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jueves, 18 de octubre de 2012

Cartas a un buscador de sí mismo. Thoreau



                                                                      Los libros son amigos que nunca decepcionan.

                                                                                                             Thomas Carlyle


Hay libros necesarios, libros útiles, libros entretenidos, libros donde encuentras alguna clave y no los vuelves a coger. Y hay libros compañeros, que ya no puedes olvidar, y a los que regresas una y otra vez.
No me refiero hoy a los libros sagrados, que, más que libros, son expresiones escogidas por la  Verdad para llegar a los hombres: Biblia, Corán, Tao Te King, Bhagavad Gita, Dhammapada, Vedas…
Ahora estoy evocando libros que escribieron autores como Shakespeare, Epicteto, Dickens, Marco Aurelio, Jack London, San Juan de la Cruz, Cervantes, Santa Teresa de Jesús y su “discípula” Edith Stein, Antonio Machado, Saint Exúpery, Bécquer, Hildegarda de Bingen, Tolstói, Khalil Gibran, Chesterton, Rumi…
Y, en el género epistolar, real o figurado, que es el del libro que ha suscitado este post: C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino; Rilke, Cartas a un joven poeta y Cartas del vivir, Louis Cattiaux, Florilegio epistolar…

Ya puedo afirmar que Cartas a un buscador de sí mismo de Henry David Thoreau, que ha editado Errata Naturae, con las cartas inéditas a Harrison G. O. Blake, y que acabo de leer, va a ser uno de mis libros compañeros.
 
Todos los autores mencionados tienen algo en común: la sinceridad y la coherencia. Saben (aunque tal vez no todos saben que saben) que la auténtica obra son ellos mismos y escriben y viven en consecuencia. Recuerdo el halago que hizo Jesucristo de Natanael, para decir que son escritores de verdad, en los que no hay engaño (Juan 1, 47).
Son mis libros esenciales, referentes, amigos, compañeros. Cuántas veces me he propuesto reunirlos en una estantería o en un mueble especial, para tenerlos cerca, siempre disponibles. Ahora me alegro de no haberlo hecho, por pereza o tal vez por inspiración. Prefiero que estén desperdigados por mi indómita biblioteca y seguir comprobando cómo, cada vez que necesito el consejo o la compañía de uno de ellos, siempre viene a mí, solícito y fiel, sin apenas necesitar buscarlo. Prefiero que sigan libres, sueltos, en aparente caos, para ser consciente de que lo importante no es el libro físico, sino su mensaje atemporal, y dejar que vaya calando, transformando, haciendo su espacio en el corazón, donde la tinta es indeleble.
 
           

 
                                                    H. D. Thoreau. Un hombre libre.
 
 
             Algunos fragmentos de Cartas a un buscador de sí mismo, de Thoreau:
 

            Lo que puede expresarse con palabras puede expresarse con nuestra vida. P. 18  
           No permita que nada se interponga entre usted y la luz. Respete a los hombres solo como hermanos. Cuando emprenda viaje a la Ciudad Celestial, no porte carta de recomendación alguna. Cuando llame, pida ver a Dios, y nunca a los sirvientes. En aquello que más le importe, no piense que dispone de compañeros de viaje. Dese cuenta de que está solo en el mundo. P. 19
            Dejemos tranquilo a Dios, si es necesario. Creo que si lo amara más, debería mantenerlo –o mejor, debería mantenerme yo– a una distancia más apropiada. No es cuando me acerco a Él, sino cuando me doy la vuelta y lo dejo solo, cuando descubro que Dios es. Digo Dios. Aunque no estoy seguro de que sea ese el nombre. Ya sabrá a quién me refiero. P. 34
 
            Si por un instante conseguimos apartar nuestro insignificante yo, no desear ningún mal, no temer ningún mal, comportándonos solo como el cristal que refleja un rayo, ¡qué no seremos capaces de reflejar! ¡Qué gran universo aparecerá cristalizado y radiante a nuestro alrededor! P. 34
            Haga lo que nadie más puede hacer por usted. No haga otra cosa. P. 42

