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domingo, 16 de marzo de 2014

Morir para la eternidad. Poética del fracaso IV


I was ever a fighter, so one fight more,
the best and the last!
For sudden the worst turns the best to the brave.
The Black minute’s at end.
  
(Siempre he sido un luchador, así que otra lucha más,
¡la mejor y la última!
De repente, lo peor se convierte en lo mejor para el valiente.
El momento Negro toca a su fin.)

                                                                                                     Robert Browning



 
12 de noviembre de 1912
79º 50’ de latitud sur

Esta cruz y este túmulo se levantan sobre los cadáveres del capitán de navío Scott, comandante de la Orden Real de Victoria; el doctor Wilson, licenciado en medicina y filosofía y letras por la Universidad de Cambridge, y el teniente H. R. Bowers, de la Real Infantería de Marina de la India. Se trata de un modesto monumento para conmemorar su valeroso intento de alcanzar el Polo, lo que lograron el 17 de enero de 1912, después de que llegara la expedición noruega. Un tiempo inclemente y la falta de combustible fueron la causa de sus muertes.
Este monumento perpetúa también la memoria de sus dos valerosos compañeros: el capitán L.E.G. Oates, de los Dragones de Inniskilling, a quien le sobrevino la muerte cuando echó a andar en medio de una ventisca para salvar a sus compañeros, y el marinero Edgar Evans, quien murió al pie del glaciar Beardmore.
Lo que el Señor nos da, el Señor nos lo quita. Bendito sea el Señor.

                                                                                       Expedición de Socorro
 

              Para mirarnos en ellos, pueden servirnos sus fotos y, sobre todo, lo que de sus almas y de su esencia pudo captar la prosa lúcida y vertical de Scott, con el aliento de la muerte a sus espaldas.


                                                                     Edgar Evans 

Según los que han tenido acceso a los diarios de sus compañeros, queda constancia de lo mucho que sufrió Evans, sin quejarse ni una sola vez, antes de morir.
            Nos cuentan cómo tiró del trineo incluso el día de su muerte y cómo acabó arrastrándose por la nieve con los pies y las manos congelados.
Era el más corpulento de los cinco. Con el tremendo desgaste de energía que el frío extremo y el esfuerzo conllevan, hubiera necesitado raciones muy superiores a las de sus compañeros. Nunca se lamentó por ello, ni manifestó el hambre que fue minándole.
No se quejó tampoco cuando, exhausto, se iba quedando rezagado; ni siquiera cuando, incapaz de dar un paso más, se quedó definitivamente atrás. Rescatado por Bowers y Wilson fue acostado en la tienda, para no volver a despertar en este plano de esfuerzo y cansancio, de desgaste y entropía, de enfermedad y muerte.

             Antes de emprender la expedición Terra Nova, Scott escribió: Mi mayor fuente de orgullo es saber que tengo hombres como Bowers y el suboficial Evans para el viaje al Sur.
 


                                                              Lawrence Oates


Sábado 17 de marzo

              Anteayer Oates dijo que no podía más y propuso que le dejáramos en su saco de dormir. Como no podíamos aceptarlo, le persuadimos de que siguiera, e hiciera el tramo de la tarde. Fue algo espantoso para él, pero continuó a pesar de los pesares, y recorrimos unas cuantas millas. Por la noche estaba peor, y comprendimos que el fin había llegado.
              Quiero que consten aquí los siguientes hechos, por si alguien encuentra esto. Los últimos pensamientos que tuvo Oates fueron para su madre, pero, justo antes, se enorgulleció de pensar que a su regimiento le complacería saber que afrontaba la muerte con entereza.
            Podemos dar fe de su valor. Ha soportado durante semanas un dolor intenso sin quejarse, y no solo ha sido capaz de hablar de otros asuntos hasta el último momento, sino que se ha mostrado dispuesto a ello. No ha perdido la esperanza ni por un instante; es más, se ha negado a perderla.
            Ha sido un valiente y este ha sido su final. Anteanoche se quedó dormido con la esperanza de no volver a abrir los ojos, pero ayer por la mañana se despertó. Soplaba ventisca. Entonces dijo: “Voy a salir un momento. Puede que tarde un poco.” Desapareció en la tempestad y no hemos vuelto a verlo.
                                                                                                           Diario de Scott


                                                             Henry Robertson Bowers


El más joven de los cinco (26 años), Bowers, nunca perdió el buen humor. Se convirtió en un amigo fiel de Wilson y de Scott. Ayudó a Evans y Oates con una generosidad sin límites hasta el final.  
            De la carta de Scott a la madre de Bowers:

            Querida señora Bowers,

Me temo que cuando esta carta llegue a sus manos habrá recibido uno de los golpes más duros de su vida.
Le escribo cuando estamos a punto de concluir nuestro viaje; voy a terminarlo en compañía de dos caballeros nobles y valerosos. Uno de ellos es su hijo. Ha acabado siendo uno de mis más íntimos y fieles amigos. Aprecio su maravillosa rectitud de carácter, su talento y su energía.
A medida que aumentaban las dificultades, su inconmovible espíritu ha brillado con más fuerza que nunca, y ha mantenido la alegría, la esperanza y la entereza hasta el final.



