciente que nos realiza. Y sé que Él nos devolverá (nos devuelve ya) nuestra
vida, para que la revivamos a la luz eterna del más allá–más acá, pero con
una claridad distinta, con una densidad diferente, la materia al fin iluminada.
Ascendemos
a nuestro Yo real y eterno porque en Cristo no hay disolución, sino consunción. ¿Quién
asciende?, ¿cómo asciende?, ¿en qué se asciende? Esencia, centro, corazón de
los sufíes, alma inmortal, sueltos al fin los viejos patrones y programas, Original
que ha bajado a nuestro encuentro para elevarnos…
Ascendemos
con nuestra apariencia eterna, la de de nuestra verdadera juventud, que es
nuestro ser más profundo, el impulso de todo aquello que hemos sido, incorporado (in-corpore) y
trascendido….
Como
dice el jesuita Henri Boulad: “Quienes integran su pasado en el momento actual
y lo concentran en él, están constituidos no sólo de la naturaleza humana que
es visible en un momento concreto, sino de mucho más: encarnan al mismo tiempo
todo el impulso interno de su pasado. Hay un arte de vivir en un estado de
síntesis, en un estado de totalidad.” Dice también que solo hay una humanidad:
“un único ser humano que se perpetúa a través de los milenios de la historia, y
ese ser humano soy yo, ese ser humano somos nosotros. (…) En nuestro espíritu,
nuestro cuerpo, nuestro corazón, nuestra conciencia y nuestro subconsciente,
experimentamos el impulso irresistible de todas las generaciones pasadas, que
esperan de nosotros el fruto que tienen derecho a esperar, que será la
humanidad nueva que ha de nacer de nosotros algún día, cuando llegue la
consumación de los tiempos, cuando el hombre haya alcanzado su pleno
desarrollo, su estatura perfecta.” El “Cielo” sería así: “ese instante eterno
de recuerdo reiterado de todo lo que hemos sido, de todo lo que hemos vivido en
el presente de Dios.”
Que
así sea, porque Es.
Escenas de El Árbol de la Vida, de Terrence Malick (2011)
Semina Verbi… (gracias, Antonio y Ricardo). Él también siembra semillas
de Sí Mismo, de Verdad, en los artistas (de todas las tradiciones, todas las
religiones o de ninguna) que se abren al Misterio de Lo Que Es.
Gracias a Marco Giovannucci por el vídeo, y por la Luz
silenciosa.
***
Ha subido al cielo; pero el
cielo no es únicamente la desierta convexidad donde aparecen y desaparecen,
veloces y tumultuosas como los imperios, las nubes de los temporales, y resplandecen
en silencio, como las almas de los santos, las estrellas. El Hijo del Hombre,
que subió a las montañas para estar más próximo al cielo, que fue todo luz en
la luz del cielo, que murió, levantado del suelo, en la oscuridad del cielo, y
volvió para elevarse en la suavidad de la noche al cielo, y volverá de nuevo un
día sobre las nubes del cielo, está todavía entre nosotros, presente en el
mundo que ha querido libertar, atento a nuestras súplicas si verdaderamente
proceden de lo hondo del alma; a nuestras lágrimas, si en verdad fueron
lágrimas de sangre en el corazón antes de ser gotas saladas en los ojos;
huésped invisible y benévolo que no nos desamparará nunca, porque la tierra,
por voluntad suya, ha de ser como una anticipación del reino celestial, y, en
cierto sentido, forma desde hoy parte del cielo. Esta rústica nodriza de los
hombres que es la Tierra, esta esfera que es un punto en el infinito, y, con
todo, contiene la esperanza del infinito, Cristo la ha tomado para sí, como
perpetua propiedad suya, y hoy está más ligado a nosotros que cuando comía el
pan de nuestros campos. Ninguna promesa divina puede ser cancelada; todos los
átomos de la nube de mayo que lo escondió están todavía aquí abajo, y nosotros
elevamos todos los días nuestros ojos cansados y mortales a aquel mismo cielo
del que volverá a descender con el fulgor terrible de su gloria.
El invierno no sale a la muerte sino a la primavera.
Y yo me siento ya en ese punto de mi invierno en que la primavera me aguarda.
Juan Ramón Jiménez
Nunca nada es tan bueno o tan malo como imaginábamos. La ataraxia de los epicúreos, los estoicos, los escépticos..., y de los padres del desierto, es una puerta a la serenidad. Que nada ni nadie nos quite la paz; que nada ni nadie nos saque del centro donde somos reales y eternos. Porque la vida y la seguridad verdaderas están más allá del mundo, o más dentro del propio corazón. Lo auténtico trasciende lo que vemos, esta dimensión de límites y entropía, de ausencias y tristeza, de errores y fracasos. En el mundo rigen los pares de opuestos: bien o mal, error o acierto, fracaso, triunfo, sí o no… Pero podemos seguir en el mundo, mientras sea necesario, conscientes de no ser del mundo, conectando con nuestra esencia original.