           El objeto del amor se expande y crece ante nosotros hacia la eternidad, hasta que abarca todo lo que es dable amar, y llegamos a ser todo lo que se puede amar. P. 56

            No debe tener oídos para palabras dulces y plácidas, sino para puras y renovadoras verdades. Debe bañarse cada día en la verdad fría como el agua de un manantial, y no recalentada por la solidaridad de los amigos. P. 58

            Qué rápido nos disponemos a calmar el hambre y la sed de nuestros cuerpos. ¡Y cómo nos demoramos en calmar el hambre y la sed de nuestra alma! De hecho, nuestra mentalidad práctica no nos permite utilizar esta palabra sin ruborizarnos por culpa de nuestra infidelidad, porque la hemos dejado en la inanición hasta convertirla en una sombra. P. 66

Estamos poco menos que ahogados bajo nuestros funestos abrigos, que no llegan a quedarnos bien en ningún momento de nuestra vida. Piense en la capa con la que nos cubre nuestro trabajo o posición, qué pocas veces los hombres se tratan los unos a los otros de forma desnuda y teniendo en cuenta lo que realmente son; cómo utilizamos y toleramos la pretensión; cómo se le viste al juez con una dignidad que no le pertenece, y al testigo con una humildad que no le pertenece, y al criminal, quizá, con una vergüenza y una insolencia que ya no le pertenece. No importa el estilo de la capa con la que tapamos esas capas. Cambie las capas: ponga la del juez en la jaula del criminal, y la del criminal en el tribunal, y entonces tendrá motivos para pensar que ha cambiado a los hombres. P. 87

Hay un vecino más cercano dentro de cada uno de nosotros que constantemente nos dice cómo deberíamos comportarnos. Sin embargo, esperamos al vecino exterior con la esperanza de que nos señale un camino erróneo, pero más sencillo. P. 95
 
Aquí disponen de un censo en el que registran el número de enfermos mentales. ¿De verdad cree que los enumeran a todos? Pues bien, en cada una de estas casas hay al menos un hombre luchando o discutiendo gran parte de su tiempo con una decena de pequeños demonios a los que él mismo ha criado y alimentado, que implacablemente roen sus partes vitales; y si por un casual resuelve al fin luchar contra ellos, dice: “¡Ay, ay, me ocuparé de vosotros después de la cena!”; y cuando ese momento llega, concluye que está preparado para otra etapa, ¡y lee una columna o dos sobre la Guerra de Crimea! P. 95

            Condense toda la savia que la primavera hace fluir en su interior. No se quede en el almíbar, llegue hasta el azúcar, aunque dé al mundo un único cristal, un cristal que no se ha obtenido de los árboles de su jardín, sino de la nueva vida que se agita en sus poros. P. 109

            Me siento agradecido por todo lo que tengo y todo lo que soy. Mi agradecimiento es perpetuo. Es sorprendente lo satisfecho que puede uno llegar a sentirse sin nada definido, tan solo con el sentir de la existencia. P. 119

            ¡Qué locos están quienes piensan que su El Dorado se encuentra en cualquier parte excepto allí donde viven! P. 141

            Para el hombre sentado más hacia el Este, la vida es solo cansancio, rutina, polvo y cenizas, ocupado como está en ahogar sus preocupaciones imaginarias en un vaso de agua. Sin embargo, para el hombre sentado más al Oeste, contemporáneo suyo, es un campo destinado a los más nobles propósitos, un elíseo, la morada de héroes y semidioses. El primero se queja de los miles de asuntos de los que ha de ocuparse, pero no se da cuenta de que sus asuntos (aunque sean miles) y él son una misma cosa. P. 151

            Dadme la bondad que ha olvidado sus propias acciones; la que Dios ha hecho para ser buena, y dejadme ser. P. 159



                                   
                                       La sencilla tumba de Thoreau en los bosques que amó.


            Henry David Thoreau muere a los 44 años, el 6 de mayo de1862. Harrison Blake, el buscador de sí mismo, fiel compañero de camino, acudió al entierro. Emerson también estuvo y, después de leer un conmovedor elogio fúnebre, mientras se alejaba de la fosa donde había quedado el cuerpo de su amigo, alguién le oyó decir: "Tenía un alma maravillosa, tenía un alma maravillosa".