                                                            Edward Adrian Wilson

Lunes 5 de marzo

Ninguno de nosotros esperaba unas temperaturas tan terriblemente bajas. De los demás, a quien más le afectan es a Wilson. Yo creo que se debe principalmente al sacrificio y la dedicación con que se ocupa de curarle los pies a Oates.             
                                                                                                        Diario de Scott

Carta de Scott a la esposa de Wilson:

Mi querida señora Wilson,

Si esta carta llega a sus manos, sepa que Bill y yo hemos fallecido juntos. Tenemos las horas contadas, y deseo que sepa el espléndido comportamiento que ha tenido Bill en los últimos momentos. Se ha mostrado en todo momento alegre y dispuesto a sacrificarse por los demás, y no me ha dirigido una sola palabra de reproche por haberle metido en esta situación. Por suerte, no está sufriendo nada, a excepción de alguna molestia sin importancia.
            En sus ojos brilla el azul de una serena mirada de esperanza, y su mente está tranquila por la confianza que le da considerarse parte del gran orden divino. No puedo brindarle otro consuelo que el de decirle que ha muerto como vivió: como un valiente, un hombre a carta cabal, un excelente compañero y un fiel amigo.
Con todo corazón, reciba mi sincero pésame.
Atentamente

No era un halago exagerado para consolar a la viuda. En carta a un amigo, escribe: Wilson, el mejor hombre habido y por haber, se ha sacrificado una y otra vez por los enfermos de la expedición.
 

                                                                  Robert Falcon Scott


En los diarios y cartas de Scott podemos contemplar su propia esencia, noble, responsable y valiente.
Además de los fragmentos que he ido transcribiendo, hay unas líneas de cartas a varios amigos que me parecen muy útiles para que despertemos del letargo letal a que nos lleva el hedonismo y el exceso de comodidades, ese enemigo tan sutil como terrible:
 
La de cosas que podría contarte sobre este viaje. Ha sido muchísimo mejor que quedarse en casa holgazaneando, rodeado de comodidades.
                                                                    (...)
Nos encontramos en una situación desesperada, con los pies congelados, etc. No hay combustible y la comida nos queda muy lejos, pero te reconfortaría estar en nuestra tienda, oír nuestras canciones y nuestra animada conversación.
                                                                   (...)
Tenemos las horas contadas, pero ni hemos perdido el ánimo ni vamos a perderlo. Llevamos cuatro días dentro de la tienda a causa de la tormenta, y no queda nada de comida ni de combustible. Nuestra intención era quitarnos la vida si las cosas se ponían así, pero hemos decidido morir de forma natural cuando corresponda.

sábado, 22 de febrero de 2014

"Solo Dios lo sabe". Poética del fracaso III


Antes de dar la palabra, en próximas entradas del blog, a los miembros de la Expedición Transantártica (1914-1916), con los que llevo explorando, conversando y sintiendo más de seis años, quisiera recordar a Scott y sus hombres, el "grupo del Polo", los cinco que en 1912 se dejaron la vida en el intento, y ganaron la Vida para la eternidad.

También hablo con ellos cuando el frío arrecia dentro y fuera, para recordar cómo se vive y se muere con dignidad, cómo se puede hacer del pasado un combustible para el mejor de los futuros, y aprender a renunciar a todos los futuros posibles, incluso a los mejores, para volver a casa, allí donde nuestra verdadera identidad nos espera, desde que decidimos experimentar lo que no somos.

              Después de sufrir varios varapalos aparentes en este plano de las experiencias, de tiempo y límites, de olvido y ceguera, todos ellos, los de Scott y los de Shackleton, vinieron a recordarme el propósito original, que convertía la pérdida en ganancia.
           Era hora de aprender a triunfar en la derrota, a ganar perdiendo, y la única forma de aprenderlo era vivirlo en carne propia, es decir, encarnando ese triunfo extraño, heterodoxo, para mostrar que hay otra forma de vivir y otra forma de morir. Porque el éxito en el mundo no tiene nada que ver con lo Real, esa dimensión sin tiempo ni lugar, puro espacio en sincronía.