Y así vamos viviendo y muriendo a la vez. Compañeras inseparables, vida y muerte, muerte y vida, nos muestran el camino de vuelta a ese hogar donde los extremos no existen, porque los pares de opuestos se han fundido en el espejo que muestra lo Real.
Y aprendemos a mirar todo de forma nueva, serenos y libres, aceptando y soltando, ecuánimes ante los afanes del mundo, con el corazón, la mente, el alma, incluso el cuerpo, en Lo Que Es y, porque Es, no puede desaparecer.
En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y le dice: “Dame de beber”. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a buscar comida). La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Él le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. La mujer le dice: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero, adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad”. La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo: cuando venga él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Soy yo: el que habla contigo”. En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: “¿Qué le preguntas o de qué le hablas?”. La mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?”Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. El les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis”. Los discípulos comentaban entre ellos: “¿Le habrá traído alguien de comer?” Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo el salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: “Uno siembra y otro siega”. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores”. En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”.
Cristo y la Samaritana, El Guercino
Vengo de www.viaamoris.blogspot.com. Me han dicho que aquí se suele hablar del fracaso aparente y de los perdedores que acaban ganando. Mi fracaso fue tremendo y repetido, un descenso irremediable hacia la muerte, peldaño tras peldaño, envenenándome trago a trago con aguas corrompidas, marido tras marido, mentira tras mentira…
Hasta que un día fui a por agua a la fuente de Jacob y un galileo me dijo que le diera de beber. Mirad y ved cómo me ha transformado Aquel que hace nuevas todas las cosas.
LA
DONCELLA DE SICAR
Fui a por agua a la fuente de Jacob,
como siempre, a la hora menos frecuentada, por el sol vertical de medio día. Prefería el calor
implacable a la mirada de desprecio de las otras mujeres. O la mía sobre ellas,
como defensa o reproche; no sé cuál me molestaba más. Recuerdo que, mientras
caminaba, pensé en el último; tampoco él era el hombre que había soñado desde niña, y ya había
perdido la cuenta de los que habían pasado por mi vida, mi lecho y mi
corazón. El lecho era lo de menos, allí caían los disfraces con los que ellos
se ocultaban, y también los que yo misma me ponía, esperando que llegara aquel
capaz de mirarme y verme, solo eso, y yo a él.
A veces sentía deseos de irme lejos,
muy lejos, escapar. Le pediría a uno de esos mercaderes de
telas orientales que me llevara con él. Yo cocinaría en pago por el viaje; tal
vez tuviera que yacer junto a él en las noches más frías, total uno más... Quién
sabe si así le encontraría en los ojos de un mercader sirio o en las
tierras que están mucho más al este, allá donde las mujeres muestran su cintura
y pintan lágrimas rojas sobre su frente.
Mientras caminaba con esas
ensoñaciones que me hacían sentir por unos instantes libre y viva, vi a lo
lejos la figura de un hombre. Me sorprendió ver a un extraño en el pozo, donde a
esas horas solo iba yo y alguna mujer joven y animosa, que sabía que aquel agua
era más pura y más fresca. Ni siquiera le miré a la cara, bastante mala fama
tenía yo en la región, como para hablar con un desconocido. Fue él quien se
dirigió a mí; “dame de beber”, me pidió, y su voz, más clara que el agua que yo
iba a buscar, y más profunda, me hizo estremecer. Por su acento supe que era
galileo... ¿Cómo se atrevía a hablar con una mujer samaritana? Eso le rebajaría
a los ojos de los judíos, mujer y samaritana, lo peor de lo peor. Si
además supiera de mi reputación..., pensé, mientras recomponía el gesto.
Él me pidió agua a mí, pero no era agua del pozo lo que quería,
sino el agua turbia de mi vida disipada, de mi cansancio y mis errores, de mi
ceguera y mi extravío. Estaba loco aquel extranjero. Sí, loco de amor, supe después,
y quería ser correspondido.
Me pedía mi agua estancada, para transformarla en manantial. A
cambio de mi agua muerta, me daba su agua viva. Por mi tiempo, tan breve y
malgastado, tan a punto de agotarse sin sentido, me estaba dando una eternidad.
A mí, que he pasado a la historia como la samaritana, sin nombre, para que todo aquel que está cansado
y agobiado, desencantado de todo y de todos, sepa que no ha de rendirse,
que hay un hombre que es Dios esperando en el camino para lavar las manchas,
curar las heridas y calmar la sed de un mundo sin amor.
Comunión de las aguas, algo así vivimos él y yo en ese ardiente
mediodía intemporal. Agua turbia y agua pura, agua cansada de la experiencia y
agua de vida. Eso estaba pidiéndome: que le entregara todo lo que soy, lo
que he vivido, lo que he perdido, lo roto, lo sucio, lo equivocado, para transformarlo en sí y hacer de mí un manantial nuevo para
que mi agua, fluyendo por la suya, volviera a ser un solo agua. Quién podrá
separarme de su amor, si soy agua en su agua, y las aguas nadie puede separarlas
sino Dios.