            Que alguien pueda decir, o pensar, o sentir, algo parecido de cada uno de nosotros cuando llegue el día.
 

jueves, 11 de octubre de 2012

Sueños lúcidos



                   Estamos hechos de la misma materia que los sueños.

                                                                                                                W. Shakespeare

  

¿Por qué pensar que los sueños no son más que polvo y cenizas, pensamientos desintegrados y decrépitos, y no pensamientos que siguen un patrón musical, como un sistema que busca organizarse?
 
                                                                                                                H. D. Thoreau



Anoche soñé que había vuelto a fumar, o que volvía a aquellos días de soledad fértil y silencio fiel, de preguntas certeras.
Fumaba a oscuras, mirando, a través de jirones plateados, la luna desplazarse en un cielo de color petróleo, buscando una imagen que transformara el mundo o me diera una respuesta.
De improviso, detrás de mí, apareció una anciana con una bata rosa infantil, muy desgastada.
Sus ojos eran blancos, sin iris ni pupilas, pero no estaba ciega. Sus cabellos, a juego con la luz de la luna. Su piel, lisa y transparente, casi traslúcida.
Sentí el impulso de cogerla en vilo –parecía ligera y frágil– y arrojarla por la ventana como si fuera una colilla más.
No sé si llegué a hacerlo; antes de que un escalofrío me despertara, miré hacia abajo y vi una brasa pequeña, cerca de los rosales, y supe que debía bajar a apagarla.






                                            Ashes to ashes de David Bowie, maestro en
                             dar expresión a los sueños lúcidos, y en los mensajes crípticos.
                            


Ojalá amemos
todo lo que necesitamos amar
en este planeta encendido.
                             

domingo, 30 de septiembre de 2012

Verse

                                                                                                                      
                                                                                            Quien ha llegado a verse tal como es
                                                                        es mejor que quien ha llegado a ver a los ángeles.

                                                                                                                              Isaac el Sirio



            Hay días en los que te reconoces, recibes la gracia de verte, como si no hubiera habido nada antes, como si no hubiera nada después y no te importara. Caminas por la calle sin rumbo, sin preocupaciones ni expectativas y, en un instante más cálido o luminoso, vertical frente al tiempo y sus mudanzas, te encuentras contigo. Sabes quién eres y dónde estás. Y sigues caminando, con el corazón despierto, prendido ya en el horizonte.




                                                                     PAUSA

                                                                                                    Quien conoce la serena quietud,
                                                                                               puede llegar a ser señor del mundo.

                                                                                                                                 Tao Te Ching

Tardé tanto en convencerme
de que correr y morir son lo mismo...
Alguna tregua breve,
y vuelta a la tortura de la noria,
donde luces y sombras se suceden
y se mezclan aturdidas.
 
Tardé siglos en darme cuenta
de mi prolongada, absurda muerte
y un instante solo en detenerme,
el instante preciso para ver
que vivo y reconocer
mi peso, mi paso, mi volumen,
el misterio que alienta
en mi cuerpo y lo trasciende,
difuminando sus bordes,
uniendo mi vida a la Vida.
 
Un instante solo en detenerme,
reconocer que Soy
y Ser.
 
 

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Amar las almas II



                                                                                   Un día nos veremos
                                                                                   al otro lado de la sombra del sueño.
                                                                                   Vendrán a ti mis ojos y mis manos
                                                                                   y estarás y estaremos
                                                                                   como si siempre hubiéramos estado
                                                                                   al otro lado de la sombra del sueño.

                                                                                                               José Ángel Valente



¿A  QUIÉN ESTÁS AMANDO?
 
Si no me amas más dentro,
más lejos, más allá
de este cuerpo y este nombre,
¿qué quedará mañana
de este amor, cuando el invierno
nos haya atravesado
con su filo de escarcha?
 
Si me amas envolviendo
la imagen que te doy,
como todo, fugaz,
pero te quedas fuera
y no me llenas
y no alcanzas el centro
silencioso que soy,
 
¿a quién estás amando?,
¿a quién habrás de amar
si alcanzas la otra orilla?
 