             Scott lo aprendió con Wilson y Bowers antes que Shackleton y sus compañeros; Evans y Oates, antes que ellos, y todos, ahora, porque ya no hay antes ni después, sino un presente eterno, donde el mar y el cielo, el hielo y el fuego se confunden.


En el Polo Sur LA MUERTE HELADA
                                Scott, Oates y Evans, de pie; Bowers y Wilson, sentados 


Amundsen, el que conquistó el Polo Sur oficialmente para el mundo de sombras, fechas y lugares, fue el que menos lo amó. Llegó a reconocer que desde niño, sus anhelos y su corazón estaban puestos en el Polo Norte. Así que, en realidad, no fue él quien conquistó la Antártida. La conquistaron Scott y sus hombres, dando la vida con aceptación y valentía, generosos y libres. Y la reconquistaron Shackleton y los suyos aprendiendo a amar, a vivir y a morir sin morir. Scott y Shackleton, rivales en el mundo, hermanos en la eternidad.

Scott y sus cuatro compañeros llegarían un mes después que Amundsen, sin cumplir su anhelo, ser los primeros. Imagino su desolación al encontrar la bandera noruega donde pensaban poner la británica, como el que pone su honor, su vida, su alma. Hay quien dice que el fracaso los dejó sin energías, porque, al intentar regresar, todos murieron. Puede que les restara fuerza física, pero no voluntad ni determinación.


Scott, Bowers, Wilson y Evans ante la tienda de Amundsen. Oates tomó la instantánea

Después de asumir la derrota con una deportividad que incluso a ellos debió de sorprenderles, el grupo del Polo emprende el retorno por el desierto de hielo. Evans, que llevaba varios días caminando como un autómata, se derrumba, entra en coma y muere ante la mirada de sus compañeros: Scott, Wilson, Oates y Bowers, que han de sobreponerse y seguir la marcha, procurando encontrar los depósitos de víveres que los grupos de apoyo fueron dejando.
 
Alcanzan el depósito Sur del glaciar, donde habían dejado carne de los caballos que habían ido muriendo de frío y agotamiento. Se recuperan un poco, pero un cruel cambio de tiempo, a pesar de estar en el centro del verano austral, hace que las temperaturas se desplomen, llegando a 40º bajo cero por la noche. Están demasiado delgados para soportarlo y los efectos son devastadores. El uno de marzo llegan al depósito del centro de la Barrera, donde descubren que no hay apenas queroseno para convertir el hielo en agua y cocinar. El estado de Oates es terrible, sus pies, con avanzadas congelaciones, le hacen muy difícil caminar.

Scott, el único que sigue escribiendo en el diario, expresa así lo dramático de la situación: “No podemos ayudarnos mutuamente, puesto que bastante tiene cada uno con cuidar de sí mismo.” Parecería egoísmo o frialdad, si no leyéramos, casi a continuación, sobre el agotamiento del doctor Wilson: “Creo que se debe al sacrificio y abnegación con que cuida los pies de Oates.”

El frío está convirtiendo la nieve en papel de lija y se ceba en Oates. Por debajo de 30º bajo cero ya no se produce líquido lubrificante al deslizarse los patines del trineo sobre la superficie de la nieve, por lo que el esfuerzo para mantenerlo en movimiento es mayor. El cuerpo demanda más energía para mantener el calor mínimo en sus zonas vitales. El siete de marzo, Scott, sincero y objetivo, escribe su deseo de “aguantar hasta el final.”

Se sucede una concatenación de fatalidades porque, además de las pésimas condiciones climáticas y las escasas raciones de comida, en la base británica, en cabo Evans, falla la cadena de transmisión de las órdenes y los perros les esperan en el depósito La Tonelada, a cien Kilómetros, donde no llegarán. El Terra Nova zarpa, ya no hay esperanza para Scott y los suyos…; en el mundo, pero toda la esperanza y una radiante certeza para la eternidad. 

El diez de marzo, Scott escribe: “Las cosas siguen agravándose, el pie de Oates está peor, el tiempo es horroroso. (…) Oates sigue mostrando un temple excepcional. (…) Tengo la impresión de que está en las últimas; lo que vaya a hacer o lo que hagamos solo Dios lo sabe.”
Scott, un agnóstico declarado durante toda su vida, a la hora de afrontar el final se somete a la voluntad de Dios, sin dramatismo ni sensiblería, con naturalidad.