Comunión de las aguas, me hizo agua… Solo el agua atraviesa el ojo
de aguja, el camino estrecho, la puerta diminuta que se abre a la eternidad.
Derramarme en ti con toda mi impureza porque Tú así lo quieres,
cómo negarme, si quieres que me lave en tu caudal inagotable y puro. Sumergirme
o morir, o las dos cosas, para volver a nacer, del fondo generoso, de ese centro
fecundo donde surge la vida que no acaba. Que al principio era el Verbo, o sea, Tú, mi
hermano y creador, maestro y Padre, amado Esposo y Dios que me conoces y
quieres restaurarme el nombre, el rostro, que mirándome, me dices "tengo sed",
que amándome, me dices "ámame".
Vaya intercambio: mi lodo por tu agua, mi muerte por tu Vida. Sea pues,
si así lo quieres, ya no quiero seguir siendo la misma, ya no quiero seguir siendo
sin ti.
Volví a verle dos años después de aquel dichoso encuentro; fue en
el Gólgota y estaba clavado a una cruz. Hasta allí lo seguí con las otras
mujeres, y Él volvió a manifestar su sed, esta vez a todo el universo. “Tengo
sed”, dijo con la voz desgarrada, y estaba diciendo “ámame”, como aquel
mediodía de sol implacable junto al pozo de Jacob.
Qué voy a darle yo, me dije entonces, cómo va a necesitar mi
amor un hombre como él. Mi amor manoseado, mi amor a ras de tierra, manchado de
mentiras, traiciones y abandonos… Por qué un hombre que es Dios iba a querer un
amor tan miserable, tan inútil, tan falso… No supe responderme del todo, aquel
día de luz vertical y de sorpresas, de júbilo en el alma, locura juvenil
recuperada.
Hoy ya sé la respuesta, y es definitiva. Él quiere nuestro amor, el
tuyo, el mío, porque no mira si es pobre o limitado, si está lleno de excusas y
egoísmos, nos ama como somos, y el que ama no mira las faltas de su amado,
pues sabe que su amor cubrirá toda carencia, transformará al amado, porque el
amor puede todo, perdona todo, soporta todo, sin límites.
Diciendo "tengo sed", me volvía a pedir que le amara,
me invitaba a entregarme con su ejemplo, su entrega total hasta la muerte. Me
miró desde la cruz y me sentí sola con él, de nuevo junto al pozo de Sicar. Oh, dulce
intimidad, ven a vernos, Jacob, mira qué escena, restaurado el candor
adolescente, mi rostro que se enciende y el rubor es el mismo, y quisiera correr y
decirles a todos que él me ama y me pide que le ame, como aquel jubiloso mediodía.
Pero hoy está muriendo, mi amor, clavado a una cruz entre dos
malhechores. Mira su madre, la sostienen tres mujeres, ¿las amará también a
ellas?, ¿les habrá pedido a ellas como a mí también su amor?
"Tengo sed", acaba de decir, y sé que me lo ha dicho a mí, a mí
sola, aunque se lo haya dicho a todos, porque él es capaz de amar a cada uno
como si fuera el único.
Hoy la samaritana, la mujer de los seis maridos, cinco atrás y uno
que no lo era, se entrega al verdadero, al Esposo, buscado torpemente, al único
que puede amarla, porque ha visto su corazón herido, su alma con manchas que él
está lavando. Mira cómo las lava con la sangre y el agua quebrotan de su costado abierto.
Y mírame ahora, soy otra, mujer nueva, doncella de Sicar, rebosante
de vida y esperanza, liberada para seguir amando, pero esta vez de veras y
hasta el fin, en espíritu y verdad.
Me dijo: "dame de beber", y me estaba diciendo: "vuelve a casa,
vuelve al origen, vuelve a mí con tu agua, con todo lo que has vivido, bueno o
malo, recógelo y tráemelo, quiero esa agua turbia, contaminada de muerte y confusión,
ven con tu agua; Soy Yo quien te la pide".
Ahora dice: "tengo sed" y me está diciendo que me quiere del todo,
que me ama y espera todavía mi amor; que corresponda ese suyo infinito con el
mío, tan pobre. Nos dice: "ámame", esa es su sed, que volvamos a ser lo que late
en el centro, silencioso y libre, del corazón creado para amar. Nos salva porque nos ama, y solo si
le amamos podemos aceptar su salvación, que es amor derramado desde el primer latido verdadero, ese
costado abierto, sangre y agua, vino nuevo por siempre, vida eterna.
Quiero ser como tú, hazme fuente de vida, para que los sedientos
vengan y te encuentren, fluyendo en mí, un solo agua al fin contigo. Perderme para
encontrarme, renunciar a una vida irreal para alcanzar la Vida, morir a quien
no soy para recuperar la esencia, que guardaste para mí mientras yo recorría
los senderos polvorientos de la existencia.
Y mi corazón se recompone, nuevo también,
nacido del agua viva, sin más herida que la herida buena de un amor sin dolor
ni traición ni desengaño, de un amor que ya es manantial y salta hasta la Vida eterna.