 
 
 
 
John Dowland (1563-1626), In darkness let me dwell.
Steven Rickards (contratenor); Dorothy Linell (laúd)
 
  

viernes, 7 de septiembre de 2012

Amar las almas



                     Desgraciado quien no haya amado más que cuerpos, formas y apariencias. 
         La muerte le arrebatará todo. Procurad amar las almas y un día las volveréis a encontrar.

                                                                                                                         Víctor Hugo


             Viernes noche, jóvenes uniformadas que se sueñan libres, sirenas afónicas buscando una red, mujeres maduras que se disfrazan de princesas, chicos que intentan pescar a una de esas sirenas de largas piernas de bronce, hombres que intentan olvidarse de sí mismos por unas horas.
             Si asumieran que la búsqueda o la huida son en vano cuando es el cuerpo el que busca o el que huye...
             Si supieran cuántos bellos paisajes duraderos esperan a los que caminan en la otra dirección, por el sendero estrecho, en algunos tramos empinado.
            Si se atrevieran a pararse y dar la vuelta, antes de que sea demasiado tarde y descubran que la autopista del olvido, la fiesta y la belleza efímera está cortada...



Mujeres que parecen hermosas
se transforman en máscaras
cuando el alba ofrece, implacable,
su gélido espejo, mientras clava
puñales de tiempo entre sus ojos.
 
En quién sabe qué célula remota
del corazón, resuena
el lamento del cuervo de Poe:
nevermore, nevermore, nevermore.

 


     
                                                        Everybody's talking. Harry Nilsson

 

lunes, 27 de agosto de 2012

No somos cuerpos








                                                                 ESE GIRO

                                                                                                   Me separa de todo ser y de toda
                                                                                    cosa mi cuerpo, nada más que mi cuerpo.
                    
                                                                                                                             Antonio Porchia

Cada aliento parecía el primero,
como si respirar no hubiera sido
hasta entonces necesario.

El mismo mar con una playa nueva
y el mismo cuerpo de hace tantos años
dejándose abrazar
por el agua, por el sol y por el viento.

Y, de pronto, ese giro que he buscado,
esa vuelta tanto tiempo anhelada,
esa renovación de la mirada
que me hace derribar todos mis diques.

Y soy torrente claro y poderoso
que se funde con el mar,
con la luz, con el aire y esa anciana
de rostro marchito, de repente joven,
fértil como la tierra que me acoge,
mientras se deja acariciar
por esa brisa fresca de amor ilimitado,
de plenitud, de libertad perfecta
en que me convierto,

o sólo en un instante
feliz he recordado.

 
                                                                                            Dialéctica del asombro

         

domingo, 12 de agosto de 2012

Alfonsina y el mar

     



                                                Alfonsina y el mar, Andrés Calamaro




                                                                El mar lava las manchas y las heridas del mundo.
                                                             