Oates es consciente de que, si no se cumplen los plazos para llegar a los depósitos, el grupo no sobrevivirá, y sabe también que sus congelaciones son irreversibles. No quiere ser un obstáculo para la lucha por la vida de sus compañeros. Les plantea con transparencia tan dramática cuestión y les pregunta qué debe hacer. Scott, Wilson y Bowers le piden que no se rinda y que siga caminando junto a ellos, aunque eso les ralentice y disminuya sus posibilidades de sobrevivir. Scott, como capitán, ordena a Wilson, el médico del grupo, que dé treinta pastillas de morfina a cada uno para que puedan decidir si acelerar su propia muerte o dejar que llegue de forma natural.

El 16 de marzo, una semana después de aquella conversación, Oates no puede más. Otra octava para la Vida. Les ruega que le dejen en su saco de dormir, pero ellos se niegan a abandonarlo. Se duerme junto a sus compañeros, deseando no volver a abrir los ojos, pero al alba se despierta y sale de la tienda diciendo: “Voy a salir un momento. Puede que tarde un poco.”

Sopla fuerte y afilada la ventisca; el capitán Oates no regresa. Scott escribe: “Ha soportado durante semanas un dolor intenso sin quejarse, no se dejó vencer y mantuvo la esperanza, ha sido un valiente, podemos testificar su valor.” Y más adelante: “Somos conscientes de que se trata del acto de valentía de un caballero inglés. Todos esperamos afrontar con su mismo espíritu el final, que sin duda ya no puede estar muy lejos.”


A very gallant gentleman LA MUERTE HELADA
                      Todo un caballero, J.C. Dollman, 1913. Representa la muerte de Oates


          Aquí murió el capitán Oates, de los Dragones de Inniskilling. En marzo de 1912 caminó voluntariamente hacia la muerte, bajo una tormenta, para tratar de salvar a sus camaradas, abrumados por las penalidades.
                                                                                                     Diario de Scott


Mientras Amundsen saborea su triunfo, Scott, Wilson y Bowers se enfrentan a la muerte; el sacrificio de Oates no ha servido para facilitar su supervivencia. Pero su destino no era triunfar en el mundo, ni tampoco sobrevivir, sino morir para la Vida.

A pesar de estar agotados, siguen caminando, soportando temperaturas de 40º bajo cero, con crueles ventiscas y viento del Norte de cara.
Scott continúa escribiendo: “Mis compañeros siguen animados, a pesar de que todos estamos a punto de sufrir graves congelaciones y, aunque comentamos que vamos a salir de esta, creo que en el fondo nadie se lo cree.”

Resulta admirable su constancia y regularidad, midiendo las temperaturas, anotándolas para la ciencia, y arrastrando nueve kilos de minerales, que resultarán de gran valor para los geólogos. Como los "siervos” de los que habla el Evangelio, que hacen lo que tienen que hacer sin esperar recompensa, dándonos ejemplo de generosidad, aceptación y vocación de servicio.

Cuando se congeló uno de sus pies, Scott, escribió: “Por ahora, lo menos que puedo esperar es la amputación. Pero ¿se quedará ahí? Esa es la auténtica pregunta.”


Amundsen: «¿El capitán Scott? No sé nada…»
                                 Última foto de Bowers, Scott y Wilson antes de morir


A apenas veinte kilómetros de la Tonelada, el depósito de víveres que les hubiera salvado la vida, deciden que Bowers y Wilson lleguen hasta allí y regresen con provisiones, pero la ventisca, que empezó a soplar con más fuerza, les impidió emprender la marcha, y así una mañana tras otra, durante varios días. Finalmente, deciden quedarse los tres juntos y esperar “de forma natural”, sin recurrir a las píldoras de morfina que reservaban para acortar sus sufrimientos. Valientes y dignos para vivir y para morir; ojalá podamos seguir su ejemplo.

En la hora final, Bowers escribió a su madre y hermanas, Wilson a su esposa, con la que compartía un fuerte sentimiento religioso, Scott a su esposa, su hijo, su madre y sus hermanas, a varios amigos. Scott, además, tenía la responsabilidad del jefe, por eso escribió también a la mujer de Wilson, a la madre de Bowers, a quienes habían ayudado a la expedición, y, finalmente, una carta abierta a todo el pueblo británico.

Me asombra cómo un hombre tan frío y distante, según los cronistas, pudo mantener la entereza y la calma y supo expresar tan profundos sentimientos para aliviar el dolor de los que quedaban. La cercanía de la muerte le hizo liberarse de personajes y dejó al desnudo su esencia, noble, sincera, humilde. Desde esa libertad, transparente y serena, se dirigió a su buen amigo, el escritor James Matthew Barrie, autor de Peter Pan: “Jamás encontré en la vida a un hombre a quien haya admirado más que a ti, pero nunca quise demostrarte mi admiración: tú tenías tanto para dar y yo tan poco…”.

El aparentemente orgulloso e inseguro Scott había experimentado un increíble cambio ante el inevitable desenlace. Así acaba su misiva al pueblo británico: “Si hubiéramos vivido, habría podido contar una historia que hablase de la audacia, la entereza y el coraje de mis compañeros, que habría conmovido el corazón de los ingleses. Tendrán que ser estas improvisadas notas y nuestros cadáveres los que las cuenten.”

El 29 de marzo escribe una última anotación en su diario. Con la dignidad y la serenidad que le ha ido dando este largo pulso con la muerte: “Vamos a aguantar hasta el final, pero estamos cada vez más débiles, y el final puede que no esté lejos. Es una pena, pero creo que ya no puedo seguir escribiendo… Por Dios, cuidad de los nuestros.”


                                                   Última anotación del diario de Scott


La gran lección de Scott y sus hombres: aceptar el fracaso, el sufrimiento y la muerte, y enfocarse hacia algo superior. Conformarse con su destino, en el sentido de con-formarse: conseguir una forma, una obra coherente para entregarla al Ser, en el regreso al Origen.

Puede resultar más fácil conformarse cuando uno ha tenido una vida larga, serena y feliz. Cuando te vas con el amor de tus hijos y nietos, de los que has tenido tiempo de despedirte y a los que dejas un futuro estable y próspero… Pero, ¿y cuando la muerte llega en torno a los cuarenta, como en el caso de Scott y Wilson, o los veintiséis de Bowers? ¿Y cuando quisieras, con toda tu alma, ver por última vez a tu madre y hermanas, abrazar a tu esposa, besar a tu hijo? ¿Y cuando morir así, en el hielo, era lo último que esperabas porque, aunque el peligro era evidente, nadie espera morir joven, en plenitud de facultades, con tanto por hacer?

Entonces aparece la esencia de la persona. Algunos se rebelarían contra el destino, contra sí mismos, contra Dios, y desaprovecharían el momento más importante de sus vidas. Otros, como ellos, nos dan un ejemplo de aceptación y entrega, de creatividad y audacia, de responsabilidad y coherencia, y consiguen la Obra que los real-iza, es decir, los hace reales y los eleva, mientras la mayoría sigue a ras de tierra, en este mundo virtual, Mátrix de locura, sueño, comodidades y egoísmo.
Ellos habían despertado. Por eso eran capaces de hablar con tanto desapego de la cercana muerte. Las circunstancias más adversas les hicieron quitarse máscaras y disfraces, poses y añadidos y vivir, poco o mucho es lo de menos, desde su ser original, con la libertad del que sabe que no tiene nada que perder ni nada que ganar porque ya Es.

sábado, 1 de febrero de 2014

Penúltimos en el mundo; primeros en lo Real. Poética del fracaso II



            Las personas más bellas con las que me he encontrado son aquellas que han conocido la derrota, el sufrimiento, la lucha, la pérdida, y han descubierto su forma de salir de las profundidades. Estas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una comprensión de la vida que los llena de compasión, humildad y una profunda inquietud amorosa. La gente bella no surge de la nada.
 
                                                                                  Elisabeth Kübler-Ross

 
Ana Gimeno, maestra inolvidable, solía aconsejarnos que, cuando atravesáramos un bache o dudáramos sobre una decisión a tomar, nos preguntáramos: ¿cuánta gloria va a traerme? Estas cinco palabras, o la esencia de su mensaje, me han ayudado a serenarme en momentos difíciles, y a discernir si algo valía o no la pena.
            Es fácil ser optimista cuando las cosas van bien. Lo raro es seguir siéndolo cuando la vida te da un palo, o varios. ¡Qué bien se calibra entonces el nivel de ser de las personas, su valor esencial!
            El reto es mantener la calma cuando todo se pone en contra y no hay donde agarrarse. ¿Quién se agarra?, ¿dónde?, ¿cómo?, ¿para qué?
Y, si logras aguantar el tipo, y puedes aún mirarte al espejo sin avergonzarte, porque no te has traicionado a ti mismo, y has logrado conservar la dignidad contra viento y marea, descubres que no necesitas que nada ni nadie de este mundo te sostenga, que tú, asido a lo Real, eres sostén firme, en un universo que te mira con gratitud y respeto.
             Pobre de aquel que no pueda decir esto de sí mismo cuando suene la trompeta.
            Trabajemos mientras hay luz, para que nos encuentren fieles y dignos, fiables, como lo edificado sobre roca, libres, capaces de amar.