                                                                                                                 Eurípides
    
                                                                                                                                                                                                                                                                             
             Otro verano, ¿no es siempre otro?, ¿no es siempre el mismo? Otra mujer, parece la misma pero es otra, ¿no es siempre otra?, ¿no es siempre la misma?
             Atracción del mar, deseo de fundirse con él. Ha habido tiempos peores, ¿por qué ahora?, ¿por qué hoy?, ¿por qué esta tarde-noche de cielos rosados y suave viento?
             Observa las escasas personas que van y vienen por el paseo marítimo, aún no es la hora en que las familias dan su paseo y los jóvenes salen a lucir juventud y belleza. Casi todos los bañistas se han ido, nadie se dará cuenta de que una mujer se mete en el agua vestida, camina y camina hasta que el mar la cubre por completo, y luego sale empapada y nueva, o tal vez no sale. Nadie se dará cuenta de que una mujer avanza mar adentro, para encontrarse con lo que sigue siendo, pero el olvido y la rutina mantienen oculto.
             Mientras se acerca a la orilla, le llega un sutil olor a pino. Sabe que no hay pinos cerca; recuerda las Navidades de la infancia y recuerda algo más, mientras camina en paralelo a la orilla, con el agua por los tobillos. Un niño muy pequeño pasea con su madre; cruzan una mirada que contiene ese recuerdo o ese secreto. Un gesto esencial, aunque parezca intrascendente, uno de esos momentos que se salvarán del olvido al final del final, porque han sido marcados por el sello indeleble de la consciencia.
             Morir no, morir sólo a lo falso, a lo gastado, a lo viejo, para renacer a lo nuevo, a la verdadera vida. Y está dispuesta a lo que sea para dejar su condición de alma en pena o su disfraz de tristeza. Qué importa si alguien se da cuenta de que una mujer se mete en el agua vestida, camina y camina hasta que el mar la cubre por completo y se sumerge y bucea para disolverse y recrearse en este mundo de formas limitadas y en todos los demás. Qué importa cómo la miren cuando salga, la ropa empapada y el alma recién nacida, dibujando en su rostro una sonrisa nueva y antigua. Qué importa si no sale, si se queda en esa placenta cósmica, oscura y musical, o emerge en otro mundo, uno de esos universos paralelos, a los que el sueño del sueño nos impide asomarnos.





              Y la versión larga, tan personal, que se transforma en una zamba, como la tristeza siempre se transforma en alegría, y la muerte, tarde o temprano, en Vida.


miércoles, 1 de agosto de 2012

Piedras


              Al vencedor le daré a comer del maná escondido, y le daré una piedra blanca, en la que hay escrito un nombre nuevo que solo conoce quien lo recibe.

                                                                                  Apocalipsis 2, 17



pila de piedras en la orilla del mar Foto de archivo - 1517533



                                     Recojo piedras,               
                        redondas, pulidas,
                        en una orilla nueva
                        (¿o es la misma de siempre,
                        eterna y repetida?).

                        Busco la única piedra
                        que puede intercambiar
                        su nombre con el mío
                        y disolver los dos,
                        sal transparente,
                        y confundir los dos,
                        polvo y arena.

                        Busco la única piedra
                        lisa y redonda que soy,
                        mientras las olas
                        me lavan y me pulen
                        las aristas.

                        Descarto piedras,
                        las miro y las devuelvo
                        al mar, día tras día.

                                                                                            Vocación de diamante





jueves, 19 de julio de 2012

Picorote migratorio



Lo surreal está por debajo de lo aparentemente real  para,
en giro metanoico, ponerse por encima de lo que parece real.
El surrealismo, como la patafísica, nos ayuda a ser mejores.

                                                                                             Fernando Arrabal



            El psicólogo de la casa de reposo donde me recupero de ciertas manías que dicen que tengo no da abasto. A los pacientes nos encanta tumbarnos en el diván de terciopelo verde, y contamos con tanto detalle síntomas reales e imaginarios, que se forman colas que salen por el pasillo y llegan hasta el jardín. No es que estemos locos, o no más que cualquiera, es que nos gusta recrearnos con esas pequeñas manías que molestan a nuestras familias –por algo nos habrán encerrado aquí, digo yo– y tan interesantes e inofensivas nos parecen a nosotros. Por eso resulta un alivio para el pobre doctor Aguilera, la llegada de los picorotes migratorios que vienen de la Península de Serendipity, siempre en la fiesta de Todos los Santos.
           Da gusto verlos llegar, con sus cabezas ovaladas como pelotas de rugby y sus manos primorosas, con unos dedos tan largos que han de llevar los brazos doblados por los codos y aún así los arrastran si se descuidan. Esa delicada forma de colocar los brazos les hace parecer elegantes damas que ofrecen su mano para que la besen. Visten túnicas de color azul turquesa, con una interminable cola de vestido de novia, que según caminan van colocando de un lado a otro con coquetería.
            Los picorotes migratorios son mudos, por eso saben escuchar como nadie. A todos nos encanta ser tratados por ellos y en la casa de reposo habilitan las hamacas del jardín para que no se formen filas. Les contamos los síntomas que nos vamos inventando sobre la marcha para tratar de impresionarles. Llevan unas enormes libretas moradas, donde apuntan el diagnóstico y el tratamiento que corresponde a cada paciente. Luego, los enfermeros se encargan de colgar las páginas en el corcho de la sala de actividades para que cada paciente pueda consultar el suyo.
            Hay algo que recuerda a un monje en los picorotes migratorios. Se trata de una especie de ojal en la cabeza, justo en la coronilla, pero en los picorotes no es afeitado o calva –¿he dicho ya que no tienen pelo?– sino una grieta, un hueco por donde salen las angustias de los pacientes, transformadas en chispas de colores. Y es que los picorotes son maravillosos alquimistas. Un día nublado vi salir del cráneo de uno de ellos un arco iris completo. Creo que era una depresión de las gordas.
            La última vez que fui atendido por un picorote, me recetó permanecer agarrado a la rama de un sauce llorón, balanceando suavemente el cuerpo, mientras recitaba tres veces Las flores del mal de Baudelaire. Ahora camino con los brazos doblados por los codos, como una doncella que ofrece la mano para que la besen y aun así, si me descuido, arrastro los dedos. De tanto recitar, me ha quedado afónico. Quizá cuando regrese de la península de Serendipity habré recuperado la voz, o me dé cuenta de que no la necesito.