 
Charles-de-Foucauld

Hace unos días, Daniel nos recordaba cómo Charles de Foucauld intentó durante toda su vida, con grandes esfuerzos, ser el último, pero al final, y así lo reconoció, tuvo que conformarse con ser el penúltimo, porque el último era, y es siempre, el gran perdedor para el mundo, el verdadero vencedor en lo Real: Jesucristo.

El perdedor que admiramos no es el pesimista frustrado, que puede hasta disfrutar morbosamente de su derrota, sino el ser humano desapegado, alegre y libre, que no teme ni ambiciona, que se ha liberado de expectativas y falsas creencias, dejando atrás al fantasma del ganador que soñaba que era.




Otro maestro del saber perder, que ya ha aparecido por aquí en otras ocasiones, es Alexis Zorba, más conocido como Zorba, el griego, de la novela de Kazantzakis y la película de Cacoyannis, con esa transparencia de los que se han vuelto como niños, y saben soltar, encajar los fracasos y mirar hacia adelante, sin perder la alegría de vivir.

Y recuerdo una anécdota reciente, uno de esos detalles que, como diría el Principito, suelen pasar inadvertidos para las personas mayores, y son los que van tejiendo la vida, la Obra que estamos llamados a culminar.
Estábamos comiendo toda la familia en una pizzería, celebrando los ochenta años de mi padre, y a mi sobrino pequeño se le derramó la coca-cola en su preciosa sudadera nueva, color verde pistacho. Fui testigo, como tantas otras veces, de su sabiduría esencial. Le bastaron cinco segundos de disgusto, o, más bien, de asombro y aceptación de Lo Que Es, para recuperar su sonrisa luminosa.
Muchos adultos, ante un accidente tan insignificante, reaccionarían de un modo exagerado, con evidente fastidio; alguno hasta vería arruinada la comida e incluso la tarde. Un niño sano, aún no corrompido por la vanidad del mundo, no se permite perder un minuto de vida, de realidad.  


A veces hacen falta muchos años, décadas, acaso toda una vida, para recuperar la inocencia, esa capacidad de asombro, de estar despierto y vivir de verdad, ya no sobrevivir o malvivir en ese territorio irreal que media entre el miedo y el deseo, plagado de proyecciones y recuerdos, donde se echan a perder tantas existencias, anodinas y somnolientas.


 

              Con el permiso de mi buen amigo Antonio, transcribo algo que me dijo hace unos días, cuando reflexionábamos sobre estos temas:
   “Es verdad que los niños son los grandes perdedores, y lo son cuando les quitan esa mirada especial que poseen y con la que santifican el mundo. Para ser verdaderamente contemplativos, hay que encontrar un equilibrio entre expansión y concentración. Algo que tanto nos cuesta a los adultos es de lo más sencillo para los niños. Basta verles jugar, para observar como pueden ser mágicamente expansivos y concentrados a la vez. Solo cuando somos pobres de espíritu, cuando abandonamos todo lo que nos hace creernos ganadores en este mundo podemos volver a jugar, en este y en el otro, con la magia de este equilibrio.”




Audrey Hepburn, irrepetible "perdedora" en el personaje de la dulce y alocada Holly, de Desayuno con diamantes, y en su vida sentimental. Qué encantadora y elegante manera de perder...; sin asomo de amargura, con el asombro intacto de los niños y la generosidad desbordante de los que han comprendido e integrado la única lección que vinimos a aprender, los que han visto la Meta verdadera y hacia ella caminan.
 
 
 

sábado, 11 de enero de 2014

¿Ganar o perder? Poética del fracaso I


                  Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.

                                                                                 Samuel Beckett

 
El astro de tu nacimiento es una estrella errante y en transformación. Estas, ay, niño de lo venidero, son las maravillas que darán testimonio de que eres un Dios verdadero.
C. G. Jung




 
                              La leyenda de la ciudad sin nombre, Joshua Logan, 1969
                                              Canción: Nací bajo una estrella errante

             Nunca pude entender cómo Elizabeth (Jean Seberg) prefirió a “Socio” (Clint Eastwood), pudiendo despertarse cada mañana junto al fracasado de voz cascada y alma noble, Ben Runsom (Lee Marvin). Cuando vi La leyenda de la ciudad sin nombre por primera vez, me sorprendió que Elizabeth decidiera quedarse con uno de sus dos “maridos”, en lugar de seguir los tres juntos, viviendo felices ese “matrimonio” atípico. Estaba convencida de que se equivocaba renunciando a Ben.
¿Qué podía hacer que una niña de catorce años se identificara de tal forma con los perdedores? Me enamoraba el aparentemente burdo, pero digno y generoso Ben, mientras que el guapo y encantador “Socio” me caía bien, pero me dejaba fría.
 