domingo, 8 de julio de 2012

La alegría



Como el Padre me ha amado, así os he amado yo;
permaneced en mi amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros,
y vuestra alegría llegue a plenitud.

                                                              Juan 15, 9, 11



            Uno de esos momentos que iluminan el día.
            En el supermercado, un padre distraído va llenando la cesta como un autómata. Junto a él, un niño muy pequeño en un carrito. Mis ojos y los del niño se encuentran y se detienen, algo se reconoce.
            Cuando le sonrío, devuelve la sonrisa, inmensa, chispeante. Todo él se estremece con una alegría incondicionada, una expresión de plenitud y dicha que desarma.
           Él puede estar alegre, puede ser feliz porque está más allá de la dualidad, todavía no ha entrado en el laberinto infernal de la separación, del tu y yo, del tuyo y mío, no ha caído en las redes de la mentira.
           Él puede estar alegre y ser feliz...
          Y nosotros también si desaprendemos lo falso, tantos prejuicios y falsas creencias, para desprogramarnos y recordar lo verdadero, lo esencial, lo que somos, lo que Es.





                                                   Morning has broken, Cat Stevens




 No te dejes engañar
         por la memoria.              

       Es la primera rosa       
           que ves y el primer cielo.

                                                                                     Dialéctica del asombro



domingo, 1 de julio de 2012

Universos paralelos


            Tal vez nunca cambiamos de tienda de campaña, ni pasamos la noche en aquella que hacía las veces de despensa, la más alejada del centro del campamento, contando historias de fantasmas y vampiros, mientras escuchábamos el cercano y amenazador aullido de los lobos.
            Tal vez solo fue una idea, algo que propuse yo, la más fantasiosa y temeraria de las cuatro.
            Tal vez no llegamos a hacerlo. Tal vez no nos atrevimos porque temíamos el castigo de las monjas, más que el aullido de los lobos, y dormimos cada una en la tienda que nos había tocado, bien vigiladas por la jefa de grupo, mayor, más seria y responsable que nosotras.
            Tal vez nunca pasamos una noche escondidas en aquella tienda, la única en la que podíamos estar juntas, la más peligrosa, la primera que habrían atacado los lobos.
            Tal vez nunca lo hicimos, pero siempre recordaré cómo brillaban las estrellas a través de la puerta de la tienda-despensa y el calor solidario de nuestros cuerpos muy juntos, rodeados de latas y cajas de galletas, y el sabor de la leche condensada y de la aventura y las historias de miedo que contábamos para probar nuestro valor y el cercano, afilado, tenebroso aullido de los lobos.



domingo, 24 de junio de 2012

Dignidad. IF, Kipling






                                                            Dignity, Deacon Blue

 Una preciosa historia sobre un barrendero que trabaja, vive y sueña dignamente,
porque ha encontrado la semilla de la dignidad en su interior.



                                                           SI

Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila,
cuando todo a tu lado es cabeza perdida.
Si tienes en ti mismo una fe que te niegan,
pero nunca desprecias las dudas que otros tengan.
Si esperas en tu puesto, sin fatiga en la espera.
Si engañado, no engañas.
Si no buscas más odio, que el odio que te tengan.
Si eres bueno y no finges ser mejor de lo que eres.
Si al hablar no exageras lo que sabes y quieres.
Si sueñas y los sueños no te hacen su esclavo.
Si piensas y rechazas lo que piensas en vano.
Si al alcanzar el triunfo o llegar tu derrota,
a los dos impostores los tratas de igual forma.
Si logras que se sepa la verdad que has hablado,
a pesar del sofisma del orbe encanallado.
Si comienzas de nuevo la obra perdida,
aunque esta obra sea la de toda tu vida.
Si arriesgas de un golpe y lleno de alegría
tus ganancias de siempre a la suerte de un día
y pierdes y te lanzas de nuevo a la pelea,
sin decir nada a nadie de lo que es, ni lo que era.
Si logras que los nervios y el corazón te asistan,
aun después de su fuga, de tu cuerpo en fatiga,
y se agarren contigo cuando no quede nada,
porque tú lo deseas y quieres y mandas.
Si hablas con el pueblo y guardas la virtud.
Si marchas junto a reyes con tu paso y tu luz.
Si nadie que te hiera llega a hacerte la herida.
Si todos te reclaman y ninguno te precisa.
Si llenas el minuto, inolvidable y cierto,
de sesenta segundos que te llevan al cielo,
todo lo de esta tierra será de tu dominio,
y mucho más aún...,
¡serás Hombre, hijo mío!


                                                                                  RUDYARD KIPLING



             En la última de nuestras fructíferas y largas conversaciones, Ana me dijo que Kipling estaba en el Cuarto Camino y que, en El Libro de la Selva, la selva es la vida y Mowgli encuentra, en la muchacha del poblado, su "ser polar". Le dije que entonces debía estar en el Quinto Camino, más que en el Cuarto, aunque tal vez ni siquiera él se hubiera dado cuenta, y coincide conmigo en que así debía ser.
              En Google, tratando de confirmarlo, leo que Kipling era masón. Cómo le hubiera extrañado el temor y el rechazo que, por pura ignorancia, despierta hoy la masonería (incomprensible para quien se ha molestado en estudiar sus raíces cristianas); y cómo le habrían entristecido las luchas internas entre las corrientes actuales de la vieja Orden.
            Cada verso del famoso poema If contiene una enseñanza viviente. Trato de recitarlo en silencio, primero en inglés y luego en castellano, en una de sus muchas versiones, por ver si lo recuerdo bien (lo aprendí con catorce años), y me doy cuenta de que el poema está hablando de mi propia vida. Cuando era una adolescente que empezaba a descubrir el sinsentido del que nos hemos rodeado, cada verso resonaba en las fibras más sensibles de mi ser. Pensé que era por la belleza y la profundidad del poema, pero había algo más... Era como una especie de vaticinio o premonición, y mi Yo real así lo sentía.
             La esencia de todas las Tradiciones y su mensaje atemporal están contenidos en este poema que canta a la dignidad de aquel que es consciente de existir y observa, respeta y acepta, y se observa y Trabaja sobre sí mismo. Recomiendo releerlo, saboreando cada palabra y, sobre todo, cada silencio.

domingo, 17 de junio de 2012

Morir ahora



                                            Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo;
                                            pero si muere, da mucho fruto.

                                                                                                     Juan 12, 24


                                    
                                                                                   Morid antes de morir.
  
                                                                                                 Muhammad



                                             El hombre que muere antes de morir no muere cuando muere.