Ahora que todos los libros de autoayuda, talleres de crecimiento personal y demás se esfuerzan por inculcarnos el pensamiento positivo: “cómo triunfar en la vida”, “leyes espirituales del éxito”…, reivindico la poética del fracaso, el “no puedo, me rindo, renuncio”…, la estética y la ética hermosas y crepusculares del perdedor.

Quizá por llevarlas tan metidas en las entrañas desde siempre, he fracasado tanto y tan a fondo. Qué le voy a hacer si se me da bien perder, si lo hago a conciencia… Tal vez ahí, en hacerlo a conciencia, reside la esencia de la victoria, ese triunfo que tal vez nadie conocerá, ni falta que hace.

            Conozco mis límites y los asumo; acepto ser el gusanito de Jacob (Is 41, 14-24). No es falsa humildad, sino objetividad, el reconocimiento de la nulidad, que repetía Gurdjieff, como base imprescindible de cualquier camino hacia lo Real, y que tan sincera y poéticamente expresa San Pablo: “Muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Co 12, 9-10)

            Que me atraigan los perdedores después de haber logrado ser una gran perdedora, sería acaso lógico (¿hay algo lógico en mi vida?), pero que me gustaran entonces, cuando la vida estaba llena de promesas… ¿Lo estaba realmente? ¿No son los niños los grandes perdedores del mundo? ¿Qué hay de prometedor en venir a “la jungla” e ir sumergiéndonos en la inexorable gran tribulación, perdiendo poco a poco la capacidad de vivir despiertos y libres?

            Pero es aquí donde, en sublime paradoja, los últimos se vuelven los primeros. Solo el que, a fuerza de golpes, fracasos, caídas y pérdidas, ha logrado constatar con todo su ser que está en “la jungla”, es capaz de prepararse para salir de ella, renunciando a la victoria en el mundo ficticio de los que, estando desnudos, creen llevar el lujoso traje nuevo del emperador (qué profundo y simbólico el cuento de Andersen). Entonces, como un samurái valiente y sin expectativas, está preparado para vencer en lo Real, recordando a Aquel que dijo: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Juan 16, 33).

            Porque nadie puede vencer al mundo si no es dejando de “hacer”, en el sentido de afanarse y desvivirse, para “dejarse hacer”, dejarse respirar, dejarse vivir por la Vida.

Lo demás son victorias ficticias, de esas del pez grande que se come al chico, o de los graneros llenos que se pudrirán, porque el necio que ha acumulado sin sentido, esa noche entregará su vida (Lucas 12, 16-20), o del reconocimiento efímero y ponzoñoso que pueden dar los dormidos o, peor, los muertos que parecen vivos.

            Seguiré entrenándome para saber perder mejor cada vez, pues no es tan fácil; es preciso un largo e intenso aprendizaje, ya que el secreto de perder bien, limpiamente, dignamente, brillantemente, es saber vencer.
¿A quién? A ti mismo.
Y después, solo después, con Él, al mundo.
           
            Que se queden los optimistas recalcitrantes de la new age con el camino-falacia de la autoliberación. Yo sigo en mi impotencia fértil, que se inunda de luz cuando recuerdo que no estoy sola en mi limitada condición humana, en mi caída, porque Alguien, el único verdadero vencedor, también aparentemente fracasado para el mundo en su momento, me ha levantado y me ha ensalzado, porque me ama sin medida.

Sí, a mí, a la perdedora, al desastre, el colmo de la impotencia, nacida bajo una estrella errante para ser incapaz de ir a ningún sitio… Bendito no-lugar de donde me ha recogido el Rey de los perdedores, de los fracasados, de los que lloran.

            Que “hagan” ellos, los llamados para la gloria del mundo, mientras yo aprendo a “dejarme hacer”, pues es otra Gloria la que me llama y me inspira. 

            No en vano, mis personajes favoritos de la literatura y el cine son los grandes derrotados, como Sidney Carton, de Historia de dos Ciudades. Los que saben perder como él son los verdaderos triunfadores, porque siguen a Aquel que conoció la derrota más amarga, para alcanzar el único triunfo verdadero.