                                                                                            Abraham de Santa Clara



   Morir ahora, sin obligaros a vestir de luto o a llorar.
              Que no tengáis que ver mi perfil bueno, o el malo, o ese que nadie ve, tras un frío cristal, y mi cuerpo delgado envuelto en blanco roto, con lo mal que me sientan el blanco y los rotos.
              Morir ahora, sin cubrir vuestros amaneceres de sombras y vacíos.
              Morir ahora, sin provocar un solo pésame ni una condolencia ni una misa, porque el mensaje aún no ha sido enviado, ni un olor a ceniza nueva en el aire, ni visitas a una lápida bajo la que no estaré.
              Morir ahora, ahora, con un par; morir a bocajarro sin que nadie llegue nunca a saberlo.
              Morir ahora, de una vez, ¿cuántos amagos van?
              Morir hoy, morir ahora, morir ya, para seguir viviendo o empezar a vivir.

domingo, 10 de junio de 2012

Libélula

          
           Hace dos años que escribí sobre esta experiencia, para no olvidarla, y me salió una especie de microrrelato. Pero fue tan real como lo más real que haya vivido. Suele suceder, que lo más increíble de lo que vivo y escribo es precisamente lo más cierto.


Porque, como los ojos del murciélago son a la luz del día, así es nuestro ojo intelectual a aquellas verdades que son las más evidentes de todas.
                                                                                                            Aristóteles





            Decían, dicen, los egipcios que, cuando el cuerpo duerme, el alma navega por otras dimensiones, donde las fuerzas cósmicas están descontroladas y amenazan las posibilidades de seguir evolucionando que hayamos logrado.
            Ahora sé que aquella noche yo debía de estar viajando por la Duat[1] y a la vez en este mundo de formas y contornos, de sueños encarnados. Desperté, fui al baño y encontré una especie de libélula azul, más larga que mi brazo, posada en el suelo. A pesar de ser tan grande, parecía muy frágil. Todo en ella era esbelto y traslúcido; las alas, enormes, de un malva tornasolado; las patas, delgadísimas; la cabeza, larga, levemente inclinada hacia la izquierda, como si me mirara. Sí, me estaba mirando mirarla. Sin pensarlo dos veces, cogí la toalla del lavabo y, con manos temblorosas, se la eché encima. Esperé unos instantes por si escapaba, pero me di cuenta de que el peso de la toalla, que además estaba algo húmeda, era superior a sus fuerzas. Luego cerré la puerta, fui al otro cuarto de baño y me acosté con una desazón fría y lúgubre. Pensé que por la mañana tendría valor para alzar la toalla y rematar aquello o tirar aquello o... salvar aquello. Apenas dormí, había sido un gesto cobarde, cruel e innecesario, cubrir con la toalla letal aquel cuerpo insólito con atisbos de conciencia. Cerrar la puerta y apagar la luz habría sido suficiente para que saliera por la ventana, que estaba abierta. ¿O no estaba abierta?
            A la mañana siguiente, con la lucidez serena que suele darme el insomnio, abrí la puerta del baño y levanté la toalla sin miedo ni aprensión, con un gesto esencial que me sorprendió a mí misma. No había ni rastro de la libélula.
            Cualquiera podría pensar que lo imaginé o lo soñé, pero la toalla estaba en el suelo, y yo nunca dejo toallas en el suelo por capricho o por descuido. Aunque no volví a verla, sé que la libélula era real, más real sin duda que muchas personas de las que encuentro por la calle, en el metro, en la cola del banco, en el supermercado, más real que tantos autómatas guiados por el sueño y la mentira. La libélula era real, y lo real no desaparece así como así. Debe seguir en la Duat, tratando de iluminar el camino a algún alma recién desencarnada, con la que es probable que me confundiera; en esos días no era difícil confundirme con un alma en pena. Tal vez la libélula se equivocó de dimensión o solo fue un primer anticipo de las señales que vendrían después, que aún siguen viniendo.
            O acaso algo activó en mí uno de esos resortes que permiten atravesar planos de existencia y ver con sentidos que están más allá de los sentidos físicos, con ojos que ven y oídos que oyen.


             Libélula gigante, creada en laboratorio. La que yo conocí, o reconocí, era mucho más esbelta, más bella y delicada.

             

[1] Duat: inframundo de la mitología egipcia. El lugar donde se celebra el juicio de Osiris y donde el espíritu del difunto debe deambular por lugares enigmáticos, entre genios malignos o benéficos, y pasar por una serie de puertas en diferentes etapas del viaje.