 
                                               Historia de dos ciudades, Jack Conway, 1935 


           Y así, mi escena favorita de El Quijote, desde que lo leí por primera vez hace más de tres décadas, es su derrota ante el Caballero de la Blanca Luna. Y de la novela Martin Eden, su épico suicidio, consciente y lleno de belleza.

De la Ilíada, cuando el rey Príamo se arrodilla ante Aquiles, asesino de su hijo Héctor, para recuperar el cadáver destrozado del valiente “domador de caballos”.


 
                                                    Troya, Wolfgang Petersen, 2004
 
 
De la película, y la novela, Espartaco, la conversación de este con Antonino, a quien ama como a un hijo, antes de darle una muerte rápida, para evitarle la larga y dolorosa agonía de la crucifixión.

 
                              Espartaco, Stanley Kubrick, 1960. Guión de Dalton Trumbo

 
Por eso llevo años enamorada de los perdedores de la Antártida, sobre todo de aquellos cuyo fracaso es más claro: de Scott y de sus cuatro compañeros, frente a todos los que sobrevivieron, del taciturno, misterioso Mc Nish, más que del carismático y admirado Shackleton, del alcohólico y noble Johansen, frente al prepotente y déspota Amundsen, el “vencedor”, que llegó a caerme francamente mal hasta que descubrí que en el fondo era tan perdedor como Scott, aunque le faltara su elegancia.
            En próximas entradas, empezarán a hablar todos ellos, mis antihéroes de la Antártida, desde ese no lugar–no tiempo donde me encontraron y me unieron para siempre a su desierto blanco, fértil como ningún desierto.
            Porque, aunque para el mundo se pueda decir que he escrito una novela basada en sus aventuras, en lo Real han sido ellos los que me han dictado cada palabra, me han hecho vislumbrar cada imagen, latir en sus venas, morir sus muertes y vivir ese despertar radiante, ese "día de maravillas", que para cada uno fue el cumplimiento de su destino y su misión.

 

miércoles, 1 de enero de 2014

"Todo irá bien"



                                             María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
 
                                                                                                                    Lucas 2, 19





                                                                          Bendecid, que para esto hemos sido llamados,
                                                                         para ser herederos de la bendición.
                                                                                                                                  1 Pe 3, 9

            
              Dice Henry Nouwen que dar una bendición crea aquello que pronuncia. La bendición tiene que ver con la afirmación de la bondad original del otro. Tal vez por eso me gusta tanto y me mueve por dentro la Bendición de El Libro de los Números, que la liturgia propone para recibir el nuevo año:

El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor.
El Señor se fije en ti y te conceda la paz.

                                            Números 6, 24-26


                Entremos en 2014 con alegría y confianza, saliendo definitivamente del sueño que nos impide reconocer nuestra bondad esencial. Acojamos con gratitud y buen ánimo la bendición que el Señor nos ofrece sin cesar, conscientes de que Él, fiel a su promesa, está con nosotros siempre (Mt 28, 20), en cada acontecimiento, cada encuentro, cada ausencia, cada palabra, cada silencio, cada alegría y cada tristeza, porque nada ni nadie nos puede separar de Su amor (Rom 8, 38-39).
 
               Teniéndole a Él de nuestra parte, nada logrará abatirnos ni robarnos la paz. Entonces, como decía la optimista y audaz Juliana de Norwich, hace más de seiscientos años, todo irá bien, y todo irá bien, y toda clase de cosas irán bien (all shall be well, and all shall be well, and all manner of things shall be well).
 
 

                                        Presentación de Jesús en el Templo, Fra Angelico

               La mejor, más efectiva y poderosa bendición que podemos dar y darnos tiene que ver con lo que hoy leemos en el Evangelio: y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción (Lc 2, 21).
Si dudamos de que todo irá bien, podemos recordar las palabras de San Bernardo y pronunciar, compartir, pensar y sentir este Nombre nuevo y antiguo, Nombre eterno, que no separa ni divide como el resto de los nombres, sino que ilumina, transforma y da la Vida:
El nombre de Jesús no es sólo luz, también es alimento. ¿No te sientes reconfortado siempre que lo recuerdas? ¿Hay algo que sacie tanto el espíritu del que lo medita? ¿O que pueda reparar tanto las fuerzas perdidas, fortalecer las virtudes, fomentar el amor?
               Que el Nombre de Jesús nos bendiga cada día de nuestra vida y que seamos capaces de conservar la gracia y los dones recibidos, meditándolos en el corazón, como hacía María, Madre de Dios, misterio que hoy celebramos para iniciar el nuevo año a la luz misericordiosa de su mirada.